La muerte de un muchacho enfermo redimió a los toledanos de la condena dictada contra ellos por el caudillo almorávide, o cuando menos aplazó su ejecución. Eso al menos sostenía el conde Ansúrez, a quien Diego escuchaba con suma atención cuando tenía la oportunidad de asistir a uno de sus consejos.
—Volverán —afirmaba esa mañana, reunido con sus capitanes—. Debemos estar preparados. Esta vez nos ha salvado el cielo, llevándose al hijo mayor de Yusuf y así empujándole a regresar a su tierra, pero pronto los tendremos nuevamente encima.
—En Sagrajas perdimos la batalla, no la guerra —repuso uno de los presentes, haciendo gala de mayor optimismo—. Salvamos el grueso del ejército, además de conservar la práctica totalidad del territorio. ¿A qué tanto derrotismo?
—No te dejes llevar por la presunción, Vélez. —El conde lo fulminó con la mirada—. En Sagrajas nos infligieron una derrota en el campo y otra peor en las arcas. No es un secreto que ni Al-Mutamid ni Abd Allah han vuelto a pagar un dinar. Únicamente el rey de Zaragoza sigue abonando las parias, lo que no basta ni de lejos para cubrir la defensa del Reino.
—Pronto volverán a cambiar las tornas —se aventuró a predecir el de Lobera—. Derrotaremos a ese africano.
—Tal vez sí, o tal vez no. —El tono del noble denotaba su desazón—. De momento, ha dejado tres mil hombres acantonados en el sur, lo que indica sin sombra de duda su intención de regresar.
—Nuestros espías insisten en que el descontento crece entre los musulmanes de Al-Ándalus por la corrupción de sus gobernantes —apuntó otro de los reunidos, a quien Diego nunca había visto probablemente por tratarse de un infiltrado tras las líneas enemigas—. Aseguran que sus clérigos critican a sus propios reyes con más inquina de la que ponen al predicar la guerra santa contra nosotros. Yo mismo he tenido ocasión de escuchar esos sermones y leer alguno de los panfletos que circulan por Sevilla y Córdoba.
—Lo cual abunda en la necesidad de redoblar la vigilancia —se mantuvo firme Ansúrez—. Si el almorávide cruza el Estrecho para dar respuesta a esas quejas y castigar a los reyes taifas, no se detendrá en la frontera. ¿O acaso pensáis que siente algún respeto por nuestro Dios? A sus ojos somos peores que sus hermanos corruptos. Politeístas. Impíos. Ha visto nuestra debilidad y aprovechará su ventaja.
—Cuando venga, nos encontrará dispuestos para el combate —alardeó el llamado Vélez.
—La soberbia es mala consejera —volvió a reprenderlo el conde, elevando la voz—. Contén la lengua y ahorra fuerzas. Pronto te harán falta.
Toledo escapó a la ira sarracena, aunque lo acontecido a las afueras de Badajoz se dejó sentir con dolorosa claridad en sus calles, al multiplicar el éxodo de mahometanos y empobrecer a los habitantes de esa urbe antaño tan próspera.
Tal como habían augurado los primeros fugitivos, los términos establecidos en las capitulaciones no se cumplieron ni siquiera lo suficiente para salvar las apariencias. La Mezquita Mayor fue desalojada sin contemplaciones en medio de la oración, consagrada catedral y confiada a un obispo de ascendencia franca, Bernardo, próximo a la Reina y sujeto a la influencia del abad de Cluny. Un hombre ferozmente empeñado en desterrar de la Iglesia hispana cualquier vestigio mozárabe susceptible de haberse contaminado con las abominaciones islámicas. El mismo destino sufrieron la mayoría de las aljamas, reconvertidas en templos cristianos, mientras los recién llegados ocupaban casas abandonadas por los muladíes emigrados o se adueñaban de algunas cuyos legítimos propietarios eran expulsados con violencia.
La capital del desaparecido reino toledano había dejado de ser un hogar para los ismaelitas y se mostraba hostil hacia cualquier cristiano tibio. El propio Rey era denostado en cuchicheos por los compatriotas de doña Constanza, que le afeaban la protección dispensada a sus súbditos judíos y mahometanos, a su juicio inmerecida. De modo que, en cuanto se trasladaba a su palacio de Sahagún o emprendía una cabalgada, esos forasteros aprovechaban para darse a la rapiña.
Hartos de sufrir abusos y atraídos por la esperanza de vivir su fe en libertad, los musulmanes pudientes se marcharon al sur en busca de los almorávides, como habían hecho antaño en dirección contraria un gran número de nobles godos acogidos al Reino de Asturias tras la invasión de Tariq. Quienes estaban sujetos a la tierra permanecieron en sus alquerías, regando el suelo con su sudor y tratando de defender sus campos y sus viviendas de los saqueos crecientes perpetrados por infieles. Su existencia, ya de por sí dura, se tornó aún más insoportable cuando su nuevo dueño, el soberano cristiano, cargó sobre sus espaldas nuevos y más pesados tributos, que recayeron igualmente sobre hebreos y seguidores de Cristo.
Privado de las parias que habían constituido una fuente de ingresos inagotable, don Alfonso gravó a sus súbditos con impuestos suplementarios destinados a sufragar los gastos de la guerra y mantener las generosas donaciones que hacía a la Iglesia, cuya representación más perfecta se encontraba, a su entender, en la abadía de Cluny. También mandó acuñar moneda por vez primera desde su llegada al trono, lo que puso en circulación dineros y óbolos de vellón fundidos en plata y cobre. Cada vez se veía menos oro en los zocos toledanos. El esplendor del pasado permanecía intacto en los palacios, aunque iba desapareciendo a gran velocidad de los mercados.
Tampoco fueron tiempos fáciles para el infanzón venido del Duero en busca de gloria y fortuna. Como señor del feudo que le había concedido el soberano de León y Castilla, debía socorrer a las familias de sus mesnaderos caídos y proporcionar sustento a quienes seguían con vida, aunque la tarea se tornaba cada día más compleja.
Gracias a Dios no faltaban campos de labranza que repartir entre ellos ni rebaños que pastorear entre campaña y campaña, pero la recaudación de las gabelas debidas al monarca resultaba difícil, además de impopular, y a diferencia de don Alfonso, él no disponía de medios para encomendar esa labor a un judío. Diego era un pequeño propietario. Un infanzón de frontera con quien la fortuna se mostraba esquiva.
Los días de lucrativo expolio en territorio enemigo habían tocado a su fin. Era época de vacas flacas, austeridad y arduo trabajo.
En la primavera del año 1088, don Alfonso se encontraba en Santiago de Compostela, a donde había llegado en calidad de peregrino, cuando Diego recibió una carta dirigida a su abuela. Venía de León y había recorrido un largo periplo hasta llegar a sus manos, previo paso por las de Ansúrez. Roído por la curiosidad se la entregó a su destinataria, venciendo a duras penas el impulso natural de abrirla.
Para entonces llevaban tiempo residiendo en el castillo de Mora, toda vez que Auriola se había negado en redondo a seguir viviendo en una ciudad «apestosa», según sus palabras. La provecta edad que había alcanzado se mostraba clemente con su salud, excepción hecha de la vista, aunque implacable con su carácter. De modo que resultaba difícil llevarle la contraria, so pena de sufrir los efectos de su endiablado genio navarro.
—Nuevas de la antigua capital, abuela —le dijo su nieto, animoso, tendiéndole un pergamino doblado en forma de cuadro, cuidadosamente lacrado en el punto de encuentro de las cuatro puntas—. ¿Deseas que te las lea?
—No —respondió ella de inmediato, toqueteando nerviosa la carta—. Prefiero que lo haga tu madre.
—¿Puedo saber por qué? —La negativa tajante de la anciana ofendía su orgullo e incrementaba notablemente su afán por desvelar el misterio.
—Porque no te concierne, mocete —replicó esta, inalterable, pese a tener motivos fundados para sospechar lo contrario.
Una vez a solas las dos mujeres, Jimena procedió a dar lectura a la misiva. Lo hizo tres veces seguidas, hasta convencerse ambas de que decía lo que decía y no lo que ellas querían interpretar. Cuando no quedó espacio para la duda, llamaron nuevamente a Diego, quien acudió presuroso, ávido por obtener respuesta a la pregunta que lo carcomía. ¿Qué clase de negocios podía mantener su abuela en León? ¿Estarían relacionados con la torre cuya propiedad había sido cedida a Hugo? Y si ese era el caso, ¿sería para bien o para mal?
—Espero que tu discreción obedezca a buenas razones —dejó caer con displicencia, en un intento bastante burdo de tirar de la lengua a su abuela.
—No solo buenas, sino excelentes —respondió ella, remarcando el calificativo, a pesar de la dificultad que encontraba para pronunciar las consonantes—. Tanto que vamos a celebrarlas con una fiesta a lo grande en cuanto pase la Cuaresma.
—¿Puedo saber qué es eso que se supone vamos a festejar? —La curiosidad había mutado en enfado—. Ha de tratarse de algo importante, porque en caso contrario más te vale olvidarlo. Los fastos cuestan dinero y las arcas están vacías.
—Dispongo de algunas monedas que traje conmigo al venir —salió al quite Auriola, sin perder el buen humor—. Yo costearé la fiesta y tú podrás presumir ante tus amigos notables, dar una alegría a tus gentes, que buena falta les hace, y de paso disfrutar. ¡Dime que no te apetece!
—Sigues sin contestar a mi pregunta —Diego se impacientaba—, y yo sigo sin ver motivos para organizar un festejo que ni tú ni yo nos podemos permitir.
—Los conocerás a su debido tiempo, mi chico —zanjó la Dueña con autoridad—. A su debido tiempo.
—Y verás cómo te complacen —apostilló Jimena, feliz—. Confía en nosotras. Tú déjate llevar y goza. La abuela y yo nos encargaremos de todo.
Perdida la partida frente a esas matronas acostumbradas a ejercer su voluntad en ausencia de un hombre que las metiera en cintura, el infanzón se dio por vencido. Seguir discutiendo no habría servido de nada y, tal como apuntaba su obstinada abuela, algo de diversión no vendría mal a nadie.
El trigo maduraba en los sembrados y en los huertos los frutales se vestían de colores, preludio de sabrosa abundancia, cuando la vieja alcazaba de Mora se engalanó para recibir a una multitud de invitados. Nobles y plebeyos, burgueses, guerreros, artesanos, comerciantes. Hombres y mujeres. Todos tuvieron su sitio y a nadie le faltó el vino. Comieron carne de cordero hasta hartarse. Bailaron al son de dulzainas y tamboriles. Se deleitaron con las acrobacias ejecutadas por equilibristas. Durante un día con su noche la alegría se adueñó del lugar, porque Cristo había resucitado, la cosecha sería abundante y, tal como anunciaba la carta enviada por María Velasco, al fin había aparecido una candidata adecuada para desposar a Diego y dar continuidad a su linaje.
—Ha merecido la pena el derroche —sentenció antes de retirarse la instigadora de la idea, quien escuchaba la música y se alegraba con las risas, aun sin poder contemplar los rostros de los presentes—. Mañana será otro día, con su correspondiente afán, pero si Dios me llama esta noche al lado de mi Ramiro, podré contarle que me fui habiendo cumplido mi cometido.
Todavía resonaban en la comarca los ecos del inesperado jolgorio, cuya justificación nadie excepto Auriola y Jimena parecía conocer, cuando se supo en Toledo que Yusuf, el africano, había vuelto a desembarcar con sus hordas en Algeciras.
La historia se repetía.
La pesadilla volvía a empezar.
Diego movilizó a toda prisa a sus mesnaderos, a la sazón treinta y cinco lanzas, una vez sustituidos los caídos por sus hijos o sus escuderos y enrolados cinco más a cambio de un solar y tierras. Sin apenas tiempo para despedirse de sus seres queridos, se unieron a la hueste real, que ya marchaba a toda prisa hacia el castillo de Aledo, objetivo del almorávide.
Esa formidable fortaleza, mandada construir por el Rey años atrás en tierras de Al-Mutamid, dominaba un territorio tan vasto como fértil, controlado a la sazón por el rebelde Ibn Rashiq. Desde allí el conde García Jiménez lanzaba continuos ataques contra la vega murciana, esquilmaba su riqueza y hacía cautivos a sus pobladores, para desesperación de los mahometanos, que habían redoblado sus peticiones de auxilio al emir.
¡En mala hora!
Como la vez anterior, los feroces jinetes del desierto, flanqueados por bereberes y guardias negros de Yusuf, acometieron con fiereza a los defensores de la fortaleza, vital en la estrategia de Alfonso. Este mandó a su vasallo, Rodrigo Díaz, que acudiera en su ayuda desde Valencia, pero el señor de Vivar ignoró la orden.
El disgusto que causó semejante desacato al monarca trajo a la memoria de Diego la visita de ese personaje extraño, Álvar López de Arlanza, buen amigo de su padre, quien había intentado involucrarlo en una conspiración palaciega. Recordó asimismo los días en que él mismo, siendo un chiquillo, porfiaba contra su rey, culpándolo de haber instigado el asesinato de su hermano Sancho. ¡Qué desatino! Ahora se avergonzaba de haber albergado esos pensamientos traidores, que le habrían valido la horca de no ser por su abuela y su madre.
¿Acabaría así el caballero a quien los moros llamaban Sidi y los cristianos conocían como el Campeador?
Su negativa a obedecer un mandato del monarca constituía un desafío inconcebible e intolerable. ¿Traición? Se rumoreaba que, enfurecido, don Alfonso había hecho prender a su esposa y sus hijas, a pesar de su parentesco con nobles de elevada estirpe. Un arrebato inaudito, expresamente prohibido por el Fuero de Castilla. ¿Hasta dónde llegaría la ira del soberano? Todos en el real tenían una opinión al respecto y coincidían en aventurar que, fuera cual fuese el desenlace de la disputa, un reto semejante a su autoridad supondría la ruptura definitiva entre el monarca y don Rodrigo, por muy valiosa que resultara la actuación de su mesnada en el control de los sarracenos de Zaragoza y Valencia.
Claro que todo aquello carecía de importancia comparado con la amenaza a la que se enfrentaban en ese instante. Una amenaza acuciante, centrada de momento en Aledo, que después se extendería como las llamas de un incendio. ¿Qué otra cosa cabía esperar? Solo era cuestión de tiempo.
Yusuf ben Tashufin poseía muchos atributos que hacían de él un enemigo aterrador e imprevisible. Uno era sin duda su fuerza; la cantidad y la calidad de sus tropas. Otro, su determinación, basada en un fundamentalismo religioso insobornable, incorruptible, carente de fisuras, pétreo. Y la tercera, su capacidad para desconcertar a sus adversarios. Nunca era posible saber con exactitud lo que haría, ni calcular sus siguientes pasos. Lo único seguro era que atacaría. Dónde o cuándo constituían siempre incógnitas desesperantes.
En esa ocasión, contra todo pronóstico, ni siquiera esperó a verse las caras con el rey cristiano, quien llegó a darle batalla cuando ya se había marchado. Su ejército arremetió contra el castillo, sin conseguir tomarlo, aunque lo dejó tan dañado que fue preciso evacuarlo poco después del asalto. Conseguido su propósito, o acaso centrado su interés en otro asunto, el emir dio media vuelta para regresar a África, y los supervivientes respiraron, aliviados, dando gracias a Dios por haber conjurado el peligro. Claro que, al igual que en Sagrajas, se trataba solo de una prórroga.
—¡Volverán! —dictaminó Ansúrez.
Y de nuevo acertó en el augurio.
El caudillo de los almorávides regresó dos años después a sitiar Toledo. Regresó, instigado por los alfaquíes de Al-Ándalus y África, decidido a cumplir con su deber religioso de no cejar en la guerra santa librada contra los infieles hispanos. Regresó a ejecutar la fatwa que lo conminaba a desposeer de sus tronos a todos los régulos taifas corruptos, ineptos e impíos que habían optado por pagar tributos en lugar de derramar su sangre. Regresó porque ambicionaba apoderarse de España e incorporarla a su imperio.
El primero de sus objetivos cosechó un sonoro fracaso, dado que la capital del Tajo aguantó, sin doblegarse, al amparo de sus murallas. Más de un mes sufrió el asedio de los africanos, quienes arremetieron una y otra vez contra sus fortificaciones, a costa de grandes pérdidas, sin conseguir superarlas. Para fortuna de los ejércitos comandados por el rey Alfonso y su fiel aliado Pedro de Aragón, los sitiadores carecían de máquinas de guerra semejantes a las empleadas en su día por Almanzor ni disponían de la paciencia necesaria.
Toledo había sido construida en un emplazamiento muy bien pensado, idóneo por su orografía, prácticamente inexpugnable. Cualquier estratega sabía que vencer sus formidables defensas constituía un empeño imposible y que rendirla por hambre exigía mucho tiempo. Vencida pues la tentación de salir a campo abierto, los cristianos se atrincheraron tras sus muros y esperaron a que Yusuf se cansara o se desangrara.
No tuvieron que aguardar mucho.
Malograda la embestida, el emir se replegó hacia Granada, donde cargó de cadenas a Abd Allah, sordo a sus halagos tanto como a sus súplicas, antes de desterrarlo, junto a su madre, a una aldea berberisca. Luego se adueñó de su fabuloso tesoro, lo repartió entre sus capitanes y tomó el camino de Córdoba, a donde llegó un 27 de marzo del 1091 de Nuestro Señor, festividad de San Ruperto.
En la antigua capital del califato los africanos, enardecidos por las proclamas de sus ulemas, liquidaron a Fath ben Muhammad, hijo de Al-Mutamid, quien libró con bravura una batalla perdida de antemano contra esos enemigos y otros peores, emboscados en la traición, a los que daba cobijo en su casa.
Le llegó el turno después a su padre, poderoso soberano de Sevilla, que luchó como un león antes de rendirse, al ver expresamente amenazadas las vidas de sus mujeres. Idéntica coacción lo llevó a conminar a sus hijos a deponer las armas en las dos plazas fuertes que enseñoreaban, orden que ellos obedecieron pese a sospechar la mentira oculta tras las promesas de clemencia. Yusuf desconocía el significado de esa palabra. A uno lo mandó ejecutar y al otro lo embarcó en una nave rumbo al pedregal de donde procedía él mismo, cargado de cadenas al igual que su progenitor. Allí terminó su mísera existencia quien había gozado de los más refinados placeres a orillas del Guadalquivir, aceptando, humillado, que sus esposas e hijas le proporcionaran sustento tejiendo y bordando paños para un antiguo oficial de su guardia.
En un último y desesperado intento de salvarse de la quema, el sevillano imploró el auxilio de Alfonso, quien envió en su socorro un contingente de jinetes entre los cuales se encontraba Diego de Lobera. También él había soportado la acometida de los almorávides a su fortaleza de Mora y salido airoso del trance, al conseguir resistir mientras el grueso de los enemigos se concentraba en la capital. Pasado el peligro inmediato, se unió a la fuerza que cabalgaba a toda prisa hacia el sur, con el anhelo de infligir el mayor daño posible a esos guerreros despiadados que habían arrasado sus campos. Se unió, ávido de venganza, sin sospechar lo que le esperaba.
La ayuda llegó demasiado tarde para Al-Mutamid y resultó fatal para el infanzón, dado que fue gravemente herido en un lance inesperado. No en un enfrentamiento en campo abierto, donde habría podido defenderse, sino en un encuentro fortuito con rezagados de la hueste almorávide que vigilaban el paso de montaña por donde habían transitado los suyos. Ni siquiera vio venir la flecha asesina. La recibió en el costado, desprovisto de loriga a causa del intenso calor.
A partir de ese momento, todo en su mente fue niebla.
Una vez extraída la flecha, cauterizada la herida con la punta de un cuchillo candente e improvisado un vendaje de emergencia, tres de sus hombres lo ataron al caballo y picaron espuelas de regreso a Toledo. No tenían muchas esperanzas de salvarlo, aunque era su obligación intentarlo. Mientras respirara, merecía la pena luchar. Y de cuando en cuando murmuraba cosas sin sentido o bebía pequeños sorbos de agua, prueba evidente de que seguía con vida.
Poco después del incidente, los cristianos se dieron la vuelta, al constatar la inutilidad de su esfuerzo. Los africanos prosiguieron con su campaña implacable.
De los tres reyes que habían pedido ayuda a Ben Tashufin, únicamente Al-Mutawakkil de Badajoz conservaba a esas alturas su feudo, aunque no iba a ser por mucho tiempo. La suerte de las taifas estaba echada. La de Diego aún ofrecía dudas, toda vez que a duras penas logró llegar vivo a Mora.
Su estado era deplorable. Había perdido mucha sangre, se hallaba sumido en un sueño profundo, poblado de pesadillas, no reconocía las voces angustiadas de las mujeres que lo velaban día y noche, entre oraciones a todos los santos, y tampoco respondía a los tratamientos prescritos por los distintos galenos que lo visitaron. Únicamente su juventud y su robusta naturaleza sostenían el hilo frágil que lo mantenía atado a este mundo. Un mundo sacudido hasta los cimientos por la furia de los almorávides.
Ante el avance arrollador de sus ejércitos, el rey Alfonso solicitó la ayuda de los francos e incluso los amenazó con facilitar el paso de los ismaelitas hasta su territorio, sin ablandar sus corazones ni conseguir infundirles miedo. Su petición de auxilio fue desoída y ninguno de sus parientes llegó a pasar de Tudela.
La España cristiana estaba sola ante el ejército más brutal que se recordaba desde Almanzor. Tan sola como el infanzón que agonizaba en su lecho, librando un combate feroz contra la muerte venida a llevárselo.