La cría
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En cuanto comenzó el audio, Candela se trasladó de inmediato al momento que recogía la grabación. Siempre seguía el mismo ritual: se ponía los auriculares que llevaba en el bolsillo interno de su chaqueta y cerraba los ojos. Lo primero que escuchó fue el tono de la llamada.
—Guardia Civil, ¿qué problema tiene?
—Ah…, por favor, mi hijo…, se lo han llevado, no está.
—Señora, ¿dónde está ahora?
—En mi casa.
—¿Su hijo estaba con usted?
—Eeeh, eeeh. Sí, pero he ido al baño y ya no está. No lo encuentro por ningún sitio.
—¿Ha desaparecido cuando ha ido al baño?
—Eh…, sí…, sí.
—¿Hace cuánto que no está?
—Eeeh…, aaah…, veinte minutos, quizá un poco más…, pero, de verdad, tienen que ayudarme, estoy convencida de que alguien se lo ha llevado.
—¿Ha buscado bien?
—Sí, sí, y no está. Se lo han llevado [repite entre gemidos, casi llorando].
—¿Hay alguien más con usted en la casa? ¿Podría estar el niño con esa persona?
—No, no. Estábamos solos. No hemos salido de aquí.
—¿Ha buscado fuera?
—Eh…, sí, sí. He mirado por la calle y en el jardín, pero se lo han tenido que llevar, créame. Alguien tenía que estar viéndonos, esperando…
Al escuchar esto, Candela tragó saliva y siguió escuchando con atención.
—Señora, es muy probable…
—No lo entiende, mi hijo es muy conocido, es el niño más famoso de España. Es un secuestro, querrán un rescate.
—De acuerdo, en unos minutos se personarán unos agentes en su vivienda. No se mueva de ahí, por favor.
—Gracias, gracias.
Al abrir los ojos, Candela se encontró con Mateo mirándola con expresión de «Te lo dije». Se quitó los auriculares y le devolvió el gesto a su compañero, que esperaba su diagnóstico. Intentaba ser cauta y no ir «a machete» como le pedía su cuerpo lleno de furia. Hacía años que convivía con esa emoción, desde que, de la noche a la mañana, su vida había cambiado para siempre.
—La verdad es que suena desesperada. Los silencios y los gemidos parecen de una persona devastada. O, mejor dicho, de cómo debería estar una persona en esa situación, no sé si me explico. —Mateo achinó los ojos interesado—. Empieza con un gemido, lo que se espera que haga una madre en esta situación. Sin embargo, lo normal es que ella esté activa: el niño acaba de desaparecer, no lleva días de intensa vigilia. Me atrevería a decir que los gemidos son para ganar tiempo, también titubea y tarda en responder porque necesita pensar lo que va a decir. Mateo, recuerda siempre esto: no se analiza el tono, sino las palabras, las palabras son suficientes. —Mateo afirmó con la cabeza. Candela continuó, consciente de la atención que había conseguido—: Lo segundo que dice es «Mi hijo, se lo han llevado», no «Mi hijo ha desaparecido». No tiene la energía de quien quiere encontrarlo inmediatamente porque da por sentado un secuestro y así nos señala solo una posibilidad, a modo de conclusión. Repite sin cesar que se lo han llevado, remarcando lo que tenemos que pensar, por dónde debemos ir.
—Como cuando dice que alguien tenía que estar viéndolos, esperando el instante adecuado. De alguna manera crea la figura de alguien oculto en la sombra, con intención de llevarse al niño. Alguien que obviamente no puede ser ella —intervino Mateo muy motivado.
—Justo. Alguien tenía que espiarlos, luego a su hijo se lo han llevado. Es un secuestro. Pero no hay ninguna nota y, de momento, tampoco petición de rescate. Una vez más, sirve para apartar el foco de ella misma. Habla de que no lo encuentra por ningún lado, como si llevara horas buscándolo. La realidad no se corresponde con el margen de tiempo que ha pasado desde que desapareció el niño: ¡veinte minutos!
—Veinte minutos se pueden hacer eternos…
—Está mintiendo. Duda demasiado…, está pensando. Es como si no supiera dónde estaba el niño antes de que desapareciera.
—Ya, ¿desaparece y no sale a buscarlo? Además, como dices, nos da el escenario, lo que tenemos que pensar… ¡Alguien se lo ha llevado!
—Sí, sale, pero por los tiempos apenas lo busca. No pide ayuda a vecinos o a amigos. No llama a nadie.
—A su hija —Mateo interrumpió el razonamiento de Candela.
—Cierto, pero ¿cómo es posible que no lo sepan ya todos los vecinos? Alguien que piensa que su hijo se ha perdido lo busca, sale, lo llama, grita desesperada… Sin embargo, apenas se mueve y no pierde la compostura.
—Únicamente cuando hace el papelón en la llamada, o quizá es cierto y no está mintiendo. Esto es jodidamente extraño.
—Siempre lo es, si no, no tendría gracia. —Candela sonrió sin que Mateo se percatase—. Vamos a por ella.