La cría
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Después de avisar a criminalística, Candela entró de nuevo en el salón con el corazón a mil por hora. Le ponía enferma la inconsciencia que demostraba Judith. Pero tenía que seguir con su cometido, así que intentó repasar mentalmente las pautas que se había hartado de repetir a Mateo cada vez que tenían que interrogar a un menor. Era muy importante evitar trasladar a la adolescente las incertidumbres que la desaparición conllevaba. Lo importante era mantener la calma para no desbordar a la menor con la ansiedad; desde luego, ella no lo había hecho. También ayudaba hacer preguntas claras y no aportar más información de la que en este caso Judith pudiera asumir. Debía tenerlo presente y no atacarla en exceso, por mucho que el perfil de la chica la irritara hasta extremos insospechados. Cuando notó que Adriana, Judith y Mateo volvían a entrar, ella continuó como si nada hubiera ocurrido.
—¿A qué hora tuvo lugar el suceso? —preguntó a la chica.
—No sé, sobre las nueve menos cuarto o así. Antes de irme.
—Entonces viste al pervertido, no dijiste nada ¿y te marchaste? —Judith asintió—. ¿Dónde estaba tu hermano cuando te fuiste?
—En el mismo sitio, ahí —respondió y volvió a señalar hacia el sofá que había frente al televisor.
—Y estaba bien, no notaste nada…
—No, no. Estaba normal viendo los tiktoks en la tele como siempre, ya se lo he dicho.
—¿Saliste por la entrada principal?
—Sí.
—¿Cerraste al salir? ¿Viste algo extraño? ¿Otro pervertido, quizá?
Mateo y la madre miraron a Candela. El tono que había utilizado rozaba la falta de respeto hacia una niña cuyo hermano pequeño acababa de desaparecer.
—No había nadie, todo normal. Cerré como siempre.
—¿Con llave?
La chica hizo una pausa.
—No estoy segura.
—Si no cerró con la llave, alguien podría haber entrado perfectamente cuando fui al baño, ¿verdad? ¡Vi hace poco un reportaje en el que las abrían con radiografías! —exclamó Adriana—. ¡Maldita sea, Judith!
—No estoy segura, quizá sí. No lo recuerdo, era temprano, estaba un poco dormida —se defendió.
La adolescente, que hacía unos segundos actuaba con la seguridad de una treintañera independiente, se había convertido en menos de un segundo en una niña pequeña. Era evidente que sentía una gran admiración por la madre. Cada palabra y cada gesto iban dirigidos a ella, y después siempre la miraba buscando su aprobación.
—Y te fuiste a las fotos —continuó Candela.
—Sí.
—Te las ha hecho alguien, supongo.
—Sí, una amiga.
—Necesitamos su nombre.
—Vir, una amiga de clase. Yo le digo cómo tiene que poner la cámara y las hace. A cambio le doy algún producto de los que nos regalan las marcas.
—Necesito nombre completo para que podamos comprobarlo, por favor —le pidió Candela a la vez que miraba a Mateo para que se encargara.
Él sacó su libreta para apuntar el nombre. Cada vez que lo hacía sentía que le caían veinte años encima, ¡con lo fácil que sería apuntarlo en las notas de su teléfono y después pasar en un segundo todo el material al ordenador!, pero su jefa había insistido en que daba una imagen extraña, incluso equívoca muchas veces, pues podía parecer que estuviera chateando o algo similar.
—Virginia Suárez —dijo Judith mirando a Mateo.
—Muy bien —continuó Candela—, y ¿dónde hicisteis las fotos? ¿Habías quedado con ella allí? Sigue contándonos, por favor.
—Las fotos solemos hacerlas en el embalse y alrededores.
Efectivamente, en muchas de sus publicaciones aparecía la playa del embalse de Valmayor con los picos de las Machotas, dos elevaciones montañosas, de fondo. Por espectacular y fotogénico que fuera aquel lugar de la cuenca del Guadarrama, para Candela tenía algo nostálgico y gris. La primera vez que lo visitó no pudo evitar acordarse de la pequeña cala en la que aparecía el cadáver de Laura Palmer en Twin Peaks. Quizá fuera por eso o también porque era el lugar al que siempre recurría demasiado tarde, cuando ya estaba asfixiada por todo y ni la belleza ni la paz del entorno podían ayudarla a respirar.
—Eso es un buen paseo.
—Tampoco tanto, a pie, unos veinte minutos si te das prisa y vas atajando. Hay que saberse el camino, eso sí. Bajé hasta que me encontré con Vir antes de llegar. Me estaba esperando para ir a comprar algo al súper que hay de camino, porque tampoco había desayunado y la muy gorda decía que se estaba mareando. No sé si lo conoce, pero tienen panadería y hacen zumos naturales muy ricos para llevar. Así que fuimos y compramos uno cada una y un bollo para ella. El mío era de fresa y kiwi, he subido una foto con él cuando íbamos hacia el embalse. Por si quieren comprobarlo —dijo mirando a Mateo, que apuntaba todo en la libreta.
Judith abrió su Instagram rápidamente y les enseñó la publicación. Aparecía con pose estudiada, con los brazos semicruzados apretándose los pechos y el cielo lleno de nubes de fondo. Con la mano derecha sujetaba el zumo, cuya pajita tenía metida en la boca con cierta intención provocadora. Una fotografía en la que salía muy «pornoboba», así nombraba Candela a la actitud tanto de hombres como de mujeres que, sobre todo en las redes sociales, fingen una actitud aniñada y despreocupada, pero que en realidad pretenden resultar sexis o «follables». Debajo de los comentarios aparecía cuándo había sido publicada: tres horas antes.
—Según Instagram, la fotografía fue subida sobre las diez de la mañana; acabas de decir que tardas unos veinte minutos al embalse y que pasasteis antes por el supermercado…
—¿Hola? Nunca subo fotos que acabo de hacer, me la hizo a la salida del supermercado, pero no se ve por el encuadre. Siempre espero a estar tranquila, con buena luz para retocarlas bien: nunca subas una foto al momento, hay que controlar los impulsos, porque luego, cuando llegas a casa y las miras bien, empiezas a ver cosas… Y yo me pongo mala.
Candela la escuchaba atónita.
—Entonces hicisteis la fotografía antes, pero no la subiste hasta un rato después.
—Sí, cuando llegamos a la orilla. Mientras preparábamos los cambios de ropa y demás.
—E hicisteis las fotos con los estilismos que llevabas en la maleta.
—Sí, claro.
—Mateo, dale a la señorita el mail al que tiene que mandar las fotografías. Por favor.
—Puedo mandarles solo algunas, ¿no? Están sin retocar y tampoco hemos podido hacer muchas. Dar con la imagen perfecta lleva su tiempo.
—Me imagino… Envía una muestra considerable, por favor, si es necesario a través de WeTransfer —respondió Candela con ironía.
Mateo apuntó el mail en una hoja de la libreta y se lo acercó a la chica, que lo aceptó con una sonrisa tímida.
—Entonces tu amiga y tú estabais haciendo las fotografías. ¿Y cuándo te enteras de que ha desaparecido tu hermano? ¿En ese momento?
—Sí, mientras hacíamos las fotos con el embalse de fondo.
—¿A qué hora aproximadamente?
—Puedo mirar la llamada, pero juraría que sobre las doce menos algo.
—¿A qué hora habías salido de casa?
—A las nueve menos cinco o así, lo recuerdo porque mi madre estaba a punto de empezar el directo.
—Y durante más de dos horas solo os dio tiempo a hacer unas cuantas fotos.
—Perdone, pero ¿está acusando a mi hija de algo? —saltó Adriana a la defensiva.
—Solo hago mi trabajo, necesito comprender bien todos los acontecimientos para hacer un mapa global de lo que ha podido ocurrir —respondió de manera práctica Candela, sin entrar al trapo.
—Entre que nos paramos a por los zumos, hicimos la foto, la retoqué y la subí…, decidimos los looks y dónde disparar, me cambio el pelo y el maquillaje… Sí, se va el tiempo. Esto es así, hay que ir viendo y corregir fallos para que las que queden sean perfectas —dijo tajante la chica.
—Captado. Y entonces te llama tu madre y te dice…
—Que no encuentra a Lucas, que estaba con él, pero que se lo habían llevado —dijo para rematar la frase.
—¿Eso te dijo?
Adriana asintió antes de que su hija contestara.
—Sí, estaba muy nerviosa y yo me puse aún más que ella. Recogimos todo y he vuelto lo antes que he podido.
Al decir la última frase, Judith se echó hacia delante y se cubrió la cara con las manos, dejando al descubierto la etiqueta de compra, prendida aún en la cazadora Burberry que llevaba puesta. La madre se dio cuenta y le dio un toque en la espalda.
—Cariño, ponte recta, anda, que luego te sale joroba.
La chica le hizo caso inmediatamente sin rechistar.
—¿Y si ha salido solo y lo ha atropellado alguien? —preguntó a Candela con lágrimas en los ojos—. Lo llevarían a un hospital, no lo enterrarían por ahí como a un perro, ¿verdad?
Tras las palabras de Judith, el silencio se adueñó de la habitación. Ninguno de ellos podía asegurar que ese escenario no fuera cierto. La chica se levantó de repente y salió llorando al jardín. Adriana fue tras ella. Era evidente que Judith estaba destrozada. Su versión apuntaba a que había salido solo de casa, sin que su madre se diera cuenta, quizá porque ella se hubiera dejado la puerta de la calle abierta, aunque no lo dijera; lo había atropellado un coche, lo más seguro que de forma accidental, y lo habían dejado por ahí tirado. Una vez más, alguien del círculo de Lucas les decía lo que había pasado con él. Candela miró hacia afuera y se preguntó si realmente alguna de las dos tenía razones para querer despistarlos o si sus sospechas eran infundadas. Tal vez solo tenía ganas de darles a ambas una buena lección.