La dueña

La dueña


Capítulo 21

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Auriola regresó a Lobera con regalos para todo el mundo. A su esposo le llevó un cinturón de cuero repujado, rematado por una hermosa hebilla de plata. A Mencía, una camisa de lino finísimo que le prometió enseñarle a bordar como parte de su ajuar de novia. A Jimena, una muñeca de trapo con varios vestidos de recambio. A Saturnina, unas zabatas nuevas. Todos los celebraron con júbilo, acostumbrados a gozar cuando la situación lo permitía con la misma naturalidad con la que apretaban los dientes si las cosas venían mal dadas.

Tras el alborozo de rigor por el feliz regreso de la Dueña, las niñas se retiraron al aposento que compartían, los criados fueron despedidos y Auriola se arrancó a hablar, llevando el agua a su molino.

—León crece y hermosea a ojos vistas. Deberías ir a verla…

—¿Para que me cuelgue el usurpador sentado en el trono de Bermudo? —respondió él, huraño—. ¡Ni lo sueñes!

—El Reino está próximo a recuperar la paz, cabezota —rebatió ella, quitando hierro al asunto con ese apelativo cariñoso—. No vi patíbulo alguno que aguardara a un huésped ilustre y todas las amistades con las que tuve ocasión de hablar se hicieron lenguas de la habilidad con la que el monarca se está atrayendo a lo más granado de la nobleza leonesa. Fernando está resultando ser un buen rey, lo cual no me sorprende en absoluto, dado su linaje navarro…

—¡No me provoques, mujer! —saltó el infanzón, como impulsado por un resorte—. Conoces perfectamente mi opinión sobre ese conde venido a más.

Auriola la conocía, claro que la conocía. Llevaba años sufriéndola. Precisamente por eso se había propuesto cambiar ese parecer y lograr que, por su bien, su esposo llegara a admirar al hombre a quien debía servir.

Esa misma noche puso en marcha una incansable labor de zapa.

¡Cuánto le costó convencerlo de que se rindiera a los hechos y abdicara de esa actitud infantil, tan costosa para la familia como inútil en términos prácticos! Ramiro se resistió durante semanas, masticando su rencor, sin atender a las razones que esgrimía Auriola ante él aprovechando cualquier ocasión.

—La hermana de tu llorado Bermudo sigue casada con Fernando, a quien muestra obediencia y respeto. ¿Vas a ser tú más obstinado que ella? ¿Crees que tu dolor supera el suyo?

—Ella no tiene elección. Su marido se aprovechó de ese matrimonio para ocupar las tierras sobre las cuales derramó su sangre Bermudo, mi rey. Yo no puedo entregar mi lealtad a su verdugo.

—Mal que te pese, esposo, no está en tu mano darte el lujo de empecinarte en esa negativa. ¿O acaso quieres regresar a tu aldea de pescadores en Asturias? ¿Crees que a tu edad podrías ganarte la vida como mesnadero? ¿No soñabas con entrar victorioso en Córdoba y así vengar a tu padre?

—Esa sucesión de golpes bajos es impropia de ti.

—Es la verdad, y lo sabes. Fernando es el futuro. Es fuerte y audaz como lo fue su padre, que Dios tenga en su gloria. Si pretendes avanzar, si deseas dejar un legado a nuestras hijas, has de aceptarle como señor y convertirte en su vasallo. En caso contrario, que el cielo nos ayude.

Al cabo de mil discusiones, él dio su brazo a torcer, no solo por amor a Auriola, sino porque ella estaba en lo cierto.

Fernando, cuya corona abarcaba el viejo Reino de León y el pujante condado de Castilla, representaba el mañana. Un horizonte de progreso y avance en la recuperación de la España aún en manos musulmanas. La oportunidad de poblar nuevos territorios con gentes venidas del norte. Un escenario del que él, Ramiro de Lobera, hijo de un herrero cautivo y una humilde tejedora, solo podría formar parte si aceptaba rendir pleitesía al vencedor de Tamarón. Por más que le repugnara hacerlo, ese era su deber de esposo, padre y caballero. De ahí que, un lluvioso amanecer de otoño, se tragara el orgullo herido e hincara la rodilla ante el monarca.

Auriola acompañó a su marido a la ceremonia organizada en palacio, a instancias de doña Sancha. Un acto simbólico, carente de boato, aunque de suma importancia con vistas a sellar un vínculo sagrado entre señor y vasallo. Mientras Ramiro juraba, comprometiendo en ese acto su honor y su salvación, ella rogaba al Creador que otorgara al soberano sabiduría para gobernar con justicia y él suplicaba Su perdón por lo que en el fondo del alma consideraba una traición.

Vencido el principal escollo, lo demás fue pan comido.

Mencía contrajo nupcias en León con Hugo de Borgoña, a quien conoció en persona la víspera de la boda, cuando le faltaban algunos meses para cumplir catorce años. Se avino sin resistencia al enlace acordado discretamente por su madre, que su padre aceptó gustoso al enterarse de la fortuna que el franco entregaría a su hija en concepto de dote.

Hugo era un hombre de apariencia agradable, acaudalado, refinado en sus modales y acostumbrado a tratar con gentes de elevada alcurnia, lo que convenía sobremanera a la familia del infanzón, necesitada de esos recursos. En contrapartida, él emparentaba con la pequeña nobleza y ascendía así un peldaño en la escala social, además de obtener una mujer joven y bien dispuesta que le daría abundantes hijos.

Un arreglo altamente satisfactorio para ambas partes.

La pareja se instaló en una casa de nueva planta situada en el barrio franco de la capital, fuera de la muralla, asomada al camino por el que transitaban los peregrinos que se dirigían a Compostela a fin de postrarse ante las reliquias de Santiago. En la ciudad del Apóstol tenía el mercader un gran almacén de productos varios, destinados a abastecer las necesidades de los viajeros, aunque el principal se hallaba entonces en la propia León.

Las calles aledañas a la que acogió su hogar se habían ido llenando rápidamente de artesanos, canteros y exponentes de diversos oficios, venidos del otro lado de los Pirineos al calor de las oportunidades ofrecidas por esa tierra joven y esa vía de peregrinación cada vez más concurrida, cuya capacidad de atracción solo cabía atribuir al poder milagroso del santo. Muchos de esos forasteros no tardaron en unirse con mujeres locales, de manera que ambas comunidades se fundieron en una sola, dando lugar a un núcleo de prosperidad en el cual el de Borgoña pronto resplandeció con luz propia.

Paños de Flandes, lana de Castilla, brocados, tules, joyas, pescado en salazón procedente de las Asturias, especias y esencias venidas de Oriente, perfumes de Francia, cera, miel, tasajo, armas… Ya fuera lujoso o sencillo, cualquier producto susceptible de ser comprado o vendido despertaba el interés del experto mercader, que pasaba gran parte de su tiempo viajando. De ahí que hubiera pospuesto tanto tiempo la decisión de sentar la cabeza. Adentrándose ya en la treintena, con una nao en propiedad que atracaba habitualmente en el puerto de Avilés y varias cuadrillas de arrieros que trabajaban para él casi en exclusiva, le había llegado la hora de formar una familia. Era persona sensata, que dejaba poco margen al azar y solía calcular cada paso con precisión.

A su lado Mencía comenzó una vida plácida. Una existencia sin sobresaltos, tal como había previsto Auriola, quien la dejó instalada en una vivienda mucho más confortable que su torre fronteriza, sin por ello desprenderse del todo de una molesta sensación de culpa.

Fueron tiempos dichosos.

Junto a Fernando o con su consentimiento expreso, Ramiro participó en numerosas cabalgadas, asoló campos, hizo cautivos, luchó al lado de su señor y celebró cada una de sus victorias frente a los debilitados muslimes. Incluso llegó a recaudar en su nombre alguna paria pagada por un reyezuelo sarraceno a cambio de benevolencia.

Si algo le disgustó, nunca lo dijo. Es más, le complacía sobremanera observar cómo la fuerza del rey leonés imponía su autoridad a los territorios vecinos, hasta el punto de reducir drásticamente el ramillete de taifas surgidas tras el hundimiento del califato andalusí.

Sobrevivían, acosadas, Sevilla, Córdoba, Toledo, Badajoz, Zaragoza, Granada, Denia-Baleares y Valencia. Prácticamente todas rendían pleitesía al rey Fernando, entregándole enormes cantidades de oro y plata que recaudaban a costa de gravar a sus habitantes con impuestos cada vez más onerosos, causantes de revueltas cuyo aplastamiento requería la ayuda de las tropas cristianas, retribuidas generosamente con fondos cargados a las espaldas de los musulmanes.

Un círculo tan virtuoso para el rey de la Cristiandad como letal a largo plazo para los adoradores de Alá.

Después de cada campaña, Ramiro volvía a los brazos de Auriola, feliz de haber contribuido a vengar alguna de las afrentas infligidas por Almanzor a su padre. Porque era su rostro imaginario el que veía al dar muerte a cada sarraceno. El del herrero capturado, humillado y crucificado cuya sangre corría por sus venas. Ya no luchaba movido por el entusiasmo, la lealtad o la necesidad de honrar su juramento de caballero, sino atraído por el botín unido al ansia de revancha. El Rey ya no era su rey. En el fondo de su corazón seguía siendo fiel a Bermudo, hijo de su eterno señor don Alfonso. Si combatió hasta el final sin ceder jamás al desánimo fue por amor a su esposa, por temor de Dios y para cobrarse con creces la deuda que los ismaelitas tenían contraída con él.

El día de San Juan Crisóstomo del año 1054 de Nuestro Señor, Auriola estaba canturreando en la cocina mientras preparaba una compota de manzanas cuando entró Beltranillo, el escudero de su marido, con una cara desencajada cuya expresión lo decía todo. La canción se le congeló en los labios. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No pudo reprimir un grito semejante al que habría proferido si la olla de agua hirviendo se le hubiera derramado encima, pues anticipó con lucidez el golpe que iba a encajar. A duras penas se mantuvo en pie, llevándose la mano a la boca.

Hacía algo más de un mes que el muchacho había partido junto a su señor y media docena de hombres para integrarse en la hueste del Rey, que andaba metido en pendencias con su hermano mayor, García. El hecho de que regresara solo, con esa mirada de perro apaleado, únicamente obedecía a una razón posible. La que la Dueña llevaba toda una vida temiendo.

—Don Ramiro cayó luchando —dijo con gran esfuerzo el chico, tras buscar inútilmente palabras capaces de mitigar la dureza de ese anuncio—. Como el gran guerrero que era.

—¿Dónde está? —acertó a responder Auriola, sobrecogida por la pena—. Quiero verlo y lavar su cuerpo.

—¡Ojalá fuera posible, mi señora! —Agachó el testuz Beltranillo.

—¡¿Ni siquiera has sido capaz de traerme su cadáver?! —estalló ella contra él, presa de una ira ciega—. ¿Acaso no era tu obligación? ¿De qué le serviste entonces?

El escudero mantuvo la cabeza humillada, sin saber qué contestar.

Tras la cruenta batalla librada en Atapuerca entre leoneses y navarros, había pasado horas buscando los restos de su señor en un campo de despojos, hasta dar con lo que quedaba de él, semioculto entre unos arbustos. A juzgar por su rostro sereno, le pareció que había muerto en paz, de un lanzazo en el costado. Los carroñeros humanos lo habían precedido en la búsqueda, porque no halló rastro de su espada, Berta, ni tampoco del hacha normanda que manejaba con tanta soltura como los diablos del norte. Le habían cortado el anular para quitarle una joya de oro, según el proceder habitual de esas alimañas.

En el fango sanguinolento donde empezaban a descomponerse hombres y bestias en un mismo revoltijo, también acabó encontrando a Sansón, su caballo, herido en una pata trasera y posteriormente rematado. Era todo cuanto podía contar. ¿Deseaba escucharlo la señora? ¿Realmente era necesario desgranar semejantes detalles?

—Dime al menos que le diste tierra —suplicó ella algo más calmada, sin poder contener el llanto—. Dime que no se pudre al sol.

—Cavé una fosa profunda —la tranquilizó el chico, mirándola por vez primera a los ojos—. ¡Os lo juro! Y puse bien de piedras encima para evitar que los animales lo desenterraran de noche. Habría dado cualquier cosa por traerlo a casa, pero con este calor y sin montura no tenía modo de hacerlo.

—Está bien, no te atormentes. No es culpa tuya.

—Si de mí hubiese dependido… —trató de explicarse él.

—Déjalo estar —le cortó ella, ansiosa por refugiarse en los brazos de su hija pequeña—. Agradezco tu lealtad como lo haría Ramiro. Di que te den de comer y descansa.

El funeral por el eterno descanso del infanzón se celebró en la humilde iglesia recién levantada en la aldea, cuyos muros de adobe aún rezumaban humedad. Parecía que los propios ladrillos lloraran la pena de Auriola y Jimena, que atendieron el oficio sin derramar una lágrima, sosteniéndose la una a la otra.

La navarra había agotado el llanto en noches interminables de duelo por el hombre de su vida y sabía que ese dolor nunca llegaría a sanar. La acompañaría hasta que el Altísimo los reuniera en la Eternidad, anidada en un espacio cálido de su corazón, contiguo al ocupado por Tiago. En cierto modo la consolaba la idea de que ya estarían juntos en el cielo, aunque el destino no hubiese querido hacer lo mismo con sus sepulturas. La pena era únicamente suya. Ellos ya no sufrían.

Bajo el velo oscuro que ocultaba su rostro, unas ojeras profundas enmarcaban sus ojos hinchados y daban fe de su calvario. Pero por rota que tuviera el alma, por mucha angustia que sintiera, no podía permitirse flaquear ante sus feudatarios. Ahora que, en ausencia de hijos varones, la administración del dominio pasaba a sus manos, debía demostrar a todos que no vacilaría su ánimo. Sería una dueña tan firme como lo había sido su esposo.

El responso, los pésames y el ágape funerario le parecieron interminables. Los aguantó no obstante a pie firme, sin desfallecer, anhelando el momento de recogerse en su alcoba para dar rienda suelta a un torbellino de emociones en que la tristeza rivalizaba con la incertidumbre ante el mañana, la resignación forzosa, la determinación de resistir, la decepción, la inquina y el desprecio. Un desprecio infinito por los causantes del desastre cuyo nombre estaba grabado a fuego en su recuerdo y el de otras muchas viudas y huérfanos: Atapuerca.

La batalla había truncado vidas y empresas tan ambiciosas como la concebida por Sancho III el Magno. La fecunda alianza tejida entre sus dos herederos para derrotar al incauto Bermudo y apropiarse de sus tierras terminaba en un baño de sangre, que ahogaba al Rey de Pamplona y liquidaba el esplendor alcanzado por el Reino bajo el sabio gobierno de su padre. Su legado parecía abocado a disolverse en la irrelevancia, mientras León seguía creciendo en influencia y pujanza bajo el pulso firme de Fernando, después de robarle a Auriola su primer y único amor.

—¡Malditos seáis uno y otro! —exclamó en voz alta, en referencia a esos hermanos—. ¡Qué razón tenía mi marido cuando os juzgó en Tamarón! Ninguno de los dos reuníais, ni juntos ni separados, la mitad del valor que siempre le sobró a él. Si hubierais sumado fuerzas para combatir a los sarracenos en lugar de perderos en vuestras mezquinas rencillas, Ramiro seguiría conmigo y mis hijas tendrían un padre. ¡Maldita sea vuestra ambición, maldita vuestra soberbia y malditas vuestras envidias! Cuando llegue vuestra hora, responderéis ante Dios.

Escupida toda esa rabia, se recogió en oración, prometiéndose a sí misma y al Altísimo que honraría el ejemplo de ese hombre valeroso, velaría por sus hijas y, si vivía para conocer la alegría de los nietos, se aseguraría de transmitirles las hazañas protagonizadas por su abuelo, Ramiro de Lobera, a fin de que pudieran amarle y enorgullecerse de él.

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