Ahmad ibn Bayya al-Gafiqi y sus hijos, Hixam, Ibrahim y Farah, llamaron a las puertas de la alcazaba de Mora una tarde tormentosa de mayo, bajo un cielo abierto en canal que derramaba torrentes de agua. El padre y la que parecía su hija montaban sendas mulas. Los jóvenes iban a pie tirando de un burro de carga.
Aunque los ropajes de la familia denotaban que se trataba de moros, parecían inofensivos. El hombre era prácticamente un anciano, los chicos, demasiado jóvenes para constituir un peligro, y la mujer, una belleza exótica ataviada con una túnica de seda abotonada en diagonal hasta el cuello, empapada por la lluvia, que se le pegaba al cuerpo dejando traslucir la perfección de sus hechuras, apenas disimuladas por un fino velo de gasa.
Tras las explicaciones de rigor, ofrecidas por el patriarca en un romance perfecto, el jefe de la guardia les permitió acceder hasta las caballerizas, donde pudieron guarecerse del diluvio mientras uno de sus hombres corría a pedir instrucciones a doña Jimena.
Diego seguía muy grave, a caballo entre este mundo y el otro. Alternaba breves periodos de vigilia con días enteros de sueño atormentado por la calentura. Apenas se alimentaba de unos sorbos de caldo. Su rostro era el de un eccehomo, a pesar de los cuidados que le prodigaban las señoras, y quienes lo habían visto aseguraban que solo quedaban de él piel y huesos. Algunos de sus mesnaderos hacían apuestas sobre cuándo rendiría el alma, preguntándose cuál de ellos se haría entonces con las riendas de la alcazaba.
Auriola también había desmejorado mucho. El calvario de su nieto le traía a la memoria lo sucedido años atrás con su primogénito, Tiago, fallecido entre sus brazos a consecuencia de un corte que le envenenó la sangre. Entonces ella era joven y había superado la pérdida, aun marcada de por vida con la cicatriz de ese dolor. Ahora no se veía con fuerzas.
Si a su mocete se lo llevaban los ángeles, ella lo acompañaría. De ahí que tampoco comiera mucho, apenas durmiera y preguntara de manera obsesiva por el aspecto de la herida, si la piel de alrededor se inflamaba o estaba caliente, la evolución de la fiebre y demás cuestiones relativas a la salud de su nieto. Todo lo demás carecía de importancia a sus ojos. Había mandado instalar un escaño junto a la cama del enfermo y allí pasaba las horas muertas, con la mano del muchacho entre las suyas, contándole con voz queda las historias tantas veces desgranadas en su infancia.
—¿Te acuerdas de la princesa rescatada del dragón por don Quintín? —inquiría, como si él la escuchara—. Pues como te decía ayer…
Su hija llegó a temer que hubiera perdido el juicio, aunque la dejaba hacer. Nada había de malo en esos cuentos. A su madre le proporcionaban consuelo y si Diego conservaba un resquicio de consciencia, seguro que la presencia de su abuela le proporcionaría paz. Además, alguien debía ocuparse de él mientras ella se afanaba en todo lo demás. Le había llegado el turno de sustituirla en el papel de dueña.
—Si la señora da su permiso —irrumpió el soldado en el salón, donde ella daba cuenta de un frugal almuerzo—. Tenemos visita.
—¿Qué clase de visita? —preguntó Jimena, alerta ante cualquier peligro.
—Mahometanos —respondió él, lacónico.
—¿Sarracenos? —Su tono denotaba alarma.
—Pobre gente más bien —replicó el guardia, evocando la estampa desoladora que presentaba el grupo en cuestión—. Vienen huyendo de Córdoba.
—¿No dices que son musulmanes? —La dueña empezaba a pensar que a ese hombre le faltaban luces—. Hasta donde yo sé, los africanos expulsan de allí a cristianos y judíos, no a los suyos.
—Son infieles, señora —insistió él, con la obstinación propia de quien está acostumbrado a obedecer sin discutir ni razonar.
—No te entiendo —se impacientó ella—. Explícate mejor.
—Piden hospitalidad y están dispuestos a pagar por ella. Son un padre y tres hijos, uno de ellos hembra. ¡Y qué hembra! —se le escapó—. Les ha pillado la tormenta al raso.
—Pues tendrán que seguir mojándose —sentenció la señora, ayuna de caridad para los seguidores de la religión causante de sus desgracias.
—¡Se me olvidaba! —exclamó el soldado, empeñado en repetir fielmente las instrucciones de su capitán—. El hombre habla nuestra lengua y afirma ser médico.
Esa última palabra obró el milagro de abrir la puerta que los recelos habían cerrado a cal y canto.
Los galenos cordobeses gozaban de fama en toda España por sus conocimientos y pericia. Uno de ellos había adelgazado al rey Sancho en tiempos de la reina Toda de Navarra, como solía relatar a menudo Auriola, presumiendo de sus vínculos familiares con tan noble dama. Si existía alguna posibilidad de que ese hombre sanara a Diego, sería bienvenido a su casa, fuera cual fuese el dios al que elevara sus plegarias.
Ahmad era un ser afable, tranquilo, reflexivo. Corto de estatura, algo rechoncho, provisto de una abundante cabellera cana que lucía libre de turbante, vestía con sencillez túnicas de algodón blanco. Destacaba en él la pulcritud. La limpieza de sus manos, rostro barbado y ropas, incluso en esas horas trágicas de destierro. Se expresaba a la perfección tanto en árabe como en romance y su voz aterciopelada, acostumbrada a calmar la angustia de sus pacientes, transmitía de algún modo sosiego.
Tras la muerte de su segunda esposa, acaecida cinco años atrás, llevaba la viudez con alivio, dado que encontraba gran deleite en la lectura, el estudio y la práctica de la ciencia a la que había dedicado su vida. La frivolidad le era ajena. Había dejado atrás los placeres de la carne sin añoranza, entregado de lleno a su vocación.
Su existencia transcurrió feliz en la Córdoba de sus antepasados, donde se rendía culto a los libros y florecía la poesía, hasta que los almorávides irrumpieron en ella, armados hasta los dientes de acero y dogmas, con el empeño de convertirla en un erial intelectual. Venían del desierto y desierto era lo que conocían, lo que veneraban, lo que imponían. Un desierto cultural sin más guía que el Corán, única fuente de saber permitida.
Él era devoto de Alá. Acudía a la mezquita los viernes y se postraba cinco veces cada día para adorarlo mirando hacia La Meca, tal como había establecido el Profeta. Su dios era en verdad misericordioso y clemente. Un dios de amor, un dios bello que inspiraba a los poetas y a los músicos, apreciaba a los artistas e imbuía de talento a los médicos. Un dios completamente distinto del que invocaba el emir Yusuf al conducir a su hueste a la batalla.
Metódico en su proceder y constante en los hábitos aprendidos de sus mayores, había tratado de inculcar en sus hijos la curiosidad que él mismo sentía por las distintas ramas de la ciencia, y en particular las relacionadas con la salud. De los tres, no obstante, únicamente Farah, su primogénita, compartía su entusiasmo. Su disposición y aptitudes eran tales que su padre la había convertido primero en su discípula y más tarde en su ayudante, haciéndola depositaria del patrimonio de conocimientos atesorado por sus ancestros a lo largo de dos siglos. Ella estaba llamada a superarlo en pericia, aunque Ahmad sufría al pensar que, siendo hembra, no tendría la oportunidad de ejercer con la libertad reservada a los varones. Mientras él viviera, la tendría a su lado. ¿Qué ocurriría a su muerte? Lo que Alá, en su misericordia, tuviera a bien disponer.
Sus otros dos vástagos nunca habían mostrado interés alguno por la medicina. Hixam, el mediano, llevaba una vida de holganza, entregado al juego y otros vicios con el dinero de su padre, mientras su hermano pequeño se situaba en el extremo opuesto. Ibrahim, de quince años, había acusado más que los otros la ausencia de una madre, refugiándose en la religión, abrazada con fanatismo. A diferencia de los restantes miembros de su familia, veía a los almorávides como los redentores de Al-Ándalus, hasta el punto de intentar enrolarse en sus filas. Su padre lo había impedido in extremis, amordazándolo en plena noche con la ayuda de sus hermanos, administrándole un narcótico y sacándolo de la ciudad a escondidas, previo pago de treinta dinares al vigía de una de las puertas.
—La paz sea con vos, noble dama —saludó el médico a su anfitriona, con una elegante inclinación—. Os doy las gracias en mi nombre y el de mis hijos por darnos refugio en esta hora de tribulación.
—Para que no haya equívocos —respondió Jimena a la defensiva—, si os he invitado al castillo ha sido únicamente porque me han dicho que sois galeno.
—Lo soy, en efecto. ¿Os aflige por desventura algún mal que yo pueda tratar?
En ese momento apareció Auriola en el salón, caminando de esa forma peculiar característica de quienes viven entre las sombras, temiendo tropezar y caerse. El médico no necesitó acercarse para dictaminar:
—Siento decepcionaros, dueña. Conozco a un colega hebreo en Córdoba capaz de eliminar mediante una aguja el tejido opaco que nubla los ojos de la señora, pero yo no me atrevería a intentarlo. Se precisa para ello una técnica muy depurada, que lamentablemente no poseo.
La propia Auriola lo sacó de su error, espetándole, áspera:
—¿Quién os ha dicho nada de mí? El que nos preocupa es mi nieto, atacado a traición por vuestros demonios africanos.
Ahmad anhelaba refutar esa atribución, explicándole que ellos eran tan víctimas de los almorávides como el herido, aunque se limitó a ofrecer humildemente:
—Si tuviera la oportunidad de examinarlo, tal vez podría administrarle algún remedio eficaz.
Aunque los huéspedes a quienes había acogido aparentaban ser personas de bien, antes de permitirles acercarse a su hijo Jimena quiso asegurarse de que eran quienes decían ser. Tratándose de forasteros procedentes de tierra de moros, resultaba altamente improbable que tuvieran algún conocido común, pese a lo cual se aventuró a preguntar:
—¿Cómo sé que no me engañáis, maese Bayya? ¿Alguien puede darme razón de vos?
En su romance impecable, reflejo de una educación esmerada, el cordobés respondió:
—Temo no poder ofreceros otra cosa que mi palabra, noble dama. Procedo de una antigua saga de médicos que se remonta a los tiempos de Abd al-Rahmán II. Desde entonces hemos ido transmitiendo de padres a hijos el conocimiento y experiencia acumulados, al igual que los tratados escritos por griegos y persas que nuestros antepasados árabes trajeron consigo a Al-Ándalus. Los pocos que pude salvar están en las alforjas de mi mula, por si queréis enviar a alguien a comprobarlo.
Mientras la dueña calibraba la posibilidad de seguir ese consejo, a pesar de no leer el alfabeto árabe ni tampoco el griego, el galeno afirmó categórico:
—Siempre he ejercido mi profesión con arreglo al juramento de Hipócrates, el primero de nosotros, que nos conmina a no llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos. Cualquier otra conducta constituiría una deshonra imperdonable.
—Mi padre ha sanado a incontables pacientes —añadió la joven que lo acompañaba, púdicamente cubierta por la manta tomada prestada a un caballo—. Córdoba entera alababa su nombre antes de que… Antes de la tragedia.
—¿Por qué tuvisteis que huir entonces? —inquirió suspicaz Auriola.
—Porque también tañía el laúd y leía filosofía —se justificó Ahmad—. Porque mi biblioteca contenía numerosos manuscritos blasfemos, a juicio del emir Yusuf. Porque de haber permanecido en mi hogar, me habrían ejecutado.
—Todos estaríamos muertos —apostilló Farah, cuyo arrojo no dejaba de sorprender a las cristianas, que jamás habían conocido a una musulmana así—. Yo la primera.
—¿Por qué motivo? —preguntó Jimena.
—Por ser mujer y ejercer la medicina —respondió ella, con una extraña mezcla de modestia y desafío—. Los africanos no toleran semejante desacato a sus costumbres. No comprenden que en Al-Ándalus haya mujeres copistas, maestras, bibliotecarias, médicas e incluso juristas, merced a padres como el mío, dispuestos a enseñarnos sus saberes a pesar de ser hembras. No somos muchas, cierto, pero sí las suficientes para constituir una amenaza.
—Jamás oí hablar de tal cosa —se mostró escéptica la cristiana, reacia a creer esa afirmación—. ¿Mujeres juristas? ¿Mujeres médicas? Decid mejor mujeres dispuestas a compartir un mismo esposo y a criar a los hijos de otra —concluyó con desprecio.
Farah ahogó una réplica airada a esas palabras, obligada a tragarse la rabia dada la precariedad de su situación. Su hermano pequeño, Ibrahim, parecía a punto de aplaudir el discurso, pues lo suscribía íntegramente sin captar en él sarcasmo alguno. Ahmad iba a intervenir, con el propósito de cortar de cuajo el amago de disputa, cuando su hija se le adelantó:
—Sin ánimo de ofenderos, señora, os ruego me deis la oportunidad de demostrar lo que afirmo. Permitid que vea a vuestro hijo e intente aliviar su mal. Mi padre estará conmigo y vos podréis supervisar mi trabajo, por supuesto. Solo pretendo curarlo. Si es la voluntad de Alá, conseguiremos que viva.
Una vez más, Auriola zanjó la cuestión de cuajo. La audacia de esa muchacha le resultaba desconcertante, sin por ello dejar de inspirarle simpatía. Como buena navarra criada en tierra de mujeres fuertes, rechazaba de plano la idea de considerar a toda fémina una criatura frágil e inútil. De ahí que recogiera el guante, apelando a su autoridad.
—Sea. Veréis a Diego. Pero os lo advierto. Un solo paso en falso y yo misma os rebanaré el gaznate. ¿Comprendido?
El pollino alojado en la cuadra había traído desde Córdoba un gran cofre de cuero repujado, en cuyo interior se hallaba buena parte de la botica salvada por Ahmad a costa de dejar atrás sus objetos de plata, sus ricas telas y otras pertenencias similares. Para él, el contenido de esas ampollas, vejigas, envoltorios de papel, ánforas diminutas y demás recipientes de diversos tamaños y texturas resultaba más valioso que cualquier otra cosa. En esos polvos y brebajes, administrados en las dosis adecuadas, descansaba el arte de restituir la salud. Un conocimiento que le proporcionaba sustento, además de dar sentido a su existencia. También en la habilidad para formular un diagnóstico correcto, desde luego, aspecto este en el que Farah había llegado a aventajarlo.
Padre e hija fueron conducidos a la alcoba del infanzón, estrechamente vigilados por las dos mujeres de la casa y un guardia armado. Durante un buen rato analizaron su respiración, observaron y toquetearon su herida, arrancándole gemidos lastimeros, y ejecutaron otros movimientos extraños que estuvieron a punto de hacer que Auriola perdiera la paciencia. Finalmente, la chica habló:
—Vuestro nieto es un luchador —dijo dirigiéndose a la mayor de las damas, cuya edad le otorgaba el mayor rango y dignidad.
—Eso ya lo sabemos —gruñó esta—. ¿Tanto manoseo para decir semejante tontuna?
—Quienes cauterizaron su herida debieron de dejarse un fragmento de flecha dentro —añadió la cordobesa sin arredrarse—. Por eso no termina de sanar. De hecho, es un milagro que viva.
—¿Podéis curarlo o no? —inquirió angustiada Jimena.
—Creo que sí —afirmó ella con seguridad.
—Tendremos que abrir la carne cicatrizada, lo que resultará muy doloroso —añadió Ahmad, más cauto.
—¿Para qué? —protestó la madre del enfermo—. ¡Con lo que costó que dejara de sangrar!
—Es preciso encontrar y extraer ese trozo de metal o de madera —dictaminó la doctora sin vacilar—, limpiar bien por dentro y después coser y tratar. En caso contrario, ese cuerpo extraño acabará matando a vuestro hijo.
—Si no lo matáis antes vosotros con vuestros cuchillos —terció Auriola, desconfiada.
—Es una posibilidad, desde luego —salió nuevamente al quite el médico, deseoso de servir de escudo a su hija—. Toda operación entraña un riesgo, aunque en este caso no parezca muy elevado. De no hacerse, empero, el paciente está condenado. Tenedlo por seguro.
Al día siguiente, tras una noche de descanso, Ahmad y Farah llevaron a cabo la cirugía sobre la mesa de madera del salón, colocada para la ocasión bajo una ventana abierta a la luz. Previamente habían administrado a Diego un potente narcótico elaborado a base de amapola traída de Asia. Aun así, fue preciso sujetarlo con firmeza para evitar que se moviera lo más mínimo, tarea que realizaron cuatro de sus hombres más fornidos. Los gritos que profirió, pese a su debilidad y a la droga, partieron el corazón de su abuela y llenaron de espanto a su madre, quien exclamó, horrorizada:
—¡Lo estáis destripando como a un cochino! ¡Si muere él, daos por muertos!
—Tú darás muerte a uno y yo al otro —añadió Auriola algo más serena, aunque no menos decidida a ejecutar su amenaza.