La irrupción de ese personaje en su casa produjo una profunda turbación en Auriola, además de enemistarla con su nieto y aterrorizar a Jimena. ¿Qué estaba tramando el castellano? ¿Quién lo enviaba? ¿Se trataba de una celada urdida por algún enemigo de Ramiro de quien su esposa no hubiera oído hablar? ¿Buscaba ese bribón un pretexto para acusar de traición a la familia y arrebatarle sus posesiones? ¿Era una locura sin más? Imposible saberlo con certeza en ese tiempo de conjuras, pródigo en lenguas bífidas aficionadas a verter veneno.
Fuera como fuese, desde su punto de vista cualquier intento de destronar al monarca estaba abocado al fracaso, lo que convertía la propuesta del presunto caballero en una peligrosa añagaza. Auriola no albergaba dudas. Su nieto, en cambio, ansiaba con todo su ser tomarse cumplida revancha por el agravio sufrido, y se hallaba en una edad tierna en la que resulta fácil confundir los deseos con la realidad. Una realidad inequívoca, que proclamaba la plena integración de Castilla en la Corona de León, así como la desaparición del efímero Reino de Galicia, cuyo titular, García, languidecía encerrado en el castillo de Luna.
La cristiandad hispana únicamente conservaba dos cabezas coronadas, situadas a ambos lados del río Ebro. A levante, Aragón, regida por Sancho Ramírez, quien se había anexionado buena parte de los dominios pamploneses tras el asesinato del soberano navarro a manos de sus parientes. A poniente, León, que también había acrecentado notablemente su territorio y prosperaba bajo el gobierno de Alfonso, cuyas mesnadas auxiliaban a los musulmanes vasallos a cambio de montañas de oro.
Casi todas las taifas pagaban con puntualidad sus tributos al monarca leonés, o bien sufrían su ira: Sevilla, Toledo, Badajoz, Zaragoza y hasta la orgullosa Granada. Ya no gobernaba la capital del añorado reino visigodo su amigo Al-Mamún, envenenado algún tiempo atrás en Córdoba, sino el nieto de este, Al-Qadir, con quien el Rey no mantenía pacto de amistad alguno. Su abuelo le había brindado amparo cuando huía derrotado por Sancho, lo que constituía una deuda de honor sagrada. Ese muchacho, por el contrario, era un completo extraño. Un infiel llamado a sufrir el mismo trato que los demás.
Lo sucedido en esa ciudad, de la que tanto hablaba Ramiro sin haberla pisado jamás, llenaba de pena y vergüenza el corazón de su viuda. Hacía menos de tres años, en el 1075, Alfonso y su aliado Al-Mamún habían tomado la antigua capital del califato, pero en lugar de incorporarla a sus dominios, el rey cristiano se la había cedido al musulmán. La urbe no conservaba ya nada del esplendor alcanzado en tiempos de Almanzor, aunque no dejaba de constituir un símbolo poderoso. Por eso Auriola contemplaba esa cesión como una ofensa a la memoria de su difunto esposo, cuyo padre había sufrido allí un cautiverio atroz.
Por mucho que el leonés careciera de medios para poblar la plaza, por cauto o inteligente que fuese su proceder, a ella le costaba perdonárselo. Jamás había mencionado ese resquemor ante su nieto, pues no deseaba indisponerlo todavía más con su señor natural, pero albergaba un sentimiento amargo que de algún modo ensombrecía su admiración hacia ese monarca, orgullo de la Cristiandad, con quien Diego estaba condenado a entenderse, por las buenas o por las malas.
—Me has mandado llamar, abuela.
El chico estaba de pie ante la Dueña, en actitud desafiante, con la túnica corta empapada en sudor, la melena despeinada, unas uñas demasiado largas, incrustadas de suciedad, y esos ojos color de mar, tan parecidos a los de su abuelo, lanzando destellos oscuros, signo inequívoco de su enfado.
—Así es —respondió ella desde su escaño, esforzándose por parecer dura—. Ven, siéntate aquí a mi lado.
Diego obedeció de mala gana, pues no borraba de su recuerdo lo ocurrido con ese amigo de su padre despedido con cajas destempladas cuando venía a ofrecer su ayuda. Desde entonces, hacía ya varias semanas, evitaba la compañía de las mujeres y pasaba todo su tiempo entre los soldados, hasta el punto de dormir con ellos al raso o bien en el cubículo anejo a la torre que hacía las veces de cuerpo de guardia. Se sentía incomprendido, injustamente tratado y rabioso. Incluso había estado tentado de marcharse a probar fortuna como mercenario, aunque le había faltado el valor.
—Sé que estás enojado, mocete.
—¡No me llames así! —saltó él, encolerizado—. Soy un hombre hecho y derecho.
—Está bien —reculó Auriola, conteniendo a duras penas la risa—. Te trataré como a un hombre entonces, siempre que tú te comportes como tal.
—¿Acaso no lo hago?
—No —contestó sin dudarlo la abuela, recuperando la seriedad—. Lamento mucho decirlo, pero no veo en tu conducta nada que me indique madurez, responsabilidad y capacidad para tomar decisiones. Vives bajo mi techo, comes de mi comida y barruntas disparates varios, sin buscar el modo de labrarte un futuro.
Ese dardo dio de lleno en la diana, porque a Diego se le hincharon todas las venas del cuello, al tiempo que cerraba los puños, preso de una ira ciega.
—Y qué quieres que haga, ¿eh? ¿Me estás echando de aquí, como hiciste con don Álvar? Si es así, no tienes más que decirlo. Me iré esta misma tarde.
Auriola pensó que tal vez se hubiese excedido en su propósito de abrirle los ojos y trató de hacer un mimo a su nieto, que apartó violentamente la cara para zafarse de la caricia. Ese rechazo le dolió en lo más hondo, aunque no le impidió continuar con lo que quería decir.
—Por supuesto que no es esa mi intención, hijo. Lo sabes tan bien como yo. Lo que pretendo es que reflexiones. Que mires más allá de tu rencor. Quieras o no, nuestro soberano es Alfonso de León y Castilla. No hay más presente que él y menos aún más futuro.
Mientras hablaba, Auriola se recordaba a sí misma utilizando el mismo discurso con el fin de convencer a su tozudo esposo para que abandonara su hostilidad hacia el rey Fernando y se pusiera a su servicio. ¿Por qué había imbuido Dios a sus hombres de semejante obstinación? ¿Cuál era la razón de que todos se inclinaran hacia el bando perdedor en lugar de mostrarse sensatos? ¿Hasta cuándo se repetiría esa historia, semejante a una maldición?
Armándose de paciencia, prosiguió:
—Piensa, hijo, piensa como un adulto. Don Alfonso no le debe nada a Al-Qadir y pronto irá a por Toledo, el joyel con el que ansía engrandecer su corona. Ha permanecido en esa ciudad casi un año. Conoce perfectamente sus defensas, al igual que sus debilidades. No le costará tomarla, aunque necesitará soldados y hombres valientes dispuestos a defenderla. Esa será tu oportunidad. No puedes desaprovecharla. La marca de la Cristiandad se situará en el Tajo y habrá tierra que poblar. Una frontera en la que asentarse, como hicieron tu padre y tu abuelo.
—¿Quieres que me enrole como simple mesnadero? —inquirió su nieto incrédulo—. ¿Ese es el futuro que deseas para mí?
—No me escuchas —replicó Auriola suspirando—. Lo que planteo es que debes desterrar el resentimiento de tu corazón y unirte al emperador. Digo bien, emperador, ¿te das cuenta de lo que significa? Antes de Alfonso ese título únicamente se había dispensado a reyes difuntos. Él se lo ha ganado con sus hechos. Dios lo ha llamado a un destino glorioso, del que tú puedes y debes formar parte. Ese es el futuro que deseo para ti. Antes que castellano o leonés, eres cristiano.
—¿Y cómo sugieres que lo haga, abuela? —El joven no aflojaba, atrincherado en su resquemor—. Mi montura tiene casi tantos años como yo, la loriga se cae a pedazos, perdidas buena parte de sus arandelas de acero, y el gambesón me aprieta tanto que no me deja respirar. En cuanto a mis hombres… tú misma ves el estado en el que se encuentran. ¿Así quieres que me presente ante tu emperador?
—No digo que sea fácil…
—No es difícil; es imposible. ¿Sabes cuánto cuesta una montura de guerra? Yo te lo diré: unos cien sueldos de plata. Más que todo nuestro ganado, contando ovejas y vacas, y aproximadamente lo mismo que una espada de acero bien templado. En cuanto al yelmo y la cota de malla dignos de ese nombre, calcula unos ciento veinte. Súmale la lanza, los escudos, los jaeces del animal, la túnica hendida para cabalgar, el capiello, las espuelas…
—¡Ya basta! —cortó la retahíla Auriola—. Demasiado bien conozco el precio de merecer ser llamado caballero. Ahora se trata de ver cómo conseguimos el dinero.
—Podríamos vender los códices… —sugirió el chico con burla, que pasó desapercibida a su abuela.
—Dudo que el viejo salterio del difunto hermano Honorio alcanzara un gran precio en el mercado, y por nada de este mundo me desharía yo del libro de horas que me regaló tu abuelo.
—Entonces es muy sencillo —sentenció Diego, sombrío—. Solo tengo dos caminos. Unirme a lo que sea que esté planeando don Álvar o bien permanecer aquí, pudriéndome en esta espera.
—¡La traición es peor que la muerte, hijo! —exclamó Auriola alzando la voz, a la vez que agitaba el índice ante la cara de su nieto—. Un hombre solo tiene una palabra, y cuando jura fidelidad a un señor queda atado a esa promesa.
—Yo no he jurado fidelidad a nadie, abuela. No se me ha dado esa oportunidad.
—Pero el personaje del que hablas —rehusó pronunciar su nombre para marcar su desprecio— sí lo hizo. La nobleza castellana en bloque se sometió a la autoridad de don Alfonso tras la muerte de su hermano.
—Muerte no, abuela; asesinato a traición —precisó Diego.
—De eso no estamos seguros, hijo. Tal vez su trágico fin fuese fruto de una simple imprudencia, como le sucedió a otro rey de León ante las murallas de Viseu.
—¡No hablas en serio! —se indignó el chico.
—Lo que digo es que conviene hacer de la necesidad virtud cuando no hay alternativa posible. ¿Me entiendes?
—No.
—Pues te lo diré más claro. De la disputa feroz librada por los hijos de don Fernando, salió un único vencedor. Mejor dicho, dos: don Alfonso y su hermana Urraca. Nuestra tenencia depende directamente de la voluntad de ambos, pues ni siquiera a los condes les es dado luchar en el bando perdedor cuando este queda decapitado. Ya no hay elección posible, Diego. Debes entregar tu lealtad a ese señor y buscar el modo de salvar la honra.
—No me hables más de honra, abuela —contestó en mal tono su nieto, escupiendo su rabia al suelo con modales cuartelarios—. Tú serviste a dos reinas y te casaste con un infanzón propietario de tierras y almas. A mí me han arrebatado todo lo que poseía. ¿De qué me sirve el honor si no puedo defenderlo?
Con el egoísmo propio de la juventud, el muchacho solo pensaba en sí mismo, como si su madre y su abuela no formaran parte de un mismo destino compartido. En su preocupación únicamente había espacio para su propia estrechez y acaso la de sus hombres. Las mujeres que lo habían criado quedaban fuera de esa zozobra. Su amor se daba por supuesto, al igual que su capacidad para sortear dificultades. Ellas daban, no pedían. Resolvían, no planteaban problemas. En particular la abuela, en quien Diego siempre había visto una fortaleza inexpugnable. De ahí su desconcierto cuando ella le confesó:
—Me gustaría poder decirte que siempre tendréis aquí un hogar seguro tu madre y tú, pero faltaría a la verdad.
Un silencio gélido acogió esa revelación, cuya crudeza sorprendió a la propia Auriola, dado que nunca se había atrevido a expresar en voz alta esos temores. La situación, no obstante, era a esas alturas insostenible, por lo que apuró esa copa de franqueza hasta el fondo amargo de la verdad:
—Aunque el amigo de tu padre no traía buenas intenciones, parte de lo que dijo era cierto. Ahora nuestro dominio depende de la infanta Urraca, de quien sería un grave error fiarse. Su propia madre decía de ella que era la más astuta de sus hijos, y precisamente por eso resulta muy peligrosa. Se le achaca haber aconsejado a don Alfonso cargar de cadenas a su hermano García y encerrarlo en una lóbrega mazmorra, por no mencionar la celada que tendió en Zamora a don Sancho.
—¡Te lo dije! —exclamó el muchacho exultante, pensando haber convencido a su abuela.
—¡Déjame acabar! —replicó ella, endureciendo el gesto—. Doña Urraca dista de ser una santa, por más que diga haberse entregado a Dios, y tampoco está ayuno de ambiciones Pedro Ansúrez, íntimo amigo del Rey con poder sobre la región. Antes o después reclamarán estas tierras y poco podremos hacer tu madre o yo para oponernos. El futuro de la familia ahora está en tus manos. Ya que no quieres oír hablar de honor, apelaré a tu deber. Cumple con él y encuentra la forma de salvarnos a todos.