La cría

La cría


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El ruido ensordecedor de una musiquita chirriante copó la atención de los agentes al entrar. La televisión seguía encendida y un par de adolescentes, sin camiseta y con el pelo peinado con un tupé, bailaban al ritmo de una melodía facilona. Candela observó todo, no deseaba que se le escapara nada. El salón estaba decorado con gusto: todos los muebles, cojines y cortinas eran del mismo color crudo. La madera del suelo también tenía el mismo tono «lavado» que daba a la estancia un aspecto nórdico. Las lámparas, las figuritas y otros detalles eran de un tono dorado; esto último daba un toque casual, aunque bastante estudiado, tal y como aparecía en las revistas de últimas tendencias. Sin embargo, en la habitación imperaba el desorden. Había muchas cosas tiradas por el suelo, en la mesa de centro había un par de platos con restos de comida, una cuchara con yogur reseco y servilletas de papel usadas y arrugadas; sobre una butaca reposaban revistas de moda abiertas… Eran muchos los detalles que reflejaban cierta dejadez. Junto al sofá había una mesa auxiliar con varios marcos de fotos. En uno aparecía Lucas con sus famosas orejas de conejo en la cabeza; en otro, un recorte de revista del anuncio del niño junto a Sweet Bunny, el conejo que era la imagen de la famosa marca de galletas. Recientemente habían apostado por sus propias chucherías, también en forma de zanahoria. En otra fotografía aparecía Adriana junto a un hombre muy atractivo y su hija Judith de pequeña.

—Estaba viendo la televisión cuando lo vi por última vez. Fui al baño y al salir ya no estaba. Mi niño había desaparecido —⁠empezó a contar la mujer mientras bajaba el volumen con el mando a distancia.

—¿La cristalera del salón estaba abierta cuando entró al baño o la había cerrado? —⁠preguntó Candela de manera rutinaria.

—No la cerré del todo. Llevaba toda la mañana así; como yo entraba y salía por mi directo…, y luego haciendo llamadas y demás… —⁠Los tres escuchaban atentos.

—Sé que ya ha hablado con mi compañero —⁠intervino Candela señalando a Mateo⁠—; todos los detalles que nos ha dado sobre cómo iba vestido su hijo y demás son de gran valor. Pero necesito que haga un esfuerzo mayor y me cuente la sucesión de los hechos desde que se despertaron esta mañana hasta que Lucas desapareció. —⁠Hizo un leve gesto a sus compañeros para que estuvieran atentos a cualquier contradicción en el relato, incluso lo más insignificante podía ser relevante para averiguar qué le había ocurrido al niño.

Los tres agentes miraron a la mujer, que, parada de espaldas al televisor, comenzó a hablar con cierto nerviosismo. Resultaba atropellada, como si llevaran varios días de búsqueda y no tan solo unas horas, como había apuntado Candela.

—Esta mañana… Lucas se levantó temprano, como siempre. Tiene el horario pillado de la guardería y no hay manera de que duerma más. Bajamos a desayunar. Mi hija Judith nos acompañó al cabo de un rato, porque había quedado para hacerse unas fotos con una amiga.

—¿Judith desayunó con ustedes y se marchó a continuación?

—No, no. Solo desayuna el conejito de la casa, nosotras estamos haciendo ayuno intermitente.

—Su hija tiene quince años, si no me equivoco.

Mateo miró extrañado a Candela, juraría que no le había hablado sobre la edad de la chica.

—Así es.

Candela arqueó las cejas ante la naturalidad con la que esa madre asumía que una menor tuviese que ayunar para estar a la altura de las expectativas generales.

—¿Recuerda a qué hora se fue aproximadamente?

—Debían de ser las nueve menos cinco o así, antes de las nueve seguro. No es raro que salga tan temprano. Aunque le parezca una locura, Judith va a hacerse fotos y solo saliendo a primera hora evita a los paseantes o a los deportistas que corren por la zona. Los fines de semana es imposible, está lleno de moscones.

—Su hija se fue y usted se quedó con Lucas, entiendo.

—Así es.

—Viendo la televisión.

—Sí…, sí.

—Sin embargo, creo que usted tenía un directo desde su cuenta oficial de Instagram poco después. A las nueve, para ser exactos. —⁠Mateo sonrió para sus adentros, la jefa lo había vuelto a hacer: se había adelantado antes de que tuvieran tiempo de comprobar cada movimiento.

—Sí, claro, el directo. Por eso sé que a las nueve ya se había ido, porque se fue justo antes. Los sábados es temprano, en invierno lo hago dentro, pero cuando hace mejor, como hoy, aprovecho para hacerlo fuera, que siempre queda mejor. El fresquito me viene bien para activarme, la verdad. Lo hago con el lema: «Empezar el día con energía». —⁠Candela mantuvo la mirada, esperando que continuara⁠—. Normalmente Judith está en casa y vigila a Lucas el tiempo que dura… Él está entretenido con la tele, ni se entera. ¡Lo que disfruta viendo recopilatorios de tiktoks!, le encanta ver a los chavales bailar.

A Candela le hubiera gustado parar de golpe la entrevista para preguntarle cómo podía ser posible que dejara a un niño tan pequeño solo, pegado a la televisión, viendo semejantes gilipolleces. ¿No era suficiente que los adolescentes estuvieran cada vez más enganchados a esas bobadas como para que encima fueran los padres quienes se las metieran por los ojos desde tan pequeños, creando verdaderos adictos? Le hervía la sangre, pero como la buena profesional que era continuó con su labor.

—Y hoy ella no estaba.

—No, se acababa de ir.

—¿Cuánto dura el directo que hace?

—Una hora aproximadamente.

—¿Hoy ha durado lo mismo de siempre? —⁠Candela se crecía con el poder del que sabe con certeza que está acorralando a un mentiroso.

—Sí, sí.

—Y, cuando terminó, el niño seguía frente al televisor.

—Sí. Después estuvimos jugando toda la mañana ahí fuera y luego vimos la tele hasta que fui al baño, como les he contado, y cuando regresé ya no estaba.

—¿No se separó de él en toda la mañana?

La firmeza con la que Candela había formulado la pregunta hizo que Adriana reculara inmediatamente.

—Bueno, estuve con Lucas casi todo el tiempo…, la tele estaba de fondo y, como ya les he dicho, en algún momento salí a hacerme unas fotos y me entretuve con un par de mails

—Cuando eso ocurría, el niño miraba la tele…

—Así es, hasta que se lo llevaron —⁠respondió la madre con la voz rota.

Mateo lanzó una mirada significativa hacia Paula para hacerla cómplice de las teorías a las que él y Candela habían llegado.

—Estoy segura de que alguien estaba pendiente y sabía que yo no estaba con él en ese instante —⁠continuó⁠—, y lo han secuestrado. No está por ningún lado. No hay ni rastro de él. Se ha esfumado.

—Pero no ha encontrado ninguna nota ni señal que indique que alguien hubiera entrado para llevárselo… —⁠indagó Candela.

—No —respondió Adriana cabizbaja.

—Señora Fernández. —La mujer la miró sorprendida, como si no acostumbrara a que la llamaran así⁠—. ¿Es la primera vez que su hijo desaparece?

Adriana tragó saliva y negó con la cabeza.

Conchi llevaba veinte años dando clase a los alumnos de bachillerato y esperaba poder seguir otros quince o veinte más ocupando la misma plaza sin tener que cambiar a otro centro. Le gustaba mucho el colegio en el que trabajaba y la manera en la que la dirección pautaba la forma de enseñar y tratar a los chavales. Ella ya era una experta en domarlos y conseguir disminuir la resistencia propia de la edad que muchos mostraban ante el aprendizaje para lograr que se interesaran por Historia de España, que era la materia que ella impartía con pasión. Sin embargo, su rutina iba a verse interrumpida cuando esa mañana, nada más pasar por secretaría, la llamaron para que entrara. Patricia, la profesora de infantil, acababa de avisar de que no podría ir porque tenía gastroenteritis, y ella tenía que cubrir su baja. Intentó rebatirlo reclamando el derecho de sus alumnos a no perder clase por algo así, pero fue en balde; le dijeron que ya los juntarían con la clase de al lado o verían qué hacían con ellos, pero que no les preocupaba. Ella era la profesora con mayor antigüedad del centro y en la que confiaban para que se ocupara de los más pequeños. Cuando entró por la puerta de su clase eventual y se encontró con semejantes renacuajos, le recordó a sus primeros años de prácticas. Conchi no había podido tener hijos; su marido y ella lo intentaron durante años por activa y por pasiva, recurriendo incluso a todo tipo de técnicas de fertilidad, pero no pudo ser. Los primeros años de frustración y profunda tristeza fueron cediendo a la dedicación y pasión por su trabajo. Recién licenciada se entregó en cuerpo y alma a los más pequeños. Aunque después la edad de sus alumnos aumentó considerablemente por decisión propia: empezó a coger manía a los críos y trabajar con los más mayores no le costaba tanto. Se le hacía menos duro, era mucho más fácil centrarse en el proyecto de mujeres y hombres que tenía delante e intentar enriquecerlo que estar rodeada de niños tan pequeños, más cercanos al bebé que le hubiera gustado tener. Por eso, aquel día se propuso hacer su labor intentando no implicarse demasiado. Les puso canciones, les sacó todos los juguetes y los dejó a su libre albedrío salvo cuando se tiraban del pelo o se pegaban entre ellos.

—Venga, nos vamos a poner en fila de uno en uno y salís ordenadamente detrás de mí para ir a comer, ¿de acuerdo? —⁠les pidió cuando llegó la hora de la comida.

Los alumnos del colegio siempre iban al comedor en fila india con las manos en la espalda; era una costumbre que les enseñaban desde que entraban. Los niños obedecieron rápido y se fueron colocando poco a poco; no tuvo que insistir lo más mínimo, se notaba que estaban bien entrenados y conocían a la perfección lo que tenían que hacer. Conchi se puso delante de ellos y empezó la marcha para que la siguieran.

—Venga, bien juntitos…

Lucas estaba despistado jugando con un puzle y fue de los últimos en sumarse a la cola. Salía andando junto a sus compañeros cuando, de pronto, del baño que había al principio del pasillo donde estaba la clase, salió un hombre que tapó la boca del niño y lo agarró con firmeza. Tiró de él y lo metió en el baño tan rápidamente que los dos niños que iban detrás de Lucas no se percataron de nada y continuaron andando. El hombre soltó al niño, que miraba asustado a aquel desconocido que lo observaba de una manera extraña, sin decir una palabra. La barbilla de Lucas empezó a temblar y un puchero se dibujó en su cara. No podía ser más tierno. Antes de que rompiera a llorar, el hombre sacó un coche de juguete y se lo mostró.

—Tranquilo, Lucas, no tengas miedo. No tienes nada que temer.

El niño miró embelesado el coche. Era de color rojo, su favorito. El hombre estiró la mano para dárselo y después cerró la puerta para que nadie los descubriera.

Conchi, mientras, no se dio cuenta de nada de lo ocurrido. Una vez superada la prueba del comedor, en la que tuvieron que echarle una mano para que no se pusiesen perdidos, llegó el recreo. Habría matado por un cigarro, pero no estaba la cosa como para fumar, sus compañeras no lo veían bien y mucho menos la directora. Pero a Conchi le daba igual, era su único vicio y disfrutaba cada cigarro que se fumaba de lo lindo. Miró el reloj y vio que faltaban cinco minutos para volver al aula. Qué pereza le daba tener que lidiar con pataletas y chantajes cuando les dijera que se habían terminado los juegos; no tenía paciencia. No quería tenerla, se mantendría firme porque en el fondo sabía que se derretía con ellos. Se acercó a las casitas de plástico que había en la zona infantil.

—Niños, vamos a clase. Venga, todos en fila otra vez, no me hagáis ponerme seria que no os pongo más canciones, ¿eh?

Para su sorpresa, salvo los dos más pequeños de la clase, a los que tuvo que ir a buscar expresamente, el resto volvió a obedecer enseguida. Otra prueba superada.

—Vamos, en fila, mirad hacia delante, que os vais a caer.

El grupo de niños se puso en marcha, seguidos por la mirada de su profesora, que estaba muy satisfecha. Hasta que ocurrió lo peor que podía suceder. Los estaba contando según andaban cuando se dio cuenta de que no estaban todos. Lucas, el niño pelirrojo con cara de muñeco, faltaba.

—¡Niños! Un momento —exclamó.

Los pequeños dejaron de andar y la miraron desconcertados, sin saber qué hacer. Algunos, distraídos, se salieron de la fila. Conchi giró la cabeza rápidamente para buscar en la zona de juegos, se agachó y revisó cada rincón por si se había quedado despistado. Pero no lo encontró. Entonces su pulso se aceleró y empezó a dar vueltas hacia todos los lados para buscarlo.

—¡Lucas! —gritó—. ¡Lucaaas!

En el patio solo quedaban los niños a su cargo, que la estaban esperando. La valla con una de las puertas de acceso quedaba justo a su derecha. El crío no podía haber trepado, pero ¿y si se lo habían llevado? Fue corriendo y se asomó por si veía a alguien con el niño, pero nada. Volvió donde esperaba el resto y les indicó que la siguieran, ya sin ningún tacto. Tratando de que lo hicieran a la mayor velocidad posible. Caminaba intentando recordar en qué momento lo había dejado de ver, pero no era capaz de dar con él. Le daba vueltas y no tenía ninguna imagen del niño en el patio, tampoco comiendo, pero no podía asegurar que no hubiera ido al comedor. Era horrible, ¿en qué momento lo había perdido de vista?

—Vamos, vamos, vamos —les repetía, apretando los dientes. Recorrió el pasillo hasta la clase, sudando a mares. Cuando quedaban un par de metros, adelantó a los niños y abrió la puerta de golpe: Lucas estaba sentado en mitad de la clase. No se esperaba que abrieran tan de repente y empezó a llorar. Conchi lo miró y no pudo evitar reírse para liberar toda la tensión acumulada. ¿Había estado ahí todo el tiempo? ¿Tan despistada estaba? Le pareció muy raro. Se acercó al niño y sin poder evitarlo lo abrazó con fuerza; al hacerlo se fijó en que en la mano tenía un coche rojo que no había visto antes.

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