La cría
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Menuda suerte tuvo Marisol aquella mañana cuando, después de llevar a Blanca al pediatra, la niña había aceptado, sin chantajes ni pataletas, ir al supermercado en lugar de al parque. El hecho de que hubiera sido una revisión rutinaria, sin vacunas, también había ayudado. Estaba segura. La pediatra felicitó a la niña por haberse portado tan bien y como premio le regaló una piruleta «sin azúcar». Blanca la chuperreteaba sin parar, sentada en el asiento plegable del carro del supermercado. La verdad es que se lo estaba pasando pipa, no había cosa que más le gustara que ayudar a su madre y «sentirse una chica mayor». «¿Eto también?», le preguntaba cuando podía alcanzar algo colocado sobre las baldas, tirándolo directamente al interior del carro. Sol, que era como la llamaban todos sus conocidos, sabía que, cuando su hija la acompañaba, la compra se alargaba más de la cuenta, pero disfrutaba mucho contándole lo que era cada cosa e inventando historias que después le dieran juego para cuando no quisiera comer o le costara dormirse. Era maravilloso ver cómo su hija abría los ojos atenta. Se quedaba con todo, era una esponja, como típicamente se decía. Pero lo más increíble era que incluso meses después, cuando ella ya había olvidado alguna de esas historias, la niña volvía a contarlas, dejando a su madre asombrada.
Por eso, aunque estuviese cansada o tuviera mil cosas en la cabeza, ella se esforzaba en no perder ese hábito maravilloso de mantener activa la imaginación de Blanca y no ceder a las malditas pantallas. Los expertos consideran que no es aconsejable que los niños, desde edades muy tempranas, manejen móviles, iPad u otros dispositivos. Su hija tenía tres años recién cumplidos y deseaba mantenerla al margen de la tecnología el mayor tiempo posible. Su mejor amiga era profesora de primaria y se pasaba el día contándole lo desesperada que estaba porque, desde hacía unos años, cada vez era más difícil captar la atención de los niños. «Están tan acostumbrados a los estímulos constantes de las nuevas tecnologías que pierden la capacidad de prestar atención y poder leer de una manera comprensiva textos que vayan más allá de meros titulares».
—Vengaaa…, te has portado tan bien que puedes elegir una cosa, pero solo una —le dijo Sol a su hija cuando terminó de coger los productos que necesitaba.
La niña sonrió de oreja a oreja y eligió un huevo de chocolate. Sol se lo pasó para que lo cogiera, pero le matizó que se lo tomaría de postre cuando hubiese terminado de comer. Después de pagar, se dirigió con el carro hasta el aparcamiento. Por el camino se paró un par de veces para comerse a besos a su niña, que tenía toda la boca pegajosa por la piruleta. Blanca sonreía emocionada sin soltar el huevo de chocolate. Cada día estaba más bonita. Tenía los ojos tan oscuros como su pelo negro azabache. Y aun siendo tan pequeña, llamaba la atención su carácter fuerte, pero sin dejar de lado la dulzura. Ya era una señorita y tenía a sus padres enamorados, para ellos era lo más importante del mundo. Estaba siendo una mañana perfecta hasta que le azotó un mal presentimiento cuando se abrieron las puertas del ascensor. El miedo se adueñó de Sol de manera irracional. El aparcamiento estaba en silencio, no había ni un alma. La luz era tenue, sobre todo en comparación con la luminosidad del supermercado. «Será eso, el contraste», pensó. Pero lo cierto es que tuvo una sensación tan extraña que mientras se acercaba al coche tuvo que darse la vuelta de golpe. No había nadie. El lugar era enorme y a esa hora siempre había poca afluencia de gente. Abrió el maletero y fue metiendo las bolsas más rápido de lo normal, intentando acelerar el proceso. Cuando terminó lo cerró de golpe y cogió a la niña en brazos. Blanca se abrazó al cuello de su madre apretándola con todas sus fuerzas, como siempre hacía.
—¡Que me vas a ahogar! —exclamó encantada de que su hija la espachurrara con tanto amor.
Dejó el carro en una fila que había al lado del ascensor y volvió al coche sin cruzarse con nadie. Entonces una pregunta atravesó su mente: ¿qué sería peor, estar solas en ese lugar, que en ese instante le parecía algo más propio de una pesadilla que de la realidad, o que de pronto hubiese allí alguien más? Quizá un hombre… Un desconocido con cara de loco, como en las películas. No quiso dar más vueltas al asunto y apretó el paso. El eco de sus tacones resonaba en el suelo. Cuando llegó de nuevo a su coche, abrió la puerta trasera y dejó a Blanca sobre la sillita colocada en el asiento. Odiaba ese momento, padecía de las lumbares y, por mucho que se empeñara, siempre se acababa liando con los cinturones y los enganches para que la niña quedara bien sujeta y viajara de forma segura. Aunque sabía que era irracional, no podía evitar sentir un miedo profundo que recorría todo su cuerpo. Quiso actuar lo más rápido posible, pero los nervios hacían que resultara muy torpe. Cuanto más fallaba, más nerviosa se ponía. No le gustaba estar dando la espalda a cualquiera de los peligros que la atormentaban por culpa de todos los sucesos que aparecían en los medios de comunicación y por todo lo que salía en las películas de terror que veía sin parar. En esa postura no podía estar más vulnerable, completamente «a huevo», como diría su marido.
Cuando estaba a punto de conseguirlo, escuchó unos pasos a su espalda. Se irguió rápidamente y antes de poder darse la vuelta vio algo en el cristal de la ventanilla que rompió todos sus esquemas: detrás de ella había una silueta enorme, una especie de peluche gigante. Le pareció que era un conejo blanco por sus enormes orejas puntiagudas. Solo tuvo tiempo de captar el brillo de los ojos negros y rasgados del animal clavados en su reflejo. Un escalofrío. Desconcierto. Terror. Su hija. No pudo girarse; antes de poder darse la vuelta sintió un profundo ardor en la cabeza. Un golpe seco que le hizo perder el conocimiento y desplomarse en el suelo.