Coincidiendo con la oscuridad, que en invierno tendía su manto sobre el mundo mucho antes de lo deseado, había empezado a tronar. Al principio pareció que la tormenta pasaría de largo, pues su siniestro acompañamiento de rayos apenas se traducía en algún resplandor lejano. Sin embargo, lo peor estaba por llegar y no tardaron en tenerla encima.
Atendiendo los ruegos de Diego, quien sentía auténtico pavor ante el retumbar de la tierra sacudida por esos chispazos, su preceptor accedió a elevar al cielo una plegaria apaciguadora. Armado de una vela bendecida en Viernes Santo, desafió la furia del viento desde el quicio del zaguán, abriendo la puerta lo suficiente para que su voz fuese oída tanto dentro como fuera de la casa.
—¡En nombre de san Bartolomé —gritó con fuerza, elevando los ojos al firmamento enfurecido—, por mediación de Cristo Nuestro Señor, ordeno al rayo que se aleje de este hogar de buenos cristianos! Márchate allá donde no habitan hijos de Dios, ni pastan ganados en los prados, ni empollan sus huevos las gallinas. ¡Aplaca tu ira!
Auriola, entre tanto, acurrucaba a su nieto contra su pecho y acariciaba su cabecita con el afán de calmar su temor sin que trasluciera el de ella. Porque también a ella la aterraban los efectos de ese castigo que el demonio infligía a los seres humanos. Los incendios en bosques y pajares. Los árboles demediados por sus cuchillos de fuego. Las vacas privadas de leche. La devastación en los campos. De ahí que le alegrara reconocer en las palabras del monje conjuros muy parecidos a los que recordaba haber escuchado siendo niña en boca de mujeres de mala reputación a quienes su padre llamaba «brujas». Únicamente cambiaban los nombres de los intercesores invocados. Las súplicas eran idénticas.
Tanto don Honorio como esas viejas paganas combatían de manera similar a los ángeles malignos que andaban en la región del aire haciendo maleficios y relámpagos. Se llamaran como se llamasen, causaban graves destrozos y debían ser expulsados. ¿Qué importaba la manera de conseguir ese propósito? Cuando ni el canto del gallo, ni el llanto de las criaturas, ni el tañer de las campanas eran capaces de alejarlos, solo quedaba rezar y suplicar la misericordia divina, por mediación de san Bartolomé, quien finalmente consiguió acallar el pavoroso estruendo y así conseguir que Diego dejara de temblar en el regazo de su abuela, tragándose a duras penas las lágrimas para no evidenciar su miedo.
El hermano Honorio regresó junto a su pupilo, henchido de orgullo, convencido de haber obrado prácticamente un milagro. En esa ocasión fue recibido con júbilo por el chiquillo, quien por lo general trataba de escabullirse escondiéndose en los lugares más insospechados con tal de escapar a sus lecciones, aun sabiendo que de ese modo lo sometía a un cruel tormento.
El viejo fraile llevaba ya casi dos lustros viviendo entre los muros de piedra de esa casa solariega. Antes lo había hecho en otros enclaves del reino leonés, donde había hallado refugio tras huir de su Sevilla natal, recién pronunciados sus votos, en tiempos de Almanzor.
El Azote de Dios, tal como lo llamaba él, santiguándose con fervor a fin de conjurar su fantasma, era, según su criterio, el castigo enviado por el Altísimo para hacer purgar a sus hijos las incontables afrentas de nobles, plebeyos e incluso hombres y mujeres consagrados a la Iglesia. Codicia, gula, envidia, lujuria… Sobre todo lujuria, manifestada en abominaciones tales como coyundas entre hermanos o, peor, abuelos y nietas. La terrible penitencia infligida a los cristianos estaba por tanto a la altura de sus gravísimos pecados, achacables al mísero barro del que procedían.
Claro que, merced a la clemencia infinita del Señor, esa época siniestra formaba parte del pasado.
En pago por la hospitalidad recibida en casa de don Nuño García, el clérigo había enseñado lo básico a la hermana mayor de Diego y ahora intentaba inculcar en el pequeño el gusto por la lectura, la historia sagrada, el latín, la retórica y otras disciplinas útiles para un joven de alta cuna llamado un día a impartir justicia y gobernar con equidad a las gentes sujetas a su autoridad. Sus esfuerzos cosechaban, no obstante, un éxito muy escaso.
—¿Cómo harás cumplir la ley si ni siquiera la conoces? —Había tratado de azuzar esa misma tarde el interés del muchacho—. Has de saber que el Fuero Juzgo, vigente en todo el Reino desde tiempos inmemoriales…
—Habláis raro, padre Honorio —se burló con descaro el chaval—. No entiendo la mitad de lo que decís. Y además gritáis mucho y no oís nada.
—Solo trato de desbastar ese tronco de alcornoque que tienes en lugar de cabeza —adujo el fraile, acostumbrado a soportar con paciencia las impertinencias de ese consentido—. Algún día me agradecerás lo poco que haya conseguido enseñarte. En cuanto a mi lenguaje…
—¿Veis como habláis raro? La lengua es esto —replicó el chiquillo, sacándosela en un gesto de desafío inaudito.
—¡Mocoso maleducado! —lo reprendió el fraile—. Mi forma de hablar es la misma que la del Rey, la nobleza y los hombres de Iglesia que les sirven en León. Es el romance culto más parecido al latín, que habrás de aprender si quieres llegar a ser alguien de provecho. Las gentes de esta Castilla salvaje, en cambio, parecen ser apartadizas incluso en sus expresiones. Se comen las efes al decir «hazer» en lugar de «facer» y cometen multitud de otras faltas ofensivas para mis oídos.
—¡Si estáis sordo! —se burló el niño, envalentonado.
Tras el consiguiente varazo, propinado en la palma de la mano, don Honorio concluyó:
—Cuídate de hablar como lo hacen los soldados con los que pierdes tu tiempo, porque quien te escuche con cierta atención te confundirá con un vulgar labriego.
—Lo que debo aprender es a luchar —zanjó el chico, a quien toda aquella jerigonza aburría sobremanera—. Ellos y yo nos comprendemos. ¿Qué más da cómo lo hagamos?
Y no le faltaba razón.
Incluso entre la alta nobleza resultaba excepcional que un hombre supiera leer y mucho menos escribir. Para eso estaban los clérigos a su servicio, cuya función consistía precisamente en redactar documentos, además de elevar oraciones por la salvación de sus almas. Los caballeros tenían otras obligaciones, entre las cuales destacaban la defensa de su tierra, la respuesta inmediata a la llamada del Rey, en caso de guerra, y la elección de una buena esposa capaz de darles abundantes hijos con el fin de asegurar la continuidad del linaje.
Pasada la tormenta, cada cual regresó a sus quehaceres, no sin antes agradecer a Dios la misericordia mostrada.
Ramiro y Honorio habrían debido reanudar sus lecciones, pero el fraile había quedado exhausto y el chico prefería de lejos la compañía de su madre y de su abuela, por lo que animó al preceptor a retirarse a sus aposentos a descansar, mientras ellas y él se acomodaban en la estancia principal del castillo, frente a un fuego cebado con abundante leña seca.
Jimena, que seguía dando vueltas a la conversación mantenida con su madre, retomó su bastidor con la intención de sumergirse en sus pensamientos bordando. Su hijo se tumbó en el suelo, sobre una alfombra de piel de oveja, como hacían los perros en las raras ocasiones en que se les permitía guarecerse de la nieve a cubierto, en compañía de sus amos. Boca abajo, apoyado en los codos, cogió dos palos menudos que su imaginación convirtió en soldados y se puso a jugar con ellos, musitando violentas incitaciones a la pelea mientras los hacía entrechocar en un combate a vida o muerte.
—Diego, hijo, ¿no sabes jugar a otra cosa que no sea la guerra? —le regañó su madre, evidenciando una tristeza honda disfrazada de mal humor—. Más te valdría rezar y hacer carrera en la Iglesia para no acabar como tu padre.
El chiquillo se disponía a ganarse una bofetada dándole una contestación impertinente, cuando Auriola salió al rescate con una de esas historias que ayudaban a vencer el tedio en las largas noches del invierno.
—¿Qué te parece si tú y yo nos retiramos a tu alcoba y te sigo contando las peripecias de don Quintín de Pamplona?
—¿Tu vecino? —inquirió su nieto, fascinado por ese personaje, absolutamente real a sus ojos, a quien noche tras noche la abuela hacía correr las más descabelladas aventuras.
—¡El mismo! —asintió ella, poniéndose en pie sin esfuerzo—. El caballero valeroso al servicio del rey don Sancho, de Dios y de todas las causas justas, cuyas tierras se hallaban cerca de las nuestras, en mi Navarra natal.
Dicho y hecho. Tras las buenas noches de rigor a su madre, que se despidió con un beso en la frente, el chico cogió de la mano a su abuela y juntos subieron la empinada escalera de caracol que conducía a la planta superior de techos bajos donde se encontraban las alcobas, más fáciles de calentar mediante braseros que el inmenso salón principal.
Una vez allí, Diego se quitó el pellote y las calzas, sin aceptar la ayuda ofrecida, antes de acurrucarse bajo las mantas.
—Cuéntame la de la doncella a la que rescató del dragón —dijo, zalamero, sabiendo que su petición sería satisfecha por la mujer sentada a los pies de su lecho que nunca le negaba nada.
—Pues verás, mocetico, como ya te he relatado muchas veces, tanto don Quintín como el rey Sancho luchaban bajo el estandarte de la Santa Cruz, contra los sarracenos invasores que se llevaban a nuestras más bellas doncellas para encerrarlas en sus harenes…
—El dragón, abuela, el dragón —la interrumpió el chaval en tono apremiante.
¿En qué momento, se dijo para sus adentros Auriola, habría tenido la ocurrencia de recurrir a la figura de un dragón para referirse a Almanzor, caudillo ismaelita a quien el monarca en cuestión había entregado a su propia hija en un vano intento de apaciguarlo?
Al inventar esa metáfora le había parecido una buena idea; una forma divertida de narrar al chiquillo los horribles hechos acaecidos en los reinos cristianos justo antes de que ella naciera, achacando su ferocidad a una criatura monstruosa y no a la brutalidad de los seres humanos. Intentaba protegerlo el máximo tiempo posible de la cruel realidad a la que habría de enfrentarse, para lo cual había apelado al herensuge, señor de las cuevas, cuyo nombre invocaba su aya con aires tenebrosos, antes de transformarse en él para hacerle cosquillas fingiendo devorarla con sus dientes enormes. Ella había tratado de imitar ese juego, pero Diego rechazaba la parte lúdica, se tomaba al monstruo muy en serio y gozaba de una memoria excelente, que le hacía recordar con precisión cada detalle de lo escuchado la víspera.
—Bueno, don Quintín salvó a muchas doncellas de esa bestia que se las comía crudas. —Arqueó las cejas, engolando la voz con el fin de imprimir emoción al relato—. Se enfrentó en incontables ocasiones al dragón, interponiéndose entre él y las muchachas a las que quería capturar, pero nunca pudo vencerlo y tampoco logró librar de sus garras a la princesa de la que estaba enamorado.
—¿Porque le gustaba demasiado el vino y solía terminar borracho bajo la mesa de una taberna? —dedujo el chico, sin que Auriola pudiera recordar cuándo o en base a qué había introducido ella ese rasgo tan poco decoroso en la conducta de su héroe. ¿Acaso para referirse a las traiciones y la división que habían debilitado a los guerreros de Cristo enfrentados a la hueste invencible capitaneada por Almanzor? Fuera como fuese, era demasiado tarde para cambiar la narración.
—¡Desde luego que no! —se corrigió a sí misma, asustada ante la posibilidad de estar inculcando, sin pretenderlo, semejante vicio en su nieto—. Don Quintín era todo un caballero, al igual que tu padre y tu abuelo. Pero hasta los mejores sucumben ante un adversario a quien es imposible vencer. Por eso te digo siempre que nuestra mayor fuerza reside en la cabeza, que es la que nos lleva a tomar las decisiones acertadas, incluida la retirada cuando no queda otra opción.
—¿Qué pasó con la princesa? —A Diego las enseñanzas que la abuela trataba de introducir en cada capítulo le interesaban mucho menos que su desenlace.
Auriola conocía de sobra la respuesta. Sabía que Urraca acabó sus días en un convento, tras largos años de cautiverio en Córdoba, prisionera en una jaula dorada de la que finalmente pudo escapar dejando atrás a su hijo, Sanchuelo, quien poco tiempo después sufrió una muerte atroz a manos de su propia gente.
¿Cómo explicar a una criatura de siete años lo que debió de sentir esa madre al saber que la cabeza cortada de su retoño había sido expuesta sobre una pica, a las puertas de la ciudad donde ella misma padeció? El dragón resultaba ser una opción más aceptable, de modo que adoptó una actitud compungida para responder:
—La princesa languideció encerrada en una torre, pero nunca dejó de amar a don Quintín, quien a su vez la amó hasta el final y no cejó en su empeño de rescatarla del dragón.
—¿Cómo?
—Mañana te contaré más, que se nos ha hecho muy tarde y es hora de apagar la lámpara. ¿Qué hacemos cada noche antes de dormir?
—Rezar nuestras oraciones.
—Pues hala, hoy empiezas tú.
Y mientras ella hacía la señal de la cruz sobre la frente del pequeño, su boca y su pecho, volcando en ese gesto cotidiano el cariño infinito que le inspiraba su nieto, él empezó a desgranar un padrenuestro al que se unió su abuela, en la lengua que había aprendido de su madre y de su aya: