La cría
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Dos semanas antes
Candela se bajó del coche a toda prisa. Por precaución había aparcado dos calles más abajo de su destino. En menos de tres minutos estaría doblando la esquina de la calle donde estaba la puerta trasera de la vivienda: un pequeño callejón en donde se ubicaban los distintos contenedores de reciclaje y cubos de basura de las casas que daban a uno y otro lado. Por suerte, nadie pasaba por ahí salvo a última hora del día, cuando algún vecino rezagado salía a tirar la basura. Al doblar la esquina vio a Mateo, que estaba solo, tal y como habían acordado. A simple vista parecía el hijo adolescente de la casa, que fumaba porros a escondidas de sus padres donde sabía que no iban a descubrirlo. Tenía veintiséis años, pero parecía más pequeño. El pelo rubio y las pecas ayudaban, su energía también. Era un torbellino, le encantaba su trabajo, la acción. Se lo sabía todo y si no se encargaba de averiguarlo en menos de lo que canta un gallo. A Candela eso le fascinaba, le recordaba tanto a ella cuando empezó a trabajar… Le gustaba que tuviera las cosas claras, pero que, a la vez, conservara la ilusión, la inocencia del que aún no había recibido los palos que la vida daba, a veces, injustamente. Tenerlo siempre cerca le hacía sentir que de alguna manera podía evitárselos. Por eso lo protegía tanto, bastante más que a su hijo, como le había reprochado su marido cuando todavía vivían juntos. Su jefe y parte del equipo también eran conscientes de ello. Todos lo pensaban, pero ya nadie cuestionaba que impusiera a su lacayo en cada una de las investigaciones que llevaba desde que se incorporó de nuevo a su puesto de trabajo como teniente de la Guardia Civil. En aquel momento aún no se encontraba en condiciones de volver, ni siquiera lo estaba ahora, pero insistió mucho en que quería regresar. Al principio la noticia no fue bien recibida por sus superiores, pero ella pidió que la trasladaran a la zona en la que vivía: una pequeña y tranquila área rural cerca de El Escorial, a pocos kilómetros del embalse de Valmayor, en la que la mayoría de las veces no ocurría nada significativo. Estaba claro que no tendría ni la responsabilidad ni la presión que había aguantado anteriormente, cuando también ocupaba el rango de teniente, pero en la Unidad Central Operativa, la popularmente llamada UCO. Así el trabajo podía ser más llevadero, incluso para alguien en su situación, y, como ella había defendido con firmeza, sería la vía de escape que necesitaba para poder pasar página cuanto antes. Consciente de que estaba siendo vigilada en todo momento, Candela tuvo que esforzarse para que nadie intuyera ni un pequeño ápice de su latente debilidad.
Esto coincidió con que Mateo justo acababa de entrar en prácticas y, sin planearlo, se convirtió en su comodín. Sin embargo, el joven nunca habría imaginado el drama que escondían los ojos de Candela. Él la necesitaba, pero no menos que ella a él. «Aprende rápido. Dentro de poco se cabreará cuando le haga algún apunte, me ha salido rebelde», pensaba para sí cuando lo observaba atento a cualquier explicación y la rebatía en cuanto algo no le encajaba. Cuando los robos puntuales en viviendas y algún accidente que otro eran lo más emocionante en mucho tiempo, formar y proteger a aquel joven se convirtió en su verdadero reto, el motor que la ayudó a seguir hacia delante. Pero ahora era diferente, en sus manos estaba el que podría ser el caso con mayor repercusión mediática en años y tenía que actuar rápido, antes de que alguien se planteara apartarla de la investigación para dársela a la UCO o la prensa se enterara y jodiera todo el asunto.
—Menuda madriguera —dijo Candela al alcanzar a Mateo.
—¿No querías una entrada resguardada?, pues toma.
—Y tanto. Me ha costado encontrarlo, menudo laberinto de «casitas». Esta zona parece una maqueta —dijo Candela recorriendo la hilera de chalets pareados, enfrentados a uno y otro lado de la calle.
—Pijos apelotonados, menudo paraíso —respondió jocoso.
—Tampoco tan pijos, estas eran las típicas casas que se compraba la gente con pasta de Madrid para pasar parte del verano cuando empezaba el buen tiempo, pero ya están un poco pasadas. En muchas no vive nadie, están cerradas, como puedes ver. La verdad es que este pasillo está a huevo para llevarse a quien quieras. Apuesto a que, si alguien entrara por aquí, no lo veríamos desde ninguna de las ventanas —dijo mirando hacia las viviendas de ladrillo oscuro y con contraventanas de madera bastante machacadas por el tiempo.
—No, la casa está tan en alto que no hay ángulo para distinguir las puertas de aquí abajo. Me he fijado antes desde arriba. —Señaló el chalet que tenían prácticamente al lado—. Además, las habitaciones que dan aquí son las más pequeñas y, a no ser que seas familia numerosa, son las que se suelen usar para invitados o para guardar mierdas. Vamos, que, salvo cuando las ventilen, no hay riesgo de que las estén abriendo. He preguntado y tanto las casas de esta fila como las de enfrente son iguales, de la misma promoción.
—¿Y bien? —preguntó Candela.
—Ya está en marcha todo lo que pediste: tengo a los agentes de paisano peinando los alrededores. —Antes de que ella pudiera decirle nada, continuó con su explicación—: De dos en dos y sin llamar la atención, tranquila. Otro equipo está buscando en la casa; en principio parece que no han forzado nada. Yo he tomado declaración a la madre y he echado un vistazo por el salón donde estaba el niño y su habitación, principalmente…
—¿Y en la habitación de la madre habéis mirado? —interrumpió Candela.
—Muy por encima; de momento no hemos visto nada que nos llamara la atención. La madre está dentro con Paula. La hermana del niño viene de camino.
—¿Lo sabe?
—Sí, la madre la llamó antes de que llegáramos, pero la avisó de que no puede decir ni una palabra a nadie. Lo que no entiendo es por qué tanto secretismo, ¿no sería más fácil mandar más unidades y movilizar a la prensa para que todo el mundo colaborara?
—El niño puede aparecer en cualquier momento —respondió tajante Candela, aun siendo consciente de que difícilmente ocurriría.
—Jefa, es el niño más famoso de España, tiene más de un millón de seguidores en redes sociales. Habrá ingresado más dinero que tú en todo lo que llevas cotizado, ¿quién no vería un negocio llevándoselo?
—Antes quiero hablar con la madre.
—De verdad, ¿no viste lo que ocurrió con Madeleine McCann? Y eso que ella no era famosa como Lucas. Hay mucho depravado suelto, gente con dinero que compra niños, existe el tráfico de órganos, también los graban y luego cuelgan la pornografía en la Deep Web. Hay un buen mercado de películas snuff y cosas peores… Conozco esas páginas al dedillo, es flipante. El otro día me encontré una en la que…
—No quiero saberlo, gracias —interrumpió Candela antes de que se viniera arriba—, y te recuerdo que en el caso de Madeleine, por mucho rollo que digan, es muy probable que fueran los padres.
—¿Tú sabes lo que tiene que costar un vídeo del conejito con toda la gente que lo sigue? ¡Lo conoce todo dios!
Candela lo miró durante unos segundos. Sin decir nada, observándolo orgullosa. No podía rebatírselo, tenía toda la razón. Por mucha experiencia que tuviera en el campo de batalla, el mundo digital se le escapaba por completo y era consciente de que ese era el presente y, por supuesto, el futuro. Precisamente ese era otro de los motivos por los que Mateo entró en el departamento y por el que, después, tampoco podían prescindir de él: esa parte friki tan necesaria parecía una obsesión malsana, pero en realidad le otorgaba una habilidad pasmosa que lo hacía indispensable.
—¿Has terminado?
Mateo asintió, consciente del arrebato que acababa de tener; era obvio que su jefa estaba al tanto de todo aquello y más. Por eso no entendía la manera en la que estaba llevando la investigación.
—Te repito que estás adelantando acontecimientos. Deja de ver tanto Netflix, haz el favor. Todavía no sabemos qué ha ocurrido. Sí, el niño es un caramelito, algo que ya sabía antes de las veinte veces que lo has repetido, pero no solo para cualquier sádico pervertido, sino también para los medios, que pueden llegar a ser más carroñeros que aquellos. Hagamos el trabajo sin interferencias. Nada de periodistas, curiosos ni mediocres que quieran su momento de gloria dando pistas falsas o cebándose con la familia. No vamos a echar piedras sobre nuestro propio tejado, no podemos permitirnos perder el tiempo y arriesgarnos a que la desaparición se haga pública y nos pisen los talones, porque ya sabes lo que viene después: siempre que hay presión pública nos exigen un culpable cuanto antes, sea o no el verdadero autor, ya me entiendes. Me niego a que todo el esfuerzo que hagamos, al final, por las prisas, no sirva para nada. Pero, tranquilo, cuando los necesitemos, tiraremos de ellos, guardémonos ese as de momento. Ahora, antes de salir a buscar a algún multimillonario que se haya encaprichado de él, como sugieres, ¿me cuentas qué sabemos para descartar a su entorno cercano, que es donde normalmente se encuentran los responsables de este tipo de desapariciones?
Mateo la miró dándose por vencido. Candela pasó por su lado y, sin esperarlo, comenzó a andar hacia el chalet.