La dueña

La dueña


Capítulo 35

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En recompensa por sus servicios, don Alfonso concedió a Diego la tenencia del castillo de Mora, con su alfoz y sus rentas. Estas eran a la sazón prácticamente inexistentes, dado que años de correrías habían dejado los campos desiertos y los pocos campesinos aún aferrados a sus raíces carecían de lo indispensable para alimentar a sus hijos. La tierra, empero, era rica. Con arado, simiente y siega proporcionaría abundante trigo. Solo era cuestión de llevar hasta allí brazos dispuestos a trabajarla; un empeño que el soberano se propuso cumplir sin tardanza.

Antes de poblar, no obstante, era menester afirmar la defensa del territorio reconquistado, para lo cual el Rey recurrió a sus nobles con arreglo a la costumbre asentada desde antiguo: distribuyendo entre ellos feudos, fortalezas, villas y aldeas, que sus mesnadas mantendrían a salvo de acometidas moras. También los premió con edificios en la ciudad abandonados por sus propietarios musulmanes.

Un gran número de viviendas habían quedado vacías debido al éxodo, lo que brindaba al monarca la posibilidad de mostrarse doblemente generoso con aquellos de sus capitanes que se hubieran destacado en la lucha. Y en ese reparto fue nuevamente agraciado el infanzón de Lobera, a quien se le dio a escoger entre un ramillete de casas en apariencia diminutas, apretadas las unas contra las otras entre callejuelas angostas, que al traspasar la puerta, no obstante, se abrían a patios luminosos provistos de aljibes antiguos, con frecuencia un limonero y hasta un pequeño huerto; estancias confortables, cocina, letrinas y demás elementos necesarios para hacer en extremo agradable la vida de sus moradores.

Al decantarse por una de esas residencias, humilde en tamaño aunque abierta a una plazuela situada en la parte alta, próxima a una de las ocho iglesias cristianas donde los mozárabes habían seguido celebrando discretamente su culto, Diego pensó en su madre más que en su abuela. Ambas estaban hechas a la dura existencia de una fortaleza fronteriza, pero la contemplaban de maneras muy distintas.

Tal como él lo veía, Jimena disfrutaría de los usos de la ciudad con deleite, recorrería sus tiendas y mercados dejándose sorprender por la habilidad de esos artesanos, haría enseguida amistad con las vecinas, se acomodaría a la ociosidad urbanita sin volver la vista atrás. Auriola, en cambio, nunca había sentido atracción alguna por las urbes. Ella amaba los espacios abiertos, el aire puro, el aroma de los bosques, el silencio. Una sería más difícil de convencer que la otra, pero se dejaría llevar. Ya se encargaría él de lograrlo.

Una vez hecha su elección, mientras se dirigía al alcázar con el fin de obtener el correspondiente documento de propiedad, llamó su atención la presencia de un grupo de ancianos de aspecto abatido, ismaelitas a juzgar por sus ropas, que escuchaban a un poeta ciego recitar versos. Aunque no dominaba el árabe, había tenido suficiente trato con ellos como para entenderlo, del mismo modo que muchos caballeros andalusíes de frontera hablaban y comprendían la lengua romance. Por eso detuvo su marcha, atraído por esa voz rota.

—Oh gentes de Al-Ándalus —gemía el hombre, infinitamente triste y a la vez desafiante—, arread vuestras monturas porque no hay sitio en él sino para el error. Los vestidos se deshilachan por sus extremos y veo que el vestido de la península se ha deshilachado por el centro. A nosotros el enemigo no nos dejará en paz. ¿Cómo vivir en compañía de las serpientes en un cesto?

Estuvo a punto de castigar la insolencia de ese infiel a golpes, pero desechó la idea. En el fondo, no hacía sino reconocer públicamente la derrota sufrida por los suyos e invitarlos a tomar la ruta del exilio. Un buen consejo. ¡Que se fueran tras sus almuédanos los adoradores de Alá! Todos, a ser posible. Y cuanto antes, mejor. Muchos buenos cristianos aguardaban impacientes para ocupar los espacios que ellos dejaran vacíos.

Si de él hubiese dependido, ya no quedaría un alminar en Toledo desde el cual se llamase a rezar al falso dios de los caldeos. El Rey había optado por la clemencia al permitirles mantener abierta incluso la Mezquita Mayor, lo que a su entender constituía un error. Claro que él no era quién para decir a don Alfonso lo que convenía al Reino. Esa tarea correspondía a sus consejeros, cuyo parecer, según se decía, distaba de ser unánime.

De acuerdo con los rumores que corrían por el real, los francos vinculados a doña Constanza eran partidarios de la mano dura, mientras los hispanos, encabezados por el conde Sisnando, abogaban por la tolerancia en prevención de males mayores. El tiempo se ocuparía de dar y quitar razones.

La imponente construcción, levantada en lo más alto del cerro que albergaba la capital, era un ir y venir de soldados, caballeros, funcionarios, clérigos y escribas. Allí había residido Al-Qadir hasta su traslado a Valencia, vergonzantemente escoltado por una guardia de jinetes cristianos, pero ahora sobre todo sus estancias acogían sobre todo despachos dedicados a la administración del inmenso dominio recuperado. Una labor complicada, habida cuenta de los apetitos e intereses contrapuestos que era preciso considerar a fin de contentar a unos y otros.

Tras aguardar su turno, Diego accedió a una sala amplia, provista de varias mesas, donde unos cuantos amanuenses tonsurados redactaban escrituras que a continuación registraban en los correspondientes libros. El que le tocó en suerte era de avanzada edad, por lo que dedujo que se trataría de un monje local reclutado a última hora. A sus años, no habría podido seguir el paso del ejército. A duras penas lograba escribir sobre el pergamino. Su lentitud resultaba exasperante. No solo le fallaba la vista, sino que parecía tener dificultades para manejar la pluma.

—Tal vez podría ayudaros —se ofreció el de Lobera, impaciente.

—¿Sabéis escribir? —inquirió sorprendido el anciano.

—En latín y en romance —se ufanó el caballero, agradeciendo por una vez las lecciones del hermano Honorio—. También poseo conocimientos de gramática y retórica, pero en cambio no me sobra el tiempo.

—Cuando alcancéis mis años, si es que tenéis tal dicha, veréis que el tiempo es un concepto difuso —replicó el fraile, con un habla peculiar impregnada de reminiscencias árabes.

—Hasta entonces, sin embargo, me temo que tengo prisa —repuso brusco el leonés.

—Pues habréis de contenerla, muchacho —le espetó burlón el escribano, mirándolo por vez primera a los ojos—. Don Alfonso ha ordenado que los documentos oficiales sean redactados en letra carolina, la que estoy intentando trazar a mi pesar, dado que la aprendida en el monasterio donde me crie era nuestra hermosa escritura visigótica, utilizada en todos los reinos cristianos hasta que los monjes de Cluny impusieron su costumbre bárbara.

Esto último lo dijo con rabia. Toda una vida bajo el yugo musulmán le había enseñado a obedecer sin discutir, aunque no había conseguido doblegar ni su fe ni sus convicciones. La imposición de esa caligrafía foránea le parecía una afrenta. ¿Para eso llevaban generaciones los mozárabes toledanos aguardando el día de la liberación? ¿Para cambiar a musulmanes por francos?

—Aguardad a que termine y saldréis de aquí con un castillo, una casa y una huerta a vuestro nombre. Yo diría que la espera merece la pena con creces.

A Diego le habría complacido sobremanera ser nombrado caballero por el rey que tantas mercedes le había concedido, pero tuvo que dejarlo para una mejor ocasión.

Tras concluir el reparto de donadíos y heredamientos entre sus nobles y eclesiásticos, recompensados igualmente con porciones sustanciosas de las parias, don Alfonso se vio obligado a socorrer a su títere Al-Qadir, amenazado por su vecino Al-Mustain. A tal fin envió en su ayuda al más leal de sus capitanes, el castellano Álvar Fáñez, apodado Minaya («mi hermano») por Rodrigo Díaz de Vivar, cuyo nombre no se pronunciaba en el real por miedo a despertar la ira del soberano. Poco después, él mismo se puso nuevamente al frente de su ejército en dirección a Zaragoza, decidido a sitiar la capital del caudillo taifa reacio a someterse a su poder y pagar los tributos debidos.

En vísperas de la partida, Diego pidió permiso al conde Ansúrez para demorar su incorporación a la tropa a fin de poner en orden graves asuntos familiares. Obtenida la licencia, despachó a su mejor hombre hacia la vieja torre levantada por Ramiro, con una bolsa de monedas, un caballo de refresco y una carta dirigida a su madre y a su abuela, en la que les narraba brevemente los sucesos acaecidos y las invitaba a reunirse con él en Toledo. Hecho lo cual, encomendó a la misericordia divina la pronta aceptación de esa propuesta y se dispuso a brindar a las damas una bienvenida suntuosa.

El mensajero cubrió el centenar de leguas distantes entre el Tajo y el Duero en menos de una semana, forzando a sus monturas más de lo razonable. Cabalgó por tierras prácticamente desiertas, sin saber que, a esas alturas, ya tenían nuevos dueños. Dueños potenciales, al menos, que no tardarían en acudir a tomar posesión de lo suyo.

Consciente de su alto valor estratégico, el Rey había mandado repoblar cuanto antes las ciudades de Ávila, Segovia, Madrid y Salamanca, llamadas a salvaguardar las comunicaciones con el territorio situado al norte del río Duero que durante siglos había delimitado la frontera entre la Cristiandad y el islam. En aras de atraer colonos dispuestos a integrarse en las milicias urbanas, cultivar los campos y luchar, llegado el caso, para proteger los pasos montañosos y así garantizar el acceso de los refuerzos en momentos de necesidad, otorgó fueros que concedían amplios derechos y libertades a las gentes venidas del norte: gallegos, leoneses, castellanos y francos, aunque estos últimos en menor número. Se ocupaba de ejecutar ese ambicioso proyecto el conde Raimundo de Borgoña, casado con su hija, la infanta Urraca, cuando esta contaba apenas siete años de edad.

Alfonso tenía plena confianza en su yerno, escuchaba con atención a su esposa, donaba ingentes cantidades de oro y plata al influyente monasterio de Cluny, cuya labor reformadora del culto respaldaba sin ambages, pese al malestar causado con ello a buena parte de la clerecía hispana, y cultivaba la amistad de los francos, sabedor de lo indispensable que resultaba su ayuda en la empresa reconquistadora que se había propuesto llevar a cabo.

Así como su homónimo, Alfonso II de Asturias, había tejido una sólida alianza militar con Carlomagno, además de inaugurar el Camino de Santiago al viajar personalmente a Compostela tras la milagrosa aparición de las reliquias del Apóstol, el leonés estableció lazos de amistad primero con Aquitania, a través de su matrimonio con Inés, fallecida cuando trataba de alumbrar a su primer hijo, y después con Borgoña, al desposar a Constanza, madre de Urraca. Raimundo formaba parte de esa apuesta estratégica, combatía a su lado en la batalla y ejecutaba sus políticas con lealtad y eficacia. Las decepciones vendrían más tarde, al ser sometida a prueba la solidez de ese vínculo cuando el terror almorávide se abatió sobre la península.

El calor apretaba fuerte la tarde en que el mesnadero llegó al torreón de Lobera e hizo entrega de la misiva escrita por su señor. Su lectura desató en Jimena un torrente de lágrimas que mezclaba en un mismo llanto alivio, orgullo y zozobra. Auriola, por el contrario, escuchó serena a su hija, maldiciendo el velo blanquecino que había cubierto sus pupilas hasta dejarla prácticamente ciega. Algo normal a su edad, decía el galeno judío venido desde Zamora para diagnosticar su mal sin ofrecer una cura. ¿De qué servía esa explicación si no la acompañaba un remedio? La resignación nunca había figurado entre las virtudes de la Dueña, pese a lo cual se resignó. ¡Qué remedio!

—¡Al fin lo ha conseguido, madre! —La voz de Jimena bastaba para adivinar su expresión exultante, aun sin verle bien la cara—. Ahora pretende que vayamos a su encuentro en el reino ganado a los moros.

—Pues eso haremos —respondió esta, serena—. No parece que tengamos elección.

—¿Estás segura? —inquirió dubitativa su hija—. Este es nuestro hogar, tu casa, la que levantó mi padre, su legado.

—Mucho me temo que ahora pasará a manos de tu hermana y su marido. —No había reproche en el tono—. Tú misma lo acordaste.

—¡Si supieras cuánto me he arrepentido de hacerlo! Y más ahora, viendo tu estado…

Auriola había superado con creces la expectativa de vida con la que había nacido, al apuntar con decisión a la edad de Matusalén. Gozaba de buena salud, a excepción de sus problemas de vista y de la falta de muelas. Los cambios de tiempo le causaban dolores de huesos, en ocasiones agudos, aunque no los suficientes para obligarla a guardar reposo. Seguía gobernando con mano firme sus dominios y detestaba la condescendencia.

—Mi estado no debería servirte de excusa —le espetó, sacando el genio navarro—. Si tienes miedo a ese cambio, no tienes más que decirlo.

—Estoy pensando en ti, no en mí.

—En tal caso, no hay más que hablar; iremos —sentenció, demostrando que los años no habían apaciguado su carácter ni mermado su determinación—. Una vez allí ya veremos si nos instalamos en la ciudad o en la fortaleza, aunque ya te adelanto mi preferencia por la segunda opción. Nunca me han gustado las urbes. No solo hieden, sino que suelen estar repletas de rufianes.

Jimena dudaba, en efecto. Instalarse en una tierra recién ganada al enemigo suponía correr graves riesgos, máxime ahora que, al parecer, un emir sarraceno al que llamaban Yusuf había unificado a las tribus africanas del norte y comandaba un inmenso ejército dispuesto a cruzar el Estrecho para sojuzgar a los cristianos. Eso decía al menos el cura, don Serafín, instruido por el obispo, antes de llamar a los buenos cristianos a defender la verdadera fe si la invasión se producía.

Ella anhelaba abrazar a su único hijo y compartir con él la gloria alcanzada, aunque temía meterse en la boca del lobo y arrastrar con ella a su madre anciana. Bastante le había pedido ya, sin recibir una negativa.

—¿Qué será de esta torre? —preguntó en un susurro.

—Pasará a ser propiedad de Hugo, si es que antes no la reclama alguno de los magnates que la miran con ojos golosos. Honraremos la palabra dada y lo haremos sin rencores. Al fin y al cabo se trata de mi yerno, esposo de Mencía y padre de mis nietos. Desde el cielo, donde nos espera, su abuelo se alegrará de que permanezca en la familia.

—¿Viajaremos solas hasta allí? —insistió Jimena, imbuida de la prudencia que echaba a faltar en su madre—. ¿Has considerado bien los riesgos? Si te soy sincera, me parece una locura.

La mente lúcida de Auriola sabía que su hija tenía razón. El corazón, sin embargo, le decía lo contrario. Había dedicado buena parte de sus desvelos a labrar un futuro para ese mocete cuyos sueños por fin parecían cumplirse, y estaba deseando ver lo que había conseguido alcanzar. O, mejor dicho, sentir, escuchar, percibir, gozar, toda vez que sus ojos nublados le impedirían contemplar la tierra reconquistada que acogería su tumba.

Las piedras de la torre eran solo eso, piedras. Los campos que la rodeaban no diferirían mucho de otros semejantes. La sangre en cambio era vida y por las venas de ese muchacho corría la de Ramiro, a quien tanto le recordaba. La misma bravura, idéntica ambición, igual rechazo a resignarse al destino… La herencia de su añorado esposo no era tanto ese dominio, tal como había pensado siempre, cuanto la hidalguía, el coraje que derrochaba su nieto. Ramiro habitaba en él y, aunque solo fuera por eso, ella iría a su encuentro.

Su existencia había sido un largo viaje desde Lurat, con etapas pasajeras. ¿Qué importaba una más? Era vieja, pero todavía conservaba energía suficiente para subirse a un carro y embocar nuevos caminos. La meta lo merecía.

—No estaremos solas, descuida —tranquilizó a Jimena—. Diego asegura en su carta que la vega del Tajo es fértil y ofrece tierras a los labradores deseosos de unirse a nosotras. Verás como son numerosos. Aquí sobran bocas que alimentar y las cosechas no dan abasto. Allí abundan campos baldíos esperando ser arados. Quienes vinieron con tu padre y conmigo desde León han tenido descendencia que pide a gritos parcelas. Ya entonces las fincas resultaban apenas suficientes para satisfacer las necesidades. Ahora les nacen hijos ayunos de esperanza. Esos desheredados serán nuestros compañeros de viaje.

Para cuando pudieron ponerse en camino, el otoño había desnudado prácticamente los árboles.

Además de notificar al de Borgoña la cesión definitiva del dominio y consiguiente cancelación de la deuda, dar un plazo prudencial a sus feudatarios para tomar la decisión de emigrar junto a ellas o no, proporcionar algún dinero a la familia de la difunta Saturnina, que ambas consideraban en cierto modo propia, y despedirse de los miembros del concejo, Auriola y Jimena tuvieron que hacer el equipaje, lo cual no resultó sencillo.

La mayoría de sus posesiones debería quedarse en Lobera, pues era impensable cargar las carretas con muebles u otros objetos pesados. Únicamente se llevaron ropa de casa y vestimentas, el ajuar doméstico de mayor valor y un puñado de recuerdos. Media docena de baúles en los cuales iba su vida.

La travesía de las llanuras, antaño conocidas como «campos góticos» por su feracidad, fue más penosa de lo imaginado, dado que las lluvias y el barro parecían haber borrado los restos de las calzadas empedradas por las legiones romanas. Al llegar a las montañas que cerraban por el sur ese yermo abandonado, de cumbres casi tan altas como las murallas naturales de Asturias, las dificultades se agravaron. Al cabo de pocos días incluso la Dueña se preguntaba si no habría sido una temeridad desafiar al sentido común lanzándose a la intemperie en esa época del año, cuando lo sensato habría sido esperar a la primavera. ¿En qué momento se habría dejado aconsejar por las prisas?

Las ruedas se atascaban a menudo en el fango o se quebraban en algún accidente del terreno, a pesar de su solidez y revestimiento de hierro. Para poder sustituirlas era preciso levantar el vehículo a costa de grandes esfuerzos, no sin antes liberarlo de todo lo que transportaba, para a continuación volver a colocar cada bulto en su sitio. El frío contribuía a ensombrecer los ánimos, ya de por sí sometidos a una dura prueba. Las paradas eran frecuentes y ralentizaban todavía más la marcha, pues era menester dar descanso a los más débiles, así como a las bestias uncidas a los carros y a las que llevaban consigo los colonos: vacas, ovejas, cerdos y cabras, además de las aves de corral hacinadas en sus jaulas.

Las noches se alargaban deprisa, a medida que los días menguaban, restando horas vitales al avance de la caravana. Llegó un momento en que, casi perdida la cuenta del tiempo transcurrido desde que partieron de Lobera, un niño de pecho contrajo fiebres y se apagó en brazos de su madre, quien consideró esa muerte un aviso del cielo. La desdichada, enloquecida de dolor, empezó a hablar de volver por donde habían venido. Su voz habría sido escuchada dando al traste con la expedición, de no ser porque esa noche divisaron frente a ellos el resplandor de las antorchas que iluminaban Toledo.

Faltaban solo dos semanas para la natividad del Señor.

A la luz de un pálido sol otoñal, Jimena descubrió el esplendor antiguo de la ciudad cuyas defensas no desmerecían en absoluto las murallas de León. Sus edificios de piedra y ladrillo, aupados a una colina abrazada por el río. Sus puertas monumentales. La soberbia alcazaba que tenía por corona.

Con palabras escogidas como los hilos de un tapiz al que se pretende dar el colorido preciso, describió el lugar a Auriola, quien permanecía acurrucada en una suerte de cama improvisada en el carro bajo varias capas de pieles. Parecía desmejorada a causa de la fatiga, aunque ansiosa por ver ese nuevo paisaje a través de los ojos que le prestaba su hija. Esta no escatimó entusiasmo en el relato, pues la belleza y grandiosidad de ese enclave le había causado una profunda impresión.

—Es gloriosa, madre. No se me ocurre otro nombre.

Los campesinos venidos con ellas estaban demasiado cansados para darse a la contemplación. Solo querían llegar a dondequiera que se dirigieran, hallar un techo bajo el cual cobijarse y poner al fuego un puchero. Ansiaban comer caliente y dormir en un lecho seco.

Alertado Diego por la guardia a la que previamente había puesto sobre aviso, cabalgó a galope tendido hasta el lugar donde habían acampado temporalmente sus gentes. Casi no podía creer que lo hubiesen conseguido. Nunca había subestimado el empuje imparable de su abuela, aunque debía admitir que su madre no le iba a la zaga. Con el correr de los años, se había ido fortaleciendo, seguramente empujada por la necesidad convertida en virtud. ¿Qué remedio les quedaba? Millares de mujeres como ellas se veían obligadas por la guerra a cuidar de sus haciendas, sacar adelante a sus hijos y dar lo mejor de sí mismas.

Cegado por el egoísmo inherente a la juventud, había tardado mucho en valorar su sacrificio, aunque viéndolas allí, tan lejos de su hogar, habiendo renunciado a todo por amor a él, se juró a sí mismo hacer cuanto estuviera en su mano por compensarlas. Nunca más pondría a prueba ese sentimiento incondicional. Pagada la deuda debida a su tío el comerciante, quedaba pendiente la contraída con su madre y con su abuela.

—¡Habéis venido! —exclamó, emocionado, sin saber bien cómo actuar, toda vez que las carantoñas eran impropias de un guerrero.

—Aquí estamos, sí —contestó Jimena, no menos conmovida, corriendo a estrecharlo en sus brazos—. ¡Estás muy delgado! —le regañó—. Alguien tenía que cuidarte.

—Para eso está la abuela —bromeó él, extrañado de que ella permaneciera quieta junto a su hija. Viendo que no se movía, inquirió alarmado—: ¿Te encuentras bien? ¡No estarás enferma!

—Perfectamente, mocete —respondió Auriola, todo lo claro que le permitían sus encías desdentadas—. Me cuesta dar fe de esa delgadez de la que habla tu madre, pero si te acercas podré comprobar si dice la verdad o exagera. De momento, veo un bulto bien parecido que habla como mi nieto.

Solo entonces se fijó el infanzón en que los ojos de su abuela ya no eran azules, sino de un gris blanquecino. Había visto a muchas víctimas del mismo mal condenadas a mendigar. Iba a expresarle su pesar, a condolerse con ella por esa desgracia, cuando Auriola lo detuvo en seco, apelando a su proverbial autoridad y sentido del humor sarcástico.

—¿Dónde dices que está ese castillo conquistado al moro? En tu misiva presumías de sus muchas comodidades, pero a saber si fanfarroneabas y vas a llevarnos a un cuchitril.

—Estaréis cansadas —respondió él, animado por un gesto de su madre a no insistir en la cuestión de la ceguera, que incomodaba profundamente a la anciana—. Si os parece bien, pasaremos un par de noches en nuestra casa de la ciudad y después nos trasladaremos a Mora.

—¿Y las gentes que han venido con nosotras? —abogó por ellas Auriola.

—Mis hombres se ocuparán de ellos, tranquila. No les faltará de nada.

—Siendo así, no se hable más. La idea de un vino especiado y una sopa de picadillo me hace la boca agua…

A la mañana siguiente, domingo, acudieron a la misa mayor en la iglesia situada junto a la residencia de Diego, repleta hasta los topes de fieles. El sacerdote, un clérigo ataviado con el lujo propio de las grandes ocasiones, cuya edad sería similar a la de Auriola, oficiaba un rito que a ella le resultó extraño, hasta el punto de desconcertarla. Su nieto le explicó a la salida que el ceremonial seguía la tradición de Isidoro de Sevilla, diferente del vigente tanto en León como en su Navarra natal.

Aquello sorprendió todavía más a la Dueña. ¿No debería una dirigirse al Creador del mismo modo, fuera cual fuese el lugar?

Pronto desechó esos pensamientos. Tenía cosas más urgentes de las que ocuparse. Allá los clérigos con sus disputas. Según su humilde opinión, Dios estaba en todas partes y todas las personas de bien. Incluso en los objetos más sencillos, siempre que fueran hermosos. ¿Qué más daba la forma en que se le invocara?

Aún guardaba un vago recuerdo del aya que la cuidaba en la tenencia de sus padres, apelando a los habitantes del bosque para que velaran por su niña y la guardaran de todo mal. También recordaba los paseos que solían darse juntas hasta un claro abierto en un hayedo cercano a su hogar, donde dejaba caer un trozo de pan al suelo, como por descuido, a la vez que musitaba una plegaria ancestral en su lengua vascona. ¿Qué podía haber de malo en esa oración? A tenor de su larga vida, era evidente que los ruegos de Galinda habían sido escuchados. En cuanto a su pertinencia, ella no albergaba dudas de que estaban inspirados por el amor más puro.

¿Y qué era Dios sino amor?

La estancia en la capital se prolongó hasta después de las fiestas navideñas, tiempo que Auriola aprovechó para reponer fuerzas y cavilar sobre la mejor forma de obligar a su nieto a casarse. El chico tenía ya veintitrés años cumplidos, pese a lo cual no mostraba interés alguno por encontrar una esposa. Hasta entonces podía entenderse que sus prioridades fueran otras, pero el tiempo pasaba deprisa sin cambios esperanzadores. Y si no se concertaba una boda, si no llegaban pronto los hijos, el linaje de Ramiro se extinguiría, a falta de un varón continuador de la estirpe. Eso era algo que ella no podía permitir. Un desafuero contrario a las leyes divinas y humanas. Un insulto a la memoria de su marido que en modo alguno iba a consentir.

Madre e hijo se dedicaron entre tanto a visitar mercados y darse algunos caprichos. Jimena había dejado atrás la juventud y afrontaba con cierta inquietud la ingente tarea inherente a comenzar desde cero en un nuevo hogar. Diego, por su parte, se sentía obligado a cuidar de esas mujeres, aunque sabía que muy pronto tendría que abandonarlas para cumplir con su deber de soldado. Antes de hacerlo, no obstante, pretendía ofrecerles al menos un acomodo tan bueno como el que habían dejado atrás.

La idea de someterlas a un peligro mortal derivado de la guerra le resultaba insoportable, por lo que su mente la rechazaba de plano. El rey cristiano se había adentrado en el mar donde terminaba Al-Ándalus, antes de tomar Toledo.

¿Qué podía salir mal?

Una vez instaladas las damas en la fortaleza, asegurado el servicio necesario para que no les faltara de nada y establecida una modesta guarnición de diez hombres encargada de custodiarlas, el nuevo señor de Mora se vio obligado a partir. No quería tentar a la suerte prolongando en exceso el tiempo de holganza concedido por el conde Ansúrez.

Su castillo constituía un bastión en una posición avanzada, pero, ante la ausencia de amenazas inmediatas, no precisaba de un gran despliegue de fuerzas. La lucha tenía lugar en Zaragoza, donde el ejército cristiano comandado por don Alfonso mantenía su feroz asedio, a pesar de los rigores invernales. Hacia allí marchó el infanzón, flanqueado por los mesnaderos que habían permanecido con él.

En ausencia del señor, Auriola y Jimena supervisaron el reparto de tierras, resolvieron las desavenencias surgidas entre los colonos, se aseguraron de que cada cual recibiera lo prometido e hicieron cuanto pudieron por adecentar la alcazaba, concebida para acantonar tropas. No resultaba tan inhóspita como la torre que se esperaba la navarra a su llegada a Lobera, pero tampoco respondía a lo que habían imaginado. Dedicaron pues tiempo y plata a convertirla en su residencia, felices de haber aceptado trasladarse a la nueva frontera.

Hasta el día en que un soldado puso fin de golpe a esa alegría.

Se estrenaba el mes de agosto del año 1086 de Nuestro Señor, sometiendo a gentes y bestias al tormento de una canícula capaz de fundir el hierro. Nada presagiaba la funesta noticia de la que era portador el jinete, salvo acaso su aspecto exhausto y el deplorable estado de su caballo, cubierto de sudor por el esfuerzo. Había galopado sin descanso desde los confines meridionales del Reino, con el propósito de alertar a Toledo y poner en guardia asimismo a las numerosas fortalezas levantadas a su alrededor.

El explorador llevaba un mensaje urgente. Los almorávides acababan de desembarcar en Algeciras, probablemente con el propósito de reconquistar dicha ciudad. Todo hombre capaz de empuñar un arma debía aprestarse a la lucha. Las mujeres y los niños, buscar refugio tras las murallas. Un ejército aterrador, como jamás se había visto, se acercaba a toda prisa. Lo formaban hombres del desierto a lomos de monturas ligeras acompañados de gigantes negros.

El Rey seguía en Zaragoza, al igual que Diego. Las dueñas estaban solas y así habrían de enfrentarse a ese feroz adversario.

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