La dueña

La dueña


Capítulo 19

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El soldado enviado a la ciudad de Zamora volvió al cabo de tres días, acompañado por un hebreo entrado en años que cabalgaba una mula demasiado gruesa y decía entender de pócimas, emplastos, sangrías y otros métodos de sanación.

Llegaron demasiado tarde.

Tiago se había apagado esa misma mañana, en brazos de su padre, quien alertado por otro de los hombres de su mesnada regresó a casa justo a tiempo de ver morir a su hijo entre escalofríos, sonriéndole con una mirada que expresaba infinita confianza.

Ese golpe fue, de largo, el peor de cuantos le había propinado la vida.

Rezó el responso fúnebre del niño el mismo sacerdote que lo había bautizado, ante toda su congregación, en el patio de armas del castillo convertido para la ocasión en improvisada capilla, con su crucifijo clavado a un poste y su altar consistente en una plancha de madera montada sobre caballetes. Hasta el último bracero acudió a despedir al heredero de Lobera, llamado demasiado pronto a la presencia de Dios, como el más humilde de los campesinos.

—La muerte no hace distingos entre nobles y villanos —comentó tras la oración uno de los aldeanos, sinceramente apesadumbrado.

—Ya está en el cielo con los ángeles —aseveró Saturnina, entre sollozos, tratando de consolarse a sí misma.

—Angelico era él —la corrigió la cocinera, de origen navarro al igual que Auriola, recientemente incorporada a su servicio—. ¡Criaturica sin culpa! Cuántos como él se nos van, con toda la vida por delante, mientras los peores bellacos se quedan para hacer el mal.

Era la pura verdad. Los peligros que afrontaban los más pequeños resultaban ser tantos y de tal magnitud que muchos sucumbían a ellos antes de alcanzar la edad de la razón. Incluso los que disfrutaban de una vigilancia estrecha. Enfermedades, quemaduras, heridas, ahogamiento, mordeduras de rata u otros animales infames, ataques de lobo… El elenco de amenazas era tan abrumador que los camposantos estaban llenos de sepulturas diminutas. De ahí las prisas de las familias por cristianar a los recién nacidos antes de que la parca hincara en ellos sus garras. Al menos se aseguraban de que alcanzaran la gloria.

La muerte de su hijo no solo tiñó de luto los corazones de los esposos, sino que sembró la discordia entre ellos. Él no pudo evitar echarle en cara haber faltado a su obligación de cuidarlo y ella, que se hacía a sí misma ese cruel reproche cada noche, se defendió acusándole de haberlos dejado solos para satisfacer su codicia.

Sumidos en esas agrias discusiones, ninguno de los dos prestó demasiada atención durante ese tiempo a Mencía, quien acabó refugiándose en los brazos de Saturnina. Ella la amaba sin condición a su modo primitivo, instintivo y fatalista, incapaz de cuestionar la sacrosanta voluntad de Dios. A su designio inescrutable achacaba el fallecimiento del niño. ¿Por qué molestarse en buscar culpables? Todo lo que acontecía en el mundo obedecía a esa razón, ajena a la comprensión de los hombres. Pretender que fuera de otro modo constituía un grave pecado de soberbia.

—Tu hermano te espera en el cielo —le decía a la chiquilla, mientras peinaba su melena cobriza o le enseñaba a coser—. No padezcas por él. Está donde tiene que estar.

—Pero yo le echo de menos —protestaba la niña, cuyo sentido de la justicia difería considerablemente del de su aya—. Ya no tengo con quien jugar.

—Me tienes a mí y a un montón de zagales de la aldea.

—No es lo mismo…

Nada volvió a su lugar en el castillo de Ramiro tras el entierro de su hijo, cuya sencilla lápida esculpida en piedra se sumó a las ya existentes en el pequeño cementerio habilitado a las afueras de la aldea. Los dominios del señor habían crecido en el transcurso de los años, lo que se reflejaba en el número de almas acogidas a su protección, así como en los difuntos cuyos nombres eran recordados al llegar la festividad de Todos los Santos.

El infanzón ahogó su pena y su frustración en una orgía de sangre, multiplicando las razias en territorio musulmán, como si quisiera cobrarse la revancha de tanto sufrimiento ensañándose con los sarracenos. Era la ventaja de residir en la frontera. Sus tierras estaban expuestas a las aceifas de los ismaelitas, pero también él podía saquear las de esos paganos sin solicitar el permiso del Rey, demasiado ocupado en consolidar su poder como para ocuparse de los asuntos de alguien tan insignificante.

En cuanto empezaba la época de las algaras, los pastores conducían a sus ganados al norte, en busca de pastos frescos y tranquilidad, cruzándose por el camino con los hombres de armas que bajaban dispuestos a vadear el Duero y adentrarse en territorio enemigo, ávidos de botín consistente en trigo, rebaños, con suerte alguna vacada y, por supuesto, cautivos. Entre los mesnaderos más célebres pronto se abrió paso el nombre del de Lobera, cuya ferocidad en la depredación llegó a cobrar merecida fama.

De acuerdo con las leyes del Reino, cualquier cristiano tenía derecho a quedarse con todo lo que consiguiera arrebatar a los moros en dichas cabalgadas, algunas de las cuales, las menos, resultaban ser muy lucrativas. Especial valor tenían los esclavos jóvenes, varones o hembras, que alcanzaban precios elevados en los abundantes mercados dedicados a su compraventa. De ahí el interés de los guerreros en capturarlos con vida. Si alguno de esos desdichados imploraba clemencia a Ramiro, invocando la misericordia de Dios, él se mostraba implacable.

—¿Tuviste tú piedad del herrero que cogisteis en Compostela? ¿La tuvo vuestro caudillo Almanzor?

Cuando el interpelado, aterrorizado, lo miraba sin comprender, sentenciaba cual juez supremo, mostrando una frialdad glacial:

—Tu dios me arrebató a mi padre y el mío se llevó a mi hijo. Acepta tu destino y no supliques. Es inútil.

Su carácter se había agriado hasta volverse irreconocible. En su interior todo era ira, rencor y oscuridad. Bebía más de la cuenta. Se aturdía junto a sus soldados, dándose a toda clase de excesos. Perdió la cuenta del tiempo que pasó así, carente de rumbo, hasta que poco a poco fue recobrando un cierto dominio de sí mismo, con la ayuda de la mujer que nunca le cerró las puertas.

Auriola halló consuelo en su hija, sus quehaceres y su fe. Lloró durante semanas a Tiago, hincada de hinojos ante su tumba, hasta que un buen día, igual a cualquier otro, tomó la decisión de dar por concluido ese duelo y continuar con su vida. Eso no significaba en modo alguno olvidarlo. ¿Cómo habría podido hacerlo? Antes al contrario, se propuso conservar el recuerdo de su precioso pequeño en el rincón más abrigado de su corazón; rememorarlo en los días dichosos, jugando, riendo, esparciendo alegría a su alrededor; honrar su memoria siendo con su hermana la madre que él habría merecido y recuperar a su esposo, perdido en un laberinto del que no lograba salir.

No fue fácil la tarea, sobre todo al principio. Pasadas las primeras tormentas, empero, Ramiro notó que la proximidad de su mujer le aportaba algo de sosiego y dejó que ese sentimiento lo ayudara a aplacar la cólera. Una rabia que lo consumía y lo empujaba a luchar, a matar, a ir en busca de la muerte, aun sin saberlo, con el afán de expiar una culpa que su maltrecha conciencia no lograba soportar.

Merced a su infinita paciencia y al ardor recuperado de su esposo, al comenzar el otoño del 1040 de Nuestro Señor, Auriola se hallaba de nuevo encinta, aguardando el regreso de Ramiro.

La cosecha había sido mala ese año y la escasez empezaba a hacer mella no solo entre los labriegos, sino en el interior de la propia torre, donde faltaba la harina esencial para cocer el pan. El fantasma de la hambruna mostraba su rostro huesudo, llevando de la mano al del miedo.

La Dueña aplazó hasta donde le fue posible tomar una decisión que correspondía a su esposo, aunque al final la necesidad la obligó a ocupar una vez más su lugar. Antes de que se agotaran las reservas almacenadas en la ciudad o las lluvias y el lodo hicieran impracticables los caminos, llamó al jefe de su guardia, en quien confiaba ciegamente, para encomendarle una misión delicada.

—Mi señora. —Se inclinó el soldado, cuya delgadez atestiguaba la gravedad de la situación—. ¿En qué puedo serviros?

—¿Sabes lo que guardó mi esposo en la bodega, bajo llave, al regresar de su última algara? —inquirió ella a modo de prueba.

—Yo mismo me encargué de hacerlo —respondió el hombre, sereno—. Vino y aceite.

Se referían a diez pellejos de aceite de oliva y cuatro cubas de excelente vino, consumido con libertad en la taifa musulmana pese a prohibirlo su religión. Esos productos constituían un tesoro conservado como oro en paño. Un lujo reservado a paladares selectos en León, por los cuales obtendrían un buen precio en el mercado.

—Cárgalos en la carreta y llévate a tu mejor gente contigo. Esa mercancía vale tanto como sus vidas.

—O más —replicó él sin ironía—. ¿Cuánto debo pedir a cambio?

—Necesitamos trigo y cebada —reflexionó ella en voz alta, haciendo cuentas con los dedos—, pero también herramientas para el campo y algún cacharro de cocina. No aceptes menos de cinco fanegas, o sea, veinticinco modios; una reja nueva, un hacha grande, una cazuela de barro vidriado, siete pares de galochas y otros tantos de abarcas. Si tienes suerte y consigues colocar el aceite a los compradores del monasterio de la Escalada, que lo aprecian más que nadie y no suelen regatear, te traes también un tonel de sebo, algunas ristras de ajos y garbanzos.

—No sé si dará para tanto después de pagar las maquillas debidas al Rey —objetó el guardia.

—Tendrá que dar y dará —repuso enérgica la Dueña—. Antes de ofrecer nada, observa cómo actúan quienes despliegan allí sus tenderetes cada semana, para hacer exactamente lo mismo. ¡No te dejes engañar! Y si cobras en moneda, que sea plata de ley: sueldos, dírhams o denarios. Tanto da. Lo importante es que regreses con todo lo que te he pedido y a ser posible alguna pieza en la bolsa.

Auriola necesitaba un manto de lana nuevo, pero habría de esperar una mejor ocasión para adquirirlo. La ropa resultaba costosa y los tiempos no invitaban a dispendios, por muchos remiendos que afearan el que volvería a cubrirla ese invierno. Tal vez hallara el modo de que le tejieran uno utilizando la lana de la siguiente esquila o acaso su marido le trajera uno a su regreso. En caso contrario, se arreglaría con el viejo.

Antes de que se torciera su suerte, a él le gustaba sorprenderla con obsequios, aunque estos solían ser más hermosos que prácticos. Ella le regañaba por ello, aunque ambos sabían cuánto valoraba esos regalos. Ahora que la nueva preñez parecía haber reforzado sus lazos matrimoniales, confiaba en recibir una prenda de su amor y había dejado caer que una pieza de buen paño sería más apreciada que una joya, un afeite o cualquier otra extravagancia tan del gusto de los moros.

Jimena vino al mundo una fría noche de diciembre, sin apenas sufrimiento. Nació deprisa, como si estuviera impaciente por llenar la casa con sus risas, y devolvió la luz a ese hogar desterrando en buena medida las sombras, aunque no la preocupación. La incertidumbre ante el futuro del infanzón sujeto a los designios del nuevo rey era una sombra permanente de la que resultaba imposible librarse.

A tenor de las escasas noticias traídas por arrieros o peregrinos de paso, don Fernando se hallaba en trance de sofocar las revueltas instigadas contra él por la nobleza descontenta, sin por ello renunciar a embellecer su capital con obras de restauración o construcción de nuevos edificios. También había confirmado el Fuero de León dictado por Alfonso V, al que Ramiro debía en última instancia su fortuna. Aquello constituía sin duda un motivo de esperanza, aunque no despejaba por completo sus temores. Como bien había dicho a su esposa, lo que un soberano daba, otro podía quitarlo con idéntica potestad.

El infanzón se hallaba a merced del arbitrio real, manchado por su cercanía al derrotado Bermudo. En cuanto el nuevo monarca dispusiera de tiempo y manos libres para reorganizar sus dominios, podría despojar a ese vasallo de las tierras que gobernaba, a fin de servirse de ellas como pago de deudas pendientes o regalo a amistades añejas. Ramiro no tendría más opción que convertirse en soldado de fortuna y ganarse la vida con la espada, lo que condenaría a su familia a una degradación humillante. La mera evocación de esa posibilidad le causaba pesadillas que envenenaban sus noches.

El señor de Lobera se encontraba indefenso ante el vencedor de Tamarón, pero Auriola no. Ella disponía de una carta valiosa que estaba dispuesta a jugar, aun a sabiendas de que al hacerlo se arriesgaba a ofender a su esposo. Por eso debía medir los tiempos, actuar con suma cautela y cerciorarse de mantener en absoluto secreto lo que se traía entre manos.

Si Ramiro hubiese sospechado que su mujer iba a suplicar en su nombre la intercesión de la Reina, se lo habría prohibido tajantemente, no solo en razón de su orgullo masculino, sino por la profunda aversión que le inspiraba el hombre que había dado muerte a Bermudo y ahora ocupaba su trono. La mera idea de inclinarse ante aquel a quien consideraba un usurpador constituía una humillación intolerable a sus ojos. El hecho de que lo hiciera su mujer, sin consultarle, traspasaba a buen seguro los límites de lo que habría perdonado.

Auriola era plenamente consciente del rechazo frontal de su marido a cualquier maniobra de aproximación a la corte. Por otra parte, confiaba en conservar un ascendiente considerable sobre doña Sancha, a pesar del tiempo transcurrido desde su último encuentro. ¿Debía someterse a la voluntad del hombre a quien había jurado obedecer, o luchar con todas las armas a su alcance por dar a su familia un futuro?

La decisión era compleja, aunque no tardó en tomarla.

A comienzos del año 1042 de Nuestro Señor, en cuanto se derritieron las nieves, partió hacia León en compañía de una pequeña escolta, pretextando la necesidad imperiosa de renovar su vestuario ahora que la fortuna había sonreído a Ramiro en el transcurso de su última algara.

Llevaba mucho tiempo apartada de la ciudad, adujo aprovechando un buen momento, y ansiaba darse una vuelta por el mercado, así como visitar a algunas viejas amigas. Nada dijo por supuesto de la soberana a la que pensaba acudir, ni mucho menos del plan urdido al detalle con el fin de obtener su auxilio. Tampoco confesó a su marido que Mencía formaba parte de él. Era su última baza. Un recurso a la desesperada si todo lo demás fracasaba.

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