La dueña

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Capítulo 36

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Yusuf ben Tashufin, emir de los verdaderos creyentes, entraba en Al-Ándalus decidido a restablecer el islam no solo en los territorios ocupados por los cristianos, sino en las taifas cuyos reyezuelos habían corrompido la fe, entregándose al pecado, los abusos y la molicie. Llegaba dispuesto a cortar una montaña de cabezas enemigas como ofrenda devota al Más Grande, pero también a recordar a los caudillos taifas el significado de la palabra con la que nombraban su credo: islam. Sumisión. Obediencia total y absoluta a los mandatos del Profeta.

Los musulmanes andalusíes se habían desviado del camino recto. Bebían vino y otros licores, tajantemente prohibidos por el Corán. Cobraban impuestos crecientes a sus hermanos de fe, en contra de lo establecido en las leyes islámicas. Acumulaban fortunas escandalosas que salvaguardaban a costa de pagar tributos a los caudillos infieles. Todo aquello debía terminar sin tardanza. Con ese propósito estaba él en la península, dispuesto a extender los confines de su vasto imperio y garantizar que todos sus moradores cumplieran estrictamente con los preceptos del libro dictado por Alá a Mahoma.

El tiempo de la tibieza, mal llamada tolerancia, debía llegar a su fin.

La invitación cursada por Al-Mutamid de Sevilla, Abd Allah de Granada y Al-Mutawakkil de Badajoz establecía como condición el respeto de sus feudos, aunque el africano tenía sobre esa cuestión sus propios planes, que llevaría a cabo cuando lo estimara oportuno. Era astuto como los zorros del desierto y, a semejanza de estos, paciente.

De entrada rehusó tocar tierra en Gibraltar, tal como le había sugerido el sevillano, y lo hizo más al oeste, en Algeciras, en aras de avanzar con cautela siguiendo la ruta occidental, controlada por sus aliados. No terminaba de fiarse de ellos, aunque le parecían menos peligrosos que la hueste de Alfonso VI, a la que deseaba enfrentarse en un terreno favorable.

A las puertas de su hermosa capital hispalense, Al-Mutamid le dispensó un recibimiento ostentoso.

—Alabado sea Alá el Misericordioso por haberte traído a nosotros —le dijo, inclinado, tratando de besarle las manos.

Yusuf rechazó el gesto, no tanto por sentimiento de hermandad cuanto por repugnancia ante esa actitud servil, y le instó a levantarse a fin de darle un abrazo.

—Bendito sea su nombre por siempre —respondió con el saludo al uso—. Ha sido su causa lo que nos ha traído, atendiendo a vuestras súplicas. No podíamos desoír la llamada a la guerra santa.

Acto seguido, el andalusí depositó a sus pies tal cantidad de regalos que el emir pudo entregar al menos una joya u objeto precioso a cada uno de sus capitanes, deslumbrados ante tal riqueza.

El africano no desdeñaba el botín potencial que ofrecía esa tierra de promisión, aunque ansiaba con mayor anhelo la victoria. No estaba allí movido por la codicia, sino por la fe. De esos gobernantes reblandecidos le importaban mucho más los ocho mil guerreros aportados a sus filas que los tesoros desplegados ante él en un burdo intento de comprarle. Solo pedía que, llegado el momento de la verdad, lucharan con tanta bravura como los doce mil magrebíes bregados en el combate que habían desembarcado con él.

Concluidos los fastos organizados en su honor, la formidable maquinaria bélica agrupada en torno a ese caudillo carismático reanudó su lento avance hacia el noroeste arrastrando consigo todo lo necesario para sustentarse, mantener las armas en perfecto estado e incluso dar solaz a los soldados: rebaños, aves de corral, trigo, hornos de campaña, alimento para los caballos, forjas móviles, maestros herreros expertos en el arte de arreglar espadas, jaimas donde guarecerse de noche y abundancia de prostitutas, la mayoría esclavas sexuales, entre otras piezas de intendencia fundamentales en cualquier aceifa.

Se estrenaba el mes de octubre del año 1086.

Yusuf no tenía prisa.

Alfonso se enteró del desembarco almorávide a las puertas de Zaragoza, cuando la plaza asediada estaba a punto de caer. Le habían advertido del riesgo, era consciente de las maniobras urdidas a sus espaldas por sus supuestos vasallos moros, pero se había confiado en exceso. Un error imperdonable en un estratega de su talla.

—¡Partimos de inmediato hacia Toledo! —tronó en el interior de su lujosa tienda, estrellando una copa de vino contra la pared de tela—. No hay tiempo que perder.

—Así se hará, señor —respondió el conde portador de la trágica nueva.

—Haced venir a Ansúrez —añadió don Alfonso, iracundo—. Y a mi yerno.

Reunidos los tres en consejo, el monarca recobró la calma.

—Manda aviso urgente a Álvar Fáñez en Valencia, Pedro —ordenó el Rey a su inseparable amigo—. Que se reúna con nosotros cuanto antes en Toledo. Nada hay más importante que defender esa ciudad. ¿Está claro?

Todos daban por hecho que sería el objetivo de los sarracenos, quienes se lanzarían sobre ella como halcones hambrientos. Empezaba una carrera por ver quién llegaba antes.

—¿Tendremos auxilio de vuestros parientes en caso de necesidad? —se dirigió a Raimundo.

—Los francos responderán si hacéis un llamamiento a la Cristiandad, sire —eludió comprometerse el de Borgoña—, para lo cual deberíais contar con el beneplácito del Papa.

—El Papa está muy lejos de aquí —refunfuñó el leonés.

—¿Puedo sugeriros enviar un emisario al rey Sancho Ramírez, majestad? —propuso el conde Ansúrez—. Me consta que el infante Pedro se sentiría sumamente honrado de poder capitanear un contingente aragonés.

—Sea —concedió Alfonso—. Toda espada será poca frente a lo que nos aguarda.

Establecidas las prioridades y hecho el recuento de fuerzas, la hueste cristiana comenzó a moverse con toda la rapidez posible habida cuenta de su volumen. Marcharían al combate la mitad de los efectivos, es decir, unos setecientos cincuenta jinetes ligeros, otros tantos integrantes de la caballería pesada y un número indeterminado de escuderos y peones, muy superior en cualquier caso al de combatientes montados.

Diego de Zamora fue de los primeros en partir, al frente de un escuadrón de cuarenta hombres de a caballo enviados en avanzadilla. Sus asistentes los seguirían a pie o en carreta, junto al resto de la tropa, asegurándose de tener a punto las armas de sus señores. Ellos debían adelantarse para preparar la llegada del Rey.

Galoparon como alma que lleva el diablo bajo un sol de justicia y arribaron a la ciudad del Tajo mediada la segunda semana de septiembre, unos días antes de que lo hicieran Alfonso, Fáñez y el príncipe de Aragón. Merced a la misericordia divina, la furia de los sarracenos aún no la había alcanzado.

Una vez dictadas las disposiciones pertinentes, el infanzón tomó una montura de refresco para correr hasta Mora, rezando al cielo por que tampoco allí hubiera rastro del contingente africano. Era ya noche cerrada cuando avistó, entre las sombras, la tenue luz de las antorchas prendidas en la fortaleza.

—¿Quién va? —inquirió una voz familiar desde lo alto de la muralla.

—Tu señor, zascandil, ¿es que no me reconoces?

—Ahora sí —repuso el muchacho, reclutado recientemente para su formación militar.

—¿Y a qué esperas para abrirme? —endureció el tono el hidalgo.

Traspasado el portón, irrumpió cual vendaval en el patio, desmontó antes de frenar al caballo, a riesgo de romperse la crisma, y voló hacia el interior de la torre, en busca de su madre y su abuela, quienes ya acudían a su encuentro con la lentitud impuesta por los andares torpes de Auriola.

—¡Gracias a Dios que estáis bien! —Las abrazó emocionado—. He venido en cuanto me ha sido posible.

—Tranquilo, hijo —se erigió en portavoz su abuela—. Desde que supimos lo sucedido con ese sarraceno mandamos reclutar infantes entre los campesinos, doblar la guardia y hacer acopio de provisiones. El portón ha sido reforzado con planchas de hierro, la reja permanece bajada, así de día como de noche, y el portillo del que nos hablaste, el que tú utilizaste para entrar, ya está tapiado.

—Veo que aprendiste de tu estancia en la frontera —comentó con admiración su nieto.

—El pozo se encuentra lleno, por lo que no ha de faltarnos agua —añadió Jimena—, y tenemos víveres para resistir un asedio largo. También hemos acogido a cuantos aldeanos han buscado la seguridad de estos muros, junto a sus familias y animales. Esos invasores paganos tendrán que pasar de largo.

—Habéis obrado bien —otorgó él su aprobación, conmovido por tanto coraje—. Estoy orgulloso de vosotras, pero mañana mismo os escoltaré hasta nuestra residencia en la capital. Allí estaréis mucho más seguras.

—¡Ni hablar, mocetico! —lo desafió la anciana—. Vinimos para estar contigo y contigo nos quedaremos.

Por primera vez en su vida, Diego se sintió con fuerza y autoridad suficientes para contradecir a esa navarra cuya reciedumbre no habían mermado ni los años ni la ceguera. En esta ocasión, se dijo, su voluntad prevalecería, aunque tuviera que llevarla a rastras hasta el interior de la urbe fuertemente amurallada.

—¡Esta vez me obedecerás! —bramó.

Se había plantado ante ella cuan alto era, con su pesada cota de malla cubriéndole las rodillas, sus botas gruesas rematadas en los talones por afiladas espuelas y su espada al cinto, del que colgaban igualmente los guanteletes de cuero. Su tono autoritario bordeaba la grosería, pese a lo cual ella no se arredró. Podría haber menguado de estatura y verlo difuminado por la niebla permanente que velaba sus ojos enfermos, pero seguía siendo su abuela y él, su nieto. Con todo, reculó instintivamente un par de pasos, antes de contestar:

—¿Pretendes asustarme?

—Pretendo salvaros la vida a madre y a ti. —Ahora la severidad se había tornado ruego—. Esta alcazaba será de las primeras en caer en cuanto empiece la ofensiva, y yo no estaré aquí para protegeros. Debo marchar con el Rey hacia Badajoz, a donde se dirigen nuestros enemigos según los informes que traen los espías.

—¿Por qué no los esperáis aquí, al resguardo del río y de la ciudad? —sugirió Jimena con buen tino.

—Lo ignoro, madre, soy un simple soldado. Lo que sé es que combatiré mucho más tranquilo sabiéndoos a salvo en Toledo. ¿Queréis privarme de mi honor obligándome a permanecer aquí?

—No digas sandeces —rezongó Auriola, pronunciando las eses como efes ante la falta de dientes.

—Entonces, en nombre de Cristo, dejad de discutir y hacedme caso.

El vigésimo segundo día de octubre, festividad de San Verecundo, cristianos y musulmanes se dieron vista en una explanada situada aproximadamente a una legua de Badajoz, conocida por los primeros como Sagrajas, Zalaca a decir de los moros.

El sofocante calor impropio de la estación otorgaba una ventaja considerable a los africanos, acostumbrados a esas temperaturas y mejor pertrechados para soportarlas, mientras que sus oponentes se abrasaban bajo las pesadas lorigas metálicas y los yelmos recalentados por el sol.

Mal presagio.

Yusuf estaba contento con el terreno donde se desarrollaría la batalla, ya que tenía la retaguardia cubierta por sus aliados y había dispuesto a sus tropas en la otra vertiente de las colinas situadas a su espalda, dejando el campo abierto a los andalusíes. También Alfonso veía con satisfacción el emplazamiento del choque, aunque sus razones eran muy diferentes. En su caso, el único motivo de alegría era saber que estaban a una larga distancia de Toledo. Lo suficientemente lejos como para considerar a salvo el joyel de su corona, aun viendo que los ismaelitas le triplicaban en número.

Diego se encuadró junto a sus mesnaderos donde le ordenó Ansúrez, cerca de él y del Rey. La vanguardia del ataque le fue encomendada a Álvar Fáñez, que se había ganado una merecida fama en la táctica consistente en cargar de frente contra las líneas enemigas utilizando la caballería pesada, con el empeño de romperlas al primer asalto y desatar el pánico en sus filas. No resultaba fácil la tarea, dado el muro compacto de lanceros, arqueros e infantes que debía quebrar esa acometida, pero en más de una ocasión Fáñez había demostrado su valor y su pericia. Esta vez esas virtudes serían más necesarias que nunca, dado que los cristianos luchaban en condiciones de inferioridad aplastante.

Desde su posición retranqueada, ocupada a regañadientes, el de Lobera observó satisfecho cómo Fáñez embestía brutalmente a los andalusíes y los obligaba a huir a toda prisa hacia la ciudad. Solo el sevillano Al-Mutamid parecía resistir a la carga, sangrando profusamente por las múltiples heridas recibidas en la cara y las manos. Pese a ello, seguía peleando con valentía, rodeado de castellanos enardecidos por la que consideraban una victoria rápida e incruenta.

¡Habían caído como pichones en la trampa tendida por el emir!

Cuando ya todo parecía ganado, entraron en combate los almorávides profiriendo aullidos inhumanos. Su irrupción en el campo desató de inmediato la fuga de los cristianos, para desconcierto de Al-Mutamid y del propio Diego, quien jamás había visto a sus compañeros comportarse de modo tan deshonroso. Ni uno ni otro hubieron de esperar mucho, empero, para entender el motivo de tan sorprendente conducta. La explicación radicaba en la maniobra envolvente urdida por Ben Tashufin, quien había rodeado por detrás al ejército de Alfonso y acababa de atacar su campamento.

—¡Protege al Rey! —oyó rugir al conde Ansúrez, aprestado para la defensa.

En esa tarea estaban ya varios nobles con sus gentes, porque la tenaza se cerraba a gran velocidad sobre ellos y amenazaba con atraparlos sin escapatoria posible.

El africano había dejado que uno de sus lugartenientes sostuviera la línea frente a Fáñez y se había abalanzado sobre la retaguardia leonesa, al frente de un contingente compuesto por fieros guerreros saharianos vestidos de azul oscuro de la cabeza a los pies, semejantes a jinetes espectrales, reforzados por cuatro mil negros gigantescos, integrantes de su guardia personal. Los colosos iban armados con espadas indias curvas y provistos de escudos alargados recubiertos de una capa grisácea, impenetrable a las flechas, que ninguno de los hispanos había visto jamás. Se trataba de piel de hipopótamo, una bestia desconocida en España, pobladora de los ríos que habían visto nacer a esos guerreros.

En un abrir y cerrar de ojos, los tenían literalmente encima.

—¡Deberíamos retirarnos! —gritó Diego, pugnando por vencer el miedo, sin saber a quién se dirigía dado que la lucha era encarnizada y el caos imperaba por doquier.

—¡Aguanta! —le respondió el caballero situado a su lado—. Saldremos de esta con bien.

El temor que lo atenazaba desapareció como por ensalmo cuando se percató de que, no muy lejos de allí, don Alfonso estaba en dificultades, acosado cual ciervo en una cacería. A lomos de su corcel de batalla se abrió paso, acero en mano, hasta el lugar donde su señor combatía como uno más, rodeado de leales dispuestos a morir por él. Muchos lo habían hecho ya sin conseguir ponerle a salvo, dado que se empeñaba en permanecer en el campo desoyendo a quienes le instaban a retirarse antes de que fuera tarde. Todos los demás resultaban prescindibles. El Rey debía sobrevivir, para lo cual tenía que abandonar sin tardanza esa ratonera.

—¡Proteged al soberano! —repitió la voz tonante de Ansúrez, cuyas vestiduras chorreaban sangre sin que resultara posible saber si era suya o de los adversarios abatidos en el cuerpo a cuerpo.

A una distancia que le pareció insalvable, aunque en realidad fueran unos codos, el de Lobera vio a un negro monumental abalanzarse sobre don Alfonso blandiendo uno de esos hierros curvos, terriblemente afilado, que parecía una pluma en sus manos. En un intento desesperado de evitar lo inevitable, profirió un alarido que alertó a su señor, quien clavó espuelas en su bruto y lo movió lo suficiente como para esquivar el golpe mortal dirigido a su cuello y desviarlo a una pierna. Antes de que el africano tuviera ocasión de arremeter una segunda vez, Diego acabó con él, hundiendo la espada en su vientre hasta la empuñadura y tirando con fuerza hacia arriba a fin de rematar la faena. El gigante se desplomó como un muñeco de trapo, mientras Alfonso, aun herido, seguía derribando adversarios.

La situación era insostenible. Alentados por el éxito de sus aliados, los granadinos y demás andalusíes que habían buscado refugio en Badajoz retornaron a la refriega, decididos a aniquilar de una vez por todas a ese arrogante a quien llevaban años pagando tributos. Era su oportunidad. No podían desaprovecharla. Si salían victoriosos del trance, tal como apuntaba el desarrollo de los acontecimientos, nunca más volverían a sufrir la humillación de las parias. La apuesta en juego bien valía derramar algo más de sangre.

Desde el alba hasta el ocaso se prolongó la carnicería. Al caer la tarde, perdida ya toda esperanza de cambiar las tornas, los restos del ejército cristiano iniciaron una retirada ordenada hacia Coria, desde donde marcharían a toda velocidad a Toledo. Atrás quedaron los peones, los escuderos y los heridos incapaces de sostener la marcha, condenados a morir sacrificados por los vencedores. No tendrían piedad con ellos. Tampoco harían cautivos. Los rematarían allí mismo, uno a uno.

Diego cabalgaba en retaguardia, atento a cualquier movimiento del enemigo. Si los perseguían, estarían muertos, tan cierto como que en el cielo brillaban un millón de estrellas. Claro que, antes de alcanzar al soberano, tendrían que liquidar a cuantos soldados se interponían entre ellos y él, incluida su mesnada y la del castellano Fáñez. Si luchaban con bravura, darían tiempo al monarca para guarecerse en algún castillo. Además, resultaba probable que los sarracenos se entretuvieran saqueando el campamento cristiano. Tal era la costumbre al uso en ambos bandos de la contienda, y gracias a esa codicia muchos salvaban el pellejo. Triste consuelo para esos prófugos acogidos a las sombras con la esperanza de escapar a la muerte venida de lejos.

El nuevo señor de Mora nunca había conocido la derrota. Sus días como guerrero habían sido un paseo triunfal junto al conquistador de esa capital apetecida por los almorávides, donde muy pronto se libraría la batalla decisiva. Su suerte y la de su familia volvía a pender de un hilo, más fino que el anterior, toda vez que en esta ocasión lo que estaba en juego eran sus vidas.

—¿Qué sucederá ahora? —inquirió con desazón al jinete que marchaba junto a él, mayor, más experimentado y por ende más sabio.

—Ahora esos hijos de Satanás cortarán las cabezas de nuestros caídos y las apilarán formando pirámides para que sus clérigos puedan encaramarse a lo más alto a fin de elevar plegarias a su dios —respondió el veterano destilando odio—. ¿No oyes sus alaridos? Están rezando.

—¿Después vendrán a por nosotros?

—No te quepa la menor duda. Antes, no obstante, pasearán esos trofeos por las calles de sus ciudades, solicitando limosnas destinadas a la guerra santa.

Diego sintió una corriente gélida recorrerle el cuerpo dolorido. Ahora que había visto de cerca a esos africanos, podía dar fe de su violencia salvaje en la lucha. No se parecían a nada que hubieran conocido los vivos. Si acaso encontraban parangón en Almanzor, a quien su abuela evocaba a menudo llamándolo Azote de Dios.

Ese flagelo, redivivo, avanzaba hacia Toledo.

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