La cría
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Cuando Candela y Mateo llegaron a la entrada de la casa por el pasillo que unía el salón con la cocina, justo donde estaba el recibidor con las escaleras de subida y bajada a toda la vivienda, vieron cómo Judith abrazaba a su madre. La joven de melena dorada era aún más delgada que Adriana, algo que Candela no se podía creer.
—¡Mamá! —exclamó la chica.
Adriana no se fundió en un fuerte abrazo con su hija, tan solo le acarició la mejilla y se separó de ella. Después, como un acto reflejo, volvió a deslizar el dedo por la pantalla del móvil. Candela, parada en el comienzo del pasillo que daba al recibidor, hizo un gesto al otro compañero para que continuara con su labor. Mateo seguía junto a ella.
—Mi niño, mi niño…, mi conejito… —repetía la madre en voz baja.
Un remolino de emociones se apoderó del estómago de Candela al ver a las dos mujeres de la familia juntas. Las lágrimas de Judith calaron en ella más de lo que esperaba.
—Ahí está la otra joyita de la familia —susurró Mateo—, la famosa Judith Fernández. Ciento cincuenta K en Instagram…
—¿K?
—K significa mil, tiene ciento cincuenta mil seguidores en Instagram. Influencer de tres al cuarto. Muy conocida en la zona, pero queda lejos de la Paula Gonu que desearía ser.
—Seguro que en su instituto es una eminencia —respondió mordaz Candela, que ya había echado un vistazo al perfil de aquella niña que, como tantas otras, había hecho de sí misma un producto sexualizado como reclamo para captar seguidores.
—Por lo menos se ha portado bien y no ha compartido nada en redes —replicó Mateo revisando los distintos perfiles de la chica.
—Habrá tenido que hacer un gran esfuerzo —respondió Candela, con la ironía de costumbre.
—Es un quiero y no puedo, canta a la legua.
—No la juzgues ni la culpes a ella, ¿qué va a hacer la pobre criatura si la han criado así?
—Entre las dos no reúnen ni un tercio de los seguidores que tiene Lucas. Prácticamente no tienen campañas ni colaboraciones pagadas. Son dos pretenciosas que viven de las rentas del niño.
—Salvo que haya algo que no sepamos —matizó ella.
—En principio a ninguna de las dos le interesa que él desaparezca —remarcó Mateo.
—A no ser que el niño ya no sea tan rentable; ¿te has fijado en cómo está todo? Aquí no ha limpiado nadie en semanas. Apuesto por qué ha dejado de entrar una buena cantidad de dinero en esta casa y tenemos que averiguar el porqué.
Adriana seguía con la cabeza baja echando un vistazo al móvil, de espalda a los agentes, y tapando prácticamente a Judith. Aun así, Candela y Mateo la escuchaban respirar muy fuerte, emitiendo pequeños gemidos. De pronto dejó el teléfono y se giró, consciente de que ellos seguían en la casa. Al hacerlo, la teniente tuvo una visión que sacó lo peor de ella: la muchacha también tenía el móvil en la mano y apuntaba con él a su madre mientras esta emitía esos sonidos lastimeros. Antes de que pudiera enfocarlos, Candela le bajó el brazo de forma brusca.
—¡Deja de grabar! ¡Ya!
Adriana y Judith se quedaron blancas por el repentino ataque de Candela.
—No es un directo, tranquila, se queda en el carrete —respondió Judith, impactada por la presencia de los agentes.
—Cuídate mucho de publicar algo y más aún si son imágenes en las que salgamos nosotros, ¿entendido? —La joven asintió tímidamente. Adriana fue a intervenir, pero Candela continuó, impidiendo que lo hiciera—: Esto es confidencial. La vida de tu hermano está en juego, ¿lo entiendes? —dijo pegándose a ella.
Judith se apartó de inmediato, intimidada por la corta distancia desde la que aquella mujer la había amenazado. Los ojos de Candela y Mateo se abrieron de par en par al descubrir lo que traía con ella.