La dueña

La dueña


Capítulo 20

Página 24 de 51

20

Doña Sancha había cumplido con creces su deber de esposa y reina, dando a su esposo cinco hijos sanos, a razón de uno cada dos años; tres varones y dos hembras: Urraca, Sancho, Alfonso, García y Elvira, que aún iba envuelta en mantillas, pegada a la teta de su nodriza.

Al llegar a la capital, Auriola se hospedó en la posada del Obispo y solicitó audiencia a través de un mensajero enviado al palacio real. Había previsto una espera larga, que mataría con paseos por las calles casi olvidadas, pero le sorprendió la respuesta entusiasta que trajo el emisario al cabo de unas horas: la Reina le daba la bienvenida y la recibiría gustosa a la mañana siguiente. Apenas si tendría tiempo de comprarse una saya adecuada para presentarse ante ella.

Esa noche apenas durmió.

Antes de acostarse, hecha un manojo de nervios, mandó subir a su cuarto una tinaja apropiada, agua caliente, jabón y paños limpios, a fin de tomar un baño. Ese lujo supondría un sobrecoste considerable en el precio de su alojamiento, pero la ocasión lo merecía. Además, podía permitírselo. Bastantes privaciones había padecido en época de vacas flacas. Cuando la bolsa estaba llena, lo natural era vaciarla.

Acudió puntual a la cita, ataviada como una gran dama. La recibió un mayordomo distinto del que ella había conocido, quien la condujo, solícito, hasta el gran salón del trono, prácticamente igual a como lo recordaba. Solo que en el lugar antaño ocupado por Urraca estaba ella, su niña, su pequeña Sancha, sentada en un escaño de respaldo alto, con la espalda erguida y el mentón alzado, convertida en la viva imagen de la realeza.

Ante semejante estampa, no pudo contener las lágrimas. Trató de esconderlas agachando la cabeza en exceso al efectuar una reverencia, pero sus ojos estaban húmedos cuando saludó, aún inclinada:

—Majestad, no puedo expresar la alegría que siento al volver a veros.

Sancha se levantó para abrazar a la mujer que había desempeñado en su infancia el papel de madre, amiga, confidente y hermana, ante la mirada atónita de los presentes, sorprendidos por lo inaudito de un gesto así efectuado por la soberana.

—Auriola, querida Auriola, cuánto has tardado en venir…

Su voz quebrada denotaba una emoción sincera.

En la amplia estancia se hallaba también a esa hora el infante don Alfonso, un mozo de elegantes hechuras y exquisita educación, vigilado de cerca por su ayo, el conde Pedro Ansúrez, hombre muy cercano a don Fernando, de estirpe lebaniega, que con el tiempo llegaría a mandar en Zamora y Toro, extendiendo su influencia sobre los dominios de Ramiro.

La navarra no podía saber en ese momento lo que el destino le tenía reservado, aunque notó con desagrado la diferencia existente entre ese hombre distante y su esposo, forjado a sí mismo en la defensa de una frontera crucial para la Cristiandad, cuyo probado coraje no bastaba para garantizar a sus hijas un hogar donde crecer a salvo de la miseria.

Tras unos instantes de silencio incómodo, la Reina ordenó al noble retirarse, llevándose consigo al príncipe, mediante un movimiento de la mano que Ansúrez comprendió y acató de inmediato.

—¡Resplandecéis de belleza y elegancia, mi señora! —exclamó Auriola, una vez a solas con la Reina—. ¡Si erais una criatura la última vez que os vi! Señor, cómo pasa el tiempo…

—¡Embustera! —la regañó doña Sancha, con un punto de melancolía en la voz—. ¿Crees que no me miro al espejo? Hace tiempo que perdí la cintura y cada día descubro una arruga nueva en mi rostro. Me hago vieja.

Auriola había notado esas huellas, no tanto del tiempo cuanto de la tristeza, especialmente en las comisuras de los labios. Sin embargo, sus ojos no veían a la soberana ni a la mujer, sino a la niña con la que había jugado a las tabas y a las muñecas. Era la mirada de entonces la que buscaba. Su alegría, su ilusión desaparecida. Lo demás le resultaba completamente indiferente.

—¡Pero si sois una moza! —rebatió, enérgica—. Vieja soy yo, y sin talle, a diferencia de vos, pese a tener solo dos hijas.

—Me alegra oírlo, querida. Los hijos son una bendición del cielo. El mejor regalo de Dios.

—El más valioso sin duda —contestó la dama, evocando el recuerdo de Tiago con el dolor de una herida permanentemente abierta—. Sois muy afortunada.

—Tienes razón —convino Sancha, con el mismo tono apagado—. No tengo motivos de queja. El Señor me ha bendecido con una progenie abundante, que colma de orgullo al Rey y garantiza su linaje.

—¿Puedo hablaros de corazón?

—No espero otra cosa de ti, Auriola. Sabes que siempre has sido como una madre para mí.

—Entonces permitid que os pregunte cuál es la causa de esa aflicción que impregna vuestras palabras. ¿Qué os ocurre, mi señora?

—¿Ya he dejado de ser tu Sancha? —Más que una pregunta era un lamento.

—¡Jamás! —La duda la había ofendido—. Pero ahora os debo otro respeto.

—¿Y el cariño?

—Uno y otro no están reñidos.

La Reina se había vuelto a sentar en su escaño, invitando a su aya a hacer lo propio en una silla, algo más baja, dispuesta frente a ella por un lacayo. Ambas ocupaban únicamente la parte delantera del asiento, alejadas del respaldo, con las piernas muy juntas y las manos cruzadas sobre el regazo, dando muestras de su buena crianza. La complicidad de antaño se había diluido, sin llegar a esfumarse del todo, dejando paso a una relación compleja, que ninguna de las dos sabía bien cómo gobernar.

—Perdóname, mi buena amiga —rompió finalmente el hielo la anfitriona—. Es que tu visita ha removido sentimientos que yacían enterrados en lo más profundo de mi corazón y así han de seguir por el bien de todos.

—¿Nostalgias tal vez? —inquirió Auriola con ternura, pensando en el asesinato del prometido al que amaba, la muerte de su único hermano o su matrimonio forzoso con el hombre responsable de esa tragedia—. ¿Rencores, a lo peor?

—Tal vez alguna añoranza de lo que pudo ser y no fue —replicó Sancha, más serena, tras obligarse a recuperar la majestad—. Necedades sin importancia. Hace mucho que dejé atrás la niñez y los sueños que la acompañan. Son incompatibles con esta corona que me esfuerzo por llevar con dignidad, pese a no haberla deseado jamás.

—Os conozco bien y estoy segura de que vais mucho más allá y honráis a vuestro esposo tanto como a vuestra sangre.

—Hago cuanto puedo, mi buena Auriola. Doy a Fernando lo que está en mi mano: hijos, apoyo, obediencia, fidelidad, regalos, como un libro de horas iluminado que estoy pensando encargar a un copista… Cuanto depende de mi voluntad se lo entrego. En lo que atañe al resto…

No terminó la frase.

—¡Nuestro señor don Fernando no podría haber encontrado mejor reina y mejor esposa!

La navarra expresó esa convicción con contundencia, sinceramente conmovida por la confesión silenciosa que explicaba la infelicidad reflejada en el rostro de doña Sancha.

La conversación continuó un rato más por los derroteros que deseaba la Reina, quien fue desgranando ante su amiga los avatares vividos a lo largo de los últimos años. Le contó cuánto estaba ayudando al monarca a pacificar el Reino tras la unión de Castilla y León sellada con su matrimonio, que todavía provocaba algún movimiento de resistencia por parte de ciertos nobles, y también le confió su determinación de acompañarlo en la lucha contra los sarracenos, toda vez que él estaba firmemente decidido a recuperar la tierra arrebatada a los cristianos por Almanzor, en aras de restaurar en ella la única fe verdadera.

—Iré a la batalla a su lado, del mismo modo que cabalgué en más de una ocasión junto a él a lo largo y ancho del Reino cuando muchos de mis súbditos se negaban a reconocerlo como su legítimo rey. Conseguiré que mi padre se enorgullezca de mí desde el cielo.

Después de hacer un par de intentos fallidos, Auriola renunció a profundizar en el terreno de los sentimientos, pues resultaba obvio que Sancha prefería eludirlo. En él se mostraba esquiva, incómoda, doliente. Hablando de política, en cambio, se crecía e iluminaba como digna hija del gran rey que había sido Alfonso V. Se limitó por tanto a escuchar, expresando en todo momento su respaldo, hasta que la soberana le dio pie para escupir el hueso que llevaba atravesado en la garganta.

—¡Y ahora basta de hablar de mí! —zanjó en un momento dado, como si de pronto hubiera caído en la cuenta de que algo se le había escapado—. Es una descortesía imperdonable por mi parte. Dime, mi buena amiga, ¿a qué debo esta visita tan grata como inesperada?

—Me avergüenza acudir a vos —contestó Auriola agachando la mirada—, pero desgraciadamente no tengo elección.

Antes de perder el valor o que se le agotara el tiempo, relató lo acontecido en su castillo fronterizo, pasando de puntillas sobre las cabalgadas enloquecidas de Ramiro y haciendo especial hincapié en la devoción con la que había servido a Bermudo hasta el último momento y la frustración que le causaba no haber podido salvarle la vida. Después, apelando a toda su fuerza, espetó:

—Os suplico que intercedáis por nosotros ante el Rey, nuestro señor, a fin de evitar que tome represalias contra él. Si perdiera las tierras que le entregó vuestro padre, no tendríamos adonde ir. Ese pequeño dominio es nuestro único patrimonio pues, como bien sabéis, hace años que yo perdí todo contacto con mi familia.

—¿Aún no ha acudido a León a jurarle lealtad? —inquirió ella sorprendida—. La mayoría de los infanzones hincó la rodilla hace tiempo. Incluso los más reacios.

—Ramiro es obstinado, mi señora. He tratado de convencerlo, pero se niega a inclinarse ante el vencedor de vuestro hermano, a quien él consideraba su soberano legítimo.

Sancha cerró un instante los ojos, acaso para reprimir una emoción inoportuna. No podía permitirse flaquear. Ahora estaba actuando en calidad de reina, y el recuerdo de Tamarón era un intruso molesto.

—Escúchame bien, Auriola —dijo al fin, muy seria, taladrándola con los ojos—. Tu marido debe tragarse el orgullo y someterse a Fernando cuanto antes. ¡Cuanto antes! Si lo hace, conseguiré el perdón para él, invocando la relación de cariño que mantenemos tú y yo. En caso contrario, ay de vosotros…

La navarra sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo de arriba abajo.

—Mi esposo desea congraciarse con sus súbditos leoneses —prosiguió la soberana—, aunque no a cualquier precio. Su paciencia es limitada y su temperamento, fogoso, al igual que el de su padre. No es prudente provocarle.

—Cumpliré mi parte, señora —prometió Auriola, aun sin tener la menor idea del modo en que lo lograría—. Ramiro será tan buen vasallo como buen señor sea don Fernando.

—No se hable más entonces.

Sancha estaba a punto de levantarse, al dar la entrevista por terminada, cuando su visitante la interpeló de nuevo, sin atreverse a mirarla, abrumada por el bochorno.

—Una última cosa, majestad, os lo ruego.

La Reina esbozó un gesto de irritación, frunciendo levemente el ceño, al tiempo que se revolvía en el escaño. Había recibido a su antigua amiga con verdadero placer y cordialidad, aunque empezaba a lamentarlo. Los pedigüeños constituían un flagelo para las personas poderosas y Sancha, que estaba en el vértice de esa pirámide, los sufría a toda hora. Claro que aquella no era una solicitante cualquiera, sino la mujer que la había cuidado, consolado, querido y amparado cuando ella era una huérfana a merced de su madrastra. De ahí que, superado ese impulso espontáneo, recobrara la amabilidad al contestar en tono afable:

—Te escucho.

—Se trata de mi hija Mencía, señora. Tiene doce años…

Aquella era la carta que tenía reservada. Una carta que le repugnaba poner sobre la mesa pero que, llegado ese momento, consideró indispensable jugar. Porque si fracasaba en su empeño de persuadir a Ramiro, si este se empecinaba en incumplir la condición impuesta, la suerte de la familia quedaría en sus manos; las de una niña en edad casadera convertida, por mor de la necesidad, en moneda de cambio a la desesperada.

Su primogénita era hermosa, despierta, dócil, alegre. Había sido educada en la obediencia y afrontaría sin protestar el destino que sus padres dispusieran para ella, lo cual no hacía sino agravar el dolor que embargaba a su madre al ponerla en venta como estaba haciendo, por mucho que la casamentera encargada de cerrar el trato fuese nada menos que la reina de León.

—… y carece de dote —añadió, con rubor—. Allá en la frontera vivimos en un aislamiento casi total, que dificulta mucho la búsqueda de un partido adecuado. Si vos pudierais hacer algo…

—Lo que acabas de contarme de tu esposo descarta por completo un candidato de la nobleza, máxime si vuestra situación económica es tan precaria como dices —apuntó la soberana, mostrando una crudeza despiadada—, lo cual no me deja muchas opciones.

Llegadas a ese punto, Auriola deseó que se la tragara la tierra, no por estar haciendo nada fuera de lo habitual, sino porque al haber gozado ella misma de libertad para escoger a su hombre, sin urgencias ni requerimientos paternos, le parecía estar traicionando a Mencía al empujarla a una boda precipitada y probablemente vergonzante, concertada con el único fin de rescatar a su familia de la ruina.

Estaba a punto de retirarse, vencida por el desprecio que se inspiraba a sí misma, cuando a doña Sancha se le encendieron los ojos.

—Tal vez tengamos a alguien idóneo después de todo —proclamó triunfal—. Es algo mayor que tu hija y forastero, aunque suple sus carencias con una fortuna notable.

—¿Forastero, señora? —Por grande que fuera su agobio, no estaba dispuesta a entregar a su primogénita a cualquiera.

—Un comerciante franco afincado aquí en la capital —aclaró la soberana—. Tendrá unos treinta o treinta y cinco años. Es proveedor de la corte, regenta un próspero negocio de paños y, a tenor de lo que me han dicho, anda buscando esposa ahora que ha conseguido afianzar su posición. Se llama Hugo y procede de la Borgoña. Tal vez yo pueda enviarle recado a fin de arreglar el compromiso, siempre que previamente tu esposo se avenga a rendir el vasallaje debido a Fernando, por supuesto.

Ahora, sí, la actitud de doña Sancha daba a entender claramente que el encuentro había llegado a su fin. Auriola se levantó, besó su mano, respetuosa, sin que en esta ocasión ella devolviera el gesto con un abrazo, y se despidió, agradecida, preguntándose en su fuero interno por la utilidad real de esa visita.

De regreso a su posada, se despojó de la pesada saya y apuró una copa de vino especiado, en su habitación, tumbada sobre el lecho. Solo entonces hizo un balance sereno de lo logrado con su embajada.

Pensándolo fríamente, un rico mercader borgoñés no era en absoluto un mal partido para Mencía. La vida a su lado sería tranquila, alejada de combates, rodeada de lujos, ajena a los peligros que acechaban a los guerreros. ¿Qué más podía pedir? Sus nietos no conocerían ni la violencia ni el miedo. Y si por añadidura Hugo resultaba ser un caballero apuesto, como ocurría a menudo con los francos, su primogénita podría considerarse afortunada.

Claro que antes de llegar a esa boda, había mucho por hacer.

Auriola tenía ante sí una misión laboriosa, que llevaría a cabo a cualquier precio. Incluso a costa de mentir a Ramiro u ocultarle parte de la verdad, silenciando la intervención de doña Sancha en lo concerniente al vasallaje con el fin de conducirle a jurar lealtad a Fernando no por imposición, sino por voluntad propia. Es decir, actuando con habilidad. Ese era el único modo de convencerlo para que agachara su testaruda cerviz. Él no se perdonaría nunca deber su heredad a su mujer y ella no soportaría infligirle semejante humillación. Si había de salvar sus dominios, su sustento, su felicidad y el futuro de sus hijas, tendría que poner en suerte toda su inteligencia.

«Nunca sabrás, amor mío, lo que acordamos Sancha y yo sin testigos en ese salón de la corte —se dijo a sí misma esa noche, con una sonrisa burlona, algo amodorrada por el brebaje ingerido—. Yo me llevaré a la tumba los secretos que me reveló y lo mismo hará ella a buen seguro con los míos. ¿Qué sería de este mundo si en verdad las mujeres fuésemos las perezosas, las parlanchinas, las concupiscentes glotonas de las que hablan, sin saber, tantas lenguas viperinas? Mi niña conoce de sobra cuál es su deber de reina y yo voy a hacer lo posible por cumplir con el mío de esposa, sin que nadie se entere jamás de lo que tejimos juntas».

Ir a la siguiente página

Report Page