Acababa de celebrar Diego su vigésimo cumpleaños, el día de Santa Marcia, cuando regresó a Lobera don Álvar López de Arlanza, visiblemente envejecido.
El joven había salido a cabalgar un rato antes, a la caída de la tarde, con el afán de desahogar su impaciencia. Auriola tampoco estaba en casa. Se hallaba en la aldea desde el mediodía, tratando de resolver el conflicto causado por un ladrón acogido a sagrado en la iglesia. Un robaperas de poca monta pillado in fraganti mientras aligeraba de huevos los gallineros de varios vecinos, que se negaba a abandonar su refugio, entre súplicas y lloriqueos.
El sacerdote lo protegía, a riesgo de perder en el envite el prestigio ganado ante sus parroquianos, invocando el derecho de asilo inviolable aprobado en tiempos del rey Fernando por los príncipes de la Iglesia reunidos en un concilio cuyo nombre había olvidado. La multitud agrupada a las puertas de la capilla estaba empeñada en lincharlo.
—¡Entregadnos al ladrón! —bramaban hombres, mujeres y niños.
—Bien sabéis que no puedo hacerlo, hermanos —se defendía el cura, atrapado entre dos fuegos—. Cometería un grave pecado. Si no se aviene él a salir, yo tengo las manos atadas. Ni me es dado forzarle a marcharse ni permitiros entrar a sacarlo.
La situación se había enquistado hasta el punto de obligar al concejo a ir en busca de la Dueña, máxima autoridad en la plaza. Era sumamente raro que una dama impartiera justicia, tarea reservada a los varones, aunque, en ausencia de un señor, ella era el último recurso. Un trago harto desagradable del que se habría librado gustosa.
El pueblo carecía de tamaño suficiente para disponer de alguaciles. La propia costumbre ancestral se encargaba de mantener el orden, y cuando alguien la transgredía los miembros del concejo actuaban, en general sin contemplaciones. El hurto constituía un delito grave, pues nadie andaba sobrado de nada. Costaba demasiado ganarse el pan como para mostrar indulgencia con los amigos de lo ajeno. El destino del ladrón sería por tanto la horca, si es que llegaba vivo al cadalso. Lo sabían ellos y lo sabía él, decidido a perecer de hambre en su escondite antes de enfrentarse a esa muchedumbre enfurecida.
Auriola estaba acostumbrada a hacerse respetar, pese a su condición femenina. Desde su llegada a la torre, hacía ya muchos años, se había esforzado por mantenerse en su sitio y mostrar el suyo a esos rústicos, sin excesivas confianzas ni tampoco desprecio. Simplemente guardando las formas establecidas desde antiguo, en virtud de las cuales cada cual conocía exactamente cuál era su lugar. Dado que el de la viuda del señor se situaba en lo más alto de esa sociedad, no se molestó en consultar ni mucho menos negociar nada. Tomó una decisión salomónica, que nadie osó discutir.
—Esto es lo que vamos a hacer —dictaminó—. El granuja abandonará nuestra iglesia e irá directamente al potro, donde permanecerá tres días a merced de los presentes. Si alguien se excede y lo mata, se las verá conmigo.
—¡¿Y qué hay de lo robado?! —clamaron varias voces al unísono—. ¡A la horca con él!
—Yo contribuiré a compensar parte de los huevos que ha sustraído. El resto, dadlo por perdido. No podemos esperar a que se muera ahí encerrado ni obligar a don Gervasio a transgredir sus votos de obediencia. Es la mejor solución. Y que alguien se ocupe de darle agua y algún mendrugo.
Tras un murmullo de aceptación resignada, uno de los paisanos comunicó a gritos el veredicto al bellaco, quien acepto de mala gana salir entre imprecaciones de los congregados. Había salvado la vida. ¿Qué más podía pedir?
La Dueña emprendió el camino de regreso al castillo, en una silla de manos destartalada cargada por dos mulas mansas, pues no se veía con fuerzas para montar a caballo ni caminar esa distancia cuesta arriba. Iba cansada, aunque satisfecha. Una vez más, y ya eran muchas, había suplido a Ramiro sin desmerecer su autoridad.
Entre tanto, en el desangelado salón de la torre Jimena mataba el tiempo sola, ajustando con aguja e hilo un viejo jubón de su padre para que pudiera aprovecharlo su hijo, más alto y ancho de espaldas, más rubio, de rostro más arrogante y a sus ojos mucho más apuesto.
En otras circunstancias habría delegado en su madre la resolución de ese espinoso asunto, como era su costumbre hacer. Siendo el hombre que pedía ser recibido un antiguo amigo de su esposo, no obstante, prefirió enfrentarse a él cara a cara, dando gracias al cielo de que Diego no estuviera allí.
—Don Álvar. —Ofreció asiento a su huésped—. ¿A qué debemos el placer de esta inesperada visita?
—Antes de desvelaros lo que he venido a decir, agradecería un vaso de vino y también algún refrigerio —respondió en tono misterioso el hidalgo, cuyo rostro demacrado reflejaba un enorme cansancio.
—Perdonad mi descortesía —se disculpó Jimena, que pese a la poco favorecedora toca de viuda conservaba un rostro hermoso, iluminado por dos pupilas azules—. Enseguida mandaré que os traigan algo de pan y cecina. No puedo ofreceros más.
—Con eso sobrará.
—¿Y bien? —reanudó ella el interrogatorio, sorprendiéndose a sí misma de su aplomo.
—Don Alfonso ha desterrado al señor de Vivar, amigo mío y de vuestro difunto esposo —escupió el visitante, como quien se quita una espina clavada.
—¿Por qué motivo habría hecho nuestro soberano tal cosa? —dudó en creerle su anfitriona.
—Por su iniquidad o su imprudencia al prestar oído a quien no debiera —respondió el de Arlanza, indignado—. Lo cierto es que ha enviado al exilio al más leal de sus caballeros con manifiesta injusticia, pues su única culpa fue defender al sevillano Al-Mutamid, vasallo de Su Majestad, del ataque llevado a cabo por su vecino granadino, a quien auxiliaban las huestes del conde García Ordóñez.
—Pero ¿ese magnate no es castellano, como vos mismo y don Rodrigo? —inquirió desconcertada la mujer.
—Lo es —asintió el visitante— y precisamente por ello su inquina es más enconada. García Ordóñez fue derrotado y apresado por el de Vivar. No duró mucho su cautiverio, pues enseguida fue liberado, pero mientras Rodrigo cumplía la misión encomendada por el Rey y recaudaba las parias debidas, el otro corrió a difamarlo ante el soberano, quien prestó oído a sus mentiras. Ya ha conseguido deshacerse del que fuera portaestandarte de nuestro señor don Sancho. Conociéndolo, os aseguro que no descansará hasta ver humillados a todos sus amigos y leales.
—¡Pero si mi hijo es un muchacho inofensivo! —protestó Jimena—. ¿Qué mal puede causar a nadie?
—Vuestro hijo lleva la sangre de don Nuño García, que cabalgó junto al Campeador en tiempos del monarca castellano. No digáis que no os aviso. Su esposa se ha librado de correr la misma suerte únicamente gracias a su estrecho parentesco con el conde de Oviedo, cuyo peso en la corte es considerable. Vos no tenéis semejante padrino.
—Aun suponiendo que estuvierais en lo cierto —repuso Jimena, cauta—, ¿qué podéis ofrecernos mejor de lo que tenemos aquí?
—De momento, poca cosa. El propio Rodrigo fue rechazado por el conde de Barcelona después de cruzar la frontera, al rehusar alzar sus armas contra su rey, don Alfonso. Ahora combate junto a sus hombres en las filas del rey de Zaragoza, Al-Muqtadir…
—¡Un pagano! —lo interrumpió Jimena.
—Un señor a quien servir —corrigió ofendido don Álvar—. Cuando los tuyos te dan la espalda, has de buscar el modo de subsistir hasta que cambien las tornas. Hacerlo empuñando la espada no resulta deshonroso.
—Estáis hablando de traición —resumió la dama, tapándose los oídos con las dos manos en un gesto que equivalía a una negativa a seguir escuchando.
—No se traiciona a un traidor —se defendió el invitado, en clara alusión al Rey.
Esas últimas palabras fueron más de lo que Jimena podía soportar. Apelando a todo su coraje, se levantó del escaño, alzando el mentón altanera para zanjar la conversación.
—¿Os marcharéis por vuestro propio pie o debo llamar a los guardias?
Ante el estupor del caballero de Arlanza, remachó en el tono más gélido que hubiera empleado en su vida:
—No oséis regresar por aquí. Si vuelvo a veros, os denunciaré. Y si os acercáis a mi hijo, que Dios os asista.
Mientras su huésped se retiraba, se sintió invadida por una mezcla de alivio, orgullo y cansancio extremo. Toda la tensión acumulada le sobrevino de golpe, hasta el punto de provocarle un temblor considerable en las piernas. Empezaba a serenarse lentamente, tras apurar una copa de vino, cuando Auriola irrumpió en la estancia, iracunda, tras cruzarse en el patio de armas con el hombre a quien percibía como una clara amenaza.
No tardó mucho Jimena en resumir la conversación a su madre, quien escuchó el relato de lo acaecido conteniendo a duras penas la rabia. En aquella ocasión Diego había escapado por muy poco al nefasto influjo de ese hombre, pero él podría volver a la carga y acaso la próxima vez encontrara a su nieto dispuesto a secundar sus descabellados planes. El tiempo se agotaba. Si el joven, en su desesperación, se decidía a cruzar esa línea, no habría vuelta atrás. Se perdería sin remedio en el fango de la infamia toda la obra de su padre, de su abuelo y de tanta sangre derramada a fin de dejarle un legado.
Guardias y criados fueron aleccionados para ocultar al infanzón el paso de don Álvar por la torre, so pena de enfrentarse al más severo castigo. Las mujeres se conjuraron para sellar sus labios y entregarse en cuerpo y alma a la tarea de hallar cuanto antes una salida, no sin repasar previamente las vías que veían cegadas. Diego regresó de su cabalgada, sudoroso y taciturno, cuando hacía rato que las sombras habían cubierto la tierra.
Aquella noche la cena se retrasó más de lo habitual. Con la frugalidad impuesta por los tiempos de escasez, la familia compartió un potaje de verduras acompañado de pan, perfecto para la maltrecha dentadura de la Dueña, aunque insuficiente e insípido a juicio del muchacho, quien habría devorado un cochino de haber tenido ocasión. La frustración se sumaba al apetito insatisfecho, alimentando su mal humor, hasta que un aldabonazo en el portón de entrada rompió de golpe el silencio.
—Un viajero solicita hospedaje, mi señora —anunció al rato el viejo criado que había servido la mesa.
—¿Qué clase de viajero? —se inquietó la Dueña, cuyo ánimo sombrío no invitaba a la hospitalidad.
—Dice ser un peregrino en ruta hacia Compostela —respondió el sirviente.
—¿Va armado? —inquirió Diego, dispuesto a defender sus dominios.
—Lleva un báculo y un zurrón —eludió evaluar el interrogado, limitándose a brindar información escueta. Cuanto menos le comprometieran sus palabras, menos riesgo correría de tener que responder por ellas.
—Muy lejos del camino anda si se dirige al sepulcro del Apóstol —comentó Jimena, todavía bajo la impresión de la charla mantenida horas antes—. ¿No será una celada?
—¿Qué celada va a ser? —le recriminó su hijo, con un toque despectivo en el tono—. Se habrá despistado en alguna encrucijada o tal vez proceda de Zamora o alguna plaza cercana. ¿Vamos a negarle un techo y un plato de comida caliente?
—Déjale entrar y ponle un cubierto —zanjó Auriola, dirigiéndose al criado—. Será nuestro invitado esta noche.
Don Munio Bermúdez no resultó ser un peregrino cualquiera. Vástago de una familia de noble linaje castellano, sometida de buen grado al nuevo rey Alfonso, acababa de enviudar de su amada esposa y peregrinaba a la ciudad del Apóstol, previo paso por Oviedo, con el propósito de suplicar el perdón de sus pecados antes de profesar en un monasterio. Tras una agitada vida dedicada a la batalla y los placeres mundanos, sentía la llamada de Dios en lo más profundo de su corazón. Su único deseo era abandonar este mundo, hallar la paz en la oración entre los muros de un cenobio y dedicar el resto de sus días a prepararse para el reencuentro con esa mujer añorada.
—Nadie me echará de menos —relató con humildad, una vez hechas las presentaciones, mientras daba buena cuenta de la sopa, el vino y el pan—. He dejado las cosas en orden. Confío en completar mi viaje merced a la caridad de gentes como vosotros, pues hice voto de pobreza antes incluso de partir. Temo no estar en disposición de corresponder a vuestra hospitalidad.
A falta de plata o presentes, el caballero burgalés deleitó a sus anfitriones hasta bien entrada la madrugada con un relato pormenorizado de lo que esperaba encontrarse a lo largo de su itinerario, cuidadosamente preparado antes de ponerse en marcha.
Al igual que tantos peregrinos acudidos a Compostela desde todos los confines del orbe, conocía bien los hechos del apóstol Santiago, así como las historias que jalonaban ese camino ya secular, pues no había perdido ocasión de entrevistarse con cuantos clérigos, notables o magnates lo habían precedido en el viaje iniciado unas semanas antes. Todavía no sabía dónde recalarían finalmente sus huesos cansados, aunque confiaba en que fuera en la propia ciudad del Hijo del Trueno, después de haberse postrado ante sus reliquias.
—De acuerdo con lo que se oye decir —mostró su interés Auriola—, la urbe a la que os dirigís no deja de crecer y prosperar gracias al favor del Rey y de su cuñado, el duque de Borgoña. La familia de mi difunto esposo procedía de allí. Su pobre madre vivió en sus carnes la aceifa de Almanzor, en el transcurso de la cual su padre fue hecho cautivo. Ni él ni yo tuvimos la dicha de regresar, aunque constituía un gran consuelo para ambos saber que el Azote de Dios no logró acabar con ella.
—¡Todo lo contrario! —negó con entusiasmo el peregrino—. Don Alfonso no ha dejado de embellecerla, siguiendo el ejemplo de su padre, el buen rey don Fernando, y de su abuelo navarro, don Sancho. Incluso hay entablada una pugna con el mismísimo Papa, porque el obispo Cresconio pretende otorgarle el rango de sede apostólica, lo que amenazaría la supremacía del trono romano. Se habla de excomunión si el gallego no recula.
—Santiago no fue menos apóstol que Pedro, ¿me equivoco? —apuntó Diego, picado en su orgullo, recordando las enseñanzas del hermano Honorio.
—No solo fue uno de los doce —hizo gala de erudición don Munio—, sino uno de los más amados. Cristo lo bendijo coronándole con el honor de ser el primero en el martirio, y desde su milagrosa aparición en tiempos del Rey Casto, muchos son los testimonios que acreditan su participación decisiva en hechos de armas cruciales para la cristiandad hispana. Los prodigios obrados por su intercesión corren de boca en boca. El Apóstol es nuestro patrón, el protector de nuestra santa causa y nuestro mejor capitán. Por eso crece cada día el río de gentes que llegan hasta su sepulcro para adorarlo.
—Pocos de ellos nos visitan —se lamentó el joven—. ¿Acuden realmente de lugares tan remotos como Grecia o Bizancio?
La pregunta accionó una suerte de resorte oculto en el caballero, que vio en ella el pretexto idóneo para exponer el fruto de su investigación exhaustiva. Espoleado por la curiosidad de Diego, ilustró a sus anfitriones sobre los personajes procedentes de allende los Pirineos cuyos pies cansados habían recorrido los caminos del norte en dirección a poniente, a través de Navarra, Álava, Aragón y las Asturias, siguiendo el recorrido del sol.
Francos, griegos, germanos, apulios, anglos, galos, dacios, frisios, armenios… Estos últimos en mayor número, dado que, según su creencia, habían recibido la fe en Cristo del apóstol sepultado en Compostela, quien de regreso a Palestina, procedente de tierras hispanas, se había detenido en aquella tierra pagana para predicar el Evangelio.
Habló el viejo castellano de gentes y rutas exóticas, sin dejar de ponderar la importancia de hacer un alto en ese camino y detenerse en Oviedo, custodia de la reliquia más santa de toda la Cristiandad: el Santo Sudario de Nuestro Señor Jesucristo, celosamente guardado en su catedral junto a otras reliquias no menos preciosas, halladas por el segundo de los Alfonsos astures, grande entre los grandes monarcas, a quien le había sido revelada la ubicación exacta del túmulo bajo el cual descansaba el santo «como premio a su inquebrantable fe e incansable batallar», según su convicción íntima.
Los ojos se le iluminaban ante la evocación de las maravillas que se disponía a contemplar, engrandecidas en su imaginación por el incalculable valor espiritual que otorgaba a esos talismanes capaces de abrirle el cielo.
—¿No resulta peligroso emprender un viaje semejante sin la preceptiva escolta? —quiso saber Jimena, haciendo gala de pragmatismo.
—Todo desplazamiento acarrea riesgos en nuestros días —convino con ella don Munio—, aunque ninguno resulta tan seguro como el que conduce al sepulcro de Santiago. El Rey ha mandado levantar o restaurar puentes, abrir caminos, construir hospederías y dotar de medios a hospitales donde los enfermos son tratados por monjes doctos en medicina, sin distinguir entre villanos y nobles.
—Obra piadosa donde las haya… —comentó Auriola.
—Sufragada en gran medida con las parias de los sarracenos —subrayó la paradoja su huésped—. Por añadidura, el soberano ha extendido un amparo especial a los peregrinos. Un privilegio merced al cual gozan de su protección personal para transitar de forma libre, sin verse obligados a pagar pontazgos y a salvo de salteadores.
—Los maleantes abundan —objetó Diego.
—Por supuesto —concedió don Nuño—. Esa salvaguarda es relativa, pero quien roba o mata a un peregrino se enfrenta a tan terrible castigo, que pocos malhechores se atreven. Voy tranquilo, encomendado a la paz del camino y a la bendición del Apóstol.
—Veo que lo habéis previsto todo —concluyó la Dueña, en cuya cabeza empezaba a rondar una idea audaz, aunque todavía borrosa—. ¿Partiréis mañana temprano?
—Antes de causaros más molestias, sí —respondió el castellano, mientras se ponía en pie con cierto trabajo—. Una noche de sueño bastará para restablecer mis fuerzas, pues ánimo no me falta.
—Mandaré que os preparen un desayuno adecuado y carguen en vuestro zurrón provisiones para el día —ofreció Jimena, de nuevo pendiente de los detalles.
—Santiago sabrá premiároslo —agradeció con humildad su huésped.
Ninguno de los presentes cayó en la cuenta en ese momento de que esa expresión constituía en realidad todo un augurio.