La cría

La cría


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Había vuelto a dejarlo con la palabra en la boca, pero, antes de quedar como un panoli, Mateo dio media vuelta para seguirla al tiempo que recapitulaba la información que había recabado.

—@LucasSweetBunny, más de un millón de seguidores en Instagram. Es de los perfiles más seguidos de España. Aunque últimamente ha bajado mucho su actividad en redes. Su nombre real es Lucas Fernández Martín. Fernández es el apellido de la madre.

—¿El padre?

—Néstor Garmendia. No vive con ellos. La madre lo ha llamado al móvil, pero estaba apagado. Estamos intentando localizarlo. Trabaja en una agencia de modelos.

—¡Cómo no, no iba a ser un simple mortal! —⁠Candela puso tanto énfasis que era imposible saber si conocía toda esa información o no⁠—. Ya deberíamos haber dado con él. Sigue.

—Tres años —continuó Mateo—, ojos azules, pelo rojizo y rizado, pecas, no llega al metro de altura… Sin ninguna tara. —⁠Candela lo miró frunciendo el ceño⁠—. Ninguna enfermedad rara ni historias…, un niño normal, vamos.

—Si tener más de un millón de seguidores con tres años a costa de vivir expuesto las veinticuatro horas del día te parece normal…

—Bueno, aquí no estamos tan acostumbrados, pero en Estados Unidos la mayoría de los niños…

—Continúa —lo cortó; se ponía enferma solo con escuchar hablar del tema⁠—, que te vienes arriba.

Mateo tenía preparada una fotografía del niño en su móvil.

—La foto de perfil del crío en Instagram. Te la enseño porque es la que nos ha proporcionado la madre.

Candela contempló la imagen. En ella aparecía Lucas muy sonriente disfrazado de conejito. Tenía la nariz pintada de rosa y en la cabeza llevaba puesta una diadema con dos orejas enormes del mismo peluche blanco que el disfraz, rematado con un pompón como cola. A la altura de la cara enseñaba una galleta con forma de zanahoria, que sujetaba con la mano, como si estuviera a punto de morderla. Había visto esa estampa millones de veces: en las revistas, en las vallas publicitarias, en los supermercados y en las paradas de autobús. La imagen de aquella criatura disfrazada se había difundido por todos los rincones de España, incluso los más recónditos, y mientras a la mayoría les enternecía a ella le daba lástima. Un niño no tenía que pasar por eso, no sin su propio consentimiento. No soportaba verlo así.

—Lo conoces, ¿no? —Mateo no podía evitar un deje de ironía.

—Y la llamada la hace la madre…

—Adriana Fernández. —Le hizo un gesto, como si tuviera que saber quién era. Ella por supuesto que lo sabía, pero no se inmutó, prefirió disimular⁠—. Un intento de influencer, con años de trayectoria en las redes. Realmente es conocida por ser la madre del famoso conejito. El niño estaba viendo la tele en el salón con la cristalera abierta porque Adriana, que era quien estaba a su cargo, hacía deporte en el jardín y entraba y salía. Hubo un momento en que fue al baño y cuando salió Lucas ya había desaparecido…

—Así, sin más. —Sonrió irónica—. Mejor que me lo cuente ella, quiero escucharla.

Candela llegó hasta la valla exterior de alambre de la puerta trasera y se paró antes de entrar para seguir escuchando a Mateo.

—Nos ha contado que ha buscado por toda la casa y alrededores y que, al no encontrarlo, nos ha llamado inmediatamente, porque el niño es tan famoso que quizá «eso podría ser un reclamo». Eso nos ha dicho.

—Bien. Pues vamos a hablar con ella, no vaya a ser que no nos esté contando algo y el supuesto secuestrador viva dentro de estas cuatro paredes…

Candela se disponía a abrir la puerta cuando las palabras de Mateo la frenaron en seco.

—Hay algo más: aquí tienes la llamada que hizo al 062. Me la acaban de mandar a mi móvil, como me pediste.

—¿Rara?

—Júzgalo tú misma.

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