El tiempo transcurrió sin sobresaltos a partir de entonces, hasta que un arriero trajo la noticia del fallecimiento de la reina Urraca.
Corrían los primeros meses del 1032 de Nuestro Señor y Ramiro se hallaba en sus dominios, disfrutando de la paz que encontraba junto a su esposa y su hija, quien, lejos de defraudarlo por su condición de hembra, colmaba de alegría sus días de descanso.
Aquella nueva sombría hizo saltar por los aires las horas de felicidad.
La pequeña Mencía poseía cuantas cualidades podían pedirse a una niña. Era hermosa, jovial, obediente y risueña. Auriola veía en ella un compendio de todas las virtudes humanas. Se sorprendía a sí misma sintiendo cómo crecía en su interior el amor hacia esa criatura de cabello rubio, piel nívea y ojos grandes azules verdosos, idénticos a los que recordaba Ramiro en el rostro de su madre. Por eso se alegraba de criarla lejos de la corte, en la soledad de su torre fronteriza, donde podía mimarla cuanto quisiera.
Afortunadamente para ella, desconocía cuán efímera iba a ser esa licencia y lo que la vida, en su crueldad, pronto le obligaría a hacer…
—Mal empieza este año —sentenció afligida, resignada a ver marchar de inmediato a su marido—. No solo pierdo a la soberana a quien debo el haberte conocido, sino que a partir de ahora aún te veremos menos por aquí, imagino.
El infanzón lanzó a su mujer una mirada impregnada de cariño y gratitud a partes iguales, antes de responder:
—Bermudo pronto cumplirá quince años, alcanzando así la mayoría de edad. Ya sabes lo que eso significa. Se sentará de pleno derecho en el trono leonés y será él quien asuma las obligaciones del gobierno, máxime ahora que ha fallecido la regenta.
—¿Se enfrentará al rey navarro? —inquirió ella, preocupada, evocando los temores expresados en el pasado por su esposo—. ¿Habrá guerra con mi gente?
—No lo creo —la tranquilizó él—. Desde luego, no en este momento. Ambos se necesitan mutuamente y además, justo antes de venir, supe que don Sancho había escrito a Bermudo para pedirle que le diera a su hermana Sancha por mujer para su hijo Fernando, en aras de firmar la paz de los cristianos.
—Pero ¿no me dijiste que Sancha se había recluido en un convento? —replicó Auriola alzando la voz—. ¿Cómo has podido ocultarme semejante misiva?
—¡No te he ocultado nada! —protestó él airado—. Sencillamente no he encontrado ocasión para hablarte de un hecho que hasta la fecha carece de importancia, toda vez que el soberano no ha tomado una decisión al respecto.
—¿Y Sancha qué dice? —preguntó ella sin arredrarse.
—Lo ignoro. —El tono de la conversación se había agriado—. Pero, como deberías saber, no será ella quien decida. Habrá de someterse a la voluntad de su hermano.
—Mi chica…
—Tu chica es una infanta leonesa que se debe a los intereses del Reino.
—¿No eras tú quien acusaba a don Sancho de haber mandado asesinar a su prometido, el conde de Castilla? —escupió ella con rabia—. ¿Ahora que el condado ha pasado a ser propiedad de ese Fernando, te parece bien que se la entreguen por esposa?
—No me parece ni bien ni mal, Auriola. Solo digo que Bermudo hará lo que más convenga a León. Y por cierto: si es tu deseo trasladarte con nuestra hija a la capital, a fin de estar más cerca de la corte, puedo encargarme de buscar una residencia adecuada.
Auriola evitó contestar. Estaba demasiado enojada y temía decir algo de lo que después se arrepentiría.
No tenía intención alguna de abandonar su hogar para regresar al epicentro de las intrigas que tan bien conocía, pero debía recuperar el sosiego antes de explicar a su marido las razones de su negativa. Porque ella sí tenía capacidad de decisión, no en virtud de la ley, que la desamparaba ante él, sino gracias al amor del hombre con quien acababa de porfiar. Ramiro nunca había violentado sus deseos ni tampoco lo haría en esa ocasión. Aunque solo fuera por eso, merecía con creces el beso que le dio en los labios como prenda de paz.
Sancha abandonó el convento recién enterrada su madrastra. Recuperó su antiguo vestido de novia para contraer matrimonio con el conde de Castilla, Fernando Sánchez, hijo del poderoso monarca navarro y sobrino del único hombre a quien ella había amado y todavía lloraba. No había plantado cara a su hermano. De nada le habría servido. Consciente de su posición, aceptó el destino con mansedumbre, dispuesta a cumplir con sus deberes de esposa y parir hijos llamados a engrandecer la estirpe de su marido.
Al aproximarse la fecha de la boda, Ramiro fue en busca de su mujer con el propósito de conducirla hasta la capital, donde ambos asistirían al enlace. Auriola ansiaba reencontrarse con la infanta y brindarle su apoyo y su consuelo en esa hora agridulce. Le dolía separarse por vez primera de su pequeña, a la que había amamantado ella misma contraviniendo la costumbre imperante entre las damas de la nobleza, aunque estaba segura de dejarla en buenas manos: las de Saturnina, madre de siete rapaces criados, quien tras ejercer de partera se había convertido de manera natural en el aya de la niña. Algo parecido a lo que Galinda había sido para Auriola, aunque no cuajara las natillas con la misma maestría.
Partieron juntos una mañana de primavera, a lomos de sendas monturas, acompañados por una escolta de cuatro hombres de a pie. Una vez en León, se alojaron en una estancia lujosamente dispuesta para ellos en el palacio, respondiendo a la invitación de la infanta, quien aguardaba ilusionada la visita de su vieja amiga tanto como esta anhelaba reencontrarse con ella.
Sancha ya no era la chiquilla dichosa e ilusionada de la que Auriola se había despedido tres años antes. Apenas se parecía a ella. El dolor le echaba años encima, velaba su mirada, restaba brillo a su piel, dibujaba un rictus amargo en sus labios. La dama que la había cuidado, por el contrario, rezumaba juventud y lozanía. Aunque se protegiera cuidadosamente del sol, el aire del campo teñía sus mejillas de un saludable color sonrosado, que realzaba el azul intenso de sus ojos.
—¡Qué hermosa estás! —la saludó su antigua pupila con genuina admiración—. ¡Y cuánto te he añorado! —añadió, al borde del llanto.
—Mi señora. —Se inclinó la navarra ante ella, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Tu señora? —replicó la futura condesa, entre la decepción y la ironía—. ¿Ya no recuerdas quién soy?
—He pensado tanto en ti, prenda mía —se dejó ir Auriola, vencida por esas palabras y animada por la intimidad recuperada entre ellas—. No sabes cuánto lloré y recé al enterarme de lo ocurrido. Habría acudido a tu lado, pero mi estado no lo permitía.
—¿Ya eres madre? —dedujo la infanta.
—De una niña preciosa, sí. —Se le iluminó la cara—. Se llama Mencía. Verás cuánta felicidad traen a tu vida los hijos.
—¿Y el matrimonio? —Había un deje de sarcasmo en la pregunta—. ¿Recuerdas nuestras conversaciones cuando las dos bordábamos juntas nuestros respectivos ajuares? Nunca llegaste a decirme lo que debía esperar de mi noche de bodas, aunque supongo que pronto lo descubriré por mí misma. Sería raro que el azar me jugara dos veces la misma pasada.
—El matrimonio también, mi chica —trató de tranquilizarla la dama, abrumada por esa resignación amarga—. Te doy mi palabra. Y en cuanto a la noche de bodas… Todo cuanto te diga se queda corto. Prepárate para lo mejor.
Era mentira.
Ambas sabían que Sancha no era más que una pieza en el tablero del poder. Un peón importante cuya felicidad carecía de relevancia. Su casamiento con el conde de Castilla obedecía a la ambición ilimitada del monarca llamado a convertirse en su suegro, quien completaba de ese modo una jugada urdida con esmero tiempo atrás.
Los dos hijos mayores del difunto rey Alfonso quedaban a partir de ese momento en sus manos, sujetos a su influencia directa. El Reino de León, cuya primacía entre los cristianos nadie ponía en duda, se supeditaba en la práctica al arbitrio del soberano navarro, heredero de un territorio modesto, devenido en decisivo gracias a la audacia de aquel a quien ya apodaban el Magno.
La novia aportaba al matrimonio su sangre, el más valioso y codiciado de sus bienes, además de una dote cuantiosa: la tierra fértil comprendida entre los ríos Cea y Pisuerga, que supondría una notable ampliación del condado de Castilla. Fernando, segundón de un reino pobre, acrecentaba los dominios de su pujante condado y se convertía en cuñado del soberano leonés.
Ni el amor, ni el placer, ni los sueños de una huérfana desempeñaban papel alguno en esa compleja trama.
—Tu suerte va a cambiar, Sancha —dijo Auriola al cabo de unos instantes, en un intento desesperado de arrojar algo de claridad sobre ese tenebroso paisaje—. Verás cómo el conde es un marido gentil.
—Gentil era García —repuso la infanta, nostálgica—. Si lo hubieras conocido… No había doncel más apuesto ni noble que le hiciera sombra en galanura. Me lo mataron a traición y al hacerlo también a mí me apuñalaron el alma.
La princesa se había echado a llorar, desconsolada, una vez derribado el dique de contención en el que se apoyaba.
—Lo sé, lo sé. —La acunó su vieja amiga, igual que cuando era pequeña—. Pero don Fernando es un gran señor y un buen cristiano. Un guerrero temible, un caballero navarro. Seguro que también sabrá ser digno de ti, mi niña.
—¡Dios te oiga!
—Claro que sí. ¡No me digas que habrías preferido encerrarte en ese monasterio! Tienes mucha vida por delante…
—Si tú lo dices…
También en esa boda hubo músicos, infinidad de candelabros, incienso y otras esencias, vestiduras lujosas, cintas de seda, un banquete suntuoso, invitados de postín y baile por todo lo alto.
Auriola disfrutó de la fiesta junto a Ramiro hasta mucho después de que se retiraran los esposos, rogando por que sus augurios se hubiesen revelado certeros. Por que el hijo de don Sancho supiese estar a la altura de la dama que esa noche se le entregaba en el lecho. Una noble del más alto linaje, pero sobre todo una persona íntegra, valerosa, fiel, inteligente, acostumbrada a luchar contra la peor adversidad y capaz de brillar con luz propia.
Una mujer llamada a ser reina.
El camino de regreso fue silencioso. Ramiro sabía que muy pronto debería retornar a León para atender a la llamada de su rey y Auriola anticipaba esa soledad, sumida en sus pensamientos. La apenaba haber comprobado hasta qué punto había hecho mella la tristeza en la infanta, pero al mismo tiempo era consciente del profundo nexo de unión que siempre compartiría con ella. Lo cual, dadas sus circunstancias, no resultaba en absoluto baladí. En un mundo tan peligroso como el que les había tocado en suerte, toda alianza era poca en el empeño de sobrevivir.
Al llegar a sus dominios, detectaron cierta agitación en la casa. Un ir y venir de hombres que puso en guardia al señor.
La actividad en los campos era intensa. Se estaban limpiando y ampliando los canales de irrigación, para facilitar la llegada de agua a los sembrados; en los viñedos unos arreglaban las espalderas mientras otros plantaban nuevas vides, y por doquiera manos infantiles expurgaban los huertos de malas hierbas, entre cánticos, chanzas y rituales de cortejo.
Era tiempo de segar el heno a golpe de guadaña, a fin de tener reservas cuando llegara el invierno, pero aun así sobraba hierba fresca para que el ganado se hartara de pastar. La naturaleza renacía después del invierno helado y con ella despertaban las gentes cuyo sustento dependía de ese ciclo ancestral. Nada parecía estar fuera de lugar, salvo ese trasiego inusual de aldeanos en el recinto fortificado donde habitaba el infanzón.
—¿Ves alguna cara desconocida a tu alrededor? —preguntó Ramiro a su esposa, en cuanto desmontaron frente a los establos.
—No me parece, no —respondió ella, sin demasiado interés—. ¿Por qué lo dices?
—Algo raro está pasando aquí —sentenció él, en evidente tensión—. Aún no sé de qué se trata, pero mejor desconfiar. He combatido más de una rebelión campesina en los últimos tiempos y sé lo violentos que pueden mostrarse esos rústicos cuando están desesperados. Enciérrate en casa con la niña y no salgáis hasta que yo llegue.
—¡Me estás asustando!
—Mejor así. ¡Haz lo que te digo y no discutas!
Auriola se dirigió a toda prisa hacia la torre, acompañada por dos de los guardias que habían viajado con ellos. Ramiro volvió a montar de un salto y partió al galope hacia la aldea, seguido a la carrera por los otros dos peones, acostumbrados a bregar hasta el límite de sus fuerzas.
No tardó en alcanzar la pequeña villa levantada a los pies de su castillo, donde todo parecía normal. Apenas un par de ancianas tomaban el sol en el quicio de sus puertas, al cuidado de chiquillos demasiado pequeños para trabajar. Los demás debían de estar en los campos, dedicados a sus quehaceres. Tranquilizado por esa estampa, volvió grupas hacia su hogar, deseoso de echarse al coleto un buen trago de sidra fresca, quitarse las botas y descansar.
En el patio de armas, no obstante, lo aguardaba una desagradable sorpresa. El sospechoso alboroto percibido un rato antes parecía haberse ordenado en un grupo compacto de aldeanos, formado cual ejército presto para el combate. Ramiro contó docena y media de hombres adultos y reconoció entre ellos al herrero, a un par de propietarios de caballos integrantes de su mesnada, a uno de los padres de familia que le habían seguido tras su boda con Auriola y a Gemondo, el carpintero a quien su esposa había confiado años atrás las obras de acondicionamiento de la Lobera.
Fue este último quien, bonete en mano, con evidente nerviosismo, se erigió en portavoz de los demás.
—Si dais vuestro permiso —lo abordó, en cuanto puso pie en tierra—, quisiéramos parlamentar.
Curtido en muchas batallas, el infanzón apeló a su instinto de guerrero para valorar de un vistazo la gravedad de la situación. Aquellos hombres constituían una fuerza considerable, pero parecían pacíficos. Además, eran su gente, los colonos con quienes compartía la aventura de repoblar aquella tierra yermada por siglos de fuego y sangre. Algo en su interior le dijo que podía fiarse, de modo que respondió, conciliador:
—Venid dentro conmigo. Daremos buena cuenta de una jarra. No sería civilizado hablar con la garganta seca.
Precedidos por su señor, los paisanos se encaminaron hacia el edificio de piedra con aire decidido y cabeza alta. Aunque ninguno hablara, salvo Gemondo, los unía un mismo sentir y una misma voluntad firme de formular sus demandas. Las habían masticado entre ellos en múltiples ocasiones, tras escuchar lo que contaban arrieros u otros viajeros procedentes de comarcas situadas a levante. Una vez dado el paso de encararse con el amo, no pensaban conformarse con un «no» por respuesta. Claro que una cosa era vociferar en una asamblea improvisada entre amigos y otra muy distinta exponer dichas peticiones al señor.
—Vosotros diréis —los animó este, en tono enérgico, una vez sentados todos alrededor de la gran mesa y llenos los vasos de vino—. Os escucho.
—Veréis —arrancó Gemondo, tras aclararse la voz—. Los aquí presentes hablamos en nombre de todos.
—Entendido —respondió el caballero, sin dejar de mirarlos a los ojos uno a uno.
Ramiro había formado parte de una pequeña comunidad de pescadores, acompañado a su madre a vender paños en el mercado situado junto al castillo de Gauzón y experimentado un respeto reverencial hacia el guardián de dicha fortaleza. Nadie debía explicarle la naturaleza de los sentimientos que embargaban en ese instante a los hombres que tenía ante sí; estaban grabados en su piel y su memoria, formaban parte de su ser. Sin embargo, ahora las tornas habían cambiado y no podía permitirse mostrar debilidad ante ellos. Fuera cual fuese el contenido de la negociación que estaba a punto de producirse, debía conservar su ventaja.
—¿Qué queréis de mí? ¡Dilo de una vez sin miedo!
—Un concejo —escupió el carpintero.
—Un concejo…
—La aldea ha crecido —se envalentonó Gemondo, animado por los demás—, somos muchos los vecinos y queremos elegir a nuestros representantes.
—¡Y una iglesia! —recordó una voz procedente de un extremo de la mesa—. ¡Di lo de la iglesia!
—También queremos construir una iglesia en el pueblo —añadió el portavoz—, y para eso necesitamos madera, clavos, algo de plata y un cura, claro.
—Nada menos… —ironizó Ramiro, en el fondo tranquilizado por lo que acababa de oír.
—Es lo justo, señor. —Le sostuvo la mirada Gemondo—. Somos hombres libres, al igual que vos. No somos más que vos, pero tampoco menos. Luchamos a vuestro lado y estamos aquí porque queremos.
Un murmullo de asentimiento acudió en auxilio del carpintero, quien había demostrado un coraje sobresaliente al dirigirse de ese modo a un caballero de condición muy superior a la suya. A su favor jugaba el hecho de conocerlo desde antiguo y saber de su hombría de bien. Ello no obstante, había arriesgado mucho osando plantarle cara, motivo por el cual, una vez dicho lo que había venido a decir, bajó los ojos, bebió su vino y guardó silencio, mientras sus compañeros de ambos lados le palmeaban la espalda a fin de expresarle gratitud y admiración.
Ramiro se tomó su tiempo antes de contestar. Debía medir bien sus palabras y aún mejor sus concesiones, si quería conservar no solo la obediencia, sino la lealtad de esos hombres en quienes descansaba su poder. Cuando les dio su respuesta, lo hizo con tal firmeza que no dio lugar a más réplicas.
—Esto es lo que haremos. Tendréis vuestro concejo, que atenderá a vuestros asuntos, aunque yo seguiré ejerciendo mi potestad sobre vosotros, dado que soy vuestro señor. Me pagaréis los tributos en la misma medida que lo hacéis. Ni más ni menos. Y yo os proveeré de todo lo necesario para edificar ese templo y buscaré un sacerdote que oficie la santa misa, al menos una vez al mes y en las grandes festividades.
Aceptadas sus reclamaciones, los aldeanos se levantaron para salir ordenadamente, con la dignidad intacta y la satisfacción dibujada en sus rostros barbudos. Ramiro a su vez los despidió en pie, junto a la puerta, sin perder el aplomo pétreo que se esperaba de él.
Había cedido lo necesario para evitar posibles revueltas, sin renunciar a nada de cuanto se había ganado luchando. Seguiría cobrando las gabelas pagadas con el sudor de esas gentes, a cambio de permitirles organizarse a su manera. Un precio muy asequible, se dijo, dadas las circunstancias.
En cuanto a la iglesia, él mismo compraría en León los libros y ornamentos necesarios para el culto, además de pedir al obispo que designara a un párroco.
Se disponía a celebrar el éxito del encuentro degustando un último trago del vino escanciado a sus huéspedes, cuando un grito desgarrador interrumpió de golpe sus pensamientos. Venía de la planta de arriba y lo había proferido Mencía.