La cría

La cría


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Adriana volvió en sí. Candela, Mateo y Paula la miraban expectantes.

—Mi marido murió hace muchos años. Además, él no es el padre de Lucas.

—Entonces háblenos del padre —⁠dijo Candela.

—Es algo complicado… Digamos que no hay padre.

—¿No sabe quién es? —preguntó retóricamente.

—No me gusta hablar de mi vida privada…

—Señora, déjese de tonterías, ya le he dicho que las primeras horas son cruciales. Decida si quiere perder el tiempo y perjudicar a su hijo, o si va a colaborar para que lo encontremos cuanto antes.

—Ya le he dado todos los datos a su compañero. Lo demás se lo puedo resumir: él no quería ser padre, punto.

—Pero sabe que Lucas es su hijo…

—Por supuesto, y no le hizo ninguna gracia. Hasta que el niño se hizo famoso, claro. Entonces sí le importó.

—Luego ahora tiene relación con él. —⁠Adriana asintió a regañadientes⁠—. ¿Cada cuánto tiempo ve Lucas a su padre?

—Cada dos fines de semana, gracias a un juez machista…, ¡viva el patriarcado!

—¿Le tocaba a él este fin de semana?

—No, el fin de semana pasado.

—¿Pudo verlo?

—Sí, sí.

—¿Tuvieron alguna discusión o pelea significativa?

Adriana se quedó pensativa; Mateo estaba muy atento a cada palabra de la conversación.

—Me amenazó con llevárselo. Está negro porque él no cobra ni un duro de lo que factura el niño. Como no lo ha conseguido, quiere que vaya a vivir con él para quedárselo todo. Me dijo que o se lo llevaba o lograría que me prohibieran sacarlo en redes. Tiene gracia que me lo diga precisamente él, que es modelo y vive de todo esto.

Candela la miró incrédula y permaneció unos segundos preguntándose si en realidad aquel hombre tendría tanta falta de escrúpulos o se trataba de una jugada de la madre.

—¿Por qué no nos lo ha dicho antes? —⁠intervino Mateo al ver que Candela no continuaba con las preguntas.

La mujer los miró con tristeza.

—Pensé que no lo decía en serio, que no lo haría literalmente, que solo era una amenaza.

—Me pongo con ello ahora mismo. —⁠Mateo se puso en marcha.

—¡Espera! —intervino Candela—. Paula, ve tú, quiero…

—Pero ya había dado orden de que lo localizaran, estoy yo con ello —⁠respondió Mateo, molesto.

—Te necesito aquí —zanjó Candela⁠—. Paula, si todavía no han dado con él, preséntate en su casa, en la oficina de su representante, donde sea. Remueve cielo y tierra, pero encuéntralo. Necesitamos conocer su versión de los hechos.

Cuando Paula estaba a punto de salir por la puerta, Candela se acercó a ella y le susurró:

—Sé discreta, si te preguntan en el cuartel, no digas nada. Que me pregunten a mí si quieren saber algo. No quiero que nadie me cuestione, no nos lo podemos permitir. No me gustan los moscones, ya me entiendes.

Paula sabía que lo que le estaba pidiendo no era muy normal, ¿por qué tenía ella que encubrir a una superior como si estuviera haciendo algo ilegal en lugar de su trabajo? Aun así, el aprecio y la empatía que sentía hacia Candela por todo lo que había pasado ponía la balanza a su favor y no pensaba rebatirla. Su jefa estaba pasada de vueltas y no solo por los años de experiencia, sino por lo que le había tocado vivir. Era un terremoto, carecía de filtros. Admiraba que fuera capaz de seguir al pie del cañón como lo hacía ella. Era de lo más inspirador. Paula asintió y se fue decidida. Candela se quedó a solas con Mateo y Adriana. Desde donde estaban veían al agente al que habían saludado antes, que inspeccionaba la valla posterior de la casa. También podían controlar a los que se paseaban por el fondo de la planta en la que estaban, donde se encontraba la puerta principal de la vivienda, en busca de alguna huella o rastro en el sofá o en las cristaleras que daban al jardín.

—Señora Fernández…

—Adriana, prefiero Adriana —⁠dijo la mujer levantando la vista de su móvil.

—Adriana —rectificó Candela—, ¿su hijo padece algún tipo de discapacidad o trastorno mental?

A Mateo le extrañó la pregunta, él mismo le había contado que Lucas no tenía ninguna tara, ¿adónde quería llegar?

—¿Cómo? —preguntó la madre aturdida, casi ofendida.

—Necesitamos saber si está siguiendo algún tratamiento médico o psiquiátrico cuya interrupción pueda acarrear riesgos especiales.

—No, mi niño no toma nada. Está sano como un roble.

—Me alegro —contestó Candela algo irónica⁠—. ¿Y recuerda alguna circunstancia que hubiera podido provocar que el menor se marchara voluntariamente?

—Por favor, pero si es un crío —⁠contestó ofendida.

—Si hay indicios de que su hijo fuera víctima potencial de un acto delictivo, o se encontrara con adultos que hubieran podido poner en peligro su bienestar, se nos debe informar con detalle —⁠indicó Candela a modo informativo.

—No sé adónde quiere llegar, pero…

—Responda simplemente sí o no. Si piensa que el niño ha podido ser víctima de alguien de su entorno, además de su padre, diga sí. Si, por el contrario, cree que el niño no ha sufrido ninguna extorsión o abuso, diga no. Es muy sencillo.

—No. Que yo sepa… —respondió Adriana notablemente cabreada, desviando la mirada hacia otro lado.

Mateo se estaba dando cuenta de cómo su jefa intentaba acorralar a la madre cada vez más. Por ejemplo, al decir a Paula, antes de que fuera a buscar al padre, que quería conocer «su versión de los hechos» en vez de «necesitamos saber si tiene una coartada o dónde estaba exactamente cuando desapareció Lucas». Era evidente que esa mujer sacaba a Candela de sus casillas, no podían ser más opuestas. Sobre todo por su manera de entender la maternidad. Pero su jefa tenía que mantenerse parcial; no era bueno tener tantos prejuicios sobre la persona a la que, en teoría, debía ayudar. Una idea preconcebida desde el principio era un grave error que podía impedir tener la perspectiva necesaria para captar cualquier señal que ayudase a dar con el verdadero culpable. Ella misma se lo había enseñado. Nunca había que sacar conclusiones precipitadas, sino construir el caso de una forma u otra. Aunque también era cierto que la reacción de Adriana ante las preguntas que le estaban haciendo era un tanto desorbitada, pese a la situación extrema que le estaba tocando vivir. Se mantenía demasiado a la defensiva, como si ocultara algo. Entonces Candela hizo una leve pausa y con la mayor de las sonrisas preguntó:

—¿Y usted?

—¿Yo qué?

—¿Toma usted alguna medicación?

Adriana tragó saliva, no le gustaba en absoluto hablar sobre el tema. Le hacía sentirse débil y enferma.

—Alguna pastilla para dormir.

—¿Valium?

—No, tomo otra cosa, pero solo de vez en cuando, sobre todo si estoy hasta arriba de trabajo.

—De acuerdo, no se preocupe, es de lo más habitual —⁠dijo Candela sonriendo amablemente. En ese momento un grito en la calle interrumpió la entrevista.

—¡Mamá!

Era Judith; el ruido de la llave en la cerradura les indicó que la chica estaba a punto de entrar en la casa. Adriana fue corriendo hacia ella. Mateo se quedó rezagado, dando un paso hacia el jardín.

—Voy a supervisar lo de fuera, ¿no? —⁠preguntó.

Candela hizo oídos sordos. Aprovechó para sacar el móvil y dejar un audio a Paula: «Entérate de si la madre o el niño iban drogados a clase o si notaron algún tipo de maltrato. Busca historial médico de ella…, y ¿qué pasa con el padre? Quiero la dirección ya. Avísame cuando la tengas».

—¡Vamos! —le ordenó a Mateo para que la acompañara, ignorando su petición.

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