La dueña

La dueña


Capítulo 34

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Con la llegada del invierno, Diego regresó fugazmente a Lobera, donde la vida seguía su curso monótono, adormilada por la estación.

El plazo fijado para la devolución del préstamo aún no había vencido, aunque, según le contó su madre aprovechando una visita a la torre, Mencía y sobre todo Hugo habían mostrado un interés inusitado por las rentas derivadas de la tenencia, sus tierras y demás cuestiones relativas al dominio.

—Parecía que hubieran venido a supervisar su propiedad —relató con desdén Jimena, que no había perdonado a su hermana ni mucho menos a su cuñado.

—No seas tan dura con ella —trató de apaciguarla Auriola, a quien su nieto percibía como su mejor aliada—. Y no indispongas al chico contra sus tíos. Acaba de llegar y ya le estás llenando la cabeza de preocupaciones.

—¡Es la verdad y debe saberla! —se defendió su hija, airada.

—La sé, madre, la sé —terció él con voz serena, intentando tranquilizarla, pues percibía que ese enfado solo trataba de esconder su temor—. Soy muy consciente del envite en juego y sabré estar a la altura de lo que esperáis de mí.

En su fuero interno estaba lleno de dudas, pero jamás lo habría admitido. Además, encontraba un remanso de paz en el amor incondicional de su abuela y en la fe inquebrantable en él que reflejaba su mirada. Si se contemplaba en sus ojos azules, veía a un guerrero invencible, capaz de alcanzar cualquier meta. Ella no tenía miedo. ¿Cómo iba a tenerlo él?

No permaneció a su lado mucho tiempo. Apenas el necesario para permitir que sus hombres abrazaran a sus hijos y engendraran nuevas vidas en los vientres de sus mujeres. Él aprovechó los días para ayudar en la reparación de algún paño de muro caído y al calor del hogar nocturno entretuvo a las mujeres con el relato embellecido de sus gestas militares, obviando hablar de la sangre, las violaciones y los gritos aterrorizados de los chiquillos encaminados a los mercados de esclavos. También entregó a la Dueña el magro botín amasado durante la expedición a Sevilla, parte del cual procedía de un par de cautivos vendidos a un mercader judío. Era una cantidad modesta, a todas luces insuficiente, pero al menos ayudaría a cubrir pequeños gastos.

A mediados de febrero partió con destino a Sahagún, donde se unió al ejército real para cubrir las setenta leguas que separaban dicha localidad de Toledo, previo paso por Palencia, Valladolid, Arévalo y Maqueda. Durante toda esa larga marcha, mascando polvo y pisando barro, un pensamiento obsesivo martilleaba su cabeza: tener la oportunidad de demostrar su valentía.

Ahora al fin estaba allí, frente a la Puerta de Bisagra, rogando porque fuera falso el rumor según el cual la ciudad iba a rendirse sin oponer resistencia.

Los temores del infanzón se hicieron realidad el día de San Eadberto, sexto del mes de mayo, cuando en la propia Huerta del Rey se firmaron las capitulaciones redactadas por los escribas del soberano castellano-leonés con arreglo a sus condiciones.

El Reino de Toledo y su capital pasaban pacíficamente a manos cristianas, a cambio de lo cual los musulmanes residentes en la urbe conservaban sus vidas y sus haciendas, la mayoría de sus mezquitas, libertad para practicar su culto allí, o bien paso franco hacia lo que quedaba de Al-Ándalus, llevándose los bienes móviles que pudieran acarrear. Don Alfonso, a su vez, se adjudicaba el alcázar hasta entonces ocupado por Al-Qadir, el suntuoso palacio habitado durante los meses de asedio, algunas alcazabas más y los tributos pagaderos a partir de entonces por sus súbditos moros, iguales a los vigentes en el resto de su territorio.

Para Diego, aquel desenlace constituyó una gran decepción.

El campamento entero celebraba esa victoria con alivio, dada la terrible dificultad de un asalto, mientras él rumiaba su desgracia de espaldas al jolgorio de la tropa, rechazando incluso brindar por el triunfo de la Santa Cruz.

En ese estado de postración lo encontró una tarde Pedro Ansúrez, cuando lo convocó a su tienda junto a otros capitanes integrantes de la hueste con el fin de indicarle el lugar asignado a su mesnada en el cortejo que acompañaría al monarca en su desfile triunfal por la ciudad.

—Si me hicierais la merced de dispensarme, preferiría ceder mi sitio a otro —respondió el de Lobera sombrío, para desconcierto del conde.

—¿Acaso no os alegráis de esta conquista? —rugió el magnate, enfurecido—. ¡Por Santiago que no sospeché tener entre nosotros a un renegado, y menos a uno tan íntimamente ligado a mi feudo!

—Al contrario, mi señor —rebatió la acusación el señalado—. Si declino participar en esos fastos es porque no creo merecer tan alto honor. Cosa distinta habría sido ganármelo combatiendo. Pero así…

—¡¿Ponéis en cuestión la estrategia del Rey?! —tronó de nuevo don Pedro—. A fe que vuestro descaro no conoce límites.

—Nada más lejos de mi intención, señoría. Simplemente lamento no haber podido demostrarle mi lealtad en la batalla.

—Estáis ansioso por morir. ¿Es eso?

—Estoy ansioso por luchar.

—Si ese es vuestro deseo, os daré satisfacción. Pensaba asignar esta misión a gentes más curtidas en la brega, pero puesto que insistís, sea. Me informan de que el alcaide del castillo de Mora, situado a seis leguas de aquí, rehúsa acatar los términos pactados con Al-Qadir. Su guarnición se ha hecho fuerte tras los muros. Es preciso desalojarla antes de que suponga un problema.

—Concededme veinte lanzas que se unan a las mías y os entregaré la fortaleza intacta —respondió Diego de inmediato, sintiendo cómo la esperanza renacía en su interior.

—Ni siquiera sabemos cuántos guerreros defienden ese bastión —espetó Ansúrez, molesto ante la osadía de ese insolente muchacho—. ¿Cómo estáis tan seguro de poder tomarlo con cincuenta hombres?

—Porque en ello me va la vida —le contestó el zamorano sin faltar a la verdad, dado que solo él sabía hasta qué punto era cierta esa explicación de una conducta aparentemente arrogante, fruto de la inmadurez o la soberbia.

Al despuntar el alba partieron hacia el sur los jinetes encabezados por Diego, quien aun sin conocer el terreno había pasado la noche estudiando el modo de penetrar las defensas de una alcazaba que imaginaba similar a la suya. Cuando le dio vista, cerca del ocaso, en lo alto de una sierra, su ánimo hasta entonces eufórico sufrió un doloroso golpe.

Resultaba evidente que medio centenar de soldados no bastarían, ni de lejos, para lanzar un ataque frontal con visos de alcanzar el éxito. Debería por tanto hallar la forma de entrar sin ser visto, para franquear el paso a sus compañeros desde dentro. Únicamente así tendría una oportunidad de cumplir lo prometido al conde Ansúrez.

Un improvisado consejo celebrado con sus mesnaderos bastó para decidir los pasos a dar a partir de entonces. Todos eran conscientes del peligro, aunque conocían igualmente los beneficios potenciales de hacerse con ese castillo antes que nadie: cuanto encontraran en su interior sería suyo, en lugar de formar parte del botín real. Y a nadie se le escapaba la afición de los toledanos por las joyas, las sedas, los tapices, los metales preciosos y demás objetos capaces de hacer la fortuna de un hombre. Merecía la pena el riesgo. La decisión de actuar fue unánime.

Escalar esa colina debía hacerse en la oscuridad, puesto que a la luz del sol habrían sido un blanco fácil para los expertos ballesteros moros. Permanecer un día entero descansando resultaría suicida, dado que los vigías sarracenos apostados tras las almenas los descubrirían a las primeras de cambio. Optaron pues por confiar en el factor sorpresa y atacar esa misma noche, al amparo de las sombras.

El propio Diego encabezó el grupo de cinco guerreros llamado a trepar por uno de los muros del fortín, utilizando para ello cuerdas rematadas por garfios, mientras el grueso de la tropilla se apostaba en el extremo opuesto, presta para entrar en tromba en cuanto se abriera el portón.

En el interior de la fortaleza, una guarnición mermada por las deserciones, carente de motivación y conocedora de la derrota sufrida por su rey se preguntaba el porqué de esa negativa a rendirse. Su cadí era persona tozuda, ferviente seguidor de Mahoma y del emir africano Yusuf. Según les había dicho al ordenarles resistir, el Profeta los castigaría por claudicar ante los cristianos con penas inimaginables, insoportables y eternas. Morir por Alá, en cambio, les garantizaría una infinidad de placeres en el paraíso reservado a los fieles, donde una legión de huríes satisfaría todos sus caprichos. Por más fervor que pusiera al esgrimirlo, el argumento no resultó excesivamente convincente a oídos de esos soldados con la moral por los suelos.

Una luna menguante diminuta, en forma de cuna, parecía esperar al infanzón cuando culminó su ascensión y puso pie en el camino de ronda, seguido de cerca por sus guerreros. Sin perder un instante, los seis desenvainaron la espada, empuñaron los escudos y se dirigieron a toda prisa hacia la escalera, decididos a llegar hasta la puerta y abrirla antes de que sus guardianes pudieran reaccionar. El patio de armas parecía estar desierto. Con arrojo y decisión, podían lograr su propósito.

El primer enemigo con el que se toparon cayó degollado en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera supo lo que ocurría. El segundo dio la voz de alarma. Fue lo último que hizo. Diego se adelantó, derribando con la rodela a un tercero que subía los peldaños a medio vestir, mientras sus compañeros hacían frente a un nutrido grupo más avezado, surgido de pronto de las tinieblas, que los había acometido desde el extremo opuesto del estrecho paso. Superiores en número, tenían todas las de ganar.

Los cristianos se limitaron a contener a duras penas la embestida, reculando despacio hacia la escalinata por la que bajaba raudo su capitán, a fin de proteger su loca carrera hacia el portillo lateral donde aguardaban, apostados, los hombres de Ansúrez. Uno de ellos lo había descubierto casualmente durante su penoso ascenso y, alertado de ello el jefe de la operación, se había acordado utilizarlo como vía de acceso al recinto, al asumir que sería más vulnerable por estar menos defendido.

Conseguido lo más difícil, el resto fue cuestión de tiempo.

A través de esa entrada oculta penetraron en tropel los soldados del conde, para socorrer a los que estaban dentro luchando con bravura a pesar de sus heridas. Entre unos y otros lograron imponerse al fin a los guardianes del portón principal y accionar el mecanismo que levantaba la reja, no sin verter mucha sangre, leonesa y sarracena.

Fue una noche larga de gritos desgarradores, aceros mellados, dolor, furia y carnes laceradas.

Cuando asomó el sol por levante, sobre el muro que a la luz del día parecía todavía más alto, el patio de armas estaba cubierto de cadáveres. El del alcaide destacaba entre los demás, porque su cuerpo desmadejado descansaba en el suelo, decapitado, mientras su cabeza coronaba la punta de una lanza. Con él habían caído una docena de guerreros. Los otros habían preferido entregarse a los vencedores. Estos contaban un número de bajas semejante en sus filas, pero volverían a Toledo victoriosos, arrastrando una nutrida cuerda de cautivos y con las llaves de Mora en las manos.

Se tomaron un merecido descanso en la plaza conquistada, que la mayoría aprovechó para inspeccionar hasta el último rincón del recinto en busca de riquezas ocultas. Uno de los supervivientes, sometido a tormento, confesó el lugar donde guardaban la poca plata recaudada entre los lugareños en concepto de tributos, dado que casi todos pagaban en especies. Únicamente el molinero y algún otro potentado liquidaban sus impuestos en dinares. Las armas incautadas, los caballos y los cautivos constituían, no obstante, un botín considerable, cuyo monto compensaba con creces las pérdidas sufridas.

Emprendieron el regreso al campamento cristiano con tranquilidad, amoldando el paso de las monturas al de los desgraciados que caminaban tras ellas amarrados en fila india.

Diego guiaba ese humilde cortejo con tanto orgullo como el de Alfonso al cruzar la monumental Bisagra, a lomos de su corcel, para adentrarse lentamente en las callejuelas conducentes al alcázar a fin de tomar posesión de la antigua capital visigoda. Si el monarca culminaba una empresa concebida siglos atrás por su tocayo, el Rey Casto, el señor de Lobera atisbaba el final de sus pesadillas y el renacer de la esperanza en un futuro para su familia.

Ese 25 de mayo, festividad de Beda el Venerable, el rey de los leoneses y castellanos hizo valer en Toledo el título de Emperador de toda España, aunque renunció a ser ungido como tal allí, dado que esperaba hacerlo sin tardanza una vez reconquistada Sevilla.

El destino, en su capricho, había dispuesto otra cosa.

Al avistar el puente de Alcántara, que deberían atravesar para acceder a la ciudad, llamó la atención de Diego la cantidad de gentes y animales que lo cruzaban en dirección contraria. Carros cargados hasta los topes, reatas de mulas, pollinos abrumados por el peso de sus alforjas, hombres, mujeres, ancianos, niños, potentados e indigentes, clérigos semejantes a cuervos vestidos de negro de la cabeza a los pies… El éxodo resultaba tan elocuente como abrumador. ¿No decían las capitulaciones firmadas que los muslimes podían quedarse y conservar sus propiedades? A tenor de esa huida masiva, los derrotados desconfiaban de la clemencia de los ganadores.

En un fogonazo de la memoria, el joven creyó ver a su preceptor, don Honorio, declamando en latín un episodio referido a la guerra de las Galias, con la vana pretensión de suscitar su interés por esa lengua:

Vae victis. ¡Ay de los vencidos!

La columna de fugitivos que desfilaba ante sus ojos otorgó pleno sentido a ese lamento añejo. Toledo ya no les pertenecía. Su propio caudillo los había abandonado. Solo les quedaba buscar asilo lejos de allí, en tierras de Al-Mutamid, o bien cruzar el Estrecho y regresar al lugar de donde habían venido los primeros combatientes de Alá.

Eso pensaba Diego en esa hora jubilosa para los estandartes cristianos, sin sospechar el cataclismo que esa victoria iba a provocar. ¿Quién en su sano juicio habría escupido al cielo con reflexiones sombrías?

La verdad era que en África, al otro lado del mar, un ejército tan numeroso como las arenas del desierto se preparaba para contraatacar con la furia de un huracán. Lo acaudillaba el emir Yusuf ben Tashufin, curtido en la construcción de un imperio levantado brutalmente a mayor gloria del Profeta, cuyos letales jinetes ansiaban chocar sus aceros con los de los infieles crecidos que hollaban sus lugares santos. Habían tomado Ceuta, ayudados por Al-Mutamid, y allí esperaban el momento de abordar sus embarcaciones con destino a la península.

Toledo fue la mecha que prendió ese pavoroso incendio.

Ese nombre, Toledo o Tulaytula, evocaba mucho más que una capital o un reino. Mucho más que la urbe custodia de la frontera del Tajo. Toledo era un símbolo poderoso. Un emblema. Un punto de no retorno.

Su caída enardeció a los cristianos, al tiempo que alertaba a los reyezuelos taifas de que ni siquiera humillándose asegurarían sus reinos. El pago puntual de las parias ya no garantizaba nada. La sumisión al Emperador, tampoco. Temerosos de perderlo todo, se encomendaron a sus hermanos de fe y pidieron auxilio a los almorávides, sin calcular que serían ellos, esos feroces guerreros de Dios, quienes acabarían de liquidar el preciado legado ancestral que los andalusíes desesperados trataban de preservar.

Atrapados entre la sartén y el fuego, se arrojaron a las llamas.

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