El campamento de don Alfonso, levantado extramuros de la plaza sitiada, alrededor del palacio donde se había instalado el soberano, bullía de actividad. Nadie sabía exactamente cuáles eran los planes del monarca, excepto su inseparable conde Ansúrez y acaso algún otro noble de su más estrecho círculo, pero todos comprendían el altísimo valor de ese recinto fortificado cuyas murallas naturales, reforzadas por la mano del hombre, parecían inexpugnables desde allí abajo. De ahí que magnates, soldados y hasta el más humilde escudero las contemplaran embelesados, conscientes de que un asalto supondría un baño de sangre. La pieza a cobrar era nada menos que Madinat al Muluk, la Ciudad de los Reyes, un botín tan codiciado como excelentemente protegido.
Gran capitán en la batalla y mejor estratega al disponer sus piezas sobre el tablero, el abanderado de la cristiandad hispana había descartado por completo lanzar a su ejército a esa carnicería. Aunque consiguiera su empeño, se decía, en modo alguno podía permitirse semejante coste en vidas. Por eso llevaba tiempo urdiendo una alternativa.
Él mejor que nadie conocía las defensas de la antigua urbe donde había residido en calidad de huésped del rey Al-Mamún, durante su exilio forzado por la derrota ante su hermano Sancho. Esa estancia le había permitido estudiar al detalle cada pieza del complejo engranaje que guardaba la ciudad, escuchar con atención las conversaciones de sus anfitriones y llegar a la conclusión de que únicamente el hambre, aliada a la desesperación, lograría rendir ese formidable bastión abastecido por ricas tierras. Cortar todo suministro, agotar sus reservas de oro, aislar a la presa a batir, privarla de auxilio y de esperanza se había convertido desde entonces en el norte de su política, que finalmente estaba a punto de alcanzar su recompensa.
Tras largos años de paciente espera, dedicados a tejer con astucia, fuerza y diplomacia una tupida tela de araña en la que atrapar uno tras otro a todos los reyezuelos taifas, el soberano leonés se disponía a tomar Toledo, capital del reino visigodo de España. Toledo, la urbe orgullosa, aupada sobre su otero, resguardada en tres de sus flancos por el formidable foso natural del Tajo, inasequible a las embestidas desde los tiempos de Tariq. Toledo, la pieza soñada por cuantos soberanos hispanos habían combatido bajo el estandarte de la Santa Cruz. Toledo, la deseada.
La joya llamada a rematar su corona estaba a punto de caer cual fruta madura en sus manos, sin necesidad de derramar la sangre de sus soldados. A tal fin llevaba más de un lustro corriendo su alfoz, arrasando cultivos, cautivando a sus labradores, apropiándose de sus ganados y sosteniendo con sus temibles guerreros a un reyezuelo cobarde, ruin, avaricioso y débil, que no mucho tiempo atrás había sido destronado por su vecino, Al-Mutawakkil de Badajoz.
Alfonso lo había repuesto rápidamente en el poder a cambio de varios castillos, con el único propósito de convertirlo en un peón a su servicio. Ahora, apurada la copa de ese amargo papel hasta las heces, esquilmada la riqueza de su taifa por la carga de los tributos debidos a su protector, Al-Qadir debía cumplir una última misión si quería salvar el pellejo y conservar su abultada fortuna: abrir las puertas de Toledo a los cristianos.
Ese era el trato. En esa línea estaban siendo redactadas las capitulaciones que antes o después habría de aceptar el caudillo ismaelita abocado al exilio. Claro que, en aras de salvar el honor o cuando menos las apariencias, no podía rendirse sin más. Debía fingir oponer alguna resistencia al enemigo, so pena de sucumbir a la ira de sus propios correligionarios, instigados desde las mezquitas por clérigos cuyas prédicas arengaban a la guerra santa.
En esos días de preparativos febriles, el Rey recordaba a menudo a su padre, iniciador de la tarea que él iba a tener el honor de señalar con un hito histórico al restaurar el cristianismo en una de sus principales moradas. Una ciudad habitada aún en ese 1085 de Nuestro Señor por un gran número de mozárabes, cuyas voces le suplicaban una rápida intervención. Cumplidos más de tres siglos de ocupación musulmana, ellos tenían prisa por sacudirse el yugo caldeo. También abundaban los muladíes hastiados de cargas fiscales, abusos, humillación y derrotas, que anhelaban terminar con esa estéril espera. Alfonso, por el contrario, era un excelente estratega y conocía el alto valor de la calma unida a la perseverancia.
«Divide y vencerás», le había enseñado don Fernando en lo concerniente a los musulmanes. A esa consigna se atenía él, con resultados sobresalientes. Divididos, enfrentados entre sí, cegados por la codicia, acostumbrados a inclinar la cabeza tras décadas de vasallaje a sus vecinos norteños, empobrecidos por el pago de onerosas parias, despreciados cuando no odiados por sus respectivos pueblos, sujetos a cargas fiscales que superaban lo soportable, los caudillos ismaelitas asistían impotentes al avance arrollador del abanderado cristiano.
El pusilánime Al-Qadir preparaba el equipaje para salir de su palacio en dirección a Valencia, que Alfonso le había prometido como premio de consolación, siempre que una vez allí reanudara la entrega puntual del oro acordado a cambio de su resguardo. En la ciudad del Turia gobernaba todavía el frágil Abu Bakr, gravemente enfermo, sujeto a la tutela de Al-Mutamín de Zaragoza, controlado a su vez por don Rodrigo Díaz de Vivar, desterrado por el monarca castellanoleonés y pese a ello fiel a su condición de vasallo, hasta el extremo de rehusar chocar sus lanzas con las de él, aun habiendo puesto a su mesnada al servicio de un mahometano.
En Badajoz, al otro extremo de la península, el bereber Al-Mutawakkil trataba de impresionar a sus rivales con bravuconadas, sin conseguirlo, mientras escribía cartas desesperadas al emir africano, Yusuf ben Tashufin, rogándole que cruzara el Estrecho para acudir en auxilio de sus hermanos de fe en la península.
Más peligro encerraba el poderoso Al-Mutamid de Sevilla, cuyos ejércitos habían logrado apoderarse de Córdoba y Murcia, dominando las fértiles vegas del Guadalquivir y buena parte de La Mancha. A favor del cristiano, no obstante, jugaba la enemistad enconada de ese príncipe con el de Granada, Abd Allah, a quien Alfonso consideraba, de largo, el más inteligente de sus rivales y por tanto el más preocupante.
Auxiliado por su embajador, el conde Ansúrez, buen conocedor de la lengua árabe, el soberano de Castilla y León había alimentado minuciosamente esa inquina, azuzando al uno contra el otro y atizando asimismo la envidia de Tamim, hermano de sangre de Abd Allah, que conspiraba contra él desde Málaga. A resultas de esas maniobras, acompañadas de incursiones devastadoras llevadas a cabo por sus mesnaderos en los territorios en disputa, a esas alturas del siglo tanto el sevillano como el granadino dependían de su favor, que pagaban a razón de cincuenta mil y treinta mil dinares de oro cada uno.
Con las montañas de monedas que ponían a sus pies los adoradores de Alá, a quienes se había propuesto expulsar de España en cuanto tuviera gente suficiente para repoblarla, el emperador mandaba construir iglesias, forjar lanzas, espadas, yelmos y lorigas, aparejar monturas de guerra y levantar castillos. Entre tanto, los exprimía, utilizando en su beneficio el odio que se profesaban árabes y bereberes entre sí, la ambición que los cegaba y la molicie derivada de su desmedido gusto por el lujo.
Su trampa estaba a punto de cerrarse.
Diego de Lobera aguardaba el momento de entrar en combate con la misma ilusión que la primera vez e idéntico nerviosismo. Sabía que todo estaba arreglado para evitar bajas inútiles en la conquista de la ciudad, aunque esperaba poder tomar parte en alguna escaramuza que le permitiera demostrar su valía ante el Rey. Solo así se ganaría su reconocimiento, paso previo indispensable a la obtención de una tenencia en la nueva frontera del Tajo. Su futuro y el de su familia se jugaban en ese lance. Por eso había suplicado el honor de marchar en vanguardia al puesto más arriesgado, flanqueado por los treinta jinetes alistados en su mesnada con el dinero de su tío Hugo.
Cumplida finalmente la vocación militar alimentada desde que tenía memoria, vestido de hierro, provisto de venablo, hacha y acero de la mejor calidad, a lomos de un semental negro cuya fuerza descomunal se dejaba sentir a través de la silla, el infanzón entretenía la espera rememorando lo acaecido desde el momento en que cambió su suerte. El instante preciso en que su vida dio un giro radical y abrió las puertas de sus sueños, a cambio de echarle a la espalda una carga abrumadora.
¿Cómo olvidar esas imágenes, esas palabras, esa muestra de confianza absoluta por parte de las mujeres a quienes debía lo que era, esa responsabilidad terrible asumida sin vacilar?
Tres años habían transcurrido desde el día en que su madre regresó de León al frente de un auténtico ejército, contratado por el marido de su hermana para custodiar el baúl que transportaba las ciento cincuenta libras de plata destinadas a permitirle armar su propia tropa. Venía acompañada de un hombre entrado en años a quien presentó como notario del Reino, cuya misión era redactar la escritura de donación acordada por Jimena con su cuñado y llevársela de vuelta a la capital, donde quedaría a disposición del prestamista, en espera de acontecimientos.
Claro que eso lo fue sabiendo él poco a poco. Al principio todos creyeron que se trataba de un regalo.
¡Qué ingenuidad!
No le llevó mucho tiempo a Jimena explicar a su madre y a su hijo la naturaleza del trato suscrito con el de Borgoña, así como la razón que la había impulsado a hacerlo.
—Fue el único modo que hallé —confesó, ante la mirada penetrante de la Dueña, quien veía peligrar más que nunca el legado de su añorado Ramiro y con él la paz de su ancianidad—. Hugo estaba cerrado en banda. De no haberle tentado con el castillo, traería las manos vacías.
Auriola no contestó. Había dado por hecho que su hija conseguiría convencer a su yerno, y no se esperaba algo así. Ella interpretó ese silencio como una desautorización tácita. Una negativa a respaldar su locura, que ni la sorprendía ni podía en modo alguno reprocharle. La vida ya había infligido demasiados golpes a esa mujer, sin restarle un ápice de generosidad. Por eso añadió:
—Todavía estamos a tiempo de desdecirnos. Nada está escrito. Este es tu hogar y tuya es la última palabra. Si te parece que mi juicio ha sido errado, Diego y yo acataremos tu voluntad de buen grado. ¿Verdad, hijo?
El joven iba a responder, pese a no terminar de comprender el tremendo alcance de la operación en curso, cuando su abuela se le adelantó, dirigiéndose a su hija:
—Has obrado bien, Jimena. Estoy segura de que nuestro chico no nos decepcionará.
Luego hicieron entrar al notario, que aguardaba de pie en el patio junto al cofre y los hombres de armas, para proceder a la firma del documento. La plata fue puesta a buen recaudo, a la espera de darle el uso previsto, y el fedatario público emprendió el regreso a León, llevando en sus alforjas el fruto de la sangre derramada por Ramiro. El último refugio de Auriola.
La suerte de la familia quedaba en manos de Diego.
El tiempo voló a partir de entonces y esa deuda le pesaba como una losa colgada al cuello.
Se había gastado hasta el último dinero franco en contratar a los mejores guerreros y sufragar la compra de los caballos y los pertrechos requeridos para armar una mesnada de treinta lanzas, con sus correspondientes peones y escuderos. Al frente de esa tropa se había presentado ante el Rey, siempre necesitado de hombres prestos para la batalla, y desde ese día participaba en cuantas cabalgadas cristianas corrían las tierras moras.
Su introductor en la hueste real no fue sino Pedro Ansúrez, más accesible que otros por su vinculación con las tierras zamoranas donde se alzaba Lobera. La fuerza que le acompañaba despertó la curiosidad del conde, quien se interesó por su linaje y la procedencia de esa mesnada. Siguiendo instrucciones de su abuela, el joven eludió entrar en detalles sobre sus ancestros, a menudo alineados con el bando perdedor en las luchas fratricidas que habían jalonado el pasado, y prefirió referirse a su tío Hugo, sin precisar la naturaleza del acuerdo que los vinculaba. Ser sobrino de un comerciante no proporcionaba lustre alguno a un caballero, pero estar emparentado con un borgoñés, en cambio, jugaba a favor de cualquiera en la corte de don Alfonso.
—Nuestro señor aprecia sobremanera la contribución de los francos al engrandecimiento de sus dominios —explicó el noble al infanzón, con la afabilidad propia de quien ya ha otorgado su favor.
—Ese es exactamente mi empeño y el motivo por el cual mi tío ha puesto a mi disposición su fortuna —respondió Diego, bordeando la mentira con una media verdad.
—Vuestro tío es un hombre sabio, además de un negociante que apuesta sobre seguro —convino don Pedro—. El Rey no solo ha elegido por esposa a la hija del duque de Borgoña, nuestra reina doña Constanza, sino que apoya con decisión y también con oro abundante la causa del abad de Cluny, cuyos monjes llevan a cabo una provechosa siembra espiritual a medida que don Alfonso extiende los límites de su corona.
—Perdonad mi ignorancia en asuntos de religión, excelencia —se excusó el infanzón—. Soy un hombre de frontera criado entre soldados. Mi preceptor, el bueno de don Honorio, intentó desasnarme siendo niño, hasta el límite de su paciencia, aunque siempre se topó con esta dura mollera. Lo mío son las armas, no las prédicas.
—¿Estáis dispuesto a defender la verdadera fe con la espada? —inquirió resolutivo Ansúrez, renunciando a malgastar su valioso tiempo con una lección de diplomacia que ese patán sin cultura no sabría apreciar.
—¡Hasta la última gota de sangre! —proclamó Diego, henchido de orgullo—. Enviadme al lugar de mayor peligro y os lo demostraré.
Ocasiones no faltaron y de todas salieron airosos los mesnaderos a sus órdenes, aunque, una vez pagado el quinto debido al monarca, lo rapiñado apenas bastaba para dar forraje a las monturas, alimentarse, reponer las armas dañadas y a lo sumo solazarse con una mujerzuela pública, si es que alguna cautiva mora no daba alivio a la urgencia. Ni rastro de joyas u otras riquezas con las que saldar la deuda pendiente.
Tampoco satisfizo sus expectativas pecuniarias la feroz algara lanzada en el verano del 1083, cuando don Alfonso ordenó una operación de castigo por el brutal ajusticiamiento de su recaudador, Ben Salib.
El judío había acudido a Sevilla, como cada año, con la misión de cobrar las cincuenta mil piezas de oro debidas por Al-Mutamid, aunque pagó su lealtad con la vida. El rey taifa envió el dinero a través de algunos notables, pretendiendo engañar al hebreo con monedas de baja ley que no superaron su criba. Él amenazó con tomar ciudades y cobrarse lo debido en esclavos, a lo cual respondió el sevillano clavándolo en una cruz y mandando cargar de cadenas al resto de la embajada cristiana.
Al enterarse de lo acontecido, la ira del Rey resonó hasta el último rincón de su palacio.
—¡Por Dios que arrasaré el reino de ese incrédulo con tantos guerreros como pelos tiene en la cabeza y no me detendré sino en el estrecho de Gibraltar!
Según supo Diego más tarde, cuando ya marchaba junto a su gente como parte de la hueste real, antes de vengar la afrenta, el monarca tuvo la sangre fría de negociar con Al-Mutamid la liberación de los prisioneros, a cambio de una fortaleza. Conseguido ese propósito, empezó a cumplir su amenaza exactamente en los términos que él mismo había establecido, ayuno de mesura o piedad.
Arengados por su soberano, agrupados tras sus estandartes, los guerreros de León y Castilla entraron a saco por la taifa hispalense, quemaron aldeas, asolaron comarcas enteras, mataron o hicieron cautivos a cuantos moros tuvieron la desdicha de encontrarse en su camino, pusieron sitio a Sevilla durante tres días, devastaron las tierras de Sidonia y continuaron su cabalgada enloquecida hacia el sur, hasta darse de bruces con el mar Mediterráneo.
En sus aguas penetró el monarca a lomos de su montura, entre vítores enfervorecidos de la tropa, y tras demostrar su destreza ejecutando varias cabriolas vistosas, exclamó con voz de trueno:
—Este es el final del país de Al-Ándalus y yo ya lo he pisado.
Su alarde fue recibido con una ovación ensordecedora, a la que Diego se unió derrochando entusiasmo, porque comprendía, como los demás, su significado último. Alfonso carecía todavía de medios y sobre todo de gentes para restaurar el dominio cristiano de la península, repoblándola, pero estaba decidido a lograrlo cuanto antes. La demostración de fuerza que acababa de llevar a cabo daba testimonio de su determinación, al igual que de su poderío, no solo a sus enemigos, sino a sus soldados. Sobre todo a ellos, a los hombres que habrían de morir por la causa invocada con esas palabras: la reconquista del país al que ellos llamaban España.
En ese instante glorioso, Diego evocó a su padre, a su abuelo y a su bisabuelo, pensando en lo que habrían gozado viéndolo convertido en un hombre del que sentirse orgullosos. También le vinieron a la mente su abuela y las historias que ella le contaba sobre el cautiverio de Tiago, las aceifas del dragón Almanzor y las penalidades sufridas por su esposo para escapar a la miseria inherente a su condición de huérfano, hijo de una sierva manumitida.
Todos esos sacrificios, ese dolor, ese legado de fiero combate contra la dureza del destino se sumaban en su interior a la deuda contraída en su nombre con el franco, hasta formar un muro compacto que debía derribar si quería liberar su alma. Luchar era el único modo que tenía de escapar, y en esa playa se juró a sí mismo que lo haría sin desfallecer.
El monarca a quien servía acababa de brindarle una lección impagable de coraje, empuje y audacia, adentrándose en territorio enemigo sin miedo a las consecuencias. Si quería alcanzar su meta y honrar a sus antepasados, solo debía imitar su ejemplo. El camino estaba trazado. De él dependía seguirlo.
También Al-Mutamid entendió claramente el mensaje lanzado por don Alfonso con su feroz correría. Tras asistir impotente a la tormenta desatada en su reino por la cólera del infiel, invocó la ayuda del emir que acababa de completar la conquista del norte de África y se disponía a tomar la ciudad de Ceuta. Con su ayuda, la plaza cayó en manos de los almorávides en agosto del 1084. Desde allí se prepararía un nuevo desembarco musulmán en la península, semejante al protagonizado por Tariq y Muza en el pasado, cuyo empuje le permitiría a él afianzarse en el trono hispalense y conservar su tesoro. A esa esperanza se aferraba el caudillo taifa al cultivar la amistad del implacable Yusuf, sin conocer su extremo rigor ni sospechar sus intenciones.
Estaba alimentando al tigre que acabaría por devorarlo.