La dueña

La dueña


Capítulo 27

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Verano del 1078 de Nuestro Señor

Torre de Lobera

Reino de León y Castilla

Montado sobre su alazán y empuñando una lanza topada adecuada a su elevada estatura, Diego arremetía furioso contra el estafermo, una y otra vez, imaginando que ese monigote de paja era el rey Alfonso en persona. Lo odiaba con todo su ser. Por más que las mujeres de su entorno trataran de apaciguar esa ira, su corazón destilaba rencor hacia el suplantador a quien culpaba de haberlo despojado de todas sus pertenencias: su heredad, sus derechos, su futuro.

Luchando contra ese judas, su padre, Nuño García, había caído en Llantada, sin tiempo para dejar huella en su memoria de niño, y por una decisión suya se había visto expulsado después sin motivo de las tierras ganadas por sus ancestros a orillas del río Ucero, cerca de El Burgo de Osma. Con dieciséis años cumplidos, su sangre de caballero clamaba venganza a gritos.

Tras el asesinato del soberano de Castilla, Sancho, primogénito del rey Fernando, acaecido siete años atrás a las puertas de Zamora, los dominios del difunto infanzón habían sido entregados a un noble leonés próximo al nuevo monarca. Carente de la protección de un varón o de influencia en la corte, su familia y sus escasos leales se vieron abocados a pedir auxilio a doña Auriola, su abuela, quien los había acogido en la vieja torre de Lobera, levantada por su esposo no muy lejos de las murallas escenario de ese magnicidio. Allí mascaba Diego su rencor, mientras se preparaba para la guerra.

—¡Señor, señor! —Vio acercarse a la carrera a un niño de corta edad, hijo de una criada—. Un caballero pregunta si estáis. Me manda el ama a deciros que aligeréis. Se ve que tiene prisa el forastero.

En el patio del caserón, donde las gallinas compartían espacio con las gentes de armas, caía un sol de justicia. Era tiempo de cosecha y la casa bullía de actividad, pues había que almacenar trigo suficiente para el invierno, recoger la paja, cocer peras y otras frutas a fin de guardarlas en conserva y llevar a cabo las restantes tareas propias del estío. Todo el mundo colaboraba en ese esfuerzo colectivo, bajo la batuta de la Dueña que, auxiliada por su hija, capitaneaba a esa abigarrada tropa. Únicamente el heredero eludía tales trabajos, considerados impropios de un hombre de su condición.

Auriola había rejuvenecido visiblemente tras el regreso a casa de Jimena, acompañada de ese mocetico cuya vitalidad le devolvía los ánimos perdidos con la soledad. No se alegraba de su desgracia, desde luego. Lejos de hacerlo, intentaba paliarla por todos los medios a su alcance, poniendo a su disposición cuanto poseía. Y aunque de su boca nunca saliera un reproche contra don Alfonso, deploraba profundamente la injusticia perpetrada por el soberano contra su hija y su nieto, víctimas de la arbitrariedad propia de los poderosos.

«Lo que un rey da, otro lo quita», recordaba haber oído decir en más de una ocasión a Ramiro. En su casa tenía la prueba de que su esposo no erraba.

De haber sospechado que tal calamidad podía sobrevenir a los suyos, habría intentado mover algún hilo en León cuando aún conservaba allí amigos. Claro que de eso hacía ya mucho tiempo. La mayoría de las personas cercanas a doña Sancha o a don Bermudo descansaban en la paz de Dios o en la de un monasterio, carentes de influencia alguna sobre el orgulloso monarca cuyas sucesivas victorias sobre cristianos y moros habían llevado a ciertas gentes a intitularlo emperador. Ella ya no era nadie en el Reino. Procuraba humildemente pasar desapercibida, convencida de que solo así lograría sobrevivir.

En cuanto a Jimena, había elegido finalmente ceñirse la toca de viuda y rechazar la propuesta matrimonial de su cuñado, en aras de proteger los derechos de su hijo. Sin sospechar lo que estaba por venir, lo había condenado a la ruina, fiándolo todo a un dominio perdido de repente como consecuencia de un crimen. ¿Quién habría podido prever semejante concatenación de desgracias?

Antes de que Diego alcanzara edad suficiente para defender lo suyo, se reprodujo un choque sangriento entre Sancho y Alfonso, semejante al acaecido en Llantada, esta vez en Golpejera y con idéntico resultado. Volvió a vencer el hermano mayor, quien perdonó la vida al otro. Mientras Alfonso se hallaba exiliado en la taifa de Toledo, un grupo de nobles leoneses se rebelaron contra Sancho, auxiliados por la infanta Urraca, quien los acogió en Zamora al amparo de sus murallas. Y cuando el soberano de Castilla sitiaba la plaza, con el empeño de someter a los alzados y restaurar el orden quebrantado, fue asesinado a traición.

¿Cuántos años habían transcurrido desde entonces? Más de un lustro infernal. Una caída vertiginosa hacia el abismo de la incertidumbre, que empezó con la muerte del castellano, siguió con la desposesión de las tierras de su difunto marido y acabó en el destierro a orillas del Duero, acogidos a la hospitalidad de su madre. Un declive cuyo desenlace era la pérdida del patrimonio por el que había sacrificado la oportunidad de recomenzar y abrazado una virtud sin fisuras.

¿Sería toda esa catástrofe fruto de un error fatal?

En ocasiones maldecía la hora en que tomó tal decisión. Incluso culpaba a su progenitora de haberla inducido a cometer tal acto de soberbia, cosa que esta negaba con vehemencia, haciéndole ver lo desdichada que podría ser su existencia en ese momento.

—¿No te das cuenta de que carecerías de valor para él? —le espetaba con su franqueza habitual, tratando de abrirle los ojos—. No te quería a ti, hija, sino a tus bienes. Sin ellos, sabe Dios la clase de trato que te habría dado ese canalla.

—Al menos Diego tendría un padre —objetaba Jimena, aterrada por el horizonte brumoso que se abría ante ellos.

—Más bien un dueño, y de los peores —rebatía Auriola—. El mocete nos tiene a ti y a mí. No le va a faltar de nada, tranquila. La suerte va y viene, las tornas cambian… Hazme caso y no padezcas. Vendrán días mejores para todos.

En la modesta tenencia de Lobera, cedida en su día por Alfonso V al guerrero venido de una aldea asturiana y ratificada años más tarde por el rey Fernando, encontraron refugio no solo Jimena y Diego, sino media docena de hombres de armas desterrados con ellos de Castilla. No era mucho lo que la Dueña podía ofrecerles, pero lo entregaba a manos llenas y volcaba en su nieto un caudal inagotable de cariño con el que trataba de cauterizar la herida abierta en el chico.

Al menos allí reinaba la paz. La guerra no amenazaba a Diego, que a sus ojos seguía siendo un niño pese a tener edad, envergadura y formación militar suficientes para destacar en cualquier ejército. Las aceifas que había conocido ella en su juventud tampoco suponían ya riesgo alguno, lo cual le brindaba igualmente una gran tranquilidad.

Una vez reconquistadas Zamora, Toro, Tordesillas, Simancas y otras plazas principales en la defensa de esa frontera, la marca cristiana se había desplazado hacia el sureste y las tierras antaño yermas se hallaban en trance de repoblación. En contrapartida, ya no había margen para cabalgadas en busca de botín cerca de la vieja torre, lo que llenaba a su nieto de frustración e impotencia.

Don Alfonso afianzaba su poder siguiendo los pasos de su padre, por más que en opinión de muchos su proceder con respecto a sus hermanos resultara harto cuestionable. ¿Qué había de nuevo en tal conducta? El fratricidio era consustancial a su sangre. Nadie lo sabía mejor que Auriola, navarra de nacimiento, cuya experiencia bastaba para saber que un vasallo no es quién para juzgar a un rey, so pena de acabar ahorcado o cuando menos desposeído.

Además, estaba ese nombre, Alfonso, rondándole los pensamientos. ¿Sería casualidad que otro monarca llamado igual hubiese hecho la fortuna de Ramiro? ¿Obedecería esa coincidencia al puro azar? Más pronto que tarde, se maliciaba, ese soberano ambicioso, audaz, feroz e indoblegable pondría sus ojos en Diego y lo llamaría a su lado. Solo era cuestión de tiempo.

—¡Señor! —urgió el zagal al infanzón, que tardaba en despojarse del velmez, demasiado ceñido al cuerpo al habérsele quedado pequeño—. ¡Aligerad!

El anuncio de una visita imprevista llenó de inquietud al joven amo, pues la vida le había enseñado a relacionar las sorpresas con malas noticias. Alarmado, desmontó con agilidad, dejó en manos de un peón la lanza y el escudo, se quitó con dificultad el yelmo, que pronto habría de cambiar por otro de mayor tamaño, e introdujo la cabeza en un cubo de agua, a fin de lavarse el rostro cubierto de sudor y polvo.

Librarse del gambesón acolchado le costó más, porque con las lazadas desatadas apenas le pasaba por los hombros. Más de una vez había entrenado sin esa protección, pero los golpes del estafermo cuando no lograba esquivarlo resultaban dolorosos y dejaban grandes verdugones. Mientras no dominara el arte del combate a caballo hasta el punto de resultar inmune a las embestidas del muñeco, tendría que soportar la opresión de esa incómoda prenda.

—¡Maldito engorro del demonio! —juró, rabioso por no poder permitirse renovar ese equipo obsoleto.

Refrescado, aunque de mal humor, se encaminó a grandes zancadas hacia el interior de la torre, cuyos muebles, tapices y alfombras eran los mismos que en vida de Ramiro, ajados por el paso de los años, aunque todavía servibles.

—Hijo —lo saludó su madre con una sonrisa luminosa, ataviada a la manera sencilla de una campesina y un tanto azorada por recibir de semejante guisa a tan ilustre huésped—. Don Álvar López de Arlanza ha venido a visitarnos. ¿Te acuerdas de él? No, eras muy pequeño, ¿cómo podrías recordarlo? Álvar fue un gran amigo de tu padre e hizo lo que pudo por socorrernos en los momentos difíciles.

Jimena se refería a la época posterior a la muerte de Nuño en Llantada, cuando Auriola acudió en su auxilio para ayudarla a llevar la casa, al tiempo que el noble en cuestión abogaba por la familia ante su señor don Sancho. Gracias a su mediación conservaron el realengo mientras se mantuvo en el trono el primogénito de don Fernando, pese a la ausencia de un hombre capaz de defenderlo con las armas. En vida del rey de Castilla, nadie osó discutir la titularidad de esas tierras. Después, pasó lo que pasó en Zamora y fueron expulsados de su feudo.

Como Diego no reaccionaba y se había quedado parado en el quicio del portón, mirando con desconfianza al forastero, su abuela le ordenó severa:

—¡Diego, muestra a este caballero el respeto que merece!

El muchacho hizo a regañadientes una leve inclinación de cabeza, antes de decir con cierta sorna:

—Bienvenido seáis a nuestro humilde hogar, don Álvar López de Arlanza. ¿Puedo ofreceros un vaso de vino?

Roto el hielo, los cuatro tomaron asiento alrededor de la mesa, situada bajo una arpillera que proporcionaba luz a la estancia. No mucha, dado que el edificio había sido levantado como una verdadera fortaleza susceptible de resistir las acometidas moras, pero la suficiente para verse las caras cuando los rayos del sol penetraban libres de obstáculos, como sucedía en verano.

Una criada sirvió vino en cuatro copas de latón, acompañado de dulces hechos a base de miel y avellanas. Tras dar un generoso trago al caldo, don Álvar tomó la palabra, empleando el tono solemne de un clérigo diciendo misa.

—He venido a advertiros, porque corréis un peligro cierto.

Alto, fornido, de largo cabello y barba grises, manos grandes encallecidas por el manejo de las armas y ojos de extraordinaria viveza bajo unas cejas pobladas, aquel veterano guerrero encarnaba una figura muy parecida a la que Diego atribuía en sus fantasías al padre muerto prematuramente que añoraba con desgarro. Vestía una túnica corta de buen paño, calzaba escarpines de cuero fino y derramaba un chorro de voz grave en cada frase.

—Alguien os quiere mal en la corte —prosiguió, amenazador, dirigiéndose al muchacho—. Ignoro de quién se trata, pero corren rumores de que podrían arrebataros esta heredad, al igual que hicieron con vuestras tierras paternas de Soria.

—¡Desatinos! —exclamó la Dueña, enérgica, cortando en seco a su invitado—. Esta tenencia le fue entregada a mi difunto esposo por el rey Alfonso V a perpetuidad. El título de propiedad está a buen recaudo. Nadie nos arrebatará lo que es nuestro.

—Eso pensábamos nosotros, abuela, y mira dónde estamos —repuso su nieto, sarcástico—. El usurpador no tiene ninguna deuda con nuestra familia y sí muchas lealtades que pagar a gallegos y leoneses. Además, estas tierras se encuentran justo en la linde entre el alfoz de Toro, perteneciente a la infanta Elvira, y el de Zamora, desde donde su hermana Urraca fraguó la conjura contra don Sancho. Tu Rey le debe más de un favor y no dudará en pagárselos a nuestra costa.

—¡No hables así de nuestro soberano! —suplicó su madre, aterrorizada—. Las paredes oyen. ¿Acaso quieres darle motivos para castigarnos? ¿Pretendes fundamentar una acusación por traición?

—El Rey no tiene arte ni parte en lo que os estoy contando —retomó su discurso don Álvar, que había aprovechado la interrupción para dar buena cuenta de un puñado de golosinas—. Ni siquiera me consta que sea doña Urraca quien conspira contra vosotros.

—¿Quién entonces? —inquirió Auriola.

—Lo único que sé es que el nombre de mi querido amigo Nuño despierta un profundo rencor en alguno de los magnates que rodean hoy al soberano, tal vez por la cercanía que mantuvo en su día con Rodrigo Díaz, señor de Vivar. No es ningún secreto que quien fuera el alférez mayor de nuestro llorado Sancho tiene enemigos poderosos, como el conde García Ordóñez, muy próximo al hermano que hoy ocupa el poder.

—Pero eso es agua pasada —protestó Jimena, cuya angustia dibujaba un rictus de preocupación en su rostro de hermosos rasgos—. Mi marido lleva más de diez años en la paz de Dios y a lo largo de ese tiempo jamás hemos tenido noticias del señor de Vivar. Hasta donde yo sé, además, Rodrigo está en los mejores términos con don Alfonso, quien casó con él a una sobrina suya. ¿Por qué motivo podría alguien querernos mal?

—No busques razones que justifiquen la maldad del usurpador, madre —terció Diego, empleando de nuevo ese término despectivo para referirse al soberano castellano-leonés—. ¿Acaso no te basta su conducta para probar su perfidia?

—¡Basta ya, Diego! —zanjó la Dueña, y apoyó sus palabras con una sonora palmada en la mesa—. Te prohíbo que vuelvas a referirte al Rey en semejantes términos. Don Alfonso es el legítimo soberano de León, Castilla, Galicia y Portugal. No lo digo yo; como tal lo reconocieron los propios vasallos del castellano difunto, incluido el señor de Vivar, al jurarle sumisión. ¿Lo hicisteis vos, don Álvar?

—Lo hice —reconoció el de Arlanza—. ¡Qué remedio!

—Pues un caballero solo tiene una palabra —le espetó ella, taladrándolo con la mirada, antes de aleccionar a su nieto—: Nadie en su sano juicio piensa que don Alfonso tuviera nada que ver con la muerte de su hermano. Te recuerdo que en esos días se hallaba exiliado en Toledo, acogido por su amigo Al-Mamún.

—Pero él…

—¡No hay peros que valgan, Diego! Mientras vivas bajo mi techo, respetarás mis reglas y honrarás al soberano de León y de España. Ni tú ni yo somos quiénes para cuestionar los designios del Altísimo, cuya Iglesia lo ungió rey.

La voluntad del Creador se había mostrado en cambio implacable con el efímero monarca de Castilla, Sancho, asesinado cuando apenas contaba treinta y cuatro años de edad, sin descendencia capaz de continuar su estirpe. Desde su atalaya asomada al Duero, Auriola había contemplado cómo se cumplían los peores temores de su difunta amiga, Sancha, y cómo el veneno de la ambición emponzoñaba a sus vástagos. La historia se repetía, idéntica en sus miserias, sin que ni cristianos ni infieles aprendieran nada de ella.

Tras el óbito de la reina viuda, cuatro de sus hijos celebraron un cónclave secreto en Burgos destinado a estudiar el modo de arrebatar su herencia al ausente, García. En la reunión se dieron cita también varios abades, como el de Silos, y otros personajes principales entre los que destacaba Rodrigo Díaz, unidos por el deseo común de repartirse los despojos del reino creado por don Fernando para amparar a su benjamín.

En ese encuentro se acordó que Alfonso permitiera el paso de las tropas castellanas por sus tierras, a fin de que Sancho y una nutrida escolta se abrieran camino hasta Galicia, fingiendo peregrinar a Santiago. García salió a recibir a su pariente, sin percatarse de la trampa, y a las puertas de su ciudad fue capturado, cargado de cadenas y encerrado en una lóbrega celda. Allí languideció hasta que Sancho le permitió marchar a un cómodo exilio en la taifa de Sevilla, no sin antes tomarle solemne juramento de fidelidad.

¿Podía durar una paz tejida con semejantes mimbres?

Cuando a principios del año siguiente, 1072 de Nuestro Señor, un arriero llevó hasta las tierras del Duero la noticia de lo sucedido en Golpejera, a orillas del río Carrión, nadie se sorprendió.

Por aquel entonces Jimena y Diego residían todavía en las Tierras del Burgo pertenecientes a Nuño García, bajo la protección del monarca castellano, mientras Auriola había regresado a su hogar de Lobera, donde administraba su pequeño feudo procurando no hacerse notar en ese mundo turbulento de ambiciones encontradas.

Tras la reconquista de Zamora y las comarcas circundantes, un flujo constante de gentes venidas de Galicia, las Asturias y León se unía al de los francos deseosos de labrarse un futuro en esa tierra de oportunidades. Los pioneros llegados junto a Ramiro sufrían la presión de esos forasteros, ávidos por hacerse con una parte del botín arrebatado a los sarracenos, y cada vez resultaba más difícil sobrevivir a las pretensiones de condes y potentados eclesiásticos empeñados en consolidar grandes dominios susceptibles de blindar su poder.

La posición de la navarra era sumamente inestable. Antaño había ejercido cierta influencia en la corte, pero en ausencia de la reina Sancha carecía por completo de aliados. Lo mejor era agazaparse y no llamar la atención, a la espera de ver cómo terminaba un enfrentamiento que finalmente acabó con el primogénito muerto y su hermano menor aupado a dos tronos.

—¡Ojalá hubiera matado el rey Sancho al traidor de Alfonso cuando lo tuvo en su poder! —reanudó Diego su alegato, sordo a las advertencias de su abuela—. O mejor, ojalá hubiera mandado sacarle los ojos, dejarlo tullido y cortar de cuajo su desmesurada codicia, condenándolo a sufrir cada día de su existencia.

Jimena, sentada a la izquierda de su hijo, se llevó las manos a la cabeza, horrorizada ante esas palabras pero aliviada de que en ese instante no hubiera ningún criado en la estancia. Don Álvar esbozó una media sonrisa complacida, al comprobar lo abonado que estaba el terreno para acoger la propuesta que le había llevado hasta allí. Auriola, que encabezaba la mesa, se levantó con parsimonia, llegó hasta el lugar donde se encontraba su nieto y le propinó dos sonoras bofetadas, una de las cuales, la cruzada, abrió el labio del muchacho con el anillo de casada que seguía luciendo en el dedo índice.

—Nunca vuelvas a decir tal sarta de disparates, ¿me oyes? ¡No te atrevas a pensarlos siquiera! Eres hijo de tu padre y nieto de tu abuelo. Un infanzón leonés o castellano, como prefieras. En cualquier caso, un leal súbdito de Su Majestad, el rey Alfonso, soberano de ambos reinos, a quien debes fidelidad. ¿Me has entendido?

El tono glacial de su abuela impactó en el chico más que el golpe. Aturdido por una conducta tan inusual en esa mujer a la que quería y respetaba por encima de cualquier otra persona, agachó la cabeza en silencio, sintiendo el sabor salado de su propia sangre en la boca.

—El muchacho no yerra al decir que nuestro señor don Sancho tuvo a su merced a su hermano y optó por mostrarse clemente, dejándolo partir a un exilio dorado en la taifa toledana —terció López de Arlanza, tras apurar la segunda copa—. De todos es conocida la vida de lujos que le proporcionó allí la hospitalidad del rey Al-Mamún, a quien prometió mantener en el poder de por vida, renunciando con ello a reconquistar la joya a la que todo cristiano aspira.

Auriola acusó el golpe. Ese huésped extraño distaba de ser un necio y se le veía ducho en el arte de manipular voluntades. Sus palabras escondían intenciones oscuras, destinadas a embarcar a su nieto en alguna locura, y aunque desconociera el cariz exacto de la aventura en cuestión, estaba firmemente decidida a impedirla. De ahí que descendiera a su terreno con el empeño de contrarrestar cuanto antes el efecto pernicioso de su discurso.

—Sabéis tan bien como yo que aunque don Alfonso se lanzara hoy mismo a una campaña de conquista, carecería de fuerza suficiente para conservar y poblar esas tierras. Lo más sagaz que puede hacer es continuar con la sabia política de su padre, quien ya mantenía excelentes relaciones con Al-Mamún sin dejar de cobrarle tributos a cambio de protección. De acuerdo con su testamento, esas parias correspondieron al soberano de León.

—¿Habría dispuesto ese reparto don Fernando de haber sabido lo que ocurriría a su muerte? —inquirió sinuoso don Álvar—. Creedme cuando os digo que muchos nobles castellanos no tienen más rey que Sancho y rehúsan someterse a Alfonso.

—¿Prefieren rendir vasallaje a un fantasma? —se burló la Dueña—. ¿No jurasteis vos mismo lo que ahora discutís? Carece de sentido remover el pasado. Lo hecho, hecho está, y don Sancho descansa en paz en el monasterio de Oña. Ignoro qué pretendéis alimentando el rencor de mi nieto.

—El rey Sancho murió a manos de un traidor cuando asediaba Zamora, donde su hermana daba cobijo a toda clase de felones —se revolvió Diego—. ¿Cómo va a descansar en paz? Su alma reclama venganza. Lo mató por la espalda un infame a sueldo de Urraca, cuyo nombre será por siempre sinónimo de bellaquería: Vellido Dolfos…

—A quien don Alfonso llama «fiel servidor», según me han dicho —remató don Álvar, arrojando de ese modo otra piedra sin dejar de esconder la mano—. Por eso le ha entregado el señorío de Villalpando.

Jimena se revolvía incómoda en su escaño, consciente del peligroso cariz que tomaba la conversación, pero sin hallar el modo de cortarla. Se sentía responsable de la ira que carcomía a su hijo, por no haber sabido atajarla cuando todavía estaba a tiempo de hacerlo. Sumida en su propio dolor, había permitido que él creciera albergando sueños guerreros y después, de un día para otro, mascando resentimiento.

Tanto ella como su madre habían tratado de impedirlo con todas sus fuerzas, sin éxito. Ambas llevaban años intentando hacer de él un caballero libre de ese enojoso lastre, aunque la imposibilidad de brindarle un futuro atractivo frustraba el empeño. A falta de proyectos ilusionantes y sobre todo de padrinos poderosos, su meta se antojaba inalcanzable. Y ahora, por si las cosas no fuesen suficientemente complejas, aparecía ese espectro del pasado para envolver a Diego en una tela de araña que solo traería disgustos.

—Sin embargo, hijo —prosiguió el invitado, dirigiéndose nuevamente al chico e ignorando de forma ostentosa a las damas—, tal vez haya llegado la hora de lavar esa afrenta con sangre y recuperar lo que Alfonso jamás debió arrebatarte.

—¡Basta! —estalló la Dueña, golpeando la mesa con tal fuerza que derramó uno de los vasos—. Ni una palabra más. Si habéis venido a embarcar a mi nieto en un complot traicionero, pincháis en hueso, don Álvar.

No pienso permitir que lo cuelguen. Os ruego que regreséis por donde hayáis venido y espero no volver a veros nunca.

Su tono no solo era glacial, sino grosero. Tanto que Jimena intentó quitarle hierro:

—Disculpad a mi madre, viejo amigo. Ella desconoce la relación que mantuvisteis con Nuño y solo pretende proteger a Diego.

—Lo mismo pretendo yo —repuso el forastero, ofendido—. Aun así, no permaneceré un segundo donde no soy bienvenido.

Tras levantarse de la mesa y dirigirse hacia la puerta, se volvió una última vez hacia el chico, que lo miraba desconcertado, para tentarlo de nuevo:

—Piensa en lo que te he dicho, no lo eches en saco roto. Si no te faltan arrestos para luchar por lo que es tuyo, tu madre sabe dónde encontrarme.

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