La cría

La cría


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Detrás de Judith había una pequeña maleta de mano con ruedas, colocada en vertical.

—¿Qué es eso? —preguntó inmediatamente Candela.

—Una maleta —respondió Judith confusa mientras lanzaba una mirada suplicante a Mateo, como si él pudiera frenar el arrojo de su jefa.

—Eso ya lo veo, ¿qué llevas ahí? ¿Vienes de viaje?

—No —respondió la chica extrañada, como si le estuviera preguntando alguna marcianada.

—Ya le he explicado que Judith ha ido a hacerse unas fotos para futuras publicaciones —⁠intervino Adriana, como si eso fuera lo más normal del mundo.

Sin embargo, Candela no podía entender que fuese necesario llevarse una maleta entera para hacerse unas fotografías.

—Llevo cambios de ropa, un par de bolsos y una bolsa de deporte con complementos.

Candela bajó la guardia, consciente de que tenía que controlarse si no quería parecer la paleta que sabía que ellas la consideraban. Tenía que ser mejor que esas dos absurdas.

—¿Podemos ponernos cómodos para hacerle unas preguntas? —⁠dijo amablemente mirando a madre e hija.

Adriana se dio la vuelta para que la siguieran. La niña fue detrás de ella y, a continuación, Candela, pero antes esta hizo un gesto a Mateo para dejar claro que la maleta tenía que ser estudiada con detenimiento. Mateo captó el mensaje enseguida, asintió para que fuera consciente de que la había entendido y fue detrás de ella. Los cuatro volvían a encontrarse en el último lugar en el que se había visto a Lucas, el salón. La madre se sentó en el sofá, dejando vacío el hueco donde siempre veía la televisión el niño. Judith se sentó a su lado. Candela, en un sillón que había en paralelo a la adolescente y de frente al jardín, mientras que Mateo se quedó de pie, apoyado en el respaldo, observando el trasiego de sus compañeros por el pasillo y las escaleras.

—Judith, necesito que me cuentes todo lo que recuerdes de esta mañana —⁠dijo Candela conciliadora y tratándola de tú para resultar más cercana.

—Esta mañana me levanté temprano porque tenía unas fotos para contenido en mis redes sociales. —⁠Ante la mirada expectante de Candela, la chica amplió la explicación⁠—. Básicamente hago mil fotos en una mañana con distintos cambios de look que luego me sirven para irlas subiendo en diferentes días durante un mes o más tiempo, según…

—¿A qué hora te levantaste? ¿Notaste algo extraño?

—Me desperté a las ocho; me puse la alarma porque había quedado pronto para evitar que hubiese mucha gente y me diesen el coñazo. Además, quería hacerme el pelo también… —⁠Candela se fijó en los estudiados bucles que le cubrían los hombros, hechos con tenacillas⁠—. Y que se me bajara la hinchazón de la cara, porque si no luego salgo horrible.

Candela arqueó las cejas: si con quince años tenía problemas de belleza al levantarse, no quería verla a su edad, cuando todo el volumen de su cara, que tanto la molestaba, se le hubiera caído y pareciera un perrito pachón, tal y como le pasaba a ella.

—No noté nada extraño —continuó⁠—. Escuché que la tele estaba encendida en la cocina. Bajé y mi madre y mi hermano estaban desayunando. Mi madre tenía que arreglarse un poco para el directo que tenía y subió a su habitación. Yo me quedé con Lucas para que comiera algo porque estaba con la tele totalmente hipnotizado. Le dije a mi madre desde abajo que se diera prisa, que tenía que irme en nada, y ella me contestó que me fuera cuando quisiera.

Candela miró a Adriana, que asintió.

—Y te fuiste.

—No, qué va…

—Te quedaste desayunando con él…

—¡No! —No la dejó terminar—. Tengo que cuidarme… y más todavía si voy a hacerme fotos. Salir hinchada, ¡no, gracias!

Candela quiso darle el bofetón que tendría que haberle dado su madre hace años en lugar de animarla a continuar con esos hábitos. «Pobre criatura», volvió a pensar para frenar sus impulsos.

—Me quedé un rato con él porque estaba muy dormido, era incapaz de comer y me dio lástima.

Candela y Mateo hicieron un cruce de miradas. Algo no encajaba.

—¿Suele estar así de dormido Lucas cuando se despierta pronto o te pareció raro?

—Parecía más dormido de lo normal, ya le he dicho: como hipnotizado.

—Yo lo vi bien, como siempre —⁠interrumpió Adriana.

—Mi madre bajó y yo subí para arreglarme y preparar las cosas —⁠continuó Judith⁠—. Cuando bajé para irme, Lucas estaba ahí —⁠dijo señalando el hueco vacío en el sofá⁠— viendo TikTok.

—¿Notaste algo raro en él, seguía igual de dormido?

—No, no sé…, estaba viendo la televisión como un zombi, pero siempre se queda así.

—No pensaste que se encontrara mal.

—A Lucas le cuesta espabilarse, no tiene mayor importancia. Le viene de familia, a mí también me pasa —⁠volvió a interrumpir la madre.

—Si se hubiese encontrado mal, habría llorado, ¡menudas pataletas se pilla! —⁠Añadió Judith.

—¿Y no hubo nada que te llamara la atención? Alguna ventana abierta, algún ruido, alguien fuera de la casa…

La chica se quedó pensativa un momento.

—Sí, ahora que me acuerdo, cuando me asomé al jardín desde el ventanal para despedirme de mi madre, en la casa de enfrente, la que está medio abandonada, a la que solo vienen en verano, me pareció ver a alguien.

Mateo miró a Candela, pero ella siguió preguntando sin inmutarse.

—¿Podrías decirnos dónde estaba exactamente? —⁠le preguntó señalando al exterior mientras intentaba encajar la información que acababa de dar Judith.

La adolescente se levantó hasta el marco de la cristalera que seguía abierta y los demás la siguieron. Pasado el descuidado jardín en pendiente con la enorme encina y el columpio, justo al fondo, estaba la casa a la que se refería.

—Ahí, detrás de un arbusto —⁠dijo señalando hacia la parcela⁠—, me pareció ver a alguien, justo allí.

Candela y Mateo miraron hacia el jardín para localizar el arbusto indicado, pero era imposible adivinar a cuál se refería porque el terreno estaba todo lleno del mismo tipo de planta. Parecían adelfas, que llegaban hasta la parte más cercana a la vivienda.

—¿Podrías ser más concreta?

—En uno de los de arriba, de los que están pegados al porche —⁠insistió Judith señalando con la mano.

—¿Pudiste verlo? ¿Era un hombre o un chaval, quizá?

—No lo sé, a esta distancia solo vi una silueta. Pero estoy segura de que había alguien porque en cuanto vio que lo descubría se agachó.

—¿Y pudiste ver qué estaba haciendo? ¿Podría ser un jardinero o personal de mantenimiento que estuviera realizando algún apaño?

—No, yo diría que no. La persona estaba medio agachada, pero no estaba haciendo nada, tenía el cuerpo oculto entre los arbustos y media cabeza fuera, mirando hacia aquí.

—¿Estás segura de eso? —insistió Candela.

Judith asintió, Adriana miró a Candela preocupada.

—Tienen que hacer algo —suplicó.

—Si viste a alguien escondido mirando hacia tu casa, ¿por qué no dijiste nada?

—Tenía prisa, había quedado y además pensé que sería algún fan de mi madre, algún pervertido que se estaba tocando al verla hacer ejercicio o algo así. No le di importancia.

—Cualquier fan puede hacer un seguimiento de su objeto de deseo y convertirse en un pervertido, como bien dices. El problema es que puede ser un pervertido peligroso. No de los que se tocan a escondidas, sino de los que te quieren tocar, de los que se creen con el derecho a poder hacerlo. Así que la próxima vez avisas a tu madre y nos llamas… —⁠dijo Candela, que se apartó para llamar al equipo de criminalística.

Cualquiera hubiese titulado «Profunda ansiedad» a la foto que acababa de subir Adriana a su perfil de Instagram. Llevaba más de media hora para dar con el encuadre perfecto y conseguir que un rayo de sol se colara atravesando el plano, exactamente entre la taza de té y el plato con la porción de tarta de zanahoria que había colocado de manera estudiada al lado del zumo détox de color verde que, por supuesto, no pensaba tocar. Cuando conseguía captar la luz que buscaba, se daba cuenta de que había cortado el plato y se veía feo, o justo aparecía el camarero por detrás. Eso sin contar cuando encima aparecía ella también, como era el caso, y tenía que tirar de filtros y mil retoques. Podía resultar desesperante, más de uno hubiera tirado la toalla, pero ella disfrutaba autoimponiéndose esa presión porque después, cuando veía su pequeña obra de arte subida a su muro, sentía que todo el esfuerzo había merecido la pena. Al fin y al cabo, no era tan distinto del yoga que con tanto placer practicaba: se trataba de sufrir para después disfrutar. Lucas estaba dormido a su lado en el carro. Tenía que haberlo dejado en la guardería, pero quería hacerle unas fotos con una serie de productos de marca para bebés, para enviarlas a la agencia y ver si les encajaban con alguna colaboración, y tenía que aprovechar la luz buena de la mañana. Lucas tenía ya tres meses y o se ponía las pilas para amortizar bien esta etapa o en dos días perdería la oportunidad de anunciar algunas cosas que ya no tendría sentido que usara un niño mayor. Pagó la cuenta y, cuando se levantó para tirar del carrito, se fijó en un hombre de unos treinta años, bastante fuerte, vestido de chándal, que no le quitaba ojo. Ya lo había visto mientras sacaba a Lucas del coche antes de entrar en la cafetería, en la calle de enfrente. Le llamó la atención porque no dejaba de mirarla y había algo en la manera en que lo hacía que no le gustó nada. Recogió sus cosas y cogió el carro de Lucas. Al pasar por su lado de camino a la salida, consciente de que la seguía con los ojos, bajó la vista para no cruzar miradas. Al hacerlo percibió que se estaba tocando por debajo de la mesa a propósito, para que ella viera su erección. Adriana fue corriendo hacia el coche, colocó a Lucas en su silla y arrancó rápido. Estaba tan contenta de alejarse que ni los berridos de su hijo por haberlo despertado de golpe la molestaban. En cuanto lo volvió a poner en el carro, se durmió de nuevo, pero no le importó despertarlo a los pocos minutos para hacerle una foto rodeado de unas flores que había en una de las calles del centro del pueblo. «Hoy va a ser imposible», masculló al ver que el niño no callaba.

—Vamos, hijo, por favor. A ver si podemos hacer la maldita foto y nos vamos ya para casa. Venga, una y el resto las hacemos ahí —⁠le dijo como si el bebé fuera capaz de entender sus palabras.

Finalmente consiguió hacer la foto y de vuelta al coche, en la acera de enfrente, vio al mismo hombre de la cafetería observándola, sentado en el asiento del conductor de un automóvil con la ventanilla bajada.

Adriana aceleró el paso y metió al niño corriendo en el coche. Cuando arrancó, se fijó en que él también lo hacía. Se puso muy nerviosa, quería acelerar para darle esquinazo, pero él continuaba detrás, pisándole los talones. Siguió conduciendo hasta llegar a la garita de seguridad de la urbanización en la que vivía. El guardia miraba hacia abajo, parecía estar leyendo algo. Adriana detuvo el coche lo más cerca que pudo de la garita, antes de entrar a la urbanización, y se bajó envalentonada. El hombre había parado apenas unos metros detrás de ella y estaba bajando la ventanilla mientras ella se dirigía hacia el coche.

—¿Se puede saber qué haces?

—Nada —dijo con una sonrisa.

—¿Por qué llevas toda la mañana siguiéndome?

—No te he seguido, simplemente sabía dónde ibas a estar.

Adriana lo miró interrogante, asustada.

—Cada mañana, después de dejar a los niños en el cole, te tomas una infusión en la cafetería que hay al lado. La que siempre etiquetas. Creo que tiene un significado claro.

—¿Perdón?

—Vamos, no te hagas la tonta. Subes una fotito en mallas marcando y poniendo morritos…

—¿Y?

—Pues eso, que me gustan mucho tus fotos —⁠dijo mirando hacia su bragueta para que ella supiera a lo que se refería.

Adriana estaba muy violenta, miró hacia el guardia de seguridad, que había levantado la vista y parecía atento a lo que pasaba.

—No sé qué te has pensado, pero estás muy equivocado si te crees…

—No te hagas ahora la sorprendida. Sabes que se te marcan los pezones a saco y que nos la pones dura a todos…

En ese momento Adriana tuvo unas ganas enormes de darle un bofetón, pero no quería empeorar las cosas con ese animal. Se dio la vuelta y volvió al coche. El hombre arrancó y la siguió con la mirada.

—Venga, no te pongas así, vamos a tu casa y te meto una buena follada.

Adriana miraba al suelo llena de impotencia, esforzándose en no escuchar las barbaridades que le estaba diciendo.

—Una mamada aunque sea, va, y te dejo que lo grabes si te mola. Eso te gustaría, ¿a que sí?

Empezó a llorar como una niña, sin poder evitarlo. Al verla, el vigilante se asomó desde la puerta de la garita y exclamó:

—¿Está todo bien?

Pero antes de que Adriana pudiera responder, el desconocido la adelantó y ella lo vio alejarse con una sensación espantosa. No había ocurrido nada, pero se sentía igualmente violada y humillada. El simple hecho de que se creyera con el derecho de acosarla era denigrante y asqueroso. Como si por subir una fotografía tuviese derecho a hacer con ella lo que le diera la gana; era el colmo de los colmos.

Cuando esa tarde fue a buscar a Judith, la imagen de aquel hombre no se le iba de la cabeza. Se lo imaginaba espiándola, escondido tras cualquiera de las lunas de las decenas de coches que había aparcados donde otros padres esperaban igual que ella a que salieran sus hijos de clase. Al ver a Judith bajando las escaleras, Adriana giró la cabeza hacia los lados como si tuviera un tic incontrolable. Le daba pavor imaginar que su acosador pudiese tener su mirada obscena y repugnante puesta en su hija.

Pasó el resto del día escribiendo los textos que acompañarían a las fotos que había hecho y que envió a la marca con la que colaboraba y a las otras dos con las que pretendía establecer una relación transaccional. Por mucha experiencia que tuviera en la materia, seleccionar y editar las imágenes siempre resultaba de lo más tedioso. Después le enviaban el «feedback» y siempre había un pero: algo que recortar, mucha luz o poca, no se veía el logo o al texto le faltaba mencionar… Total, que se tiró la tarde entera hasta que le dieron el okey para publicar una de las fotografías. Dejó preparada la imagen y el texto aprobados, listos para subirlos a la hora específica que le habían exigido: la de máxima actividad entre los seguidores de su perfil, y fue a buscar a Lucas, al que había dejado en una hamaca de balanceo suave frente a la tele con dibujos animados.

—¡Judith, en cinco minutos a cenar, que me tienes que ayudar a poner la mesa! —⁠exclamó para que su hija la escuchara desde su habitación, donde estaba encerrada.

De camino se metió en su Instagram para ver si alguien nuevo la seguía y quién le había dado nuevos likes en el poco tiempo que llevaba sin mirarlo. Se encontró con que tenía unos cuarenta «me gusta» de un mismo perfil sin foto. Lo pulsó para ver si venía alguna información en la descripción, pero lo único que ponía era «Usuario privado». No tenía seguidores y seguía a diez perfiles que ella no podía ver. Inmediatamente el miedo se apoderó de Adriana. La silueta del perfil en blanco no tenía rostro, pero ella sabía cómo miraba, conocía el tono de su voz y las palabras obscenas que salían por su boca. Ese cerdo no había tenido suficiente y volvía a la carga. Fue corriendo a la puerta de la entrada como una exhalación para asegurarse de que estuviera cerrada. Pero al posar la mano sobre el pomo esta se abrió. El miedo se transformó en pánico y la cerró corriendo, como si él estuviese al otro lado. Estiró la mano para coger las llaves del cenicero que había en la consola al lado de la puerta, donde siempre las dejaba, pero ahí no estaban. Se palpó los bolsillos de los pantalones y nada. Abrió el armario y buscó en los bolsillos del abrigo que se había puesto y tampoco. No lo entendía, ¿dónde había dejado las malditas llaves? Entonces tuvo una terrible intuición. Volvió a la puerta, puso el ojo en la mirilla y observó. Estaba tan oscuro que no diferenciaba nada. Estiró el brazo izquierdo y encendió la luz exterior de la entrada. No había nadie. Apartó la cara y abrió la puerta con prudencia. Sus temores se confirmaron cuando se encontró las llaves de la casa puestas en la cerradura, debían de estar ahí desde que volvió con su hija. Todo ese tiempo habían estado colocadas como si se tratara de una invitación a entrar. Las sucias palabras de aquel hombre resonaron en su cabeza una vez más. La garita tenía siempre la barrera abierta y los de seguridad no actuaban a no ser que los llamaras o vieran algo extraño cuando hacían las rondas. Si sabía dónde desayunaba, quizá también supiera dónde vivía. Adriana cerró corriendo y echó la llave a conciencia. Esa noche tuvo que dejar varias luces encendidas por toda la casa y aun así no pudo dormir.

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