Mencía se albrició con la visita de su hermana, sin sospechar por lo más remoto la razón que la motivaba. En esa ocasión la familia al completo se hallaba en su domicilio, por lo que hubo celebración a lo grande, cena de lujo y conversación hasta bien entrada la noche. Jimena evitó exponer la cuestión que le quemaba los labios, pues prefería tratarla a solas con su hermana mayor antes de someterse al dictamen de Hugo. No lo conocía lo suficiente como para prever su reacción o mucho menos abordarlo del modo más conveniente.
Su cuñado mostraba todos los signos externos de la alta posición alcanzada: un rostro rubicundo recién pasado por el barbero, una barriga prominente, propia de quien come hasta hartarse, y vestiduras de la mejor calidad, desde los borceguíes altos confeccionados con cuero fino hasta la túnica de brocado ancha, carente de correa o balteo en aras de dar libertad a su voluminosa cintura. Su actitud era cortés, aunque algo distante en comparación con la de sus sobrinos, fascinados por las aventuras de frontera que ella se afanaba en narrarles, aderezándolas de emoción.
Hugo de Borgoña reinaba sobre sus dominios, cual monarca coronado de oro, exhibiendo ante su noble pariente el fruto de una actividad que ella y su madre despreciaban, aunque nunca le hubieran ofendido diciéndoselo a la cara. A diferencia de su esposa, demasiado bondadosa para pensar mal de nadie, él sí albergaba sospechas sobre la verdadera intención de Jimena. Se maliciaba que había venido a pedir socorro y estaba decidido a negárselo, aunque solo fuera por los desplantes que habían sufrido sus hijos con respecto a los de esa mujer, clara favorita de Auriola.
Desde su punto de vista, la evidente preferencia de la abuela por sus otros nietos resultaba un insulto imperdonable. Cuando en el pasado había tratado de abordar esa cuestión con Mencía, en busca de respaldo a su reproche, ella disculpaba a su madre aduciendo la orfandad de esos niños, su situación de precariedad y su necesidad de amparo. Nunca se había sentido relegada o agraviada por su madre y tampoco consideraba que lo estuvieran los chicos. Antes al contrario, le agradecía de corazón haber arreglado su matrimonio con él a través de la reina Sancha, unión fecunda y placentera que había hecho la felicidad de ambos. ¿Por qué guardarle rencor?
Aquello no convencía al franco, que amaba a su mujer y más aún a la prole que esta le había dado, sin hacer extensivo ese amor al resto de su familia. Ellos le resultaban extraños a quienes nada debía. Así se lo haría saber a la hora de saldar cuentas.
Jimena se confió a su hermana la mañana siguiente, mientras daban un paseo hasta la basílica de San Isidoro, acompañadas por un lacayo a una distancia de varios pasos. Le abrió su pecho sin reservas, haciéndola partícipe de su angustia ante el riesgo de que su único hijo se dejara llevar por la desesperación hasta caer en un precipicio. Le habló del señor de Arlanza, de las penurias que se pasaban en la torre de Lobera, de la impotencia de su madre, que envejecía afligida por la misma preocupación, de la falta de amigos leales, perdidos en el pasado…
—No tenemos a nadie más —concluyó, a las puertas de la iglesia, taladrándola con una mirada que imploraba compasión.
Mencía escuchó en silencio, sinceramente compungida por esas calamidades que superaban con creces sus peores temores. Si hubiera dependido de su voluntad, habría concedido sin vacilar la ayuda solicitada, aun antes de conocer su cuantía. Así se lo dijo a Jimena, quien cantó victoria antes de tiempo, dado que las cosas no iban a resultar tan sencillas.
—Desafortunadamente, la propietaria de ese oro no soy yo, sino mi marido. Y mucho me temo que él no comparta mis sentimientos.
—Supongo que no. —La euforia había dado paso a una negra desesperanza—. Hemos pecado de soberbia y esta es nuestra penitencia… Pero Diego no tiene la culpa. Él es inocente. No es justo que pague por nuestras faltas.
—Trataré de hacérselo ver a Hugo —la confortó su hermana con ternura, como cuando eran pequeñas y hacía las veces de madre—. Abogaré por vuestra causa, tienes mi palabra. Pero con la misma sinceridad te digo que no te hagas ilusiones. Lo más probable es que se cierre en banda.
—¿No hay pues nada que hacer? ¿Ningún argumento susceptible de ablandarle?
—Mi esposo es un comerciante duro como el pedernal, Jimena. Está acostumbrado a pelear hasta la extenuación por un sueldo, con gente para quien ese sueldo representa una diferencia importante. Rara vez cede en una discusión.
—Tú siempre me dijiste que era generoso —escupió su decepción Jimena.
—Y lo es —confirmó su hermana—. Lo ha sido siempre conmigo y con nuestros hijos. Si te niega lo que le pides no será por avaricia, sino por desquite.
Esa noche, acabada la cena, los chicos fueron enviados a sus aposentos a fin de despejar el terreno para la batalla que iba a tener lugar en el comedor de la casa. No hubo lugar a súplicas. El padre se mostró inflexible, impaciente por tomarse al fin la revancha largamente soñada. Los jóvenes obedecieron sin rechistar, y hasta la criada fue despachada con prisas, después de rellenar las copas de un licor dulce de cerezas.
Entonces empezó el combate.
—Tengo entendido que vuestra visita no era del todo desinteresada —lanzó la primera carga el franco, dirigiéndose a Jimena.
—Efectivamente, hermano —respondió ella con aplomo, acentuando el parentesco con la intención de marcar el terreno—. Ayer di prioridad a las nuevas de la familia, por el gran afecto que nos une, pero lo que me ha traído a León es una propuesta de negocio. Una oferta que mi madre y yo queremos haceros llegar en primer lugar, por deferencia hacia nuestra querida Mencía y hacia vos mismo, desde luego.
La mirada desconcertada que intercambiaron los cónyuges hizo saber a Jimena que había dado en el clavo.
Durante la tarde dispuso de tiempo para trazar un plan alternativo al urdido con su madre. Descartada tras la conversación mantenida con Mencía la posibilidad de un donativo a fondo perdido, solo quedaba pensar en algo que pudiera despertar la codicia de su cuñado. Algo que resultara atractivo al mercader y sirviera también de acicate a la vanidad afrentada que delataban las insinuaciones de su hermana.
«Haz lo que tengas que hacer —le había dicho la Dueña al despedirse de ella en Lobera—. Cualquier cosa».
Pues bien, sería un movimiento audaz. Un ataque por sorpresa, probablemente suicida, que culminaría en un triunfo inconcebible de otro modo o arrastraría en su derrota a todos sus seres queridos. Una locura.
—Esto no me lo esperaba —confesó el de Borgoña, curioso—. Os escucho.
—Se trata de nuestro castillo en el río Duero y su alfoz, que como sabéis fue donado a perpetuidad por el rey Alfonso V a nuestro padre.
—Continuad, os lo ruego —la animó a seguir él, borrando el gesto despectivo.
—Mi hijo Diego quiere armar una mesnada de treinta hombres de a caballo para unirse a nuestro soberano en la conquista de Toledo, que como probablemente sabréis se prepara ya en la corte.
Considerando la premura con la que había preparado su argumentación, Jimena se sorprendió de la firmeza que mostraba al hablar. Animada por esa sensación de poder, asentada en la certeza de no tener nada que perder, continuó su alegato:
—En aras de llevar a cabo tal propósito, que todos consideramos un deber ineludible para con Dios y nuestro rey, precisa de una suma elevada que ahora mismo no está a su alcance: ciento cincuenta libras de plata francas, o su equivalente en dinares o sueldos.
—¡Eso es una fortuna! —exclamó el comerciante—. ¿De dónde pensáis sacarla?
—De vos —repuso la dama sin alterar el semblante, embellecido por una sonrisa enigmática.
Mencía se disponía a intervenir, dando por hecho que su hermana había perdido el juicio, cuando su marido la detuvo con un gesto, decidido a llegar hasta el final de ese misterioso trato.
—¿Me estáis pidiendo que arme yo ese costosísimo ejército, a mayor gloria de vuestro hijo a quien apenas conozco?
—Desde luego que no. Sería un desvarío hacerlo, incluso tratándose de vuestro sobrino —dejó caer el veneno—. Por eso he comenzado mencionando la torre familiar de Lobera.
—No os comprendo.
—Veréis, querido Hugo. Si Diego consigue formar su mesnada y luchar al costado de don Alfonso, dad por hecho que destacará en la batalla, se ganará el favor del Rey y obtendrá de él su propio feudo en la nueva frontera del Tajo. De todos es sabido que el soberano necesita caballeros valerosos dispuestos a repoblar la tierra que gane a los moros.
—Sigo sin entender.
—Me explicaré con mayor claridad entonces. Esta es mi propuesta. Adelantad a mi hijo la cantidad necesaria para cumplir su anhelo y él os la devolverá con creces en cuanto tenga ocasión de participar del botín ganado a los sarracenos. Su riqueza es pareja a su debilidad, lo cual permite augurar una victoria aplastante.
—¿Y si fracasa o perece luchando? —inquirió el franco, con la crudeza propia del negociador ajeno a sentimentalismos—. Comprenderéis que un hombre sensato como yo no arriesgue las ganancias de varios años en una empresa tan incierta y sin la menor garantía. Vuestra hermana no me lo perdonaría.
—Por supuesto que no —convino Jimena, pese a tener la absoluta certeza de que Mencía era totalmente ajena a esas reservas—. Y ahí es donde interviene el dominio familiar, que pasaría a vuestras manos si por desventura Diego llegara a morir antes de saldar la deuda que contraigamos ahora.
Ante el silencio de Hugo, que parecía estar calibrando los pros y contras de tan inesperada proposición, su cuñada remató:
—No necesito deciros que el valor de esas tierras y sus rentas supera de largo las ciento cincuenta libras. —Ahí obvió mencionar el riesgo de expropiación al que estaba expuesta la propiedad ante las apetencias de los magnates vecinos—. Por no mencionar la honra inherente a ostentar la condición de propietario de un señorío.
—Yo soy hombre de ciudad, no de campo y menos de guerra —objetó el mercader, acostumbrado a rebajar el valor de los productos para así aminorar su precio.
—La guerra ha quedado lejos. Los campos producen trigo, las viñas, caldos exquisitos y los huertos, abundante fruta. ¿No querríais para vuestros hijos un feudo propio? ¿No deseáis que Mencía regrese un día al hogar donde nació?
—Piénsalo, esposo —intervino esta, conmovida e ilusionada—. A todos nos haría felices.
—Voy más lejos —remachó Jimena, viendo el éxito a su alcance—. Si, como esperamos, Diego consigue tierras de repoblación al sur, mi madre y yo nos instalaremos allí con él, cediéndoos la propiedad tanto de la torre como de su alfoz a cambio de la deuda. De un modo u otro, saldréis ganando.
—Debo pensarlo —respondió el de Borgoña, quien en su fuero interno había tomado ya la decisión de aceptar la bicoca que se le ofrecía—. Mañana os daré mi respuesta.
—Si es afirmativa, acudiremos juntos al notario a dejar constancia escrita de lo acordado. En caso contrario —mintió la dama sin inmutarse—, pasaré al siguiente de la lista que me dio mi madre al partir.