La dueña

La dueña


Capítulo 25

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A diferencia de los demás habitantes de la fortaleza, Diego nunca parecía sentir frío. Si de él hubiese dependido, se habría pasado el día a la intemperie, en mangas de camisa, desafiando a los más reputados combatientes de la mesnada armado con su diminuta espada de madera. Y dado que en la práctica era el rey de la casa, siempre lograba imponer su voluntad, aun cuando las mujeres de su alrededor le imploraran que se abrigara.

En ausencia de su padre, los hombres con quienes este había luchado constituían el mejor sucedáneo de esa figura que el niño extrañaba hasta el punto de sentir dolor en el pecho, aun sin comprender la naturaleza de esas emociones. La tristeza de su madre no hacía sino incrementar la suya propia, por lo que la rehuía de manera espontánea, con el egoísmo propio de sus siete años.

La compañía de la abuela le resultaba más grata, dado su repertorio inagotable de historias, sumado al hecho de que ella nunca lloraba. En cuanto al hermano Honorio, su preceptor, habría prescindido gustoso de sus tediosas lecciones, de no haber sido porque en ese punto madre y abuela unían sus fuerzas para mostrarse inflexibles. Se pusiera como se pusiese, los latines del viejo fraile constituían un deber ineludible, del que escapaba en cuanto podía para irse al patio de armas.

Lo único capaz de llevarlo voluntariamente de regreso al castillo era la llamada de las tripas, siempre que en la cocina, situada en el exterior, le hubieran negado un trozo de pan untado en manteca o tocino frito, obedeciendo las órdenes estrictas de la Dueña en tal sentido. Solo a la hora del almuerzo subía las escaleras corriendo, dispuesto a devorar un buey, con las manos amoratadas y las mejillas encendidas.

—¿Se puede saber de dónde vienes tan apurado? —le preguntó como de costumbre Auriola, quien mataba el tiempo y los problemas al calor de la chimenea, bordando un pañuelo tendido sobre un sencillo bastidor.

—¿Dónde está madre? —eludió contestar el muchacho—. ¡Tengo hambre!

—Tu madre no nos acompañará hoy —repuso su abuela, levantando la vista de la labor para taladrarlo con la mirada—. No se sentía muy bien, por lo que tomará un refrigerio en su alcoba. Y tú tienes que aprender modales, mocete. ¡Cuanto antes! Ya va siendo hora de que te comportes como lo que eres.

El tono severo de esa respuesta llevó a Diego a recular.

—Perdón, abuela. ¿Así vale? Pero sigo teniendo hambre.

Esta vez ella no pudo evitar reír. Ese chiquillo llegaba con su espontaneidad a los rincones más blindados de su corazón; los que a lo largo de la vida había ido recubriendo de gruesos muros con el fin de protegerse del dolor causado por la pérdida de tantos seres queridos. Sus padres, Ramiro, los hijos nacidos muertos y los que murieron al poco de nacer, Sancha, su niña reina…

Los años y el sufrimiento la habían endurecido, hasta que la aparición de los nietos, y en especial de ese mocoso descarado, alegre y repleto de vitalidad, le devolvió la capacidad de enternecerse. Un valioso don casi olvidado, pero también un flanco vulnerable abierto a nuevas heridas. Diego la haría padecer, no cabía duda. Estaba tan segura de ello como de que valdría la pena.

—Pediremos que nos traigan una sopica bien caliente —propuso al chico—. ¿Te parece?

—Si no hay otra cosa…

Mientras llegaba la comida, Auriola entretuvo a su nieto contándole una historia que a él le gustaba especialmente. La referida a la muerte heroica de su abuelo en la batalla de Atapuerca, luchando por su legítimo señor, el rey Fernando, del mismo modo que su padre había rendido el alma al servicio de don Sancho. Uno y otro habían honrado su condición de caballeros y cumplido con su obligación a costa de perder la vida. Dicho lo cual, la abuela insistía siempre en destacar lo mucho que esas guerras entre hermanos ofendían a Dios.

—Los cristianos no deberían enfrentarse nunca entre sí, sino contra los paganos —enfatizaba, negando a la vez con la cabeza—. Máxime tratándose de hijos de una misma madre. ¡Qué sinsentido!

Después desgranaba el final de su abuelo tal como lo imaginaba ella, adornando esa tragedia con tintes épicos y dando por hecho que cayó sirviendo lealmente a don Fernando. ¿Cómo habría podido sospechar siquiera que su marido formara parte de una conspiración urdida a espaldas del soberano?

Ramiro había abandonado este mundo sin conocer el desenlace de la batalla. Sin la satisfacción de saber que la venganza que con tanto ahínco buscaba se la había cobrado otro noble, unos decían que castellano traidor, otros que leonés pariente de Bermudo, al infligir una herida letal a su odiado García Sánchez. Sin ver al vencedor, Fernando, honrar el cadáver de su primogénito en el mismo lugar donde expiró y reconocer a su sobrino adolescente como nuevo rey de Pamplona, con el nombre de Sancho Garcés IV. Sin disfrutar del botín obtenido gracias a esa victoria, merced a la cual el leonés amplió la extensión de sus dominios tanto como fue mermada la del Reino de Pamplona.

Los restos del monarca navarro descansaban desde entonces en un lujoso panteón del monasterio de Santa María la Real de Nájera. Ramiro, en cambio, ni siquiera estaba enterrado en suelo sagrado. Su escudero le había cavado una tumba anónima en el mismo campo de Atapuerca, para librarlo de las alimañas.

Auriola encontraba consuelo en la idea de que al menos un capellán le habría dedicado un responso y, antes del choque final, él habría oído misa, confesado y comulgado. Se aferraba a esa convicción con la esperanza de compartir pronto otra vida llena de luz, en la cual nada ni nadie volvería a separarlos.

—Dios escribe derecho con renglones torcidos, mi chico —concluyó su relato, ante la atenta mirada de Diego.

—Entonces escribe aún mejor que el hermano Honorio —dedujo el muchacho en tono solemne.

Auriola volvió a reír con ganas esa salida, fruto de la aplastante lógica infantil. El preceptor de su nieto habría castigado severamente semejante falta de respeto al Altísimo, a buen seguro recurriendo a la vara de castaño. Ella desempeñaba un papel distinto en la educación de ese niño, cuya inocencia aún sin mancha consideraba un tesoro impagable. Con todo, se obligó a sí misma a recuperar la seriedad para añadir:

—Lo que quería decir, Diego, es que el Todopoderoso nos lleva a menudo por caminos que nos cuesta comprender. En este caso me refería a que si cuando yo conocí a tu abuelo alguien me hubiera dicho que iban a ser mis paisanos, precisamente mis hermanos navarros, quienes lo mataran combatiendo, yo no lo habría creído.

—¿Porque el abuelo era más fuerte y más valiente que ellos?

—No, mocetico —dijo ella, esbozando una sonrisa nostálgica a la vez que atusaba con su mano grande y huesuda la cabellera dorada del niño—. Porque llegar a la guerra para resolver asuntos entre cristianos es una locura, además de una estupidez. Existen otras maneras mejores de zanjar esas disputas, sin sangre, ni viudas, ni huérfanos. Y que se te meta en esa cabecica tuya que la valentía no está reñida con la sensatez. Antes al contrario, un insensato no será nunca un valiente, porque quien no ve el peligro, ni siente miedo ante él, no debe obligarse a vencerlo. Esos necios suelen tener vidas cortas. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

—En la guerra, el enemigo es el enemigo —protestó el muchacho, empecinado—, ya sea navarro, leonés o sarraceno.

—Por tus venas corre sangre navarra y leonesa, Diego, además de la castellana que recibiste de tu padre. ¡No lo olvides! Antes que los hombres e incluso que los reyes, está Dios, el único dios verdadero, a quien todos nosotros elevamos nuestras oraciones.

—Pero los navarros mataron al abuelo Ramiro…

—Así es, mi chico. Hasta es probable que algún pariente mío formara parte de esa hueste. ¡Fíjate qué paradoja tan cruel!

—¿Qué para… qué? —inquirió el chiquillo, frunciendo de nuevo el ceño.

Auriola le lanzó otra mirada impregnada de cariño, antes de responder:

—Paradoja, mi chico, paradoja. Significa que a menudo pasan cosas que no deberían pasar. Cosas que carecen de lógica y van en dirección contraria a lo que nosotros querríamos o consideraríamos justo. ¿Lo comprendes?

Diego seguía sin entender, aunque su abuela interpretó su silencio como una señal de asentimiento y prosiguió:

—Lo importante es saber aceptar lo que nos depara la vida y mirar hacia delante. Sobreponerse a los percances y olvidarse de resentimientos, porque el rencor envenena el alma. Es preciso levantarse después de cada tropiezo para seguir caminando, incluso cuando hayas caído a causa de una zancadilla. No merece la pena detenerse a pelear, salvo que te veas obligado a hacerlo. En caso contrario, la venganza no te hará más llevadero el sufrimiento ni traerá paz a tu corazón.

El pequeño escuchó esas palabras con suma atención, cavilando algo que su abuela creyó relacionado con la muerte de su padre. Ese era, de hecho, el motivo por el cual ella había insistido por enésima vez en ese mensaje de superación. No perdía ocasión de hacerlo, empeñada en conseguir que su nieto renunciara a cobrarse la revancha sobre los leoneses a quienes culpaba de haberlo dejado huérfano, en gran medida bajo la influencia de los soldados de la mesnada con quienes pasaba largas horas intercambiando chanzas cuartelarias a pesar de su corta edad. Esa compañía constituía su mayor placer, por lo que ni ella ni Jimena habían sido capaces de prohibírsela.

Auriola era consciente de lo difícil que resultaría la empresa de reconciliar al chiquillo con lo que la Providencia había dispuesto para él, pero no cejaba en su propósito. Bastante había tenido que padecer a causa de las cicatrices dejadas por el odio y la frustración en Ramiro, tras ver caer ante sus ojos primero a su idolatrado Alfonso y después al joven Bermudo. No pensaba permitir que Diego fuese víctima del mismo mal. No, si podía impedirlo.

—Pues el hermano Honorio presume a menudo del castigo que el rey Fernando dio al verdugo del rey Alfonso —le espetó al cabo de un rato su nieto, satisfecho de haber encontrado un argumento con el que rebatir la moralina de su abuela—. Eso es venganza, ¿no? ¡Y bien que se la merecía ese moro!

El chico se refería a una historia relatada por los juglares, según la cual el monarca cristiano, tras reconquistar Viseu en el año 1058, mandó prender al ballestero cuya flecha había derribado a su suegro años atrás e hizo que le cortaran las manos, condenándolo a una existencia peor que la muerte.

Auriola no estaba segura de que tal leyenda se correspondiera con hechos realmente acaecidos, aunque sabía lo mucho que habría gozado Ramiro teniéndola por cierta. Tanto como su nieto, quien acababa de referirse a ese suplicio con evidente fruición. ¿Estaría grabado a fuego en el alma de los varones el gusto por la violencia que a ella tanto le repugnaba?

No le quedaba más defensa que apelar a la condición pagana de ese arquero musulmán, a quien era lícito combatir en nombre de la verdadera fe. Con todo, Diego hallaría el modo de llevarle la contraria, porque su testarudez era pareja a esa inteligencia ávida de polémica que solo parecía descansar cuando jugaba a la guerra, dormía o satisfacía su voraz apetito con alguno de sus platos favoritos. De ahí que la comida, oportunamente servida, la librara de enzarzarse en otra discusión baldía abocada a la derrota.

Una criada ataviada con un sayón sucio de lana gruesa, toca ceñida de lino basto y mitones que dejaban ver los sabañones de sus dedos depositó un enorme perol de cobre sobre la mesa, en la que previamente había dispuesto vasos, cuencos y cucharas, así como una jarra de vino aguado. El cacharro desprendía un vapor impregnado de olores capaces de resucitar a un difunto, en los que Auriola reconoció el ajo y el suave aroma de la gallina hervida, entre otras delicias. La visión de su contenido le hizo la boca agua, pues la cocinera había enriquecido el sabroso caldo disponiendo en la superficie finas rebanadas de pan blanco y huevos escalfados cuyas yemas tiernas, de un amarillo intenso, parecían gritar «¡cómeme!».

Como si hubiese olfateado el guiso desde la distancia, justo en ese momento apareció en el comedor fray Honorio, precedido por su abultada barriga.

—¡El Señor nos bendice hoy con unas sopas de ajo! —comentó jovial—. No existe nada mejor para combatir este maldito frío.

—Buenos días, hermano —saludó Auriola, cortés, incitando con los ojos a su nieto a hacer lo propio.

—Buenos días —repitió Diego de mala gana, ansioso por sumergirse en el contenido de ese caldero humeante.

—Bendigamos estos alimentos que vamos a compartir y demos gracias a Dios por ellos —dijo el fraile, a modo de respuesta, mientras juntaba las manos y agachaba la cabeza en actitud devota.

Finalizado el ritual, el chico agarró el cucharón decidido a introducirlo directamente en el puchero, pero su abuela lo detuvo con firmeza:

—Los soldados con los que compartes mesa en demasiadas ocasiones se comportan de ese modo. Los señores utilizamos cucharas y cuencos, que para eso están. Espera a que te sirvan. Así evitarás, además, abrasarte la lengua por impaciente.

Y Diego tuvo esperar su turno antes de poder relamerse con ese exquisito manjar.

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