No habían pasado dos años desde la muerte del monarca navarro cuando estalló la guerra que Auriola había augurado y temido.
En los campos el trigo recién segado era majado por los trillos, uncidos a burros dóciles habituados a esa brega, o bien por el mayal, más pequeño, manejado con soltura por hombres, mujeres y niños. La actividad era frenética, a pesar del calor aplastante. Tanto que poca o ninguna atención prestaron los campesinos afanados en su tarea al paso de los ejércitos que marchaban al combate.
Fernando culpó a Bermudo de invadir sus dominios y este arengó a sus guerreros invocando su derecho sagrado a recuperar las posesiones que le habían sido expoliadas aprovechando su minoría de edad. En disputa estaban las comarcas leonesas entregadas en dote a Sancha, que el Rey y el conde ambicionaban por igual. Uno en su calidad de soberano de León, a cuyo territorio habían pertenecido antes de ser cedidas a su hermana, y otro como esposo de Sancha y por tanto defensor de sus legítimos intereses.
Nadie preguntó a la condesa cuál era su parecer. Únicamente Auriola, su antigua amiga, se condolió de corazón con ella al saber que su hermano y su esposo se disponían a despedazarse. Fuera quien fuese el vencedor, ella saldría dañada, al igual que otras muchas mujeres utilizadas como moneda de cambio en pactos entre grandes familias que a menudo terminaban quebrándose. ¿Qué podían hacer ellas salvo amparar a sus hijos?
La hueste del rey leonés, integrada por lo más granado de la nobleza leonesa y gallega, atravesó la Tierra de Campos, antes de cruzar el Pisuerga en su camino hacia el valle de Tamarón, próximo a Burgos, lugar escogido para el choque. Junto al soberano iba su leal caballero, Ramiro, acompañado por los soldados reclutados entre sus vasallos. Cabalgaba tranquilo, confiado en la victoria, dada la superioridad de sus tropas sobre las mesnadas castellanas, incluso reforzadas estas por los contingentes navarros que había aportado García III.
El destino, sin embargo, tenía dispuesta otra cosa.
Recogida la cosecha, llenos hasta los topes los silos, casi a punto de maduración la uva agarrada a las espalderas, pasado lo peor del calor, con noches más tolerables y fruta fresca en la mesa, Auriola aguardaba impaciente el regreso de su esposo, a quien no había visto en meses.
Sus días comenzaban temprano, coincidiendo con el canto del gallo, y transcurrían a un ritmo de locos. El verano era de largo la estación más agotadora, máxime cuando los hombres expertos en empuñar la guadaña estaban lejos de casa, armados de espadas o lanzas que la mayoría no sabía usar. Era menester acopiar víveres con vistas al frío, reparar paredes y tejados, atender a las crías nacidas, disponer los productos destinados al mercado… y un sinfín de otras tareas cuya dirección correspondía a la Dueña en ausencia de su esposo.
Mencía y Tiago crecían prácticamente asilvestrados por los recovecos del castillo, bajo la mirada distraída de una Saturnina abrumada por semejante responsabilidad, que se encomendaba a Dios para conjurar las amenazas. Su prole había gozado siempre de tan alta protección. ¿Por qué no habría de extenderse esta a las dos criaturas del ama sujetas a su vigilancia?
Hacía menos de una semana, sin ir más lejos, un paño del muro que protegía el recinto se había derrumbado sin previo aviso cuando los niños jugaban cerca, causando un estruendo ensordecedor. Al llegar al lugar del incidente, próximo a las cuadras, Auriola se encontró a su hija paralizada por el terror, temblando y gimiendo. Los ladrillos y la argamasa caídos estaban a pocas pulgadas de ella y la habrían aplastado, a buen seguro, de no haber mediado la intervención del Niño Jesús, a quien ambas elevaron juntas sus oraciones allí mismo, dándole cumplidas gracias por su intervención providencial.
—¡No volváis a acercaros a la muralla! —regañó después a los chiquillos, enfatizando la advertencia con un movimiento inequívoco de su dedo índice—. ¿Me habéis comprendido? Si vuelvo a veros por aquí, os encierro.
Esa misma mañana mandó reparar el boquete abierto en la fortificación y revisar todo el cercado, cuya resistencia endeble obedecía seguramente a la precipitación con la que había sido levantado.
Las obligaciones de todo caballero incluían contribuir a construir o mantener los castillos fronterizos vitales para la defensa del Reino, entre los cuales se contaba la modesta plaza de Lobera, próxima a Zamora. Cuando la ciudad fuese cristiana, habían comentado a menudo Ramiro y Auriola, ya se encargarán ellos de fortificarla a conciencia para que nunca más sufriera embates como los de Almanzor.
¡Cuántos sueños compartidos se disponía a truncar la vida!
—¡Señora! —La voz ronca de un soldado resonó como un cuerno de guerra en el granero donde Auriola anotaba las cantidades de trigo y cebada almacenadas—. Don Ramiro está de vuelta.
Auriola bajó a toda prisa de su atalaya, a riesgo de descalabrarse, ansiosa por abrazarlo. Salió corriendo al patio, donde esperaba encontrarse con el caballero orgulloso que había visto partir, pero lo que vio fue a un hombre vagamente parecido a su marido, a quien hubieran echado de golpe diez años a las espaldas. Un hombre avejentado, demacrado, vencido, con el rostro desfigurado por un rictus de profunda amargura.
—¿Habéis sido derrotados? —preguntó, pese a dar por supuesta la contestación afirmativa—. ¿Tan mal ha ido la batalla?
—Si solo fuera eso… —masculló él sombrío.
—¿Qué tienes, esposo? Ven aquí… —intentó confortarlo.
Ramiro esquivó la caricia, huraño, para encaminarse al interior de la torre sin añadir palabra. Ella lo siguió, desconcertada, pues jamás, ni en los peores momentos, lo había visto comportarse de manera tan grosera.
—Manda que nos traigan vino —ordenó él una vez dentro—. Tengo sed.
—Ramiro, por amor de Dios, dime qué es lo que te ocurre —le plantó cara ella sin arredrarse, elevando el tono y el mentón—. Me estás asustando.
—Todo ha terminado, Auriola —murmuró su esposo, como ido, mientras se derrumbaba sobre un escaño—. Se acabó. Bermudo ha caído.
El imberbe soberano de León y su cuñado, conde de Castilla, se habían visto las caras en un campo yermo y lleno de polvo cercano a la villa de Tamarón. Ambos ansiaban las mismas tierras, igual dominio, idéntica gloria. Consciente de la inferioridad numérica de sus tropas, Fernando había suplicado el concurso de su primogénito, García, demanda que este había satisfecho proporcionándole un contingente de aguerridos soldados navarros, cuyo auxilio acrecentó la magnitud del desastre.
—No sé qué va a ser de León y mucho menos de nosotros —masculló el señor de Lobera—. Es el fin.
Un espeso manto de silencio cubrió el salón, sacudido hasta los cimientos por el impacto de esa revelación.
Ramiro llevaba días rumiando su desesperación por los caminos, mientras retornaba a Lobera con los pocos supervivientes de la debacle sufrida. Se preguntaba hasta cuándo conservaría esos dominios, sin querer conocer la respuesta. Auriola trataba de asimilar lo que acababa de oír, venciendo su propia pena ante la muerte de ese monarca a quien había conocido siendo un niño, en aras de ayudar a su hombre a salir cuanto antes del pozo en el que se estaba ahogando.
—Cuéntamelo despacio —dijo al cabo de unos instantes, tras llenarle hasta arriba una copa del mejor tinto de la bodega—. Deja fluir tu dolor.
Y él abrió la espita de la memoria y el llanto, para desahogar la congoja que le atenazaba el alma.
Relató las últimas horas del Rey, convencido de su victoria, encabezando orgulloso el grandioso ejército leonés. Habló de su propia confianza, a todas luces infundada, y de su clamoroso fracaso en el juramento hecho a don Alfonso en su día.
—La historia se repitió, idéntica a la vez anterior, sin que tampoco en esta ocasión yo pudiera hacer nada —lamentó, entre sollozos, mesándose el cabello revuelto, manchado con grumos de sangre real.
—¿También fue un arquero enemigo quien abatió a don Bermudo? —dedujo Auriola, cuya mirada azul envolvía el desconsuelo de Ramiro con infinita ternura.
—No —replicó él en tono fúnebre—. Fue infinitamente peor.
—¿Peor? —se sorprendió la navarra.
El infanzón levantó los ojos, enrojecidos por el cansancio y las lágrimas, antes de narrar unos hechos que jamás podría olvidar.
—El Rey cometió el mismo error que su padre: bajó la guardia. Si uno cabalgó bajo las murallas de Viseu en camisa, el otro acometió al enemigo antes de tiempo, a galope tendido, solo y con la celada del yelmo abierta.
—En tal caso no puedes culparte por ninguna de esas dos muertes. La imprudencia fue suya.
—Era mi deber protegerlos, Auriola. ¿No lo comprendes? Era mi deber y les fallé.
—No te atormentes, mi amor…
Sordo a esa súplica, Ramiro siguió vomitando a borbotones su frustración y su tristeza.
—Salí tan rápido como pude tras él, sin darle alcance. Vi cómo un venablo castellano le entraba por el lado derecho del visor, le reventaba el ojo y le arrancaba media cara. Oí su alarido desgarrado. Contemplé, impotente, cómo se le echaban encima esos lobos y lo remataban en el suelo, clavándole sus picas, sus hierros y hasta sus puñales, incluso después de muerto. Se cebaban con él como buitres hambrientos, cosiendo su cuerpo a lanzadas… ¡Así ardan en el infierno esos cobardes malnacidos!
También Auriola se había conmovido hasta los tuétanos con el horrible final de ese rey a quien siempre recordaría indefenso, ataviado con ropas impropias de un niño, sin saber qué decir ni qué hacer. Se abrazó a su marido, uniéndose con ese gesto a su duelo, aunque él la apartó suavemente a fin de apurar hasta las heces el cáliz de ese recuerdo.
—No fuimos capaces de rescatar sus restos, Auriola. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? Lo dejamos allí, pudriéndose en el barro, bajo el sol implacable de agosto. Luchamos con bravura por él. ¡Te lo juro! Algunos guerreros salieron en desbandada tras ver caer al monarca, pero otros muchos perecieron en ese campo, tratando de acercarse al cadáver del soberano. Sin embargo, fuimos repelidos por la hueste enardecida del conde Fernando, incrédula ante su suerte. ¡Maldito sea su nombre, maldito el de su hermano García y maldita por siempre su estirpe!
La Dueña lo dejó hablar, pues comprendía su rabia. A ella misma le costaba aceptar, y más aún perdonar, que hubieran sido sus paisanos los verdugos del rey mozo, arrebatado de este mundo antes de cumplir veinte años.
—Ya se habrá reunido con su padre en el cielo —trató de restañar la herida abierta de su esposo—. Ya goza de la paz de Dios.
También Ramiro había encontrado algo de sosiego tras descargar su corazón del peso que lo abrumaba. La congoja remitía, poco a poco, lavada por esas lágrimas, dejando paso a una preocupación tan honda como fundada.
—Don Bermudo descansa en la gloria eterna —convino, en tono sarcástico—, pero nosotros seguimos aquí, solos y desamparados.
—Eso no es cierto, Ramiro. Eres dueño de un dominio próspero, cuyas rentas crecen de año en año.
—¿Hasta cuándo? —incidió él, sombrío—. ¿Cuánto tardará el vencedor en despojarme de mi propiedad?
—¡Esta es tierra de realengo concedida a perpetuidad por el Rey!
—Lo que un rey da, otro lo quita. Nuestra heredad no es muy rica, pero ocupa una importante posición estratégica. Y yo ya no soy nadie en la corte. Pronto habrá más de un magnate disputándose nuestros despojos. Las grandes familias del Reino nunca tienen suficiente y van acumulando poder. Los tiempos cambian deprisa…
«… Y las desgracias nunca vienen solas», habría debido añadir.
Cuando un cálido día de junio del año 1038 de Nuestro Señor, Fernando, hijo de don Sancho el Magno, entró en León a lomos de un enorme semental negro, para ser ungido rey por el obispo Servando, entre los magnates presentes en la basílica de Santa María no estaban ni Ramiro de Lobera ni Auriola de Lurat. Tampoco otros muchos dignatarios del clero y la aristocracia, reacios a inclinar la cabeza ante un magnate considerado un vulgar usurpador.
El camino hasta ese trono no le había resultado llano al vencedor de Tamarón. Una gran parte de la nobleza leonesa, encabezada por los condes gallegos, rechazaba frontalmente reconocerlo como soberano y se había alzado en armas contra él, en una rebelión abierta que le llevó casi un año sofocar a sangre y fuego.
Los alzados se negaban a rendir pleitesía a quien no dejaba de ser su igual, en su calidad de conde de Castilla, territorio perteneciente a la Corona de León. En vano esgrimían los partidarios de Fernando el argumento de que, muerto Bermudo, era Sancha, legítima heredera de Alfonso V, la única propietaria de unos derechos sucesorios que transmitía a su esposo. A ojos de los insurrectos, el hijo segundón del difundo monarca navarro carecía de méritos suficientes para llevar la corona del primer reino cristiano, máxime tras conocer que había pagado el auxilio militar de su primogénito, García, cediéndole todo el norte de su condado y despojando así a León de lo que en derecho era suyo.
El rencor, las inquinas, las conjuras y el afán de venganza volvían a sentar plaza en la corte, donde Sancha, convertida en reina a su pesar, se enfrentaba al reto formidable de conjugar intereses opuestos, defender sus derechos sin traicionar el legado que corría por sus venas y hermanar cuanto antes a esos vasallos suyos, valiosos guerreros de la Cristiandad, enzarzados en choques baldíos que solo traerían derrota.
Ramiro asistió a esa lucha fratricida sin implicarse en ella, sumido en una tristeza que ni Auriola ni sus hijos eran capaces de ahuyentar. Un pesar del que solo escapaba cuando emprendía una cabalgada a ciegas en territorio musulmán, de la que solía regresar victorioso, aunque con magro botín, dada la escasa población de las tierras situadas en la orilla meridional del Duero.
Los combates entre cristianos tenían lugar lejos, al norte de su pequeño dominio, donde la vida continuó monótona siguiendo el curso de las estaciones, hasta el día en que Tiago sufrió un accidente fatal.
Al principio nadie le dio importancia.
El chiquillo, que correteaba por todas partes, tropezó en el almacén donde se guardaban los aperos de labranza, con tan mala fortuna que intentó instintivamente agarrarse a un azadón recién afilado y se hizo un feo corte en la mano.
Lo llevó en brazos a casa uno de los jornaleros que andaba por allí, seguido a la carrera por Saturnina.
—El niño se ha hecho una herida —anunció el aya a la señora, cuando esta se disponía a almorzar—. Igual hay que coserle el roto.
—¿Qué clase de herida? —inquirió Auriola, levantándose a comprobar su alcance.
Tiago había dejado de llorar, aunque tenía la carita llena de mocos y enrojecida por el sofoco. Llevaba la mano derecha envuelta en el delantal de su «Nina», como llamaba al aya, que había improvisado con él un vendaje de emergencia. Al retirarlo su madre, con infinito cuidado, se puso a sangrar profusamente, por lo que ella volvió a colocarlo reforzando la presión.
—Ve corriendo a buscar a tu marido —ordenó a la mujer, sin perder los nervios—. Él sabe hacer estas cosas, ¿no?
—Ha cosío a muchas ovejas y a nuestros zagales también —repuso ella, lacónica—. Chillan, pero sanan.
Tiago soportó la aguja con un valor impropio de su corta edad. Mientras el curandero, capador y albéitar, daba puntadas desiguales con dedos inusualmente hábiles para su descomunal tamaño, el pequeño se agarraba a su madre, cerrando con fuerza los ojos y resoplando de dolor. Finalizada esa parte, el hombre cubrió la costura con una mezcla de saliva y barro, antes de volver a vendarla, empleando esta vez un paño de lino limpio.
—¡Ánimo, mocetón! —le decía Auriola con dulzura—. Tienes que ser valiente.
Y valiente fue hasta el final, dando muestras del guerrero que estaba llamado a ser.
Esa noche lo acostaron temprano, después de darle a beber una infusión de hierbas mezcladas con hidromiel, que, a decir de Saturnina, lo ayudaría a dormir, aliviando sus molestias.
El niño cayó en un sueño agitado, acompañado por la Dueña, que no se apartó de su lado. A la mañana siguiente su respiración era irregular, su cuerpecito estaba helado y su mano en cambio ardía, una vez retirado el apósito con el fin de lavar la herida.
—Tiago, tesoro, ¿cómo te encuentras? —preguntó Auriola con voz queda al durmiente, quien apenas abría los ojos. Parecía estar muy débil, aunque algo lo reanimó el tazón de leche caliente que le trajeron como desayuno, con trocitos de bizcocho nadando en la superficie.
—Me güele —se quejó él—. Y tengo seño.
Auriola, cada vez más asustada, le dio un beso tierno en la frente antes de salir de la alcoba, dejándolo adormilado en la cama. Una vez abajo, hizo venir al jefe de la exigua tropa encargada de custodiar la torre y le ordenó en tono apremiante:
—Envía ahora mismo un jinete a Zamora y otro a León. Deben buscar al mejor galeno de la ciudad para traerlo de inmediato. Tanto da que sea cristiano, judío o musulmán. Lo único que cuenta es que sepa ejercer su oficio.
—Pero, señora… —trató de objetar el soldado—. Hasta León hay al menos siete días de viaje, cambiando de montura, y en Zamora es probable que ni siquiera se permita la entrada de uno de nuestros hombres.
—Te daré plata suficiente para abrir cualquier puerta —rebatió ella, sorda a esa réplica—. No hay tiempo que perder. ¡¿Has comprendido?!
Partieron al galope los emisarios, armados con sendas bolsas de monedas, dejando atrás a una mujer sola que hacía lo que podía por dominar la situación, pues tal era su deber de madre, esposa y Dueña. Tampoco en esta ocasión podía contar con Ramiro, ausente desde hacía días, dedicado a la depredación. Todo dependía de ella, de su fuerza, de sus oraciones.
—¡Señor Jesús —rogó—, no me lo arrebates!
Regresó junto a la cabecera del niño, que dormía profundamente. Su pecho menudo parecía tener cierta dificultad para coger aire, aunque se movía de forma acompasada. Su rostro estaba sereno y frío; no tenía fiebre. La manita, muy inflamada, había adquirido un color violáceo que se extendía hacia arriba por el antebrazo. De la llaga manaba un hilillo de líquido maloliente, preludio del peor desenlace.
—Santa madre de Dios —elevó de nuevo su clamor Auriola—, intercede por Tiago ante tu hijo. Te lo suplico. Llévame a mí y sálvalo a él. ¡Déjalo vivir!