La dueña

La dueña


Capítulo 31

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La breve visita de ese peregrino no hizo sino confirmar las nuevas de las que todos se hacían lenguas. El Camino de Santiago constituía una fuente de riqueza creciente, únicamente comparable a la procedente de las parias abonadas con puntualidad por los reyezuelos taifas, cada día más dependientes de la tutela cristiana.

¿De qué manera afectaba esa constatación a las preocupaciones de la familia que lo había acogido en su casa? Auriola pasó toda la noche en vela, rumiando y volviendo a rumiar esa pregunta. Al amanecer, la respuesta definitiva llegó en forma de nombre: Hugo de Borgoña.

Si su yerno ya gozaba de una posición desahogada años atrás, al contraer nupcias con Mencía, ahora debía de acumular una fortuna notable. No en vano centraba su actividad comercial precisamente en ese tráfico incesante de gentes y mercancías, alentado y favorecido por la devoción del Rey al Apóstol. El matrimonio de don Alfonso con una princesa franca, Constanza de Borgoña, había contribuido mucho, además, a la prosperidad de sus compatriotas. Su influencia y la de la poderosa abadía de Cluny constituían un acicate constante para la promoción del Camino de Santiago, a la sombra del cual medraban los hombres como él.

¿Querría auxiliar a Diego y con él a los de su sangre en esa hora de tribulación?

Aunque hacía mucho tiempo que no veía a Mencía, su madre tenía noticias suyas a través de alguna carta traída por un arriero y también de la pequeña, Jimena, quien sí había mantenido el contacto con su hermana, en cuya residencia de la capital se alojaba algunas temporadas cortas.

A través de Jimena sabía que el franco ocupaba un lugar destacado en la asamblea general de vecinos de León y su alfoz, responsable de hacer justicia, avalar donaciones, contratos y demás actuaciones cruciales para la buena marcha de los negocios, fijar las medidas de pesos, establecer los jornales, elegir a los zabazoques del mercado y otro sinfín de responsabilidades cuya trascendencia otorgaba gran poder e influencia a los integrantes de dicho concejo. Lejos de constituir un mal menor vergonzante para el linaje familiar, tal como lo había contemplado ella al aceptar entregarle la mano de su adorada primogénita, ese hombre de origen plebeyo se había convertido en un baluarte de la comunidad; un verdadero magnate.

«¡Señor, cómo disfrutas enredando los hilos de nuestro destino!», pensó la navarra, con ironía, mientras se peinaba la trenza y se ajustaba el brial, antes de bajar a compartir con su hija los detalles de su plan.

Este había ido cobrando forma a medida que las tinieblas dejaban paso a un alba clara, preludio de un día venturoso.

Oyó partir a don Munio, tras dar cuenta de su desayuno, descendió la angosta escalera que conducía al salón, con más brío del acostumbrado, y mandó llamar a la madre de Diego, siempre reacia a madrugar. Cuando estuvieron juntas las dos, frente a frente en la mesa ante un plato de humildes gachas, no se anduvo con rodeos.

—Mañana mismo partes a León, como embajadora de tu hijo.

Ante la mirada sorprendida de Jimena, su madre desgranó el contenido de sus reflexiones, hasta alcanzar la conclusión a la que había llegado. Su cuñado estaba en posición de rescatar a Diego de su naufragio y lo haría, a poco que Mencía y ella hicieran frente común para respaldar la empresa. Él era su última carta. No podían desaprovecharla.

—Iría yo —añadió a guisa de justificación—, pero son treinta leguas y no me veo con fuerzas para soportar cinco o seis días de viaje. Es tu hijo y nadie mejor que tú abogará por su causa.

Tras llevarse una cucharada a la boca y masticar con lentitud deliberada, a fin de darse tiempo para calibrar su respuesta, Jimena tomó al fin la palabra.

—Si te soy sincera, madre, yo también había barajado esa idea. Más de una vez.

—¿Y por qué diantres no dijiste nada? —saltó cual resorte Auriola—. ¿Tengo que pensarlo yo todo?

—¿Tal vez porque no resulta fácil hacer sugerencias susceptibles de desagradarte? —contestó su hija, con un deje de reproche en la voz—. Tu forma de referirte a Hugo siempre ha sido tan despectiva, que estaba convencida de que preferirías pasar hambre y hacérnosla pasar a todos antes que rebajarte a pedirle auxilio.

La Dueña se disponía a rebatir esa crítica con cajas destempladas, dando rienda suelta a su genio, cuando la mirada de la dama en que se había convertido su pequeña la detuvo en seco. En sus ojos no leyó desafío ni mucho menos inquina, sino más bien inseguridad; un profundo temor a tomar la iniciativa, probablemente fundado en el papel secundario a que la había relegado ella durante demasiados años. A su protección mal entendida. Al modo equivocado e inflexible en que ejerció la autoridad en esa casa, arrinconando a su propia hija y pretendiendo suplantarla en la educación de su nieto.

De nuevo se dirigió en silencio al Altísimo para afearle su manera de jugar con los simples mortales, aunque en esa ocasión la ironía había dejado paso a la culpa. Bien sabían ambos, Dios y ella, que en cada una de sus actuaciones siempre la había guiado el amor, lo cual no la eximía de haber errado a menudo. Por eso se tragó el orgullo para decir:

—Tienes razón.

Era lo último que Jimena habría esperado oír.

A partir de ahí la conversación fluyó ligera, con una complicidad inédita entre esas dos mujeres aliadas en el empeño común de salvar a Diego.

Roto el hielo, se estableció una competición por ver cuál de las dos superaba a la otra en optimismo.

—La última vez que visité a Mencía en León, parecía una condesa —se explayó Jimena—. Vestía ropas lujosas y su hogar era una exhibición de riqueza. Ella misma alardeó de que cada escudilla en la que bebíamos vino especiado valía lo que dos bueyes, y el cobertor de su cama, unas sesenta ovejas. En cuanto a su brial de brocado, le dio pudor revelármelo.

—No me sorprende —agregó Auriola—. Según me contaste a tu regreso, su esposo tiene almacenes en Puente la Reina, Burgos y Oviedo, auténticos emporios que abastecen la ruta jacobea. Tal como nos relató don Munio, el Rey no solo protege a los peregrinos, sino que ha otorgado generosas exenciones fiscales a los mercaderes que recorren el Camino, librándolos de abonar pontazgos y otras cargas similares. Tu cuñado debe de ahorrarse una buena cantidad de plata merced a esa decisión. Sus mercancías pagarán derechos de tránsito, pero aun así dejarán cuantiosos beneficios.

—Ya lo creo. —Jimena iba recordando a medida que avanzaba la charla—. Mencía comentó que, con la incorporación al negocio de su hijo mayor, sus reatas de mulas transportaban en ambas direcciones una variedad creciente de productos: paños flamencos, pescado en salazón, vino e incluso joyas. Saltaba a la vista que las cosas les iban muy bien.

—¿Y él se mostró afectuoso contigo? —quiso saber Auriola, en aras de calibrar las posibilidades de alcanzar el éxito en el proyecto que estaban tramando.

—Hugo estaba ausente —la dejó en la duda su hija—. Se encontraba de viaje, como de costumbre, tras recuperarse de una pequeña herida curada precisamente en uno de los hospitales levantados por orden del soberano sobre las ruinas de un viejo palacio, en las inmediaciones de Oviedo.

—Hospital financiado con el dinero de las parias —se relamió la navarra, pensando en la historia de su difunto marido—. En una sublime venganza del Altísimo, los ismaelitas están pagando no solo la reconstrucción y el engrandecimiento de la urbe arrasada por su caudillo, sino la creación de una vía segura, provista de todos los servicios necesarios para que aumente de forma incesante el flujo de monjes, peregrinos y comerciantes que la recorren…

—Que a su vez incrementan la riqueza de Compostela, su Iglesia y sus monasterios —remachó Jimena—. Incluso se dice que don Alfonso pretende construir una basílica mayor y más suntuosa que la destruida por el sarraceno. ¡Cuánto le hubiera gustado a padre ver obrarse este prodigio!

—No sé si se trata de un prodigio, pero en todo caso es una bendición del cielo. ¡Cuando pienso en lo que sufrí al entregar a tu hermana a un vulgar mercader franco carente de sangre hidalga!

—En tal caso, puedes dejar de sufrir, madre. Mi hermana no solo es una mujer rica, sino feliz. ¡Ya nos gustaría a ti o a mí darnos los caprichos que se permiten ella y sus dos hijas mientras los hombres de la familia engordan la bolsa con sus negocios!

—Ve entonces y habla con ella —zanjó la Dueña—. No te demores. Mencía es generosa y no se negará a ayudarte. Si está en su mano rescatar a Diego proporcionándole medios para labrarse un futuro digno, estoy segura de que lo hará. Ella sabrá convencer a su esposo. Al fin y al cabo es su sobrino y un infanzón leonés. —Salió a relucir el orgullo, a duras penas embridado.

—¿Y si él no ve las cosas así? ¿Si Mencía no logra persuadirlo?

—En tal caso estaremos en tus manos. Tienes mi confianza y mi bendición. Haz lo que tengas que hacer. Cualquier cosa.

El día de Santa Casilda del año 1082 de Nuestro Señor, Jimena se puso en camino a lomos de una yegua baya, acompañada de dos hombres de armas y una mula entrada en años cargada con el equipaje.

Antes de partir, Auriola le entregó una carta dirigida a su vieja amiga María Velasco, con el encargo de hacérsela llegar al monasterio de San Pedro y San Pablo. Prefirió mantener en secreto el asunto tratado en la misiva, entre otras razones porque ignoraba si su paisana seguiría viva. Si así era, empero, no dudaba de que accedería a sus ruegos y pondría en suerte toda su influencia en aras de encontrar una esposa adecuada para Diego, con la urgencia reclamada por la situación. Una dama adinerada, ese aspecto quedaba muy claro, al ser el más acuciante. Si además su estirpe resultaba equiparable a la de su nieto, los hijos que engendraran juntos ennoblecerían sus respectivos linajes.

El chico quedó al margen de la conjura urdida por su madre y su abuela, que prefirieron esperar a ver el resultado de sus gestiones antes de ilusionarle con sueños tal vez imposibles. A sus efectos, Jimena iba a visitar a su hermana, como en otras ocasiones.

La Dueña vio marchar a la comitiva depositaria de sus anhelos, su angustia y sus últimas esperanzas, mientras se encomendaba a la misericordia divina y a la intercesión de Ramiro. Ya solo cabía esperar, conteniendo la impaciencia. Todo estaba en el aire, a expensas de una decisión de su yerno. ¡Ojalá no fuera rencoroso y hubiera borrado de la memoria los desplantes más o menos explícitos que ella le había infligido en un pasado lejano! En otra vida, otra era.

—Si he de ponerme de rodillas ante él —susurró mientras despedía a Jimena agitando un pañuelo—, lo haré sin vacilar. Si he de pagar por mi soberbia, caiga el castigo sobre mí y no sobre ese mocete, que ya ha sufrido bastante.

Aunque no era día de mercado, había un tráfico considerable de gentes entrando y saliendo de León. La ciudad traspasaba desde hacía años los límites de sus murallas, aunque las puertas seguían abriéndose y cerrándose puntualmente cada jornada, más por la necesidad de controlar el flujo de mercancías y la correspondiente recaudación de tributos que por miedo a sufrir ataques. Eran tiempos de paz, sinónimo de prosperidad. Pocos guardaban algún recuerdo de los horrores sufridos en el pasado.

El sol estaba en su cénit cuando el grupo capitaneado por Jimena divisó a lo lejos el Arco del Rey, que daba acceso a la urbe desde el sur, rodeado de tapiales tras los cuales labraban sus huertos monjes y monjas acogidos a varios monasterios construidos merced al favor de los soberanos cristianos.

La capital del Reino oraba con devoción para agradecer al Señor su ayuda en la interminable lucha librada contra los infieles. Centenares de consagrados elevaban sus voces al cielo ocho veces cada día coincidiendo con las horas canónicas, pues ese era su deber sagrado, su contribución esencial a la salvación de cuantos laicos garantizaban su sustento y su seguridad, unos trabajando los campos o ejerciendo sus oficios, otros empuñando las armas. Ese era el orden natural de las cosas. Tres estamentos complementarios, conocedores de su función, que convivían en armonía bajo el manto protector del Señor.

A medida que se aproximaban, los viajeros comprobaron que el movimiento inusual percibido desde la distancia se convertía en tumulto de personas cuyas voces chillonas llegaban hasta sus oídos. Alarmada, la dama mandó parar y preguntó a uno de los soldados:

—¿Tienes alguna idea de lo que está sucediendo?

—Parece un ajusticiamiento —respondió el hombre sin emoción.

—¡Qué horror! —exclamó Jimena, a quien siempre habían repugnado esos espectáculos de escarnio público, muy del gusto de los rústicos—. ¿Podemos cambiar de ruta?

—Podemos, pero el rodeo será largo —advirtió el guardia.

—Está bien —se avino ella—. Proseguiremos por aquí, pero lo haremos deprisa. ¡Nada de pararse a contemplar cómo cuelgan a un desdichado!

—Algo habrá hecho, señora —rebatió el interpelado con insolencia—. Nadie acaba en el cadalso sin más.

Jimena ignoró el comentario, pues discutir con un mesnadero habría constituido una degradación innecesaria. Ella sabía demasiado bien lo tuerta que podía ser la justicia, dependiendo del justiciable tanto como del juez, pero no había recorrido ese largo camino para interesarse por la suerte de quien fuese a ser ahorcado, sino con una misión mucho más importante: obtener de su cuñado una suma considerable de plata.

Avanzaron a duras penas, a empujones de los caballos empleados como arietes contra la multitud reunida para increpar al condenado, hasta que les cortó el paso el carro que transportaba al reo, tirado por un pollino. El hombre iba de pie, cabizbajo, con las manos atadas a los barrotes altos del vehículo. Lo habían despojado de su calzado, su sayo y sus bragas, dejándole únicamente una camisa desgarrada que dejaba ver las huellas de los azotes recibidos durante el terrible tormento previo a la ejecución. Tras él marchaba el sayón encargado de conducirlo al patíbulo y ponerle la soga al cuello. Iba de mal humor, renegando de esa parte del oficio, pues muchas de las inmundicias lanzadas contra el convicto le caían encima a él, inocente de toda culpa.

—¡Arrea a ese maldito animal aunque tengas que desollarlo! —azuzó a gritos al siervo que conducía al burro—. ¡Me cago en toda tu ralea! ¡Y vosotros, abrid paso!

Respondiendo a esa orden brutal, cuyos ecos despertaban en ellos un respeto reverencial mamado en la más tierna infancia, los soldados se hicieron a un lado, obligando a Jimena a hacer lo mismo. Los mismos guerreros encallecidos que hasta entonces se habían mostrado implacables con las mujeres y los niños concentrados a los lados del camino obedecieron sin vacilar el mandato del verdugo, a costa de desoír el de su señora.

Forzada por la situación, Jimena levantó la vista, traicionando su voluntad. Miró, aun sin querer hacerlo, y lo que vio superó en horror cuanto había imaginado. Porque el guiñapo desnudo que llevaban al matadero no era otro que Álvar López de Arlanza, destacado infanzón de Castilla y antiguo amigo de Nuño. El rostro tumefacto de ese hombre escarnecido por la muchedumbre, a quien aguardaba la muerte más vil, era el mismo que había intentado embaucar a su hijo, implicándolo en una conjura urdida contra don Alfonso.

Era la cara de un traidor.

La impresión fue tan violenta que estuvo a punto de desmayarse. Por un instante le pareció ver a Diego en el lugar que ocupaba el de Arlanza, sentir su vergüenza, sufrir su deshonor. De no haber sido por la intuición de Auriola, por su propia firmeza y por la gracia del Altísimo, a saber qué suerte atroz habría corrido su hijo. Solo de pensarlo se le erizaba la piel y le faltaba el aire, porque algo en su interior le decía que si no triunfaba en la empresa que se traía entre manos, su único varón se enfrentaría a un destino similar al de ese desdichado.

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