La dueña

La dueña


Capítulo 15

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Auriola se había marchado de León sin remordimiento, pues sabía que su querida Sancha estaba a punto de contraer matrimonio y que Bermudo quedaba al cuidado de su madrastra. Ni uno ni otra la necesitaban.

Tras partir Ramiro de Lobera, ella centró su actividad en supervisar la buena marcha de la tenencia y asegurarse de que cada cual cumpliera con sus tareas en el campo, de modo que al volver el amo lo encontrara todo en orden. Y así fue, en lo referente a los dominios, por más que su temprano regreso, mucho antes de lo esperado, obedeciera a razones trágicas, ajenas a esos desvelos.

Tocaba a su fin el mes de mayo. La Dueña tejía en su telar una manta para la cuna que había mandado fabricar al carpintero, canturreando. Estaba entregada a su trabajo, feliz de sentir las enérgicas patadas del niño en su vientre, cuando Abilio, un viejo aldeano a quien había encomendado funciones de criado en la casa, irrumpió sofocado en el salón.

—El señor está aquí. Acaba de llegar y pregunta por vos.

Auriola corrió a abrazarlo, gratamente sorprendida, aunque la sonrisa se le congeló en los labios al ver la expresión sombría de su marido. Su aspecto cansado, la oscuridad de su mirada, la tristeza velada de inquietud que llevaba tatuada en el rostro.

—¿Qué tienes? —inquirió asustada—. ¿Ha ocurrido algo malo?

—El conde de Castilla ha sido asesinado —anunció él con hondo pesar—. La daga de un sicario segó su vida a las puertas de la iglesia de San Juan Bautista, ante los ojos horrorizados de doña Sancha, quien presenció toda la escena.

—¡Mi chica! —exclamó la navarra, llevándose las manos a la cara como si hubiese recibido un golpe—. ¡Pobrecica mía!

Ramiro conocía bien el amor que unía a su mujer con la princesa y el dolor que le estaba causando al darle esa noticia terrible. Él mismo había sentido una sincera compasión ante el destino cruel al que esa muerte abocaba a la joven, condenada a la viudez antes incluso de contraer matrimonio. Claro que, en su caso, la fuente de mayor preocupación era Bermudo y la posibilidad de que también el Rey pudiera ser objeto de un atentado semejante. Le había resultado difícil alejarse unos días de su lado para dar cuenta en persona a su esposa de lo sucedido, pero no se habría perdonado delegar en otro ese penoso deber.

—Lo lamento de verdad —trató de consolarla, acogiéndola en su regazo—. Llora cuanto tengas que llorar. Sé lo mucho que quieres a esa infanta.

—¿Cómo está? ¿La has visto?

—No. Lo único que puedo contarte es lo que se rumoreaba en la corte: que había conocido al conde García unos días antes, en palacio, ambos se habían enamorado a primera vista y ella se entregaba a esa unión como lo hicimos nosotros, por propia voluntad y al margen de intereses políticos, aun siendo estos considerables. Mi señor Bermudo está desolado, aunque dada su tierna edad dudo que alcance a comprender la trascendencia del crimen.

—Debería ir a verla —dijo Auriola con firmeza, ajena a esa última consideración—. Me necesita más que nunca. Marcharemos mañana mismo.

—De ningún modo —replicó Ramiro en un tono que no admitía objeción—. En tu estado es impensable que emprendas semejante viaje. No lo consentiré. Y además la infanta se ha retirado a un convento donde no recibe visitas. Tú permaneces aquí y yo vuelvo a donde debo estar, que es al lado del soberano.

—¿Te quedarás unos días al menos? —rogó ella—. Por favor…

—Solo uno. Dos a lo sumo —concedió él—. Tengo motivos para temer por la integridad del Rey, acosado en todos los frentes. Nada me haría más feliz que estar junto a ti en este momento, pero si algo le sucediera, no podría perdonármelo.

Bermudo, el protegido de Ramiro, había sido coronado con solo once años y carecía de fuerza para enfrentarse a los magnates contrarios a permitirle reinar, entre los cuales destacaban numerosos obispos, empezando por el de Santiago. Tampoco faltaban potentados ávidos por acrecentar sus señoríos a costa del realengo. Sin la tutela del hermano de su madrastra, su vida habría valido muy poco. Pero ese padrinazgo tenía su precio, que don Sancho se cobraba implacablemente, aumentando su influencia sobre un territorio cada vez más extenso.

El infanzón de Lobera intuía que el pamplonés estaba involucrado de algún modo en la muerte violenta del conde castellano, y esa noche compartió esas sospechas con su esposa, navarra de cuna, dama de doña Urraca y buena conocedora de las intrigas cortesanas.

—¿Han colgado ya al asesino? —le preguntó ella en la mesa, donde apenas había probado bocado—. ¿Lo han mandado descuartizar? Cualquier castigo sería poco para semejante demonio.

—El hombre que empuñaba el puñal fue prendido y muerto a golpes allí mismo —respondió él, dando cuenta de un capón asado regado con abundante vino—. Lo cual no deja de resultar extraño.

—¿Por qué? —se indignó Auriola—. ¿Acaso merecía vivir?

—No. Pero de haber sido interrogado, habría acabado confesando quién le pagó para perpetrar tal felonía.

—¿Quién crees tú que lo hizo?

—En León se habla en voz baja del clan de los Vela y se menciona el nombre de Ruy, padrino de bautismo del difunto. La sangre del joven conde habría lavado así la afrenta infligida a la familia por su padre, quien despojó a esos nobles de buena parte de sus territorios. A mí esa explicación no me cuadra.

—¿No te parece motivo suficiente?

—No me parece beneficio parejo al riesgo. Quien mayor provecho saca de esa muerte prematura no es otro que el inefable don Sancho, cuya larga mano llega lejos.

Auriola se encaró con su marido, visiblemente airada, y le espetó elevando el tono:

—¿Se puede saber qué te ha hecho a ti el soberano de Navarra? ¿Tienes alguna prueba que avale tu acusación? El pobre García debía de tener mi edad y era el único hermano de doña Mayor, la Reina. ¿De verdad crees que un hombre de honor mandaría matar a su cuñado el mismo día de su boda?

—No te enfades, mujer —respondió él, conciliador—. Contén ese genio tuyo y piensa con la cabeza. ¿Sabes que antes de dar tierra al cuerpo de ese desgraciado, don Sancho ya se había apropiado de Castilla, invocando los derechos de su esposa? ¿Sabes que el nuevo conde ya es formalmente Fernando, el segundo de sus hijos legítimos? ¿Sabes lo que supone para él adueñarse de ese pujante condado, vasallo del rey Bermudo, contra quien puede lanzar ataques en posición ventajosa el día que mi señor decida sacudirse su tutela?

—Lo que más me importa ahora mismo es la suerte de mi niña Sancha —plegó velas Auriola, sin reconocer, empero, la solidez del razonamiento que acababa de exponer su esposo—. ¡Con lo impaciente que estaba por casarse, y acaba en un monasterio! Criaturica…

—Sancha se ha quedado sin marido y sin condado —remachó él—. Castilla, sin el último conde perteneciente a la estirpe de Fernán González, y el rey de León, su soberano legítimo, más aislado y dependiente que nunca. El único que gana es don Sancho, mal que te pese. Claro que aún no se ha escrito la última palabra. Mientras hay vida hay esperanza, incluso para la infanta de tus amores. Ten fe. Acaso Dios se apiade de ella y ponga en su camino otro esposo.

Tal augurio iba a cumplirse mucho antes de lo imaginado, en la última persona en quien Ramiro habría podido pensar…

Bermudo III era un monarca con trono pero sin mando efectivo sobre buena parte de su territorio, lo cual constituía una espina clavada en el alma del más leal de sus vasallos, que habría dado cualquier cosa por revertir esa situación. Demasiado joven para luchar por lo suyo y obligado a aceptar los designios de una madrastra sujeta al influjo de su poderoso hermano, a duras penas controlaba la parte septentrional de su reino: Galicia, Asturias y el norte de León, en disputa constante con prelados y condes levantiscos, mientras el rey de Navarra gobernaba de hecho sobre el resto de sus dominios, incluida Castilla.

Como fiel caballero al servicio de su señor, Ramiro pasaba largas temporadas alejado de su hogar, junto a la regente y su hijastro, en las filas del ejército que trataba de meter en cintura a ciertos magnates, en su mayoría gallegos, lanzados al saqueo de los bienes de la Iglesia aprovechando el vacío de autoridad provocado por la muerte de Alfonso V.

Cuando no auxiliaban a los monjes de un convento atacado, repelían a la hueste de algún noble leonés descontento con las injerencias foráneas y deseoso de coronar a un títere de su gusto. Últimamente habían dedicado muchos guerreros a combatir a una horda de normandos encabezados por un bárbaro apodado el Lobo, que tenía aterrorizada a una vasta región septentrional y alternaba sus expediciones de rapiña con labores de mercenario al servicio del conde Rodrigo Romariz, reacio a someterse a su legítimo rey.

Siempre había un buen motivo para teñir de sangre el acero, que Bermudo empezaba a empuñar con destreza impropia de sus pocos años.

—Vuestro padre estaría orgulloso de vos —se había atrevido a decirle en una ocasión Ramiro—, aunque tal vez deberíais refrenar vuestro entusiasmo. Corréis un peligro innecesario acercándoos tanto al enemigo. ¡Sois el Rey!

—Por eso precisamente debo estar en primera línea —le respondió el muchacho con gallardía.

Y su guardián no insistió, por temor a perder su favor y verse alejado de él.

Algunas noches, frente a la hoguera del campamento, se reprochaba a sí mismo haberse casado con Auriola, arrastrándola a una existencia de soledad. Le pesaba un amor tan incondicional como egoísta, que ella aceptaba sin una queja, acrecentando con ello su amarga sensación de culpa. Pero por mucho que extrañara a su mujer, por más que le doliera su ausencia, nunca pensó en incumplir el juramento solemne hecho a su señor moribundo. Bermudo lo necesitaba a su lado y él sería su escudo.

¿Qué clase de caballero no antepondría su deber a su conveniencia o su goce?

El reino leonés atravesaba una época convulsa, que demandaba del infanzón dedicarse en cuerpo y alma a la tarea de servir a su soberano y guardarlo de todo mal. No solo por la deuda contraída en su día con don Alfonso, sino porque en Bermudo y únicamente en él residía la legitimidad sobre el trono de España, transmitida de generación en generación desde la era de los reyes godos, duramente castigados por el Altísimo con la invasión musulmana.

Para ganarse el perdón divino por tantos y tan graves pecados, los cristianos debían luchar sin descanso hasta restaurar la verdadera fe allá donde los infieles habían impuesto la suya. Y al frente de esa sagrada misión estaba Bermudo, monarca ungido por Dios y su Iglesia. Por eso, antes de cada batalla, recibía la santa cruz de manos de un obispo, quien acto seguido se ceñía el yelmo para lanzarse al combate con él.

Auriola sintió las primeras contracciones mientras daba de comer a las gallinas, cosa que hacía con frecuencia, dado que en su nueva vida en la frontera ejercía de dueña y señora con la misma naturalidad con la que ejecutaba tareas propias de una campesina. Había aprendido rápido, apelando a sus recuerdos de infancia, y disfrutaba del contacto con los animales de casa.

El calor del estío derretía las piedras. En las horas del mediodía era preciso permanecer a resguardo dentro de la torre, y únicamente la noche traía algo de frescor, que las gentes de la aldea aprovechaban para salir a conversar mientras los chiquillos jugaban fuera. Ella sin embargo estaba sola en su otero, con la excepción del viejo criado, una cocinera que iba y venía a diario y los hombres de la guardia.

Ramiro se hallaba lejos, luchando en las mesnadas del Rey.

—Tranquila, mujer —se dijo a sí misma en voz alta, santiguándose en un gesto espontáneo, antes de gritar—: ¡Abilio!

No hubo respuesta.

—¡Abilio! —volvió a llamar, más fuerte, utilizando las manos a modo de pantalla para proyectar la voz.

Únicamente las gallinas parecieron alterarse, redoblando sus cacareos en el patio donde picoteaban.

—¡¡Abilio!! —repitió por tercera vez, profiriendo un alarido intensificado por una segunda acometida de dolor peor que la primera.

—Perdonad, mi señora —oyó decir al sirviente, quien se acercaba desde la cocina todo lo rápido que le permitían las piernas—. Estaba prendiendo el fuego para calentar la olla y no os había oído.

—Manda enseguida a uno de los hombres a buscar a la partera —dijo ella sin perder la calma, aprovechando la tregua entre embestida y embestida.

—¿Partera? —replicó Abilio frunciendo el ceño, cubierto por gruesas cejas canosas—. Aquí no hay de eso.

—¡Alguna mujer habrá que atienda a las parturientas! —protestó la Dueña, impacientándose.

—La Saturnina ha parido seis o siete criaturas sanas y su hombre se arregla bien cuando a una vaca se le tuerce el choto…

A pesar de su determinación, la navarra empezaba a ponerse nerviosa. Tan segura estaba de que nada se interpondría en la feliz llegada al mundo de su hijo, que ni siquiera había preguntado por la matrona que ahora reclamaba. Demasiado tarde para lamentarse. Contuvo unos segundos la respiración, a fin de aguantar el tormento de la sierra que parecía rebanarle la cintura, y al recuperar la paz ordenó al criado:

—Que vaya un guardia a caballo a buscar a la tal Saturnina. ¡Rápido! Estaré esperándola en mi alcoba.

Con no poco esfuerzo entró en la torre y subió las escaleras, sujetándose la tripa como si el chiquillo que pugnaba por salir fuese a escapársele. Entre calambre y calambre, al principio le hablaba:

—No tengas prisa, mocetico. —Daba por hecho que sería un varón, pues tal era el deseo de Ramiro—. Mejor que nazcas de noche. De día hace mucho calor.

Luego fue pasando el tiempo, con desesperante lentitud, sin que la matrona diera señales de vida.

Los dolores eran cada vez más fuertes y seguidos. Apenas le daban tregua. Sudaba copiosamente, había manchado las sábanas, perdido por completo todo control sobre su propio cuerpo, y a duras penas contenía las ganas de arrojarse al vacío desde la ventana de la planta alta, a fin de acabar de una vez con ese padecer insoportable. Si tal locura no hubiese supuesto también la muerte del bebé, acaso lo hubiera hecho.

Había oído hablar a menudo a las madres del sufrimiento que traía consigo un parto, sin llegar a imaginar lo fundada que era su queja. Ahora comprendía, compadecía y percibía la presencia de un fantasma siempre presente en cualquier alumbramiento: el miedo, cuya sombra se acentuaba al compás de los espasmos.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, oyó los pasos torpes de alguien en las escaleras. Vio aparecer a una mujer de edad indefinida y rostro bondadoso de mejillas encendidas. Iba en camisa, pues el guardia enviado a buscarla no le había permitido vestirse, con la melena recogida en una sencilla trenza y alpargatas de esparto en los pies.

—Ya estoy aquí —proclamó jovial con voz aguda—. Vamos a traer al mundo a este zagal.

—No puedo más —balbució Auriola, exhausta—. Sácalo como puedas. No te preocupes por mí.

—¿Cómo no voy a preocuparme, hija? —la regañó Saturnina, ajena al protocolo habitual entre señora y aldeana—. ¿Llevas así mucho rato? Déjame ver…

Con manos expertas palpó la barriga de la parturienta e introdujo sus dedos en la vagina, ante la indiferencia de su paciente, demasiado cansada para quejarse.

—Se hace de rogar el bribón —comentó risueña—. Y veo que tas cagao. Es lo normal, no te avergüences. ¿Quiés que te limpie un poco?

Auriola asintió, entregada. A esas alturas lloraba en silencio, transida de dolor desde la cabeza a los pies, temerosa de acabar allí mismo sus días sin conocer a ese hijo ni volver a ver a Ramiro. Mientras la buena mujer la aseaba con un lienzo empapado en el agua del barreño colocado sobre el tocador y retiraba la sábana manchada, ella trataba de rezar, sin encontrar las palabras.

—¡Ya viene! —anunció la partera, tras una nueva comprobación—. Empuja cuando yo te diga.

No habría sabido explicar de dónde sacó fuerza suficiente para cumplir las órdenes de esa extraña que parecía dominar por completo la situación. Se limitó a obedecer, mordiendo un trozo de cuero que ella le había entregado a tal efecto, hasta que notó que algo se quebraba en su interior.

Fue una percepción nítida, inequívoca. En medio de ese suplicio, supo que en sus entrañas algo se había roto y lo interpretó como el peor de los augurios, aunque la sensación no tardó en disiparse. Tras el fogonazo de pánico, sobrevino un alivio inmenso cuando de entre sus piernas surgió una cabecita cubierta de pelusa, empapada en un líquido sanguinolento, a la que siguió un cuerpecito perfecto. La cosa más bonita que jamás hubiera contemplado.

—¡Es una zagala! —exclamó Saturnina, triunfal, mientras anudaba un hilo grueso de lana en el cordón que la unía a su madre. Acto seguido lo cortó de un tajo certero, cogió a la criatura liberada por los pies y la puso boca abajo, antes de empezar a golpearla en la espalda.

—¡Vas a matarla! —chilló Auriola, aterrorizada, apelando a esa desesperación para incorporarse a duras penas.

—¡Quia! —rebatió la mujer—. Tié que llorar pa soltar to el moco que ha tragao. Es bueno. Ahora la fajo, te la doy y me ocupo de ti…

Auriola estrechó a esa niña contra su pecho y se olvidó por completo del tormento soportado. La inundó una oleada de ternura infinita, que dejó fluir en forma de llanto, esta vez sanador. Entonces, de repente, asomó de nuevo tras la cama el negro espectro del terror, unido al sabor amargo que había dejado en su boca ese fugaz mal presagio.

Pero apenas duró un instante.

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