La dueña

La dueña


Capítulo 24

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Año 1069 de Nuestro Señor

Torre de Osma

Castilla

Desde la muerte de su marido, Jimena había perdido la alegría que completaba su abanico de encantos, aunque se esforzaba por disimular la tristeza ante su hijo. Lo que resultaba ser del todo ajeno a su proceder era la agitación que la poseía cuando, esa mañana, se plantó ante la mesa donde abuela y nieto desayunaban, armada de un pergamino esgrimido cual estandarte.

—Don Fadrique me urge a darle una respuesta inmediata o considerar retirada su propuesta —exclamó al borde del llanto—. He de tomar una decisión hoy mismo.

—¿La impaciencia de ese hombre no retrocede ni siquiera ante tu luto? —se indignó Auriola—. ¡Habrase visto bellaco semejante!

—¡Madre! —la detuvo Jimena, lanzando una significativa mirada al muchacho—. Estás hablando de mi cuñado.

—Un cuñado ansioso por convertirse en marido, a lo que parece —replicó la aludida con desdén.

—Es un gesto generoso por su parte —repuso su hija, algo más calmada—. Al fin y al cabo somos su familia, él también se ha quedado viudo y el matrimonio constituye un arreglo favorable para todos. Quiero creer que le preocupa nuestro bienestar y desea asegurarlo. Desde la primera vez que mencionó el asunto, a poco de morir Nuño, siempre ha sostenido que considera su responsabilidad velar por la mujer y el hijo de su difunto hermano.

—¡No me hagas reír! —volvió a contradecirla su madre, llena de rabia. Después, dulcificando el tono para dirigirse a su nieto, añadió—: Diego, mocetico, ¿quieres coger un par de trozos de pan, abrigarte bien, bajar al cuerpo de guardia y buscar a ese Juanico con quien haces tan buenas migas? Dile que te lleve a ver los caballos.

El chico no se lo hizo repetir. Salió disparado por las escaleras, sordo a las voces que hablaban de capas, directo hacia los establos. Jimena tomó asiento en el borde de la silla ocupada hasta entonces por él, dispuesta a escuchar lo que la prudencia impedía decir a su madre en presencia del pequeño. Una vez a solas con su hija, Auriola se sintió libre de hablar a corazón abierto.

—Si profesaste estima por tu esposo —expuso con seriedad, impregnada de ternura—, su recuerdo te acompañará siempre. Yo fui mujer de un solo hombre y tú llevas mi sangre. ¿Te imaginas a ti misma compartiendo el lecho con Fadrique sin repugnancia?

—No conocía a Nuño antes de desposarlo y sin embargo terminé amándolo —rebatió Jimena a la defensiva—. Es más, tú sabes bien que estaba enamorada de otro, pese a lo cual acepté mi destino y encontré la dicha a su lado.

—Porque tu padre lo eligió para ti pensando en tu felicidad. Tal vez te resulte difícil creerlo, pero te prometo que es la verdad. Tanto Ramiro como yo queríamos lo mejor para ti. Teníais una edad parecida, se trataba de un hombre de honor probado, soltero, leal, en nada parecido a ese hermano suyo mucho mayor, con demasiada prisa por poseerte como para confiar en sus intenciones.

—Aun así…

—Si no lo haces por ti —insistió Auriola—, piensa en Diego.

—¿Qué quieres decir? —repuso Jimena, con renovada angustia en la voz.

—Que si aceptas la proposición de tu cuñado —le advirtió su madre—, perderás el control sobre tus bienes y los de tu hijo. Estaréis a su merced. Todo, incluida tu dote, pasará a sus manos de inmediato, que es exactamente lo que busca ese bellaco al apremiarte de esta forma.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque ningún caballero merecedor de ese nombre escribiría una carta como la que acabas de mostrarme —sentenció esta—. En ella no hay rastro de amor o preocupación, sino una urgencia que estaría fuera de lugar en cualquier circunstancia y resulta inaceptable dado lo reciente de tu pérdida. Pero voy más lejos. ¿Eres consciente de lo que sucedería si quedaras encinta de él, cosa más que probable?

—A mis veintinueve años es difícil —trató de rebatir el argumento Jimena, sin demasiada convicción—. Esta es mi última oportunidad. No encontraré otro hombre dispuesto a desposarme. Se me acaba el tiempo.

—Lo que ansía ese rufián de Fadrique es apropiarse de cuanto os pertenece a Diego y a ti —prosiguió Auriola con vehemencia—. Y lo peor es que estará en condiciones de hacerlo si pones tu suerte en sus manos desposándolo. A partir de ese momento, cualquier decisión relativa a vuestra fortuna le pertenecerá, al menos mientras tu hijo sea menor de edad, en el supuesto de que siga vivo. En calidad de viuda, en cambio, serás la dueña de tu destino. Podrás velar por él y defender sus derechos. Decidir sobre su educación, aconsejarlo, mantenerlo cerca, ayudarle a escoger a una esposa adecuada… ¿Te das cuenta del poder que te confiere esa libertad?

—¿De qué poder hablas, madre? —la corrigió Jimena, sombría—. ¿De qué libertad? Todo está en manos del Rey. ¿Quién sabe si nos permitirá conservar este castillo y estas posesiones? Diego es demasiado joven para defenderlas y yo no sabría cómo hacerlo, aunque quisiera. No necesito decirte que se trata de tierras de realengo, sujetas al arbitrio real. Si don Sancho decide expulsarnos para entregárselas a alguien más apto, capaz de conservarlas y aun engrandecerlas, no tendremos a donde ir.

—Vendréis a Lobera conmigo. —Un sonoro golpe de mano en la mesa rubricó la afirmación—. Allí sigue estando la casa por la cual derramó su sangre tu padre. Tal vez carezca de las comodidades de las que gozáis aquí, pero tendréis un techo que os cobije y un plato de comida en la mesa.

—Seríamos una carga.

—¡Sois mi hija y mi nieto, en nombre del Santísimo! —exclamó Auriola, airada—. ¿Crees que existe alguien o algo más importante para mí?

—Aun así —siguió objetando Jimena, con el juicio obnubilado por el miedo—, seríamos dos mujeres solas y un niño de corta edad. Correríamos graves peligros privadas de la protección de un hombre.

—Mayor peligro correréis si aceptas a tu cuñado, créeme. ¿Acaso no salí yo adelante cuando murió tu padre? ¿No me ocupé de ti y de nuestros dominios? Hace muchos años que estoy al frente de la tierra que el rey Alfonso V concedió a Ramiro, y nunca he faltado a mis obligaciones de dueña. Tú harías lo mismo, estoy segura.

—No sé si me siento capaz, la verdad…

Las lágrimas que había estado aguantando se desbordaron de golpe, como si un dique invisible se hubiera roto. El llanto manó, imparable, ante la impotencia de Auriola, quien se enfrentaba al sufrimiento de su hija sin saber cómo aliviarlo. Nunca le prodigó demasiadas carantoñas durante su infancia, en parte por no haberlas recibido ella misma, en parte por la dureza que preconizaban todos los cánones pedagógicos al uso. Mimar a los hijos, se decía, era echarlos a perder. ¡Cuánto lamentaba ahora haber hecho caso de esas monsergas!

Con cierta torpeza, rodeó los hombros de Jimena y la estrechó contra su pecho, a la vez que musitaba:

—Tranquila, maitia, tranquila, encontraremos una solución.

Cuando logró que se sosegara lo suficiente como para retomar la conversación, recuperó la firmeza con que le había estado hablando, para añadir:

—Yo sé que esa fuerza está en ti, hija. Hazme caso; te parí. Sé que te educamos en la modestia y la templanza, con el fin de convertirte en una dama, pero no confundas humildad con debilidad. No eres ni has sido nunca una damisela enclenque, ni mucho menos pusilánime. Eres hija de Ramiro de Lobera y Auriola de Lurat. No necesitas un marido codicioso para seguir con tu vida.

—Al menos Berenguela está a salvo, lejos de esta locura —contestó Jimena, refiriéndose a su hija, cinco años mayor que Diego.

—Así es —convino Auriola recuperando la sonrisa ante la evocación de su nieta—. Nuestra preciosa Berenguela se encuentra perfectamente bien en Aragón, junto a su futuro esposo, bajo la protección de una familia de ascendencia navarra de cuya probidad doy fe. Pierde cuidado. Tanto tu difunto Nuño como yo misma vimos ese enlace con los mejores ojos, sabiendo que sería tratada con el respeto y la consideración que merece. Pronto celebraremos sus bodas, aunque ella haya emprendido ya su propio camino.

—Claro que tampoco Aragón está exento de conflictos —se desdijo la joven, embargada por el ánimo sombrío—. Tras la muerte del rey Ramiro frente a los muros de Graus, derrotado por el caudillo taifa de Zaragoza, a saber qué será de los dominios que unificó bajo su corona.

—Si mi rey don Sancho, el mayor monarca que ha conocido la cristiandad hispana, hubiera vivido para ver cómo su primogénito sucumbía ante los infieles auxiliados por su otro hijo, él mismo habría empuñado la espada, a pesar de su avanzada edad. Pero el oro y la plata moros compran soldados, aceros y almas. Dios todopoderoso les perdone esa traición.

—Las gentes se hacen lenguas del capitán castellano que destacó en esa campaña, don Rodrigo Díaz, señor de Vivar, amigo de mi difunto Nuño —apuntó Jimena, con voz quebrada por la pena.

—Ahora quien debe preocuparte es Diego —replicó su madre en tono severo, consciente de una situación cuya gravedad no dejaba espacio a lamentaciones baldías—. Pierde cuidado por Aragón. Está en las manos firmes de Sancho Ramírez, quien ha tejido alianzas sólidas con Navarra y con el papado. Tu hija no corre peligro. Tu hijo en cambio sí, aunque de momento es de suponer que el rey de Castilla no desamparará al heredero de quien tan bien le sirvió.

—¿Estás segura? —objetó su hija—. La gratitud no suele adornar las coronas de los soberanos.

—La que me quita el sueño a mí eres tú —continuó su discurso Auriola, haciendo caso omiso del comentario—. No soporto la idea de verte casada con ese gañán de don Fadrique, que a buen seguro te hará infeliz.

Jimena no respondió. Seguía sumida en un dolor profundo, que dejaban traslucir sus ojeras violáceas, su piel carente de brillo, sus manos nerviosas, su aspecto abrumado, como si su espalda debiera soportar el peso de un fardo demasiado grande. Luchaba contra ese desaliento con todas sus fuerzas, aunque su derrota era patente. Auriola, en cambio, no estaba dispuesta a rendirse.

—Escúchame bien, hija. No voy a engañarte. Tienes razón al decir que a tu edad y en tu posición es improbable que recibas alguna proposición de matrimonio aceptable. Si decides seguir mis pasos y asumir tu condición de viuda, el precio que deberás pagar será alto. Habrás de llevar una vida en extremo virtuosa, ya que el menor desliz te haría perder la reputación, te acusarían de ser una mujer licenciosa y eso te convertiría en una apestada social, estigma que recaería también sobre tus hijos.

Esa última palabra despertó a Jimena, quien salió de su ensimismamiento para prestar atención a lo que decía su madre.

—La virtud, empero, no resulta un precio excesivo si piensas en los beneficios que te acarreará. A cambio de esa renuncia, serás libre. ¿Eres consciente de lo que eso significa? Solo tú puedes decidir si abrazas esa libertad o aceptas desposar a tu cuñado. Tomes el rumbo que tomes, supondrá un gran sacrificio. A las mujeres rara vez nos es dado ser felices y, cuando tal milagro acontece, nunca dura mucho tiempo.

Tras una pausa interminable, la joven acertó a decir:

—Debo darle una respuesta cuanto antes…

—Consúltala con la almohada, tu conciencia y tu corazón. El orgullo de don Fadrique tendrá que soportar la espera.

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