La cría

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Candela entró en la sala y se encontró a Adriana sentada con las manos esposadas y la mirada puesta en el tablero de la mesa que separaba las dos sillas que había a uno y otro lado.

Cuando escuchó el ruido de la puerta, la detenida levantó la vista y, al comprobar que se trataba de Candela, la miró a los ojos. Estaba visiblemente agotada, con la cara hinchada de tanto llorar.

—Yo no lo he matado —dijo sin apenas fuerzas. Parecía algo ida.

—Basta ya de mentiras, estoy muy cansada. Vamos a ver si conseguimos entendernos y terminar rapidito con esta farsa. Confiese: lo mató, hizo la foto, la subió y, cuando consiguió toda la atención, montó el numerito del desmayo para escaparse y deshacerse del cuerpo.

—¡No! Pero qué dice, está loca. Usted ve demasiadas películas. Yo no he matado a mi hijo ni iba a deshacerme de él. Me lo han matado, me lo han matado… —⁠dijo a lágrima viva.

—Entonces ¿por qué nos ha mentido? Salió con el coche fuera de la urbanización, lo llevaba en el maletero…

—No —interrumpió Adriana.

—Tenemos una bolsa de deporte que hemos encontrado en su casa con restos del mismo confeti que había junto al cuerpo, la foto fue subida desde su IP, por no mencionar que sabía perfectamente dónde estaba el cuerpo.

—Ni Judith ni yo sabíamos dónde estaba, pero cuando vi la foto de Lucas con los ojos cerrados reconocí el fondo. Era la pared llena de enredaderas y plantas de las ruinas que hay en el bosque donde hicimos muchos de los posts que nos pedía la agencia. Supe enseguida que era ahí porque me costó mucho encontrar un rincón así. Era el lugar perfecto, había hasta un trozo de tronco tirado igual que el del anuncio oficial. Si ve su Instagram, podrá comprobarlo —⁠relató desesperada.

Candela se propuso ir a saco para que se desmoronara y cantara de una vez. Miró de reojo hacia la cristalera desde donde sabía que la estarían viendo Mateo, Paula, Juan y probablemente alguno de los jefazos.

—¿Murió accidentalmente? Lo dormía para poder hacer sus directos y demás chorradas, ¿o era para obligarlo a hacer algo?

—¡¿Hacer algo?! ¡¿Qué está diciendo?! —⁠exclamó Adriana mientras negaba con la cabeza.

—El niño estaba sedado y usted tenía un arsenal de somníferos en casa; le aseguro que nadie va a cuestionar que no haya sido usted la responsable. Así que ahórrenos tiempo y diga por qué lo mató.

—¿Qué? ¡No! De qué me está hablando, yo no sé nada de todo eso. Yo no tengo ningún arsenal de somníferos. Es verdad que tomo para poder dormir por la noche, pero de ahí a tener un arsenal… En lo único que les he mentido es en que Lucas estuvo mucho más tiempo solo del que les dije. Bastante más. Tenía un directo, luego me entretuve respondiendo a seguidores y líos, y me di cuenta tarde de que ya no estaba. Por eso cogí el coche, para mirar fuera de la urbanización, porque por el tiempo que llevaba sin verlo podría haber llegado mucho más lejos de lo que les dije cuando me preguntaron.

—Déjeme volver a hacerle una pregunta: ¿le había dado algo para dormir?

—¡No! Era muy temprano, qué va.

—Pero sí lo hizo alguna vez.

Adriana bajó la mirada.

—Estoy convencida de que han sido ellos: la agencia. ¡Es una trampa! Lo de la IP tienen que haber sido Elvira y su equipo, son especialistas, se dedican a eso, ¿no lo entiende? Para ellos es pan comido… Mi niño, mi conejito… —⁠No dejaba de llorar.

—Deje ya el numerito de la agencia, por favor. ¿Y la mochila?

—¿Qué mochila?

Candela sacó su móvil y le enseñó la fotografía que le había enviado Mateo en la que se veía la bolsa de deporte color rojo, abierta y con algún resto de confeti de colores.

—Tiene restos del confeti que había en la escena del crimen. Estamos analizando el interior, pero me juego el puesto a que encontramos pruebas de que es donde metió a su hijo para llevarlo hasta el bosque.

—Hacía siglos que no veía esa mochila, no me acordaba ni de que la tenía.

—¿Por qué lo hizo? Ya no le salía rentable, quería darle una lección a su padre. Si usted no podía sacar dinero del niño, tampoco él, claro. Néstor nos contó que ni siquiera quería volver a ser madre. Si no le dejaba subir publicaciones y quería luchar por tener la custodia de Lucas…, ¿era así como se lo pensaba entregar, muerto? El clásico: «Aquí tienes lo que mereces», ¿verdad?

—¿Eh? ¡No! ¡No! Usted delira, jamás le hubiera hecho daño a mi hijo, joder…

—No hay cosa que más asco me dé en el mundo que la violencia vicaria —⁠interrumpió Candela⁠—, y cada vez hay más casos de padres que matan a sus hijos para martirizar al otro progenitor. Así que tenga por seguro que no voy a parar hasta que se pudra en la cárcel.

—Yo no pretendía vengarme de Néstor, ni mucho menos. Solo quería que a mis hijos no les faltara de nada. Lo único malo que he hecho es luchar muchísimo para que consiguieran cumplir sus sueños.

—Los suyos, querrá decir —corrigió Candela⁠—. ¿Sabe la presión social que puede llegar a tener su hija por todo lo que sube sobre ella?

—Lo sube ella solita.

—Porque se lo ha enseñado usted; tiene la presión social fuera y dentro de casa. ¿Sabe cómo afecta eso después a los demás niños? Ustedes están creando un mundo mediocre, lleno de falsedad, y si no perteneces a él estás muerto. En ese mundo paralelo, como alguien se salga de la pauta establecida y sea diferente, lo hunden en la miseria. Utilizando su principal arma: los miles de seguidores en redes para matarlo en vida.

Candela no podía contener la rabia. Tenía los ojos vidriosos. Adriana escuchó atenta sus palabras, hasta que de pronto reconoció esa mirada. La mujer que tenía frente a ella no era ninguna extraña, era alguien que tenía motivos suficientes como para haber organizado todo y, como acababa de amenazar, conseguir que se pudriera en la cárcel de por vida.

De lejos el coche tenía una especie de brillo parecido al efecto de la purpurina, que hacía que el rosa chicle de la carrocería se viera mucho más espectacular. Adriana estaba feliz con la cesión que había conseguido a cambio de los cuatro posts mensuales, uno a la semana, en los que debería aparecer en el Mini descapotable junto a sus dos hijos. Si no aparecía Lucas, no había pacto, era la condición, porque querían potenciar que el coche también fuera comprado para uso familiar. Ella no tenía el menor problema, así que el acuerdo prosperó. Nada más salir del concesionario fue al centro comercial para hacer tiempo hasta la salida del cole. Quería ir a buscar a Judith primero y después a Lucas para que todas las madres se murieran de envidia. Durante un rato, entre una cosa y otra, se entretuvo probándose trapitos y pensó que llegaría tarde, pero al final apareció justo en el momento álgido, en el que coincidía el mayor número de padres esperando. Así que, sin cortarse, dio al claxon varias veces para llamar la atención de todos. Judith, que estaba con su grupo de amigos, la vio y fue hacia ella alucinando con el coche.

Adriana la seguía con la mirada y con una sonrisa triunfal que se vio interrumpida cuando en el camino de su hija se cruzó una niña de la misma edad, con el pelo corto y vestida con uniforme de chico. Judith se subió al coche y le dio un beso fuerte y lleno de entusiasmo en la mejilla.

—¡Es una pasada! Me encanta, mamá, es lo más.

—¿Quién es? —dijo Adriana señalando el coche de enfrente, en el que se subía la niña que acababa de ver.

—Un marimacho.

—Pero eso es un niño o una niña.

—Era una niña, pero se ha cambiado el nombre, ya ves que viene vestida de tío, y tenemos que llamarla Constan.

—Pero ¿va a tu clase? —Judith asintió⁠—. Y en gimnasia, ¿dónde se cambia, con vosotras o en el vestuario de los chicos? —⁠preguntó horrorizada.

A la mañana siguiente se plantó en el despacho de la directora sin avisar, con la excusa de que se trataba de un asunto muy importante que afectaba a su hija y al resto de la clase. La directora la atendió enseguida alarmada por tal premisa. Adriana se sentó y le contó que no le parecía conveniente que una niña fuera vestida de niño y se hiciera llamar por un nombre masculino. Sembraba una mala base para que después cualquiera pudiese hacer lo que le apeteciera. La directora le explicó que era un caso excepcional. Se trataba de una niña que desde muy pequeña actuaba como un niño, todas las profesoras habían notado desde que era una cría que era diferente al resto. La semana anterior la madre había ido a hablar con ella y le explicó que Lorena, su hija, se sentía un chico. Llevaba un tiempo pasándolo mal porque no se sentía aceptada por muchos compañeros. Había decidido cambiarse el nombre por Constantino para ser un chico y que lo trataran como tal.

Adriana la escuchaba con las cejas tan arqueadas que se le iban a salir de la cara.

—Pero si es una cría, ¡qué sabrá! Lo que le hayan metido en su casa… ¿Su madre es psicóloga, acaso?

—No, policía.

—Ahí tiene la respuesta entonces.

—La niña llevaba tiempo en tratamiento, estaba deprimida. Fue precisamente el psicólogo que la trató quien se lo recomendó.

—Mire, yo estoy aquí porque este tipo de cosas va en contra de nosotras mismas. Traiciona a las mujeres, viola todos nuestros derechos. Cualquiera no puede decidir cambiar de sexo así porque sí. Esto supone un retroceso de décadas, por no decir de siglos, vamos. ¿Qué ocurrirá cuando sea al contrario? Cuando un alumno diga que es mujer de la noche a la mañana. Si un chico hiciera lo mismo que la niña esa, no me acuerdo de cómo se llama, ¿se cambiaría con nuestras hijas en los vestuarios? ¿Se ducharía con ellas? —⁠La directora guardó silencio⁠—. Esto es extensible a nuestra sociedad: violadores de mujeres que se consideran mujeres y acaban en cárceles encerrados con mujeres. Deportistas de élite que competirán en equipos femeninos o contra nosotras con las pertinentes ventajas que supone para ellos. Es que no puede ser, hombre. Vivimos en un patriarcado, bastantes dificultades tenemos ya como para minarnos entre nosotras. Es el colmo, vamos, que ahora cualquiera diga que es del sexo contrario y todos tengamos que decir que sí, sin más. —⁠La directora continuaba en silencio, con cara de circunstancias, buscando la manera de frenar a la bestia que Adriana había dejado salir sin filtro alguno⁠—. Mire, que un niño juegue con muñecas no lo convierte en una niña —⁠continuó Adriana⁠—, que una niña juegue al fútbol no la convierte en un niño. Y esos son los patrones que se están tomando para diagnosticar a las personas trans: que no cumplan los roles de género. ¿Dónde está aquí la igualdad?

La directora quiso pararle los pies y dejarle claro que el caso que discutían no era el de una niña, sino el de una adolescente que tenía claro desde muy pequeña quién era y lo que quería ser. Sin embargo, optó por tratar de mediar para calmar los ánimos y no entrar en polémicas.

—Señora Fernández…

—Adriana —interrumpió.

—Adriana. De momento, lo único que puedo hacer es apuntar su queja para hablarlo con todo el claustro de profesores en el próximo consejo.

—Creo que no podrá esperar hasta el siguiente consejo, porque pienso mandar un mensaje al chat que tenemos todos los padres de la clase para que se enteren bien de lo que está pasando con nuestros hijos.

—Haga usted lo que crea conveniente —⁠le respondió la mujer antes de despedirse.

Adriana salió llena de rabia, no le había gustado nada la manera en que le había contestado. Le parecía intolerable que no estuviera acatando sus órdenes cuando se trataba de un problema tan evidente. Volvió a su casa y le estuvo dando vueltas hasta que, cuando llegó la hora de recoger a los niños, hizo lo que tenía que haber hecho desde un primer momento: contarlo todo en un directo. Los mensajes feministas prevalecieron al mencionar el patriarcado, la falta de igualdad y el peligro que suponía que hubiese hombres que fuesen tratados como mujeres de la noche a la mañana y porque sí. La guinda final fue una instantánea del marimacho ese que había conseguido captar mientras Constan bajaba las escaleras a la salida del colegio. El hecho de que la gente pudiese ver su cara y saber de quién se trataba lo cambió todo.

Una semana más tarde, mientras actualizaba las notificaciones de Instagram, vio la noticia. Constantino, el chico trans, se había quitado la vida. El colegio lo comunicaba en sus redes sociales junto con un mensaje de despedida y ánimo para la familia de parte de la directora y el resto de los profesores del chaval. Al leerlo, Adriana por poco dejó caer al suelo el teléfono. Se quedó completamente congelada, no sabía cómo reaccionar. En su mente nunca había estado la idea de que la niña pudiera acabar muerta, ni mucho menos. Encendió la televisión y en un programa de tertulia apareció la madre del chico, con una coleta mal hecha y la cara desencajada. La mujer expresaba una queja sobre lo mal que se había tratado a su hijo en el colegio debido a su condición. Adriana seguía de piedra, no quería pensar en cómo eso podría afectar a su hija y al resto de los niños. Esa tarde, cuando fue a buscar a Judith a la salida, la esperó en el coche preparada para abrazarla en cuanto se subiera en él y se derrumbara. Sin embargo, tenía una expresión normal y, al sentarse junto a ella, lo primero que dijo fue:

—Mamá, estoy fatal. —Cuando Adriana estaba a punto de extender los brazos, continuó⁠—: Tienes que ampliarme los datos… Por favor…, es que no me llegan ni a mitad de mes.

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