La cría
5
Página 7 de 67
5
Candela y Mateo entraron por la puerta trasera a la vivienda. Era de un hierro forjado muy fino con un pequeño candado. Frente a ella apareció el escenario que tanto Adriana como sus dos hijos mostraban en sus publicaciones y los constantes house tours que hacían en redes, en los que explicaban de qué marca era hasta el último cenicero, como si fuera de vital importancia para la humanidad. En lo alto del terreno estaba la vivienda rectangular de ladrillo oscuro, la cristalera doble del salón que daba al jardín, y que seguía abierta, y las dos ventanas de las habitaciones de arriba con las contraventanas de madera cerradas. Sin embargo, el paisaje inmediato nada tenía que ver con el idílico entorno del que Adriana presumía en redes. La parcela tenía una ligera pendiente y toda la zona de abajo, la más próxima a la entrada donde se encontraban ambos, estaba prácticamente abandonada, sin césped. Hierbajos y cardos de distintos tamaños se habían adueñado del poco verde que quedaba. Lo único que lo salvaba era una encina gigante que debía de llevar un siglo ahí. Llamaba la atención el columpio que colgaba de sus ramas, era simple, con dos cuerdas gruesas envueltas en flores blancas artificiales y una tabla de madera. Aparecía en muchas de las publicaciones en las redes sociales de Lucas, el niño desaparecido. La parte cercana al porche estaba más cuidada, pero al verla más de cerca parecía un cuadrado artificial en mitad de la nada. Era evidente que la madre había creado dos sets de trabajo: el de la encina con el columpio para su hijo y el del césped rodeado del falso jazmín que cubría toda la valla, desde donde ella solía hacer sus directos hablando y haciendo ejercicio.
Candela dio un par de pasos al frente cuando escuchó un ruido a su lado que procedía de un grupo de arbustos que había junto a la puerta. Un agente se puso de pie de golpe y ella no pudo evitar dar un pequeño brinco.
—Perdona, Candela —se disculpó el hombre—, estaba viendo si alguien ha dejado un rastro.
—Ahora estará el mío, no vayas a detenerme —bromeó ella—. ¿De momento has encontrado algo?
Antes de que el agente pudiera responder, algo en lo alto llamó la atención de Mateo.
—Candela —dijo muy bajito.
Mateo le hizo un leve gesto para que mirara al frente. Entonces la vio. Pegada a la cristalera estaba Adriana, vestida con ropa deportiva: mallas muy ceñidas, una camiseta térmica de manga larga y un chaleco. Aquella visión era tan explícita, tan evidente y representativa por sí sola, que parecía una caricatura: la mujer no dejaba de mirar el móvil a la vez que su dedo se movía más y más rápido por la pantalla. Candela subió lentamente hacia ella, sin quitarle la vista de encima. Desde abajo, y con esa ropa que marcaba toda su figura, la mujer parecía aún más esbelta, era como si sus largas piernas le permitieran tocar el cielo. «Está tísica», masculló para sí. Por fuerte que estuviera, el cuerpo de Adriana no tenía nada que ver con el suyo. Ella siempre había sido de hueso ancho, le gustaba el ejercicio y eso había tonificado sus músculos. Tenía una cintura estrecha, una cadera prominente y unos muslos fuertes. La verdad es que su cuerpo había llamado la atención de muchos seguidores, pero de los de verdad…, nada que ver con ninguna red social. Hombres y mujeres a los que les costaba apartar la mirada cuando Candela pasaba junto a ellos. Aún seguía teniendo una «cara guapa», como siempre le decía su madre desde que era niña cuando quería animarla, pero había dejado de prestarse atención. Después de dar a luz su imagen había pasado a un segundo plano. No lo decía en plan víctima, era un hecho. Algo elegido, cuestión de prioridades. Ella era feliz dedicando ese tiempo a estar con su hijo. Aunque su aspecto actual no fuera comparable al de entonces. No le importaba, al fin y al cabo, tampoco tenía a nadie en casa para que lo apreciara. Apenas se cuidaba, no se pintaba ni arreglaba. Siempre llevaba coleta y solo hacía el ejercicio necesario para su trabajo, o sea, lo justo según la misión que tuvieran. Eso, sumado a la edad y la depresión, había convertido su envidiada figura en un cuerpo del montón, propio de una mujer en sus circunstancias que acababa de pasar la barrera de los cuarenta. Había aprendido a convivir con la celulitis, la flacidez, los brazos más anchos y blandos y los muslos juntos. Después de lo que le había ocurrido lo de menos era eso, no tenía el menor interés en fustigarse frente al espejo. Mucho menos ahora que no tenía que estar deseable para él. Lo único bueno es que era consciente de la realidad: su familia se había ido a la mierda y ya no tenía que vivir con el miedo constante de ser abandonada. Su única prioridad era tratar de aprender a sobrevivir emocionalmente.
De pronto Adriana se percató de su presencia y levantó la mirada hacia ellos. Sus ojos estaban muy rojos, llenos de preocupación, estaba visiblemente cansada. Detrás de ella asomaba Paula, una compañera del cuerpo con la que Candela tenía una estrecha relación basada en el respeto mutuo. Debía de tener cinco años menos que ella, era muy masculina y no hacía el más mínimo esfuerzo en disimularlo. Eso le encantaba a Candela, que aplaudía que tuviera los ovarios tan bien puestos.
—No puedo dejar de hacerlo —dijo Adriana mostrando su móvil—, me da pavor encontrarme con la noticia en las redes, porque eso significaría que todo esto es real. Y aun así no puedo parar de mirar todo el tiempo.
Las palabras de Adriana, llenas de ternura, descolocaron por completo a Candela, que esperaba encontrarse con una mujer mucho más altiva. Habría parecido una madre normal y preocupada por su hijo si no fuera porque, en lugar de estar dando gritos en la calle para encontrarlo, lo buscaba virtualmente. Y eso era una muestra evidente de su enfermedad.
—No se justifique, ese tic por desgracia lo tiene casi todo el mundo —dijo Candela esforzándose por ocultar su sarcasmo. «Y usted es de las que lo fomenta compartiendo absurdeces cada segundo», pensó para sí misma mientras le ofrecía la mano—. Soy la teniente Rodríguez, estoy al mando de la investigación para encontrar a su hijo.
Los ojos de la mujer parecieron despertar de un profundo letargo y recorrieron el rostro de Candela a toda velocidad, de una manera intensa, casi incómoda.
—Su cara me es familiar —dijo confusa, manteniendo la mirada.
Candela se mantuvo firme, sin regalar la más mínima reacción.
—¿La conozco de algo?
—No que yo sepa. Debo de tener una cara muy común… Ya sabe, la de la poli cabrona que siempre pilla a los malos por muy listos que se crean.
La mujer la escuchó sin saber cómo reaccionar, hasta que, de pronto, pareció derrumbarse.
—Se lo han llevado —se lamentó.
La fragilidad de la mujer contrastaba con la extrema rigidez de Candela, que lanzó una mirada a Mateo: la madre volvía a imponer lo que le había sucedido al niño.
—Vayamos dentro, necesito que me cuente cómo ha ocurrido todo.
La mujer asintió y les hizo un gesto para que la acompañaran.