La cría
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En cuanto Candela terminó la frase que estaba diciendo, Adriana irguió la cabeza y con voz temblorosa dijo:
—Ya has terminado tu historia, deja que te cuente la mía…
—La conozco perfectamente. Si es que no te la has inventado, para variar —interrumpió Candela.
—Yo también he trabajado mucho para que mis hijos tuvieran una oportunidad, para conseguir que fueran mejores que yo. Moví cielo y tierra para que pudieran hacer los castings y con todo lo que ocurrió después con la agencia, que sabes que es cierto, intenté por todos los medios que no les afectara. A ellos les gustaba salir en los anuncios y que los viera la gente. —Tuvo que hacer una pausa para reprimir las lágrimas—. Si fuera algo tan terrible, no habría más de un millón de personas siguiendo la cuenta de mi hijo. También lo hice por mantenerlos, era viuda, me sentía sola, no vivíamos en las condiciones que quería para ellos…
—Si estabas tan mal, ya puestos, ¿por qué, en lugar de alardear, no hablaste de ello en las redes? ¿Por qué no compartiste la cruda realidad? Al mostrarla hubieras podido ayudar a gente que se sintiera identificada por estar pasando por una situación similar. Quizá se hubieran sentido menos marginados por no ser exitosos. Así lo único que has hecho es condenarlos.
—¡Porque no me da la gana! Ya está bien. Además, siento decirte que el mundo no funciona así.
—Por desgracia.
—Qué manía con la sobreexposición y el maldito sharenting ese. De toda la vida se han enseñado las fotos de los niños a los amigos, nunca ha estado prohibido.
—Pero ¡es que esos miles de seguidores que tienes no son amigos tuyos! ¿De verdad crees que les has hecho un favor a tus hijos, que tu hija va a ser mejor de lo que hubiera sido el mío, que será más feliz? ¿No te has parado a pensar que quizá ella nunca hubiera elegido esa exposición constante que ha determinado su vida? Quizá lo que le pasaba era solo eso… y no todas las paranoias y cuentos que te has montado sobre la agencia, para quitarte el muerto de encima y sentirte menos culpable. Como si ellos fueran los malos. Aquí la única responsable eres tú, que eres la madre, y si toda esa historia fuera cierta, como insistes, aún peor: si permitiste que le hicieran eso a Judith, no tienes perdón. Te tendría que caer una doble condena.
Adriana no pudo contener las lágrimas y Candela aprovechó su fragilidad para venirse arriba.
—Solo te digo que, aunque te libraras de esta, vete preparando, porque a los «instapapis» se os va a acabar el negocio. Ya hay muchos países que están poniendo sanciones a los padres por publicar fotos de sus hijos menores de edad en las redes sociales, porque se considera, con razón, que los menores tienen el mismo derecho a la intimidad que los adultos. Sabes lo que va a pasar, ¿no? Que de aquí a unos años, en cuanto Judith se haga mayor de edad, como un día se gire o quiera un bolso de firma de dos mil euros y no se lo compres después de haberla acostumbrado a tener todo lo que pide, te podrá denunciar por un delito contra la intimidad, previsto en el artículo 197.7 del Código Penal.
Adriana volvió a resucitar hecha una furia.
—Pero vamos a ver, tú hablas de los problemas de los niños que se adaptan a su tiempo, pero ¿qué ocurre con los que se quedan obsoletos, en la prehistoria, por culpa de sus padres? ¡Eh! Los que los convertís en bichos raros, inadaptados y paletos sois vosotros, no el resto. Que se os meta en la cabeza que los tiempos cambian y que por mucho que os empeñéis y os disguste todo avanza. Vivimos en una época en que la gente utiliza las redes sociales. Ya está. Punto. —Y como si hubiera cogido carrerilla, continuó—: Y el que no las utiliza se convierte en un bicho raro, un acomplejado, como tu hijo. Tú eres la única culpable de la muerte de Constan. Fuiste tú la que no estuviste ahí, no yo.
Al escuchar estas palabras, Candela tuvo que agarrarse con fuerza a la mesa. Estaba completamente roja y las venas del cuello parecía que iban a salir disparadas en cualquier momento.
—Mi hijo no se suicidó porque sí, fue víctima de un crimen social. Una cadena de gente se rio de él a lo largo de su vida. Es la lacra del acoso que persigue al diferente. Y mi hijo lo era. Tú fuiste cómplice, tú lo mataste. Tú lo mataste —repitió.
Adriana se quedó mirándola como si por primera vez la viera con claridad.
—Has sido tú. Tú has matado a Lucas —dijo encajando las piezas.
Candela se quedó de piedra. Con el rabillo del ojo, disimuladamente, miró hacia la pared lateral de cristal ahumado, consciente de que su equipo estaría viendo el show desde el otro lado.
—No me ofendas o haré que te caigan veinte años más. Te lo advierto. Solo quiero saber una cosa más, ¿tu hija sabía algo?
—¡Por Dios! ¡¿Qué estás diciendo?!
—Escúchame: pase lo que pase, no olvides nunca que aquí Lucas no es la única víctima, piensa en Judith. —Las palabras de Candela sonaron de lo más cercanas, incluso cálidas.
—Puedes creer lo que quieras, pero, por favor, solo te pido una cosa: déjame ver a mi hija, te lo suplico. Aunque sea un segundo, déjame decirle que yo no fui. Como madre tienes que entenderlo, por favor —le rogó Adriana entre lágrimas.
Candela dudó unos minutos, pero finalmente apretó el botón para comunicarse con el exterior de la sala.
—Traed a Judith.
Las dos mujeres se miraron con los ojos todavía vidriosos. Candela tenía tal remolino de emociones que necesitaba huir de allí y tomar aire. Se levantó y salió al pasillo. Mateo, que había salido también de la pecera, la esperaba en guardia, con cierta incomodidad en la mirada.
—Lo has escuchado todo, ¿no? —le preguntó Candela sin mirarlo a los ojos.
—Sí. Acaban de llamar de la unidad que está volviendo a registrar la casa: han encontrado el pijama del niño arrugado en el armario donde encontré la bolsa. —No sabía cómo evitar comentar el suicidio de su hijo, ni qué decirle ni cómo actuar. Eso no lo enseñan en la academia—. Es muy probable que fuera el que llevaba puesto antes de que lo desnudaran para ponerle el disfraz de conejo; van a analizarlo.
Candela hizo un gesto, satisfecha. Sin embargo, sabía que sucedía algo más. No reconocía el gesto de Mateo y eso la descolocaba por completo.
—Lo que tenía que decirte antes es que… —Candela se fijó en que la mirada y el tono de su compañero eran mucho más asertivos de lo normal. Lo conocía muy bien, era como si buscara refugiarse detrás de una autoridad impostada, como si solo así fuera capaz de abordar algo que evidentemente lo incomodaba y que evidenciaba que algo importante no iba bien. Solo esperaba que no fuera lo que sospechaba. Mateo miró hacia los lados y, cuando comprobó que nadie los observaba, bajando la voz, le dijo:
—Sé lo que has hecho.
«Mi hijo está muerto y no va a volver». Aquel pensamiento recurrente vino de nuevo a su mente como una bala. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, esta era rápida, pero no mortal. Candela no estaba dolida, sino más fría que otra cosa, como un robot. Ya no iba y venía buscando por todos los rincones de la casa, llamándolo a gritos. Aquel niño, su hijo Constan, era su debilidad. Pese a que en lo más profundo de su corazón sabía que lo había perdido para siempre, había sufrido tanto que ya no lograba sentir la menor emoción. Estaba anestesiada anímicamente. Por eso, aprovechando ese momento de sequía emocional, entre tanta lágrima y noches de insomnio, decidió que había pasado el tiempo suficiente como para tomar cartas en el asunto. La mujer que le había dado la cornada final tendría su merecido. Ella misma se encargaría de pagarle con la misma moneda. Al fin y al cabo, ya no tenía nada que perder, se había rendido cuando su marido se fue de casa. Oficialmente él la abandonó, pero en realidad ella lo había propiciado. Era incapaz de convivir con un testigo de sus miserias, no tenía fuerzas para levantar lo que la muerte había destruido. Hay matrimonios que se unen ante las desgracias, pero no fue su caso.
Cuando ese sábado por la mañana recibió una llamada de Mateo, no se podía creer lo que estaba escuchando al otro lado del teléfono. Siempre pensó que las casualidades no existían, pero ahora estaba más que convencida de que nada ocurría porque sí. Siempre hay un motivo, una causa mayor que hace que las piezas se vayan moviendo, aunque en ocasiones resulte demasiado lento, hasta encajar, y cuando lo hacen todo cobra sentido. El tiempo pone a cada uno en su sitio, justicia divina o karma, lo llaman, ella lo denominaba tesón y constancia… Y esa mañana el destino, nada casual, provocó que, al escuchar el nombre de la denunciante a la que tenía que visitar, el corazón estuviera a punto de salírsele del pecho. Después de tanto tiempo había llegado el momento de enfrentarse a ella, cara a cara. Mirarla a los ojos y saborear la venganza. Por un momento su mandíbula tembló, como un acto reflejo incontrolable. Eso demostraba que no estaba bien, algo que por otro lado no era muy difícil de imaginar. Resultaba evidente, pese a que hubiera desarrollado la capacidad de levantar una coraza que impedía apreciar cualquier mínima recaída. Pero ahora su dolor iba a quedar en un segundo plano, porque el placer que sentiría al ver la desesperación en los ojos de esa mujer haría que se desvaneciese y, solo por ese momento, habría merecido la pena todo el trabajo hecho. Las horas que parecían perdidas, escondida frente a su casa, ahora se daba cuenta de que se traducían en energía, en una fuerza capaz de cambiar el curso de los acontecimientos para que hubiera justicia. Su cabeza se hundió de lleno en los pensamientos que la asaltaban desde hacía tiempo. Ya no escuchaba a su compañero; además, no necesitaba apuntar la dirección, conocía el destino de sobra. Nadie, mucho menos su equipo, sabía que ella ya había estado allí y precisamente durante toda la mañana de ese mismo día, cuando oficialmente había desaparecido el niño que ahora tenían que buscar. Era gracioso que la llamaran a ella para encontrar a Lucas, aún no se lo podía creer. No necesitaba buscar y eso en parte también le dolía. El sufrimiento de un menor le destrozaba el alma, la mataba por dentro, pero su corazón y su cabeza llevaban tiempo sin dejarla caer en el más mínimo sentimentalismo. Ya no había marcha atrás, tenía que aprovechar todo el esfuerzo hecho. Esta era su gran oportunidad y llevaba mucho tiempo luchando por ella. El partido había comenzado por fin y la siguiente jugada era enfrentarse a su adversario sin que nadie descubriera la estrategia que tenía preparada.
Pasado el primer susto, empapada de sudor frío ante la posibilidad de que Adriana pudiera identificarla cuando se presentó ante ella, se fue relajando para disfrutar y lograr hacer bien su trabajo. Conforme escuchaba a la mujer que tenía enfrente, supo que no iba a decepcionarla. Era tan sumamente absurda que se lo estaba poniendo en bandeja. Su relato sobre lo que había ocurrido esa misma mañana no se correspondía con lo que ella sabía de primera mano, y eso facilitaría mucho las cosas. Ella era la persona que espiaba desde el jardín de la casa de enfrente, la persona que Judith afirmaba haber visto. Había pasado dos horas vigilando la casa, desde las ocho de la mañana. En todo ese tiempo no había visto al niño, solo a Adriana, la persona que más odiaba en el mundo. La puerta de la cristalera que daba al jardín estaba abierta, la tele encendida, ¿cuánto tiempo puede estar solo un niño frente a la tele? ¿Para qué había tenido hijos si no se iba a ocupar de ellos y cuando lo hacía era para estropearlos?
Odiaba ser testigo de lo que le hacía a esa criatura, no se merecía tener ese tipo de educación, y ella lo iba a solucionar. Como tantas mañanas, había aguardado pacientemente a la caza de algún detalle que le facilitara la tarea. Pero esa vez tuvo suerte. La «madre perfecta» había estado haciendo el bobo en la hierba al terminar el directo, que a ratos Candela había seguido desde su escondite. Después, al preguntarle cuándo había entrado en la casa, Adriana les contestó que estuvo pendiente del niño, pero no fue así. Candela la había observado mientras hacía selfis y bailes de retrasada mental sin parar, propios de una niña de la edad de su hija, y en todo ese tiempo el niño no estaba con ella. No fue hasta pasadas las once cuando volvió a entrar en la casa, y en todo ese rato no había supervisado qué hacía su hijo. Candela esperó en guardia, no había cerrado la cristalera del salón y la televisión seguía encendida. ¿Podía estar por fin ante la oportunidad que tanto esperaba? Pero a los pocos minutos la mujer salió de pronto y lanzó una mirada furtiva al exterior que hizo que Candela se sobresaltara. Se agachó rápidamente y tuvo que respirar hondo para convencerse de que no la había visto. A los pocos minutos, a eso de las once y media, un coche pasó a su lado a toda velocidad calle abajo y eso volvió a ponerla en guardia. Era el de Adriana, que acababa de marcharse a toda prisa, dejando la casa abierta de par en par. Candela habría jurado que el niño no iba en el asiento de atrás. La televisión seguía encendida, ¿llevaba a su hijo con ella o se había quedado solo viendo la televisión? Definitivamente ese era su día de suerte. Candela se preguntaba adónde iría Adriana con tanta prisa. La llamada al 062 fue posterior a que ella la viera salir en el coche, ¿por qué estaba mintiendo? ¿Qué ocultaba?
Mejor para ella: para condenarla no tendría nada más que demostrar que había salido, aunque no iba a ser fácil, no podía decir que había estado allí porque podría ser ella quien acabara en la cárcel. Tenía que ser muy rápida, estaría expuesta y podía ser peligroso, pero había llegado el momento de aprovechar la oportunidad de hacer la jugada maestra que facilitaría el jaque mate que tanto ansiaba. Candela salió disimuladamente de la parcela de enfrente para cruzar la calle, se pegó a la puerta trasera y con una ganzúa, hecha con un alambre fuerte doblado por uno de sus extremos, consiguió abrir sin dificultad el pequeño candado. Cerró la puerta sin apartar la mirada de su objetivo. Subió decidida la cuesta del jardín hasta llegar a la cristalera abierta del salón. Después entró en la casa mientras se ajustaba los guantes de látex.