Jimena llevaba el nombre de su abuela navarra y era el vivo retrato de su madre, que a su vez había sido una réplica perfeccionada de la suya. Alta, esbelta, de piel nívea, cabello claro, facciones regulares y ojos de un extraño azul verdoso, unía a esa belleza de cuna una elegancia natural que, con la ayuda de sus pies menudos, impregnaba de gracia sus movimientos sin necesidad de impostura.
Tras la muerte de su padre, se convirtió en el principal sostén de Auriola al frente de la tenencia, ayudándola a desempeñar un papel que ninguna de las dos habría deseado ejercer jamás. Atapuerca había quebrado un gran número de sueños y puesto fin a incontables proyectos. Entre ellos, su boda con el caballero Nuño García, propietario de casa y tierras en las inmediaciones de Osma, situadas en la linde oriental del condado de Castilla.
El matrimonio había sido concertado por Ramiro poco antes de su trágico final y habría debido celebrarse al cumplir la chica quince años, según el compromiso alcanzado. Llegado el momento, no obstante, ella se negó a dejar sola a su madre marchándose de Lobera y esta no encontró fuerzas para obligarla a partir. El enlace se aplazó una y otra vez, bajo distintos pretextos, hasta el punto de hacer temer a la Dueña por que el infanzón castellano acabara echándose atrás.
No lo hizo.
Al tratarse de unas nupcias convenidas en firme entre dos compañeros de armas y tras haber satisfecho Ramiro la correspondiente dote, el honor de don Nuño habría sufrido un golpe irreparable de haber faltado a su palabra a resultas de lo acontecido en ese campo de Atapuerca donde tantos bravos guerreros se habían dejado la vida.
Ramiro de Lobera había sido un caballero cuya memoria merecía ser respetada, y su hija Jimena, a decir de cuantos la conocían, era una doncella cuyas cualidades justificaban con creces la espera. Lo que no podía sospechar el de Osma era la oposición que su nombre había suscitado en casa de su prometida antes incluso de que una espada navarra se interpusiera entre ambos.
Cuando el infanzón anunció el arreglo alcanzado con el castellano, sin sospechar que no llegaría vivo a la boda, Auriola se mostró reacia a dar su consentimiento, hasta el extremo de intercambiar palabras gruesas con su esposo. Le apenaba profundamente utilizar a su Jimena para tejer una alianza de intereses estratégicos por completo ajena al afecto, máxime después de haber desposado a Mencía con un comerciante franco cuyo único atractivo residía en su fortuna.
Su primogénita había aceptado dócilmente ir al altar, sin una palabra de queja, pero ella no dejaba de preguntarse si al forjarle ese destino habrían obrado bien o la habían condenado a una amarga infelicidad. Transcurridas casi dos décadas, la duda seguía torturándola.
El matrimonio y el amor eran cosas muy distintas y a menudo incompatibles, lo sabía. Entre familias de su condición lo natural era acrecentar el poder, las posesiones o la influencia a través de esas uniones. Aun así, le dolía entregar a su última hija a un desconocido que, por añadidura, había levantado su hogar en un territorio fronterizo repleto de peligros, tan parecido al que ella misma había conocido en sus primeros tiempos con Ramiro. Claro que ellos se habían elegido el uno al otro y estaban enamorados. Juntos se habrían instalado en el mismísimo infierno, desafiando al ángel caído. Jimena ni siquiera conocía al tal Nuño, pese a lo cual marchó a su encuentro y cumplió la voluntad de su padre antes de que el castellano terminara de perder la paciencia.
Corría el año 1058 de Nuestro Señor. Ramiro llevaba cuatro en la paz de Dios y el dominio Lobera se mantenía en pie a base de mucho esfuerzo bajo la atenta mirada de Auriola.
Llegado el día de acompañar a su pequeña al que sería su nuevo hogar, los reparos y el miedo de antaño la asaltaron de nuevo con violencia. Su preciosa niña de ojos sonrientes, la que había sido su consuelo durante los momentos más desgarradores del duelo, iba al encuentro de un hombre al que no la vinculaba nada más que el contrato suscrito por su difunto padre. Dejaba atrás todo lo conocido, lo familiar, lo seguro, movida únicamente por la necesidad y la obediencia. ¿Cómo no inquietarse por ella?
A pesar de esa zozobra, el viaje resultó tranquilo.
Madre e hija aprovecharon para intercambiar confidencias y consejos relativos a la noche de bodas, susurrados bajo la lona de la carreta que transportaba el magro ajuar de la novia o frente al hogar de alguna posada más o menos limpia. Venciendo la vergüenza a hablar de esas cosas, Auriola rememoró su propia experiencia para explicar a Jimena lo que debía esperar del momento en que entregaría su preciada virginidad.
—Tú déjate hacer sin temor, que él sabrá cómo complacerte…
Jimena fingió una ingenuidad muy alejada de la realidad, dado que, cercana a la veintena, había oído toda clase de historias picantes y practicado más de un juego amatorio con Beltranillo, el escudero de Ramiro que le había robado el corazón y la inocencia. Nada susceptible de amenazar la prenda de su pureza, por supuesto. Cualquier mujer, noble o villana, sabía desde muy joven hasta dónde podía llegar en la holganza con un varón sin arriesgarse a una preñez que arruinaría su vida. La sensatez imponía poner coto a ciertos deseos, aunque el ingenio se las arreglaba para satisfacer la pasión sin correr excesivos riesgos.
Además, ante la sospecha de que su hija y ese peón que la miraba con ojos de carnero degollado anduvieran en tratos impropios de la distancia existente entre ellos, la Dueña había despachado al muchacho antes de que las cosas pasaran a mayores, sorda a las súplicas y llantos de la chica, quien acabó por someterse a la autoridad de su madre.
Desde entonces, esta había vigilado estrechamente cada paso de Jimena, manteniéndola alejada de todo hombre cuya edad representara un peligro.
Al llegar ante los formidables muros de Gormaz, salpicados de andamios a los que se encaramaba una legión de obreros encargados de repararlos, Auriola no pudo evitar rememorar los terribles sucesos que habían tenido lugar allí en una época no muy lejana, cuando Almanzor mandó dar muerte a su propio hijo. Hechos cuya maldad, pensaba ella, condenaban aquella tierra a quedar por siempre maldita.
La historia había corrido de boca en boca desde entonces.
Abd Allah, primogénito del caudillo sarraceno, conspiraba al parecer contra su padre. Eso decían al menos quienes narraban lo sucedido, santiguándose frecuentemente a fin de alejar el espíritu del demonio que nombraban. Enterado de la conjura, Almanzor tendió una trampa a ese retoño levantisco, le hizo abandonar su refugio de Zaragoza y lo obligó a reunirse con él en el campamento levantado allí mismo, frente a las murallas del fortín próximo a donde se alzaba el castillo de Nuño García. Corría el año 989 de Nuestro Señor y el Azote que afligía a los atribulados hijos de Eva se hallaba en su momento de máximo esplendor.
Aprovechando el asalto a la plaza, tan brutal como los sufridos en acometidas anteriores, el muchacho halló el modo de escapar y buscó refugio junto al conde castellano, García Fernández, quien le brindó hospitalidad. Enfurecido por la huida de su vástago y la osadía del noble que le había dado asilo, Almanzor devastó sus tierras, se apoderó de media Castilla, derrotó a la hueste cristiana enviada a defenderla, tomó al asalto el fortín de Osma y juró que no cejaría en sus correrías mientras no le fuera enviado Abd Allah. Finalmente García se vio obligado a ceder y despachar a su huésped, quien partió al encuentro de su padre tranquilo, convencido de que obtendría su perdón.
¡Cuán lejos estaba el infeliz de sospechar lo que le esperaba!
El implacable Abu Amir Muhammad, nombre de aquel a quien los suyos apodaban el Victorioso de Alá, ni siquiera se molestó en escuchar a su hijo. Con la frialdad que le caracterizaba, ordenó que fuese decapitado por uno de sus verdugos, quien a su vez sufrió la misma suerte, culpable de haber cumplido el mandato de su señor. Después hizo proclamar a los cuatro vientos que Abd Allah en realidad no era sangre de su sangre, sino el fruto de una esclava deshonesta que lo había engendrado con otro. Sus despojos quedaron a merced de los buitres en esos campos a la sazón yermados por la guerra, sobre los que ahora reinaba Sancho II, vencedor de su hermano en Llantada.