La cría

La cría


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Adriana había hecho una pequeña pausa. Candela la analizaba tratando de entender por qué tenía que buscar tanto las palabras.

—Hace un par de años, cuando empezó la guardería, ocurrió algo. Su profesora faltó un día y otra se quedó con los niños. Por lo que me contó la sustituta, los niños habían estado jugando en clase. Lucas, tan feliz como el resto. Después fueron a comer y al acabar tocaba recreo. Por lo visto, cuando estaban en el patio, le llamó la atención que no estuviera Lucas, lo estuvo buscando y no lo encontró. Volvió a la clase con el resto de los niños muy nerviosa y al abrir la puerta allí estaba, sentado solo en mitad del aula. Ella me dijo que no me lo contaba para asustarme, pero me aconsejaba que tuviera cuidado con él, porque se le había escapado sin darse cuenta, y creía que tendría que estar muy pendiente de él «porque los niños tan pequeños en cualquier momento te la pueden organizar». Pero a mí me extrañó, porque mi hijo es muy tranquilo. Es muy activo, risueño, divertido, pero bastante miedoso. Demasiado, y eso le hace ser cauteloso. Lo que me acababa de contar no era propio de Lucas. Pero no fue hasta que, al darme la mochila, la maestra me dio también un coche rojo de juguete y, de una manera muy amable, me dijo que creía que a los niños no se les permitía llevar juguetes de casa. Aquel cochecito no era de Lucas. Si no era de la clase ni de sus compañeros, alguien tenía que habérselo dado. Me puse nerviosísima solo de pensar en quién habría estado con él y con qué intenciones. ¿Cuánto tiempo había faltado? ¿Qué le habría hecho?…

—¿El niño no les contó nada? ¿No le preguntó?

—Sí, sí, pero no soltó prenda. Apenas balbuceaba por esa época, fue imposible sacar nada en claro.

—¿Hubo más incidentes como ese? ¿Volvió a desaparecer?

—Que yo sepa, no. Vamos, no.

—Hasta ahora.

—Sí. Tienen que encontrarlo, por favor…

Candela hizo un gesto a Mateo para que siguiera él. Era su turno. Esperó atenta unos segundos para disfrutar viendo cómo su apadrinado se esforzaba cada vez más, tomándose su labor muy en serio.

—¿Estaban solos los tres?

Adriana levantó la cabeza, el cambio de voz la había pillado por sorpresa.

—Sí.

—¿No tiene alguna asistenta o alguien que venga a hacer la casa? —⁠E hizo un gesto con la cabeza indicando el desorden de la habitación.

—No, hoy sábado no viene.

—Pero ¿tiene llave?

—Qué va, viene por las tardes para ayudarme con los niños cuando estamos en casa y a hacer las limpiezas gordas, del resto me ocupo yo.

Candela volvió a tomar el mando. Había conseguido que bajara la guardia y era momento de contraatacar.

—¿Cuándo se dio cuenta de que faltaba el niño?

—Al salir del baño, ya se lo he dicho.

—¿A qué hora fue eso, señora Fernández?

—¿Por qué me lo vuelve a preguntar de esa manera, como si yo fuera la sospechosa?

Paula y Mateo se pusieron en guardia a la espera de la respuesta de su jefa.

—Nadie ha dicho que lo sea. Como ya le he explicado, para descubrir qué ha podido ocurrirle a su hijo, necesito tener una cronología lo más precisa posible de los hechos. Es el procedimiento más habitual, ¿tiene algún problema en contestar a las preguntas? Puede llamar a su abogado si así lo desea.

Adriana mantuvo la respiración y, después de unos segundos, comenzó a hablar de nuevo.

—Sobre las once y veinte, quizá un poco antes. No lo sé. No lo vi al salir del baño y no le di importancia porque pensé que estaría en su habitación. Pero cuando lo llamé y vi que no respondía me preocupé. Lo he buscado por todos lados, dentro y fuera de la casa.

—La llamada que hizo al 062 fue a las doce, ¿qué hizo en todo ese rato? ¿No salió a buscarlo a la calle? —⁠preguntó Mateo.

—Sí, claro. Busqué por todos lados, llamé a mi hija, pero el teléfono no daba señal y me imaginé que estaría con las fotos o algún vídeo. Luego salí con el coche y di varias vueltas por la urbanización y, al no encontrarlo, llamé a emergencias.

—Ha hecho bien en avisarnos rápidamente. Las primeras cuarenta y ocho horas son las más importantes; cuanto antes empecemos, mejor —⁠le indicó Candela en su afán por dar una de cal y otra de arena.

—Mi hijo es famoso, es el niño más famoso de España, ¡¿sabe usted?! —⁠exclamó Adriana perdiendo los papeles.

A Candela le hubiera gustado abofetearla en ese mismo momento y decirle: «Tienes lo que te mereces por haber expuesto a tu hijo en las redes sociales de manera desorbitada, con todos los peligros que conlleva. Eso no se le hace a un crío y menos a tu propio hijo». Pero, en lugar de eso, continuó con la misma templanza que había mostrado hasta ese momento.

—Señora, en la mayoría de los casos el culpable está en el entorno más cercano, familiares y amigos. —⁠Candela miró hacia la foto en la que aparecía Adriana junto a su marido y Judith de pequeña y, tras una leve pausa, continuó⁠—: Hábleme de su marido.

Adriana posó la miraba sobre la fotografía unos instantes. Al mirar de nuevo a Candela, sus ojos estaban empañados en lágrimas y parecían perderse más allá de los límites de la habitación.

Adriana estaba esperando en la sala que habían preparado mientras su hija trabajaba. Era una estancia muy cuidada, con un par de butacas de diseño, una nevera pequeña llena de bebidas y una mesa de centro con sándwiches y pinchos para picar. Llevaba ahí metida más de dos horas, estaba impaciente. Tenía ganas de morderse las uñas, pero se las había hecho de porcelana justo antes del viaje y pretendía que le duraran una temporada. También se había aclarado el pelo aprovechando que le habían pedido que diera unas mechas más rubias a Judith para la prueba. La peluquera la había mirado mal, pero a ella le daba exactamente igual: no podía correr el riesgo de perder su gran oportunidad. Elvira le había dejado muy claro que ese viaje a Bilbao, donde se encontraba la sede de la agencia de publicidad responsable de la campaña para la que la niña estaba haciendo las pruebas, era clave para el futuro de su hija. Mientras ella esperaba impaciente, los dueños de la famosa marca de galletas infantiles estaban reunidos junto con el equipo creativo de la agencia y su fundador, el señor Urdanegui, para valorar las aptitudes de Judith. Si todo salía bien, la niña sería la imagen de la campaña a nivel nacional y estaría hasta en la sopa.

Adriana cruzaba los dedos para que su hija estuviera especialmente inspirada aquella tarde y le dieran la buena noticia enseguida. Por si acaso, ella ya tenía preparada la cara de sorpresa, solo esperaba no ponerse demasiado nerviosa y que se le escapara alguna lagrimilla para encandilar también al señor Urdanegui. Aún no se creía que fuera a conocerlo en persona. Él era el gran mandamás de la publicidad, el que llevaba los planes de comunicación y de marca de las personalidades y empresas más importantes de España. Adriana había buscado fotografías del fundador de la agencia cientos de veces en internet. Su pelo blanco peinado hacia atrás y sus cejas largas y puntiagudas le daban un aspecto enigmático. Ojalá se fijara también en ella y pudiese empezar su carrera como modelo. Se moría por ponerse delante de una cámara y que la grabaran. Nada podría hacerla más feliz que ver su imagen por todos lados. Más ahora que, a los retoques que ya tenía, había que sumarles bótox en la frente y las patas de gallo, y ácido hialurónico en los labios. Estaba realmente sexy y «despejada», tal y como le había dicho la doctora después de aplicarle los tratamientos. Lo cierto era que se veía mejor; no resultaba fácil estar al lado de una niña como su hija, con ese pelo rubio y esa cara angelical sin una sola arruga. Le daba hasta rabia. Estaba mirándose en el espejo cuando la puerta se abrió de golpe, dándole un susto de muerte.

—Ya han terminado, puede acompañarme, por favor —⁠dijo la joven que la había acompañado al llegar.

Recorrió un enorme pasillo plagado de distintas puertas, iluminado con unos tubos fluorescentes de luz blanca. Cuando llegaron a la última puerta, un chico la invitó a pasar. Al entrar vio lo que parecía una sala de reuniones con una enorme alfombra persa y unas veinte butacas negras de diseño colocadas formando un círculo. En una de las paredes había una pantalla enorme para proyectar imágenes. En el centro del círculo estaba Elvira con su hija Judith cogida de la mano. Las dos esperaban quietas; la mujer la recibió con su eterna sonrisa mientras que la niña estaba especialmente seria y con los ojos medio cerrados. Adriana miró hacia los lados, pero no había ni rastro del señor Urdanegui ni de ningún cliente y no pudo evitar poner un gesto de decepción.

—Se ha quedado dormida —le dijo Elvira.

Adriana quiso gritar «¡¿Cómo?!», pero en lugar de eso agarró a su hija y la zarandeó para espabilarla. No se podía creer que esa mocosa acabara arruinándolo todo. La niña trató de recomponerse al ver la expresión de rabia que invadía el rostro de su madre, quería pedirle perdón y explicarle que no había podido aguantar despierta, pero era incapaz de articular palabra. Su lengua pesaba demasiado, no podía moverla. Elvira continuó antes de que Adriana pudiera decir algo:

—Pero no te preocupes, que el cliente se ha quedado muy contento. Esta criatura lo ha hecho muy bien.

La mujer sonrió a la niña, pero esta permanecía inmóvil, no parecía percibir que hablaran de ella.

—El señor Urdanegui…

—Se ha tenido que marchar —⁠se adelantó Elvira⁠—, tenía que despedir al cliente, me ha pedido que te lo diga. Le hubiera gustado saludarte. —⁠Adriana tuvo que respirar hondo para no llorar. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento⁠—. Ya podéis volver a casa, no vayáis a perder el avión. En cuanto tenga noticias, te llamo para contarte, ¡esto pinta muy bien!

Adriana sonrió a duras penas y agarró a la niña de la muñeca. Al darse la vuelta para salir con ella, se encontró de golpe con el enorme conejo de peluche de pie junto a la puerta. Tenía la cabeza inclinada y sus ojos enormes y rasgados parecían mirarlas fijamente.

—¡Uy!, no lo había visto —exclamó Adriana, recuperándose del susto.

Elvira soltó una risita a la que se sumó el chico que las esperaba al otro lado de la puerta para acompañarlas a la salida. Adriana no quitó el ojo al famoso conejo. Una vez más, habría jurado que no había nadie bajo el disfraz; parecía una estatua. Sin embargo, al pasar junto a él pudo escuchar una respiración intensa y entrecortada que se le quedó grabada. Un escalofrío recorrió su cuerpo; miró a su hija, que, pese a que seguía ajena a todo, se puso rígida como una tabla. Tanto que tuvo que darle un tirón en la muñeca para que reaccionara y anduviese más rápido. Al llegar al coche que les había puesto la agencia para recogerlas y llevarlas al aeropuerto, la niña continuaba adormilada y se mantenía en pie a duras penas. Tuvo que ayudarla a entrar; se sentó en el asiento de al lado y, mientras arrancaban, bajó la ventanilla de cristales tintados para decir adiós con la mano a Elvira, que las despedía con el mismo gesto. Después la subió de nuevo y comenzó a soltar en voz baja lo que llevaba rato quemándola por dentro.

—No vuelvas a hacerme esto, ¿me oyes? Ni adiós has sido capaz de decir…, ni un miserable «Gracias» a Elvira. La próxima vez que vengamos tienes que…

—No quiero volver —masculló Judith.

—Ni en broma digas eso.

—Por favor.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de la niña, que seguía prácticamente inmóvil. La madre miró al frente, tratando de mantenerse fría en su propósito.

—Cariño, esta es la oportunidad de tu vida y no la vamos a dejar pasar, mentalízate.

La niña lloraba en silencio.

—¿Quieres que mamá se disguste? —⁠Judith negó con la cabeza⁠—. ¿Quieres verme triste?, es eso, ¿no?

—No —dijo muy bajito.

—No, pues ya está —replicó Adriana, quitándole de los ojos los restos de maquillaje, que se había corrido por las lágrimas⁠—, ya verás como lo vas a pasar bien. Y como premio te voy a comprar un set de maquillaje y unos zapatos de tacón.

La niña sonrió levemente. No había nada que le gustara más en el mundo que ver a su madre contenta y sentir que estaba orgullosa de ella.

—Tienes que ser una estrella, la más famosa, acuérdate.

Tuvieron suerte y el avión salió sin retraso. Ya en casa, se sentaron a la mesa un poco más tarde de lo que solían hacerlo, pero al menos llegaron para comer todos juntos, como cualquier otro día. Adriana le contó a su marido lo maravilloso que era el hotel en el que las habían hospedado y cómo todos habían caído rendidos a los pies de la niña y, por supuesto, de ella. Le dijo, incluso, que el señor Urdanegui le había pedido que se presentara a alguna prueba porque veía mucho potencial en ella, pero que le había contestado que se lo iba a pensar, pues quería estar centrada en su hija y en la familia. Él escuchaba sin mediar palabra, atento al comportamiento extraño de su hija. Judith estaba mucho más despierta, pero jugaba cabizbaja con el pollo asado que habían comprado de camino, sin probar bocado.

—Judith, no hagas el tonto con la comida. Venga, come, que comes muy poco.

La niña, igual de hermética que durante el viaje, levantó la cabeza y miró a su madre.

—Mamá no me deja.

El padre lanzó una mirada a Adriana y esta le dio una explicación, sonriendo.

—¿Tú ves alguna niña gorda en la tele?

—Pero yo no soy gorda.

—Porque no comes.

—Cariño, tiene seis años…

—Elvira nos lo dejó bien clarito, a la marca no le gustan rellenas —⁠lo interrumpió.

—Habrá un punto medio, digo yo.

—Bebé —dijo Adriana a su hija—, es un pequeño esfuerzo, pero merece la pena. Ahora no lo valoras, aunque seguro que en unos años me darás las gracias por conseguir que no pierdas la oportunidad de tu vida. ¡Y por no dejar que te conviertas en una gorda! Ya verás como siempre me lo vas a agradecer.

Entonces la niña se quedó pálida; los padres la miraron sin entender qué le pasaba. Judith miró por debajo de la mesa y gritó compungida:

—¡Mamá!

Adriana y su marido se agacharon rápidamente bajo la mesa y descubrieron un enorme charco de sangre que descendía por las pantorrillas de su hija. La madre se levantó corriendo para limpiarla con una servilleta mientras el padre daba un golpe fuerte a la mesa.

—¡Ya está bien!

Adriana, asustada, no tuvo más remedio que mirar los ojos llenos de ira de su marido para entender que los dos sabían cuál era el origen de aquella tragedia.

—Cariño —trató de calmarlo.

—Me voy, ahora mismo me planto allí para que me expliquen qué cojones están haciendo con mi hija.

Adriana limpiaba a la niña mientras intentaba que no perdieran los nervios.

—Pero no sabemos qué ha pasado…

—¿Qué ha pasado, cielo? Puedes contárselo a papá, vamos —⁠dijo él cariñoso mientras se acercaba a su hija y le acariciaba el pelo.

—No me acuerdo —contestó ella entre lágrimas.

—Me voy —dijo el padre con contundencia.

—Vas a llegar muy tarde, no te van a recibir.

—¡¿Cómo que no?! Voy a exigirles que alguien me espere o llamo a la policía. Por mis cojones que Elvira o el Urdalleni ese…

—Urdanegui —corrigió Adriana.

—Como se diga; me van a dar una explicación. Les voy a cerrar el chiringuito. No saben con quién han ido a dar.

Judith sintió el amor de su padre cuando la besó en la cabeza antes de salir disparado hacia el garaje. Adriana lo vio marchar llena de impotencia. No podía hacer nada para frenarlo y eso le hacía odiarlo. No soportaba que siempre le estuviera poniendo «peros» a todo.

Por fin se metió en la cama, estaba agotada. El día se le estaba haciendo eterno: los nervios de la mañana durante el casting, la batalla para cargar literalmente con su hija durante el viaje de vuelta, el terrible incidente y la sombra de la duda de si su marido sería capaz de echar todo el trabajo por tierra con sus insoportables prontos. Después de que él se fuera, Adriana abrazó a su hija y le dio un buen baño. Al ir a secarla, la contempló desnuda. Había adelgazado, pero se preguntó si sería suficiente para encajar en los parámetros que buscaba la agencia para la campaña. Judith parecía un animalito frágil y desvalido. La metió en la cama y por suerte al minuto ya estaba completamente dormida. Ella, sin embargo, tardó más de dos horas en cerrar los ojos y bajar la guardia.

Entonces un ruido al otro lado de la puerta la hizo despertar de un brinco. Como una autómata, salió al pasillo alarmada. Todo estaba en penumbra, solo veía la luz de la planta de abajo que solía dejar encendida por la noche para que desde fuera se supiese que había alguien en la casa. Se acercó medio dormida a la barandilla de las escaleras y sacó la cabeza con cuidado, como si pudiera caerle una guillotina a toda velocidad. Miró hacia arriba y hacia abajo y, aunque no vio nada, su inquietud no desapareció. Siguió avanzando hasta que al llegar a la habitación de Judith vio que la puerta estaba entreabierta. De pronto escuchó una respiración agitada, parecía un animal olisqueando algo con ansia. Adriana supo enseguida de quién se trataba. Se acercó a la puerta, le temblaban las piernas, y al asomarse por la ranura abierta vio a Sweet Bunny de rodillas en la cama de su hija. La respiración agitada se había transformado en un extraño gemido. El conejo estiró los brazos y agarró los tobillos de Judith, que yacía dormida. De un tirón la llevó hasta él. La niña no reaccionó, parecía un muñeco sin vida. Entonces el bicho inclinó la cabeza para contemplar el cuerpo de su víctima y abrió la boca al máximo, dejando al descubierto dos hileras de dientes afilados que Adriana nunca se hubiera imaginado que podría tener. En menos de lo que dura un pestañeo, el conejo se abalanzó sobre la niña y le clavó su afilada dentadura en la entrepierna. Adriana escuchó el crujir de sus dientes, la sangre salió disparada en todas direcciones. Judith abrió los ojos y gritó desesperadamente mientras su madre presenciaba el momento horrorizada y sin poder reaccionar. Hasta que Sweet Bunny levantó la cabeza y la giró de golpe para mirarla fijamente, con la sangre cayéndole a borbotones por la barbilla. Adriana gritó entonces más fuerte que su hija.

Cuando abrió los ojos, todavía seguía gritando. Tardó unos segundos en darse cuenta de que acababa de despertar de una pesadilla. Aun así, se levantó corriendo de la cama para acercarse a la habitación de Judith. La puerta estaba cerrada, como ella siempre la dejaba. No tenía miedo de no escucharla si la llamaba de noche, su hija sabía abrirla perfectamente, y eso le permitía un poco más de libertad para hacer cosas sin tener que guardar un cuidado extremo ante el más mínimo ruido por si interrumpía el sueño de su pequeña. La abrió lentamente y, para su tranquilidad, se encontró a Judith tumbada en la cama, tapada hasta arriba con la colcha, durmiendo en calma. Volvió a cerrar la puerta y caminó de regreso a su habitación echando humo por la nariz. No soportaba a su marido por meterle esas ideas en la cabeza. Había conseguido crear un miedo absurdo que se había manifestado hasta en sueños. Eso no podía ser sano, la estaba manipulando. Cada día le sobraba más. Le pesaba. Necesitaba un hombre como el señor Urdanegui. Alguien elegante, misterioso y con poder. No le importaba su edad, él haría realidad todos sus sueños. Al día siguiente, cuando se enteró de lo que había ocurrido, supo que jamás se perdonaría que ese pensamiento hubiera rondado por su cabeza la última noche que vio a su marido con vida.

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