La cría
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Mateo atravesó con la mirada a Candela, que cada vez se sentía más incómoda. La conversación con Adriana había sido devastadora, no le quedaban fuerzas para seguir en pie, y eso que todavía faltaba tomarle la declaración oficial con su abogado. Lo único que quería era evaporarse y salir de ahí. Nunca pensó que tuviera que dar explicaciones al que consideraba su propio hijo, lo único por lo que merecía la pena mantenerse en pie y luchar. Se había esforzado tanto en impresionarlo para que se sintiera orgulloso y poder influir en él de la mejor de las maneras que pensar en decepcionarlo la destrozaba por dentro.
—Lo sé todo. Alberto, el vecino, me ha contado que había visto varias veces a una mujer con el pelo largo tapándole el rostro merodeando por la zona y que justo esta mañana a primera hora, cuando desapareció Lucas, la había descubierto entrando por la parte de atrás de la casa de Adriana. Al principio, cuando nos vio hablando después con ella y Judith en el jardín de su casa, no estaba seguro. No había visto bien la cara de la mujer y le parecía una locura que pudiera ser una «agente de la autoridad», palabras textuales. Pero más tarde, al verte en la tele huyendo de los reporteros, con la cabeza gacha y el pelo suelto sobre la cara, tuvo claro que no se había equivocado. —Candela fue a decir algo, pero Mateo no la dejó—. No hace falta que te esfuerces en desmentirlo, no hagas el ridículo. Tienes que dar las gracias de que tengamos suficientes pruebas para incriminar a Adriana, porque, si no, ahora mismo serías tú la que ocuparía su lugar. Tus huellas están por todas partes y tengo imágenes que prueban que estabas en la zona mucho antes de la llamada que ella hizo al 062. Es tu coche, se ve la matrícula.
Mateo mostró en su móvil una imagen congelada del vídeo que le había mandado Paula, en el que la cámara de seguridad de la garita captaba el coche de Candela entrando a la urbanización. La hora que aparecía en una de las esquinas era las 07.55.
—Escúchame…
—No, escúchame tú, déjame hablar —susurró—. Por eso, la primera vez que habló conmigo, el vecino me dijo que solo a ti te contaría lo de Adriana. Era la manera que tenía de verte de cerca y salir de dudas, pero, al sospechar de él por todo lo que pasó con Judith, apartó de su mente la idea. Me lo ha contado todo esta tarde.
—Tiene una explicación. Esa mujer mató a mi hijo, fue la culpable de que lapidaran a Constan hasta que ya no pudo más.
—Lo sé, después he ido atando cabos y al escucharte hablar con ella me lo has confirmado.
Candela lo miró con cariño, orgullosa del trabajo que estaba haciendo y del gran profesional en el que se había convertido. Se aseguró de que nadie los escuchaba y bajó la voz.
—Al principio iba allí para observarlos desde el jardín de la casa de enfrente a través de la ventana del salón. Me pasaba las horas espiando, sumida en la pena, en la rabia y el bloqueo que me impedían seguir hacia delante. Nunca me encontré a un vecino ni a nadie que me dijera nada, aunque supongo que el que me viera pensaría que era del barrio. Eso fue fundamental a la hora de elaborar mi plan. Me di cuenta de que la vida de Adriana no era tan perfecta como se esforzaba en aparentar: los niños pasaban mucho tiempo solos, desde fuera se escuchaban gritos cada vez que Lucas hacía algo propio de un niño pequeño, todo era una farsa. Nada era como lo vendía en sus publicaciones. Así que me propuse recopilar material suficiente que mostrara la cara B de lo que tanto presumía, poniendo el foco principalmente en que no era una buena madre. Tenía que estar a la caza de cualquier descuido que me ayudara a demostrar que no era más que una farsante, por eso intensifiqué las guardias. Siempre que el asunto que estuviéramos llevando me lo permitiera, claro. Cuando lo tuviera todo, iba a crearme un perfil para subir el material. Estaba convencida de que se haría viral. Por eso, esta mañana, cuando vi que se iba y dejaba todo abierto, me pareció que por fin era mi oportunidad…
—Para endosarle el arsenal de somníferos, no me mientas —concluyó Mateo con dureza.
Candela palideció y miró hacia la puerta de la pecera, como si alguien hubiera podido escucharlo.
—¿Cómo lo has sabido?
—En uno de los botes estaba la etiqueta con el código del almacén. Con eso ha estao tirao verificar que pertenecía al arsenal de drogas, tranquilizantes y somníferos que incautamos en la redada en el narcopiso de las afueras hace un par de meses. —Mateo hablaba con la seguridad del que es consciente de que se sabe la lección a la perfección.
—Los puse ahí para que le quitaran a los niños. No es una buena madre, está envenenada. Quería que sintiera el mismo dolor que tengo yo, que supiera lo que es que te arrebaten a tu hijo, que viviera la humillación que se siente cuando todo el mundo te juzga porque eres cuestionada en los medios por ser una mala madre, después de haberte sacado en la tele hasta arriba de tranquilizantes y culparte de la muerte de tu hijo por haberlo convertido en «una niña rara». Por eso le coloqué los somníferos: sabía que Adriana también los tomaba asiduamente, y que, por su vida pública con tantísima exposición, se la pondría, incluso más que a mí, en tela de juicio. Iba a ser la bomba, estaba convencida de que hundiría todo su negocio. Pero te juro que nunca deseé la muerte de Lucas. De verdad que solo quería protegerlos, sobre todo al niño. Tenía que evitar que se convirtiera en el bicho enfermo que es su hermana. Cuando escondí los somníferos, pensaba llamar para denunciarlo; no me podía imaginar lo que pasó después. —Candela empezó a llorar a lágrima viva—. No pensé, ni por asomo, que Lucas moriría así, es terrible. Casi como una premonición. Me siento culpable, yo no quería que le pasara eso al niño, te lo prometo.
Mateo la abrazó con fuerza para calmarla.
—Has hecho bien. Aunque haya sido una casualidad, si los somníferos son los mismos…
—Puse los mismos que consume ella.
—Pues será la prueba irrefutable de que ella lo hizo. Las casualidades no existen, es el destino quien quiere que esa infanticida pague por lo que ha hecho. Así que no te culpes. Has cometido un delito, sí, pero no quita para que la sobredosis de Lucas fuera real. La única pena es que no pudieras incriminarla antes, porque quizá habrías evitado la muerte del niño. Has ayudado mucho a Lucas y a todos los niños que son víctimas de la violencia vicaria. Constan estaría muy orgulloso de ti, estoy seguro.
Como el resto de sus compañeros, Mateo conocía la historia de Candela. Sin embargo, nunca le había preguntado por los detalles y mucho menos por su hijo. Esa era la primera vez que mencionaba a Constantino. Candela no se esperaba en absoluto que lo fuera a hacer y se le puso un nudo en la garganta. La emoción era tal que se le quedó atragantada y no fue capaz de manifestarla. Al fondo del pasillo aparecieron Juan y Judith.
—Quería hablar de todo esto contigo para que sepas que me la he jugado para salvarte el culo. He mentido a Paula y a todos, y más vale que, cuando acabe todo esto, lo repasemos bien, no vaya a ser que la termines de cagar —le dijo rápidamente Mateo, disimulando.
Al terminar le guiñó un ojo. Candela sonrió agradecida; de pronto, las tornas habían cambiado. Las palabras de Mateo no sonaban a reproche, sino casi a declaración. Le estaba expresando lo mucho que le importaba. Candela miró orgullosa al hombre comprometido y trabajador en que se había convertido. No podía quererlo más.
Juan y Judith llegaron junto a ellos. La adolescente los miró. Candela abrió la puerta y la dejó pasar. Adriana se incorporó inmediatamente al ver a su hija, parecía haber visto una aparición.
—Un minuto —ordenó Candela.
—¡Mamá!
—Cariño, yo no he matado a Lucas, tienes que creerme —dijo la mujer mientras se lanzaba a abrazar a la niña entre lágrimas.
—Lo sé. —Judith pegó la boca a la oreja de su madre y añadió muy bajito—: Pensé que se despertaría, como cuando se los dabas tú. Yo no quería que se muriera.
Al escuchar estas palabras, Adriana abrió los ojos como platos y se soltó de golpe, tratando de discernir si lo que acababa de oír había sido real. Entonces, por un momento, pudo ver a su hija más allá del maquillaje, las extensiones y los filtros. Judith tenía los ojos desorbitados y una sonrisa desencajada.
—Pero, mamá, lo he conseguido, ¡tengo un millón de seguidores! ¿Estás orgullosa? —preguntó con la inocencia e ilusión de una niña pequeña.
Adriana miró a su hija y se dio cuenta, por primera vez, de que había creado un monstruo.