La vida en Lobera siguió su curso como hasta entonces, aunque en la cabeza de Diego las piezas se habían descolocado, sumiéndolo en una gran confusión. Ya no hallaba consuelo en el combate feroz con sus mesnaderos, las cabalgadas a lomos de un jaco que estaba en las últimas ni tampoco el abuso del vino, cada vez más aguado. La ira había dejado paso a una profunda amargura, compañera indeseada de la que intentaba escapar contribuyendo en las faenas rechazadas durante años por considerarlas viles.
—El trabajo engrandece al hombre —solía decirle su abuela, gratamente sorprendida por el cambio—. Los caballeros villanos siempre alternaron la era con el campo de batalla, sin hacer ascos tampoco a la cría de ganado. La espada y la yunta van de la mano. Así se ha guardado la frontera desde tiempos inmemoriales.
El chico no contestaba. Dirigía las labores agrícolas ejerciendo de capataz o reparaba vallados entre pugnas con armas de fuste, tanto a pie como a caballo, sumido en un mutismo hosco, impregnado de tristeza, que rompía el corazón de su madre.
—Deja que sepa lo que es sudar —la regañaba la Dueña, tragándose su propio dolor—. Ha crecido entre algodones. Ahora que por fin parece haber asumido la situación, debe ganarse el pan con esfuerzo.
—¿Como un vulgar campesino?
—Como la estirpe de la que procede. ¿O acaso Nuño nunca dobló la espalda? Tu padre fue pescador antes que guerrero, y sabe Dios cuánto odiaba el mar. Tu abuelo Tiago, cuya cruz lleva al cuello nuestro mocete desde que levantaba tres palmos del suelo, nació siervo y murió cautivo. Nada hay de malo en que conozca la tierra por la que está llamado a sangrar. No le hará daño.
Jimena se había curtido desde su llegada al dominio zamorano. Ya no era la mujer quebrada en cuyo auxilio acudió su madre tras la muerte de su esposo, aunque carecía de fuerza para enfrentarse a ella. Además, sabía que estaba cargada de razón, pese a lo cual se pasaba las noches en vela, buscando una salida a la trampa que iba tragándose a Diego, su pujanza, su orgullo, su alegría. No había renunciado a casarse con don Fadrique para ver a su hijo convertido en un vulgar labrador. Ella podía soportar cuantas penalidades le infligiese la vida, pero la humillación de su vástago abría una herida insufrible.
Más de una vez había pensado en enviarlo a Aragón junto a su hermana mayor y el esposo de esta, bien situado en dicho reino, aunque no había tardado en desechar la idea. Allí sería un mesnadero más al servicio de otro señor. Un extranjero. Un desterrado. La solución para el joven se hallaba necesariamente en León, junto al rey Alfonso. Pero ¿cómo recuperar su favor? ¿Dónde encontrar la llave capaz de abrir esa puerta?
Auriola se preguntaba exactamente lo mismo. Esa cuestión rondaba su cabeza como las moscas a las vacas, de forma tan insistente que hasta le parecía oír un zumbido en los oídos. Aunque hubiera dicho lo contrario en aras de espabilar a su nieto, se consideraba responsable de brindarle una existencia acorde a la sangre que corría por sus venas. Y tras devanarse los sesos del derecho y del revés, llegó a una conclusión firme. Una única posibilidad que a buen seguro a él no le gustaría, aunque ya se encargaría ella de hacerle tragar la propuesta endulzándosela con miel.
La nieve teñía los campos de blanco y apaciguaba con su manto sus sonidos, creando una sensación de paz tan placentera como engañosa. Gentes y animales dormitaban, resguardados en sus respectivos abrigos, a la espera de una primavera que aún tardaría en llegar. El tiempo estaba detenido.
Entre hielos y amargura, el año 1079 de Nuestro Señor tocaba a su fin.
Siguiendo una costumbre cumplida con disciplina espartana, Diego había madrugado y despertado a patadas al escudero que dormía a los pies de su lecho, para salir a adiestrarse en el patio desafiando la temperatura.
Ese día ensayaría lances de espada y hacha sosteniendo con el brazo izquierdo el pesado escudo ovalado empleado en el combate a pie, pues todo buen jinete debía dominar igualmente ese arte, en aras de sobrevivir si era derribado de su montura. Por más que la caballería encuadrara a los señores y constituyera la fuerza principal en la batalla, pocas pugnas se ganaban sin una infantería ordenada, diestra, valerosa y resistente. Un guerrero que se preciara de serlo estaba por tanto obligado a dominar todas las formas de lucha, propósito en el cual el joven ponía todo su empeño.
—Bien está que pases tanto tiempo quebrando armas de fuste con tus soldados, pero no deberías descuidar otros aprendizajes indispensables para medrar en la vida, hijo.
La abuela lo había sorprendido horas más tarde en la cocina, mientras devoraba un trozo de pan fresco cubierto de tocino crujiente. Un almuerzo preparado por Saturnina, quien pese a su avanzada edad seguía acercándose al castillo de cuando en cuando, para mimar al muchacho con alguno de sus guisos favoritos.
—Al abuelo Ramiro le bastó con dominar las técnicas de combate normandas para pasar de villano a infanzón, según tú misma me has contado mil veces —replicó Diego, huraño, impregnando sus palabras de un tonillo de suficiencia con el que trataba de disimular su propia incomodidad.
—Tu abuelo empezó desde lo más bajo y hubo de subir por una escalera empinada que solo las armas permitían escalar —repuso Auriola sin levantar la voz, haciendo un gran esfuerzo por no alterarse—. Tú has tenido la suerte de nacer rodeado de privilegios, de modo que no te atrevas a compararte con él. Tu padre gastó buenos dineros en que el hermano Honorio te enseñara todo aquello que un caballero debe saber. Tu deber ahora es utilizar esos recursos para recuperar tu posición y a ser posible acrecentar ese legado, a fin de dejar a tus hijos más de lo que recibiste.
—Por eso precisamente he de ser un guerrero imbatible, abuela. —La expresión del muchacho reflejaba la convicción de quien está proclamando una obviedad—. Por eso debo entrenar sin descanso.
—Por eso has de ser más sabio, Diego —le corrigió ella, enternecida por el arrojo de ese nieto que aunaba en su ser tanto las virtudes como los defectos que ella había amado en Ramiro: su coraje, su sentido del honor inflexible, su tozudez indoblegable—. Por eso has de ser más hábil, más astuto, más paciente, mejor estratega. No olvides que la fuerza sucumbe siempre ante la agilidad y la resistencia.
—Las batallas las ganan los soldados en el campo de batalla —se obstinó el chico frunciendo el ceño—. Y lo hacen con acero, no con palabras.
—Pero rara vez las ganan solos —lo reconvino la Dueña—. Las alianzas suelen ser decisivas. Si lo sabré yo, que procedo de un reino pequeño, rodeado de gigantes, obligado a escoger con cuál de ellos entendernos y con cuál enemistarnos a fin de conservar no solo cierta autonomía, sino la libertad o la vida.
—¿No decías que la traición era peor que la muerte?
—No te hablo de traición, sino de inteligencia, don de la oportunidad, conocimiento, sensatez. Los navarros pasamos siglos pactando con francos, musulmanes, asturianos o leoneses, dependiendo del momento y la circunstancia. Tuvimos que aprender a elegir el bando ganador. Y te diré que, de todas esas relaciones, las tejidas con nuestros vecinos asturleoneses resultaron ser las más ventajosas. Tu abuelo y yo fuimos un buen ejemplo. Ojalá lo hubieras conocido…
Haciendo caso omiso de ese arranque de tristeza, al que no podía sumarse dado que la mención de un abuelo fallecido mucho antes de que él naciera no le producía la menor emoción, Diego siguió porfiando:
—¿Ahora resulta que nos llevamos bien? ¡Pero si los reyes de Pamplona y de León no han dejado de luchar entre sí, al igual que con Castilla! ¿Acaso fueron los moros quienes mataron a mi abuelo o a mi padre? ¡No! Fueron cristianos. No me hables de buena vecindad, abuela, ahora que Sancho Ramírez y Alfonso se han comido tu Navarra sin dejar ni las migajas. Yo solo confío en mi fuerza y la de mi caballo. Los mejores aliados traicionan y los vecinos siempre ambicionan más de lo que poseen.
—Ahí coincido contigo, hijo —concedió Auriola—. La vecindad suele generar conflictos, precisamente por la codicia de los hombres. Razón de más para aprender a lidiar con ellos sin tener que hacer correr la sangre.
—¿Qué hay de malo en que corra la sangre? Mientras no sea la tuya…
La lógica de Diego era la propia de un hidalgo de su edad, nacido y crecido sin otra finalidad que la de servir a su rey en la defensa de la frontera. Un soldado tanto más empecinado cuanto que la guerra lo había privado de su padre y de sus abuelos, convirtiéndolo en el único hombre de la familia, responsable de velar por las mujeres a su cargo.
Ese deber constituía un fardo muy pesado para un muchacho tan joven, especialmente desde el momento en que Auriola se lo había echado de forma expresa a las espaldas. Una vez vertida la cal, ella se sentía obligada a rebajar la mezcla con arena, pues asistir al tormento interior de su nieto le partía el alma, aunque fuera una maestra escondiendo sus emociones.
—Confiar en tu fuerza es bueno, Diego —continuó, tomando las manos del chico entre las suyas, para acariciar con cariño la piel de las palmas repletas de callos—. Es lo que tienes que hacer. No obstante, créeme cuando te digo que tu fuerza no reside en estas manos, ni en tu brazo, ni tampoco en tus armas, sino en tu cabeza. Y en la mujer con la que te cases…
—No tengo tiempo para eso, abuela —se revolvió él—. ¡No empecemos otra vez!
—Quieras o no, tendrás que oírme. No te estoy hablando de amor, sino de matrimonio, que son cosas bien distintas. Y ya va siendo hora de que pienses en tu futuro, mientras tu madre y yo estemos en este mundo para ayudarte a encontrar una mujer digna de ti.
—Ya sabré yo honrar mi linaje sin necesidad de mujer alguna —repuso él con la terquedad de sus diecinueve años.
—En eso vuelves a equivocarte, mocete —contestó Auriola, poniendo el acento en esa forma de llamarlo que Diego odiaba—. Las hijas de los reyes de Pamplona hicieron más por el Reino a través de sus matrimonios que sus padres con la espada, desde el primer Sancho Garcés e incluso antes. Por no mencionar a sus esposas. ¿Te he hablado ya de la reina Toda Aznárez, su mujer?
—Sí, abuela. —Ahora su tono estaba a medio camino entre el tedio y la resignación.
—Pues aun así, escucha y aprende, que el saber no ocupa lugar —replicó Auriola con severidad.
—Te escucho. —Agachó las orejas el chico.
—La reina Toda, de la noble estirpe de los Arista, amiga de mi abuela materna, fue mejor gobernante que cualquier varón de su tiempo. No solo en la lucha contra el sarraceno, cabalgando junto a los reyes y condes que derrotaron a Abderramán en Simancas, sino por su habilidad para mediar en disputas y resolver pendencias, así como por su audacia.
—Audacia… —repitió él aburrido.
—Audacia, sí. Porque se precisa mucha para plantarse en Córdoba después de aquella batalla junto a su nieto favorito, Sancho, obtener allí la ayuda militar precisa para reponerlo en el trono y conseguir además que un médico judío obrara el milagro de adelgazar al muchacho, cuya gordura le impedía cabalgar, combatir y cumplir con sus obligaciones de rey.
—¿Un judío hizo un milagro? —inquirió Diego incrédulo.
—Es una forma de hablar, no te lo tomes al pie de la letra —repuso la navarra, divertida por esa respuesta—. Quería decir que ese galeno hebreo sanó al chico de su obesidad, cosa que nadie había conseguido hacer, ni en León ni en Pamplona.
—¿De qué manera? —quiso saber el joven, que parecía haber recobrado el interés por la conversación al volver a dirigirse esta a derroteros militares.
—Dicen que usando hierbas, recetando mucha sopa y obligando al paciente a darse largas caminatas cuesta arriba y cuesta abajo.
—¿Y cómo terminó la historia?
—Sancho volvió a montar a caballo, se puso al frente de un ejército reforzado por contingentes musulmanes y se sentó en el trono de León, que le disputaba un primo suyo.
La idea de que su abuela considerara admirable la conducta de un cristiano dispuesto a pactar con infieles para robarle la corona a un hermano de fe le resultaba incomprensible a Diego.
—¿Con ayuda de los ismaelitas? —exclamó.
—Te he repetido muchas veces, hijo, que para sobrevivir o prevalecer hay que saber escoger en cada momento el bando vencedor —pareció claudicar la abuela, preguntándose si algún día lograría infundir algo de cordura en esa cabezota tan hermosa como dura—. Las alianzas son circunstanciales y cambiantes. Lo importante es discernir con claridad cuál es el objetivo final. Cuál es la meta que pretendes alcanzar.
—La mía está muy clara —zanjó su nieto con altivez, volviendo al principio de la charla—. Tú misma me la mostraste: ansío entrar en Toledo junto al rey Alfonso, puesto que no me es dado escoger a otro; marchar sobre Córdoba y conquistar mi propia tierra, para lo cual no necesito una esposa, sino una mesnada a mis órdenes.
Mientras atravesaba el patio nevado, arrebujada en su manto forrado de piel y poniendo buen cuidado en no resbalar, Auriola cayó en la cuenta de que su estrategia adolecía de una carencia insalvable. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida como para no percatarse antes de ese fallo? Ni la más torpe de las alcahuetas habría cometido un error semejante.
Fueron las últimas palabras pronunciadas por su nieto las que la hicieron comprenderlo. Lo que él necesitaba no era compañía ni mucho menos amor, sino plata. Con el empeño de procurársela, su abuela había ejercido alegremente de casamentera, sin antes dar con la candidata adecuada a tal propósito. Un matrimonio conveniente constituía una solución óptima, cierto; pero ¿con quién?
La vida aislada que llevan desde hacía lustros en Lobera, unida a su escasez de recursos, no facilitaban las cosas. Tampoco ayudaba el hecho de que Diego fuese el huérfano de un castellano caído en Llantada al servicio del rey Sancho. ¿A quién acudir en busca de ayuda? ¿Dónde empezar a buscar?
Un mal presentimiento atravesó la mente inquieta de la Dueña. Sus huesos estaban cansados. Su voluntad flaqueaba casi tanto como su vista, cada día más nublada. Superados partos, calenturas, viajes y demás peligros, se hallaba a punto de adentrarse en la séptima década de vida, lo cual constituía un auténtico prodigio. ¿Cuánto tiempo más le concedería el Creador para dejar sus asuntos en orden y a ese mocete encarrilado?
—Se acerca el momento, Ramiro —dijo en voz alta, aprovechando el hecho de estar sola—. No tardaré en ir a tu encuentro.
Una vez a resguardo en el gran salón, con las manos tendidas sobre las llamas de la chimenea y el cuerpo templado por su calor, el nubarrón pareció disiparse, hasta hacerle recuperar su natural optimismo.
La víspera, uno de los hijos de Saturnina le había arrancado su última muela, empleando la misma tenaza que usaba para herrar a las caballerías y parecida delicadeza. La operación la tenía dolorida. Pese al enjuague confeccionado por la vieja partera, su encía desierta se le antojaba un yunque martilleado por un herrero con desesperante cadencia. Pero lo peor era que a partir de ahora solo dispondría de algunos dientes para masticar. Adiós a delicias tales como la carne a la brasa o las nueces, que ya le resultaban muy difíciles de comer. Por mucho que su paladar protestara, habría de conformarse con sopas y menudillos, ablandando con vino o leche sus dulces favoritos de avellana.
«Al menos aún se me entiende al hablar», se consoló, resignada.
La constatación de esa ventura no tardó en devolverle el ánimo.