Encontró a su esposa en la alcoba, medio desnuda, con la camisa teñida de rojo. La expresión de su rostro era una mezcla de terror y desolación, aunque se afanaba por tranquilizar a su hija, quien se había asustado hasta el extremo de chillar de ese modo al detectar el miedo de su madre y ver esa mancha en su ropa. Pese a su corta edad, conocía y reconocía la sangre.
—No pasa nada, chiquichu —le decía Auriola al oído, agachada a su lado—. Todo está bien.
—¿Qué te ocurre? —Corrió a su lado Ramiro, mirando a su alrededor en busca de una explicación—. ¿Estás herida? ¿Alguien te ha hecho daño?
Auriola tardó en responder. Le costaba expresar con palabras la tormenta de emociones que sacudía en ese momento su alma, al comprobar cómo su cuerpo rechazaba la nueva vida que tanto ella como su marido habían buscado engendrar con ansia. Sentía pena, vergüenza, dolor, culpa, temor: un ramillete siniestro que la devolvía de golpe al instante de pánico experimentado al dar a luz a su hija, cuando percibió claramente que algo en su interior se había roto. Ahora ese desgarro se hacía patente en esa pérdida, cuyo nombre se negó a pronunciar. Únicamente acertó a decir:
—Lo siento…
No hizo falta más. Él la estrechó en sus brazos, que acogieron también a la pequeña, y así permanecieron un rato, en silencio. Luego se marchó, tratando de ocultar su decepción, para mandar llamar a Saturnina, quien acababa de regresar a su casa.
Transcurrieron varios días sin que ninguno de los dos mencionara el incidente, como si por el hecho de callar este no se hubiera producido. Finalmente fue ella quien lo sacó a relucir, aun no mencionándolo de forma expresa, mientras cenaban, sombríos, la víspera de su marcha.
—¿No vas a reprocharme nada? —En la pregunta no había desafío, sino algo parecido a una petición de perdón.
—¿Acaso debería hacerlo? —respondió con frialdad Ramiro, quien seguía intentando disimular su malestar—. Es la voluntad de Dios y como tal hay que aceptarla.
—Si hubiese sabido que estaba preñada —alegó ella en su defensa—, no habría emprendido ese viaje a León. Te lo juro.
—Déjalo correr, Auriola —replicó él, irritado—. Concebirás de nuevo y la próxima vez tendrás más cuidado.
—¿Y si no hubiese próxima vez? —La dureza que destilaba el tono de su esposo era un segundo cuchillo clavado en sus entrañas—. ¿Si no volvieras de esta campaña o yo hubiera quedado estéril?
—¡No escupas al cielo! —exclamó el infanzón, amenazante—. Hay cosas que es mejor no pensar y mucho menos decir. Trae mala suerte.
Fue la última conversación que tuvieron a ese respecto.
Con el correr de los meses se disiparon las nubes, recuperaron la pasión y Ramiro regresó al lecho de su esposa en busca del varón llamado a perpetuar su estirpe, pero el milagro no se produjo.
Transcurrieron años tranquilos en la torre de Lobera. Años de paz y abundancia, al amparo de los cuales el dominio prosperó.
Cuando Auriola sentía la tentación de compadecerse de sí misma, miraba a su alrededor y enseguida hallaba motivos para desechar tales sombras. El primero, Mencía, que crecía saludable y feliz, llenando el mundo con su alegría. Los demás la rodeaban allá donde dirigiera la vista. La suya era una existencia privilegiada, en un universo pequeño, compartido con sus tributarios. Nada parecido a la ciudad, que levantaba muros casi infranqueables entre ellos.
Esa mañana de verano, Aciscla, la lavandera, estaba haciendo la colada en el patio, auxiliada por sus dos hijas. Hervía ropa blanca en un inmenso caldero de hierro, después de haberla restregado enérgicamente. El olor acre del jabón, elaborado con grasa de cerdo, impregnaba el aire y se colaba en la torre a través de las ventanas abiertas.
Irritada por ese hedor, Auriola salió a decirle que la próxima vez se fuera al río y encendiera una hoguera en la orilla, en lugar de apestar la casa.
—Si vas a terminar allí, para aclarar y tender las sábanas, ¿a qué viene cocerlas aquí, armando esta escandalera? —la regañó—. ¡Que sea la última vez!
Aciscla la miró sin comprender, pues su olfato no detectaba los efluvios que molestaban al ama. Ambas se conocían bien. Habían llegado juntas en el mismo viaje y a una edad parecida. De ahí que la sirvienta se atreviera a contestar, mirándola a los ojos:
—El caldero pesa demasiao, señora. Hacen falta varios hombres para arrimarlo hasta aquí. ¿Cómo vamos a bajarlo al río?
La navarra hubo de plegarse a la fuerza del argumento. Quien lo enarbolaba no lo hacía con impertinencia, sino apelando al sentido común. Era una mujer libre, consciente de tener razón. Una mujer de la tierra, con las manos llenas de sabañones, destrozadas por la sosa, la espalda rota de trabajar y la dignidad intacta.
—Visto así… —masculló, a guisa de disculpa—. Si después necesitas ayuda con los canastos, pídesela a los guardias.
La lavandera asintió, mientras removía el cocimiento con un cucharón de madera, subida en un escabel, ante la atenta mirada de las niñas, que le sujetaban la saya, no fuera a caerse dentro.
Auriola se retiró, vencida, a lamerse las heridas y celebrar su fortuna. Una simple sirvienta acababa de darle una lección que creía tener aprendida y parecía haber olvidado. No la habían educado en la molicie, sino en la reciedumbre. Y si la adversidad se empeñaba en poner a prueba su carácter, sabría plantarle cara.
—¡Por estas! —dijo en voz alta, llevándose el pulgar a los labios.
El año 1035 de Nuestro Señor fue pródigo en acontecimientos.
Con el fin de festejar la natividad de Jesús, la aldea se vistió de gala para celebrar mascaradas. Siguiendo una tradición aprendida de sus mayores, los lugareños se disfrazaron, bailaron e improvisaron chanzas y burlas dirigidas sobre todo contra los clérigos, objetivo de los dardos más punzantes.
La mañana del último día, Mencía entró corriendo en la alcoba de Auriola cuando esta se disponía a bajar a desayunar.
—¡Madre, madre! —La excitación le encendía las mejillas—. ¿Puedo bajar a las fiestas? ¡Por favor!
—¡Ni hablar! —fue la respuesta drástica de la Dueña—. Esas son cosas propias de rústicos en las que no deberías pensar siquiera.
—Pero es que van a elegir rey del corral a Pelayo, el cabrero —protestó la niña, imprimiendo un tono de súplica a sus palabras—. ¡Por favor, por favor! Sabes que somos amigos…
—Una damita como tú no debería mirar a un cabrero ni mucho menos conocer su nombre o permitirle la menor confianza —fingió escandalizarse la señora, pese a saber que a la edad de su hija también ella se fijaba en los zagales apuestos de los alrededores, fuera cual fuese su condición.
Mencía insistió, lloró y rogó, en vano. Su madre se mantuvo inflexible, consciente de su deber. De modo que el jolgorio, las danzas y los disfraces pasaron de largo para los habitantes del castillo, aunque todos ellos albergaran el deseo secreto de olvidar la responsabilidad, dejarse llevar por la música y abandonarse al placer, como hacían muy de tarde en tarde esas almas sencillas cuyo trabajo incansable surtía de productos sus despensas.
En lo más crudo del invierno, cuando los guerreros habían dejado descansar las armas para hartarse de comer, los campos se cubrían de escarcha y los ancianos dormitaban junto al fuego, viendo bullir el potaje en la marmita, el rey Bermudo contrajo matrimonio con Jimena, hija de Sancho III el Magno y de su esposa, doña Mayor.
El enlace reforzaba todavía más los sólidos lazos familiares establecidos entre el soberano leonés y el de Navarra, cuya sangre se unía indisolublemente a la de los herederos de Alfonso V. Desposada Sancha con Fernando y Bermudo con su hermana pequeña, la dinastía Jimena sentaba plaza en el trono de León, fuera cual fuese el devenir de una historia que muy pronto escribiría páginas de llanto y luto.
Cumplidos los dieciocho años, el novio llevaba tres ejerciendo de pleno derecho el poder, sin por ello librarse de la férrea tutela de su suegro, quien se permitía incluso firmar documentos apropiándose de su título. Al igual que en el caso de Sancha, tampoco su boda guardaba relación alguna con los sentimientos o las apetencias. Se trataba de un arreglo político merced al cual él esperaba recuperar autonomía, al comprometerse don Sancho a cruzar el río Cea y dejar de inmiscuirse en los asuntos de su reino.
¡Qué insignificantes resultan ser ciertos actos cuando el destino tiene dispuesta otra cosa!
En esa ocasión Ramiro asistió al enlace, como no podía ser de otro modo, aunque Auriola permaneció en Lobera guardando reposo. Estaba nuevamente encinta, del tiempo suficiente para concebir esperanzas, y no quería poner en riesgo a la criatura que esperaba impaciente. Permaneció pues en su hogar, al abrigo de la chimenea, dejándose cuidar por Saturnina, que velaba asimismo por el bienestar de Mencía.
Fueran los caldos de gallina preparados según la receta de Galinda, la observancia de un estricto descanso o la voluntad de Dios, lo cierto es que a comienzos del verano dio a luz un niño sano, fuerte y hermoso, a quien pusieron por nombre Tiago, como el padre que el infanzón no había llegado a conocer.
Una vida comenzaba y otra estaba a punto de apagarse.
Acababa de finalizar la vendimia, que Ramiro había supervisado personalmente, cuando un mensajero despachado por el mismísimo Bermudo le llevó una noticia agridulce, ansiada y a la vez temida, preludio de días venturosos o bien de aconteceres trágicos: Sancho III, soberano de Navarra, grande entre los reyes cristianos siendo el suyo un reino pequeño, había rendido el alma lejos de su gente y de su hogar, mientras peregrinaba a Oviedo con la intención de adorar las reliquias custodiadas en su catedral, empezando por el Santo Sudario de Cristo.
La nueva apenó a Auriola, criada en el respeto a ese hombre a quien su familia en Lurat veneraba por sus hazañas. Su esposo en cambio sentía hacia él más resquemor que admiración, aun reconociendo las virtudes que habían hecho de Sancho un gobernante sin par. De ahí que su muerte repentina lo llenara de inquietud.
—Mañana al alba me marcho —anunció a su mujer esa noche, como en tantas ocasiones anteriores—. Debo estar cerca del Rey. Las cosas pueden torcerse en cualquier dirección y me necesita a su lado.
Ella estaba acostumbrada. Ese ir y venir incesante era su pan cotidiano. Ya no se quedaba rezando, como antaño, angustiada ante la posibilidad de que él no volviera. Ahora tomaba las riendas de la propiedad, suplía a su marido en todas las decisiones urgentes y aguardaba confiada su regreso, sabiendo que no faltaría a su promesa de velar por ellos: su esposa, su hija y ese heredero anhelado que aún iba envuelto en mantillas.
—¿Se sabe cómo ha fallecido don Sancho? —inquirió, curiosa, dándose por enterada de su inminente partida—. Era un hombre vigoroso y, si no me equivoco, no debía de tener mucho más de cuarenta años. Es extraño…
Mientras hablaba, devoraba a dos carrillos un muslo de capón bien cebado, insuficiente para saciar el voraz apetito que la consumía desde que empezara la lactancia de ese pequeño tragón al que también había decidido amamantar ella misma. La reciente preñez había redondeado su cintura y rellenado el óvalo de su rostro algo anguloso, infundiéndole una belleza que tenía cautivado a Ramiro, más reticente que nunca a anteponer su deber a sus obligaciones de esposo.
—Don Bermudo no se refería a ello en la misiva, de lo cual deduzco que tampoco él está seguro. Es posible que sucumbiera a un síncope repentino, aunque me inclino más por el asesinato. No se llega hasta donde él estaba sin dejar atrás muchos enemigos.
—Empezando por nuestro rey —constató ella, provocadora.
—¡Nuestro rey jamás cometería semejante vileza!
—El amor te nubla el juicio, esposo, pero no quiero discutir. Hoy no.
—Yo tampoco.
—¿Qué cabe esperar ahora? —reanudó Auriola el interrogatorio, llevándose a la boca un contramuslo grasiento—. Llevo demasiado tiempo alejada de la corte para estar al tanto de lo que se cuece allí…
—Pero te sigue interesando —rio él.
—Conozco a Bermudo y a Sancha desde que eran unos críos —adujo ella—. ¿Cómo podría no interesarme lo que les ocurra? Además, nuestro destino está indisolublemente ligado al del soberano. Me interesa, sí. Igual que a ti.
—En tal caso, reflexionemos juntos. Tú dominas mejor que yo la tradición navarra que permite a un monarca dividir sus posesiones entre sus distintos herederos, ¿no es así?
—Siempre que el Reino quede en manos del primogénito, sí —confirmó Auriola.
—Pues entonces es de suponer que don García Sánchez, el de Nájera, herede Navarra y Aragón, acrecentados con los territorios de Trasmiera, La Bureba, Montes de Oca, Las Encartaciones y Las Merindades, anexionadas por su padre a lo largo de estos años a costa de León; don Fernando, el esposo de Sancha, consolide la titularidad del condado de Castilla, y el pequeño, Gonzalo, reciba Sobrarbe y Ribagorza.
—Pero don Sancho tenía otro hijo muy querido, habido fuera del matrimonio pero no por ello negado: Ramiro, creo recordar.
—Los bastardos no tienen derecho a la herencia —rebatió el tocayo del mencionado.
—Aun así, dudo que don Sancho desamparara a su vástago, máxime tratándose del primero. Algo le dejaría.
—¿Los dominios aragoneses tal vez?
—Sería lo que menos afrentaría a los otros, desde luego.
—Dices bien, «lo que menos» —convino el infanzón, mostrando su preocupación con un leve fruncimiento de las gruesas cejas oscuras que cubrían sus ojos—, porque afrenta habrá, eso es seguro. O mucho me equivoco, o no tardaremos en ver a esos hermanos luchando por los despojos del imperio que se derrumba.
—Eso mismo temo yo…
—Hasta donde yo sé —prosiguió Ramiro—, García y Fernando no se parecen en nada. El primero es arrogante, impetuoso, previsible. Su benjamín, en cambio, sabe contener sus impulsos, calcula mejor sus pasos, domina la estrategia. Comparten, eso sí, idéntico arrojo y una misma ambición, que de forma inexorable los llevará chocar pronto o tarde.
—¿Y qué hay de Jimena, nuestra soberana? —insistió la navarra, a quien esa conversación había despertado recuerdos de un pasado lejano en el que ella misma formaba parte de ese intrincado juego de tronos.
—A ella la dejó casada y muy bien casada, por cierto —respondió su esposo con un deje de reproche—. Esperemos que García, Fernando, Gonzalo y su hermano bastardo se peleen entre sí y se olviden de su cuñado, que bastante tiene con domeñar a sus vasallos más levantiscos.
—¿Qué quieres decir? —Ramiro la conocía demasiado bien para no detectar en esas palabras mucho más que la formulación de una esperanza.
—Nada más que lo dicho, esposo. Ojalá que don Bermudo quede al margen de toda pugna y reine la paz en León. Ojalá escape a la tentación de cobrarse viejas deudas. Ojalá…
Acabada la cena, los esposos se retiraron a la alcoba con prisas de recién casados. Ella calculaba que en breve debería levantarse para alimentar a su hijo y él quería despedirse prendiendo fuego en su piel, pues resultaba imposible saber si volvería a abrazarla. Se deseaban con urgencia, con violencia, con la misma pasión de antaño y mucha más sabiduría.
Esa noche durmieron poco, aferrados el uno al otro, conscientes de que al rayar el alba la magia se quebraría.
Eran tiempos inciertos, tiempos peligrosos, tiempos en los que la vida de un hombre tenía escaso valor, incluso tratándose del mayor guerrero de la cristiandad hispana, Sancho III el Magno, rey por la gracia de Dios.