La dueña

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Capítulo 23

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El matrimonio resultó ser feliz aunque fugaz. Los rigores de la guerra rara vez concedían tiempo a los hombres para tejer existencias largas. Antes de celebrar el undécimo aniversario de su unión, don Nuño cayó luchando en la batalla de Llantada. Su sangre bañó la tierra que se disputaban Sancho y Alfonso, hijos del rey Fernando, cumpliendo con descarnada crudeza los peores temores de su madre, viuda del gran monarca leonés.

En la primavera del año 1067 de Nuestro Señor había rendido el alma la reina Sancha, con quien Auriola mantenía la amistad. El paso de los años y la distancia se dejaban sentir en la relación, aunque no hasta el punto de quebrarla. Por eso, sabedora de su enfermedad, la navarra la visitó en el monasterio de San Juan y San Pelayo, aprovechando uno de los raros viajes que emprendía a la capital con el propósito de ver a su hija Mencía y a sus nietos.

La soberana que se encontró ya no era la mujer brava que había sido. Se asemejaba más a la niña desvalida que había conocido Auriola antaño, recién llegada a León acompañando a la princesa Urraca. Postrada, apagada, con ese tono macilento que adquiere la piel de los moribundos y la mirada impregnada de tristeza, Sancha le confesó:

—Desde que mi esposo descansa en el panteón de San Isidoro, que mandó construir a instancias mías sobre el que mi padre había levantado junto a la iglesia de San Juan Bautista, temo por la suerte de mis hijos. Dios los ha hecho muy diferentes, así en virtudes como en defectos, talentos, anhelos y capacidad, lo que inevitablemente los llevará a chocar más pronto que tarde. Auriola, querida, ¿qué será de ellos cuando yo falte? —exclamó al borde del llanto—. Esa angustia me consume tanto como el mal que roe mis entrañas.

—Sosegaos, señora —trató de tranquilizarla su vieja amiga, pese a compartir plenamente su inquietud—. Don Fernando no descuidó a ninguno de sus hijos ni les dio motivo de queja. A don Sancho, vuestro primogénito, le dejó nada menos que Castilla, el dominio heredado de su padre, junto a las ricas parias procedentes de la taifa de Zaragoza. A don Alfonso, el Reino de León, además de las cuantiosas parias que paga Toledo en oro y plata. Y para el pequeño, García, quedaron Galicia y las parias de Badajoz. A doña Urraca y doña Elvira les entregó los infantazgos de Zamora y Toro, haciéndolas señoras además de un gran número de monasterios cuya riqueza estará en sus manos. ¿Por qué habrían de entrar en conflicto si todos han sido tan bien tratados?

—Fernando conocía bien a sus vástagos —respondió la Reina con la voz quebrada—. El amor no le nublaba el buen juicio, como tampoco me ciega a mí. Actuó con arreglo a la tradición navarra y repartió sus dominios de manera que no dejara a nadie sin cobijo, pero puso la joya de su corona, León, en manos de Alfonso, a quien consideraba más sagaz y prudente que Sancho.

—Lo que ha de dar paz a vuestro espíritu es que ambos han aceptado la decisión de nuestro llorado monarca —repuso Auriola, tratando de sonar convincente a pesar de estar segura de lo contrario.

—¡Ojalá fuese eso cierto! Nadie más que yo desearía que tuvieras razón, pero ambas sabemos que Sancho se siente injustamente despojado de León, tal como osó espetar a su padre en vida, reprochándole con aspereza renunciar a su deber cristiano de restaurar bajo una misma corona la unidad del antiguo reino visigodo de España.

Doña Sancha se apagaba. Apenas le quedaba aliento. Auriola le acercó a los labios una copa de agua en la que el galeno había diluido unas gotas de extracto de adormidera, a fin de aliviar su dolor. La Reina bebió despacio, aceptó de buen grado que su antigua amiga le limpiara los labios y retomó su lamento:

—Esa ambición de mi hijo mayor le lleva a escuchar con excesiva atención las lenguas que vierten en sus oídos el veneno de la envidia. Alfonso, a su vez, jamás aceptará prescindir de Galicia ni se conformará con la primacía de Sancho. Y en cuanto a García, lo mimé en exceso, convirtiéndolo en un hombre pusilánime. No sabrá ganarse la lealtad de sus súbditos. El amor que siento hacia él no me impide reconocer su incapacidad para gobernar.

Semejante confesión provocó un silencio denso que Auriola rompió transcurridos unos segundos saliendo en defensa del primogénito, señor natural de su yerno Nuño.

—Vuestro hijo Sancho es un rey sin tacha, además de un hombre de honor. Y lo mismo puede decirse de su hermano Alfonso. Perded cuidado, mi señora, los reinos de la cristiandad hispana están en las mejores manos.

—En mejores estaban cuando mi esposo, Fernando, era el Rey de toda España y engrandecía sus dominios recuperando la tierra usurpada por los sarracenos —rebatió doña Sancha con amargura—. Él mismo enumeró sus méritos en el epitafio que mandó grabar sobre su sepulcro.

Auriola acababa de leerlo, ya que había aprovechado su visita a la ciudad para acudir al panteón real, por lo que recordaba con exactitud el mensaje escrito en esa piedra: «Trasladó a León los cuerpos santos de san Isidoro arzobispo desde Sevilla, y de Vicente mártir desde Ávila, y construyó esta iglesia de piedra, la que en otro tiempo era de barro. Hizo tributarios suyos, con las armas, a todos los sarracenos de España. Se apoderó de Coímbra, Lamego, Viseu y otras plazas. Se adueñó por la fuerza de los reinos de García y Bermudo».

—Quiera Dios que nuestros hijos no deshagan por sus rencillas lo que con tanto sacrificio y sangre construyó su padre en vida —concluyó la soberana.

—Don Fernando fue sin lugar a dudas un gran monarca y mejor cristiano —ponderó su memoria la navarra, tratando de consolar a su viuda—. A buen seguro goza ya de la luz eterna de Dios, a quien sirvió sin descanso.

La Reina quiso decir algo más, pero se mordió la lengua, como si las palabras se le hubieran quedado atravesadas en la garganta. Auriola le cogió la mano en un gesto afectuoso, disimulando la pena que le provocaba ver a su antigua amiga en ese estado de angustia. Sus caricias debieron de conseguir brindar paz a la moribunda, porque finalmente escupió el hueso:

—Me casé con él obligada, no solo sin profesarle amor alguno, sino odiándolo con toda el alma por haber dado muerte a mi querido Bermudo. Tú lo sabes bien. Fuiste mi paño de lágrimas en más de una ocasión. Nunca le quise, esa es la verdad, mas con los años aprendí a respetarlo.

—No os torturéis con esos recuerdos, mi señora, ha pasado mucho tiempo desde entonces…

—¡Escúchame, por favor! —imploró la soberana—. Necesito decir esto en voz alta y que tú lo oigas. No le amé, es la verdad. Aun así, siempre le fui fiel y enaltecí con ello su honor. Y nunca habría conspirado contra él. ¡Jamás! Sé que en su día corrieron rumores que me involucraban en una conjura destinada a dar muerte a su hermano en la batalla de Atapuerca, donde cayó igualmente tu llorado Ramiro, pero yo nunca habría hecho tal cosa. Si alguien urdió esa vil acción contra García y vulneró la voluntad y las órdenes del Rey, no contó con mi beneplácito. Lo juro.

Auriola se entristeció al oír el nombre de su marido, sin sospechar por lo más remoto que hubiese formado parte del complot que llegaba a sus oídos por vez primera. En su memoria, Ramiro siempre sería el escudo salvador del soberano de León, a costa del mayor sacrificio que un vasallo pudiera hacer. ¿Cómo iba a sospechar que actuara al margen de su señor en aras de vengar al príncipe a quien había visto morir? Su esposo encarnaba el honor, aunque no todos entendieran igual el sentido último de esa palabra.

Aliviada por su confesión, Sancha apretó la mano que sujetaba la suya antes de añadir con un hilo de voz:

—Pronto descansaré a su lado, como lo harás tú cuando llegue tu hora, junto al hombre con quien tuviste la suerte de casarte enamorada. La fortuna me hizo reina y a ti una mujer feliz. Si el dolor del bien ajeno no fuese un grave pecado, te envidiaría.

Así finalizó esa última conversación a corazón abierto, que Auriola recordaba a menudo. Su niña, convertida en digna soberana de León, previó todo lo que sucedería a su muerte, sin equivocarse en nada.

Apenas un año después de dar tierra a sus restos junto a los de don Fernando, Alfonso y Sancho se vieron las caras en Llantada, en un duelo llamado a librarse entre ellos dos que acabó enfrentando a sus respectivos ejércitos y dejó viuda a Jimena con un huérfano de corta edad.

El heredero de la corona leonesa se lamía a esa hora las heridas, sin darse por vencido, mientras su primogénito, rey de Castilla, hacía planes para enseñorearse lo antes posible de cuanto a su juicio le pertenecía por derecho.

Si bien en Llantada Sancho había puesto en fuga a Alfonso, nadie creía que este fuese a conformase con la derrota. Y menos que nadie, Auriola. Conocía demasiado bien a esos dos gallos para pensar que fuesen capaces de convivir en corrales vecinos, máxime ahora que el fallecimiento de su madre los privaba del último nexo de unión capaz de mantener a raya sus respectivas ambiciones.

La Dueña sabía con absoluta certeza que esos dos hermanos enemistados por el apetito de poder volverían a enfrentarse muy pronto, y estaba segura de que quien saliera victorioso del lance haría recaer su ira no solo sobre el vencido, sino también sobre cuantos vasallos hubieran luchado con él. En esa partida a vida o muerte se jugaba el futuro de su hija y su nieto inocentes, sin que ella dispusiera de armas con las que entablar una lucha.

Con Sancha había perdido su última aliada en la corte.

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