La cría
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Adriana seguía mirando fijamente a Candela.
—Eres tú. Se acabaron las formalidades. —Candela asintió, sus ojos se habían llenado de lágrimas. Por un instante, las dos mujeres se miraron en silencio, conocedoras del drama que ambas compartían.
—¿Tanto te molestaba que fuera feliz? No le hacía daño a nadie —dijo Candela seria mientras las lágrimas corrían a mares por sus mejillas.
—No era por tu hija…
—Mi hijo Constantino. Mi hijo —repitió firme.
—No podemos permitir que cada uno haga lo que quiera, porque las mujeres llevamos sometidas toda la historia y eso daría una clara ventaja al hombre sobre nosotras. Es lo que me faltaba, que en el mundo en el que vivimos, donde el patriarcado…
—¡Cállate! —Escupió Candela—. Ahora me vas a escuchar. Yo no tenía una vida de película, no entraba en la talla treinta y ocho ni era la más popular del barrio. Ni siquiera tenía redes sociales. He trabajado siempre como una mula, tengo un sueldo modesto, aunque, por suerte, una cara que compensa los kilos de más. Tuve que luchar mucho para entender y proteger a mi hija, porque ella se sentía un niño y no era feliz. Mi hijo era un ángel, era bueno, demasiado sensible, jamás le hizo daño a nadie. Yo veía que era diferente, porque desde pequeño actuaba como los demás hombrecitos con los que se juntaba. De los juegos de niñas no quería saber nada. Conforme crecía la diferencia se hacía más evidente, aunque mi marido y yo no quisiéramos verlo. Hasta que un día me preguntó: «Mamá, yo siento que soy un niño, ¿por qué me pusiste nombre de niña?». No sabes el miedo que sentí. No entendía lo que estaba pasando. Como madre siempre es difícil adaptarte a una situación nueva, tú lo sabes, pero esto era demasiado. Todo era diferente, nuevo, y no teníamos información.
»Convencí a mi marido para ver a diferentes psicólogos que nos hablaran de la transexualidad en una edad temprana. Nosotros nos fuimos acostumbrando, aprendimos a verlo como él quería, como era en realidad. Pero su entorno no. Lo llamaban «marimacho», «lesbiana de mierda», «bollera» y ese tipo de cosas todo el santo día. Tu hija y su pandilla le hacían fotos y lo grababan en vídeo para hacer memes a cada cual más cruel y reírse de él. Él hacía lo que podía, intentando seguir adelante con la «careta» que lo obligaban a llevar puesta. A mi hijo le estaban destrozando la vida, era un caso de bullying de libro y, sin embargo, nadie hacía nada. Al contrario, las represiones siempre eran para él. El psicólogo del colegio estaba igual de desinformado o más que los profesores y el resto de los padres. Pero él era fuerte y fue aguantando. Siguió luchando hasta que por fin nos convenció para dar el paso, amparado por el criterio de varios especialistas.
»Había visto en internet un caso de una chica como ella que se había cambiado el nombre por uno masculino y todo su entorno la trataba como tal. Estaba muy animado. Iniciamos los trámites para el cambio de nombre y dijo que lo llamáramos Constan, como mi padre, al que adoraba. Con ese nombre se presentó a la familia. Mi marido tardó en entenderlo, pero le alivió ver lo feliz que estaba. Con los abuelos costó un poco más, pero siempre se mantuvo firme. Por fin era quien quería ser. Su nueva identidad le hizo ver la luz al final del túnel y comenzó a sentirse mejor. Yo fui al instituto y les dije que mi hija era transexual. Pedí a la dirección y a los profesores que los alumnos supiesen que Lorena era Constantino, un chico, y que lo tratasen como tal. Lo aceptaron perfectamente, aunque tardaron en reaccionar.
»La verdad es que no me puedo quejar de su trato, entendieron siempre todo. Pero los profesores saben quién es quién. Saben quién es líder y quién no. Saben quién es el diferente y quién el que abusa. Saben quién tiene el poder y quién no y sufre por ello. ¿Por qué no preguntan desde infantil a los niños si han visto a algún compañero sufrir por otro? Creo que en el instituto faltó un rastreo, un sondeo de si estaba pasando algo. Porque, aunque él estaba más feliz, los chavales seguían cebándose con su condición. No lo aceptaban, lo ridiculizaban e intimidaban constantemente. A pesar de eso, nosotros estábamos convencidos de que sería cuestión de tiempo, al fin y al cabo siempre podríamos cambiarlo de colegio, aunque fuera un fastidio, y «volver a empezar», como nos aconsejó uno de los psicólogos si se daba el caso. La verdad es que Constan conocía esta opción y aun así se acostumbró de alguna manera a la situación. Desde que oficialmente era un chico vivía de otra forma el acoso. Pero entonces apareciste tú para encargarte de avivar el fuego echando más leña con tus malditos tuits y directos, en los que no te cortaste en sacar fotografías de mi hijo. Hay que tener poca vergüenza para mostrar a un menor en las redes sociales para humillarlo, y no hablo de tu conejito, que en paz descanse. Bastante tenía el pobre ya.
—¿Cómo te atreves? ¡No te consiento que hables así de Lucas! Te lo advierto —exclamó Adriana perdiendo los nervios, rota de dolor.
—Sacaste a un menor sin su consentimiento —continuó Candela pausadamente, con una frialdad imposible para la situación en la que se encontraba—, te reíste de él, lo humillaste… No he tenido manera de recuperar ese vídeo, ni la foto que publicaste en tus stories, porque fuiste tan ruin como para borrarlos. Da gracias a que lo conseguiste, porque te hubiera sacado hasta los ojos para que te quedaras con una mano delante y otra detrás. Para que supieras lo que es tener una vida humilde y perder lo único que quieres. —Adriana se había calmado y escuchaba con la cabeza gacha, con el rostro escondido entre el pelo, emitiendo sonidos como si le costara respirar—. Desde que comenzaste tu cruzada pública contra él, el maltrato fue a peor. Hemos sabido que le daban porrazos contra la pared, lo tiraban por las escaleras, le decían que tenía barriga de mujer y no músculos de hombre, le levantaban la camiseta y le decían que cómo era posible que fuera por la vida de hombre cuando tenía tetas… Lo torturaron en vida de la manera más cruel posible. Esto hizo que no durmiese por las noches, tenía una jaqueca casi crónica, vértigos y malestar. Tenía miedo, mi hijo tenía solo trece años y vivía sumido en el terror por vuestra culpa.
»Le diagnosticaron depresión. La tarde en que se lanzó por el puente al embalse, su padre y yo habíamos decidido sacarlo del colegio, pero al llegar a casa no estaba. Nunca pudimos decírselo. —Candela hizo una pausa y contuvo la emoción que le afloraba desde el fondo del alma—. De verdad que no sabéis el daño que hacéis a la gente con vuestro comportamiento. Cada vez que sentenciáis una idea, una opción que es diferente a la vuestra, la estáis condenando. Os amparáis en la defensa de la libertad y la igualdad y estáis haciendo precisamente todo lo contrario: crucificáis. En realidad la muerte de mi hijo es un delito de odio. Escudadas en vuestras tesis feministas de pacotilla os permitís decir barbaridades que promueven el odio más extremo. ¿Sabes lo que es el feminismo de verdad? En el mundo de hombres en que vivimos, plantarte todos los días a las seis de la mañana frente a un equipo de tíos y tener más huevos que todos ellos, eso es feminismo. ¡Dejad de lamentaros y de adoctrinar al resto de una santa vez! —Adriana escuchaba sin poder reaccionar; Candela volvió a hacer una pausa—. Ni siquiera te importaba tanto la causa, ¿verdad? En el fondo te da todo igual, el feminismo y todo en lo que te escudas. No es más que la fachada bajo la que te escondes para ocultar el vacío tan grande que hay dentro de ti, lo hueca que estás. —Adriana intentó responder, pero Candela no la dejó—. ¿Sabes la cantidad de adolescentes que se suicidan al año por el bullying que practican adolescentes como tu hija, entre otras cosas por no pertenecer a ese mundo que tú promueves…, por no encajar en vuestras normas y cánones estereotipados? Porque no hace falta ser transexual para sufrir lo que sufrió mi hijo, por desgracia. Él no soportó la presión a la que lo sometieron; al fin y al cabo, los niños son niños…, pero los adultos no tenéis perdón. Nosotros somos los encargados de educarlos en la tolerancia, no de envenenarlos con odio, superficialidad, consumismo y las enfermedades mentales derivadas de todo esto. Los datos son aterradores y van en aumento. Estamos criando niños infelices, insatisfechos de por vida sin ni siquiera haber empezado a vivirla, porque nunca serán lo suficientemente guapos, exitosos, ricos ni talentosos, ni fuertes ni delgados para el mundo perfecto que os habéis inventado e imponéis a la fuerza. Los hemos lanzado al abismo sin paracaídas, así que, cuando descubren que en el mundo real no existen filtros que los conviertan en todo eso, no son capaces de superarlo y su realidad se va a la mierda.
Sin pretenderlo, las dos mujeres comenzaron a llorar, frente a frente. Ninguna de las dos se ocultó ni se limpió las lágrimas. Estaban ahí con todo su dolor, mirándose a los ojos. Nunca antes se habían sentido tan desnudas, pero no se avergonzaban.
—Yo no soy una asesina. No he matado a mi hijo y tampoco tengo nada que ver con la muerte del tuyo, no me culpes a mí de tu fracaso. —Adriana rompió su silencio.
—¿Cómo que no? ¿Hasta dónde los adultos somos responsables de nuestros actos? Tenemos que ser conscientes del poder de nuestro comportamiento en las redes. Nadie mejor que tú sabe lo influyentes que podemos llegar a ser; por eso hay que cuidar mucho los mensajes que mandamos, sobre todo a nuestros jóvenes. Los chavales que le hicieron bullying no son los responsables de su muerte, son sus padres, que lo saben y aun así lo consienten. Somos un ejemplo para nuestros hijos, lo queramos o no. ¿Acaso te parece normal lo que ha hecho Judith con su hermano muerto? ¡Retransmitiéndolo todo en directo! Lo hace porque te ve a ti hacerlo, día y noche.
—Lo hace porque es consciente del privilegio y la responsabilidad que es tener tanta gente que te sigue. Nosotros respondemos a su demanda, nos preguntan y nos debemos a ellos. Estoy segura de que le habían suplicado que les informara en cuanto supiéramos algo de Lucas y ella…
—No digas tonterías. Es mentira, como tantas otras cosas que dices a tus malditos seguidores. Me encanta la coletilla «muchos me preguntan» como truco barato para hablar de lo que os interesa sin ningún reparo. Como si la gente fuera gilipollas…
Adriana la miró con firmeza, dispuesta a contraatacar.