La cría
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Judith estaba de pie en el jardín, inclinada hacia delante. Su madre la sujetaba por la espalda y le daba instrucciones para que tomara aire y después lo expulsara lentamente por la boca. Antes de salir fuera con ellas, Candela se quedó de pie junto a Mateo.
—Quiero que hables con la chica, tenemos que averiguar si hay algo que no quiere decir delante de su madre. —Mateo escuchaba en silencio—. Y quiero que cuando termines le eches un ojo a esa maleta. Si ves algo, se lo das a los chicos para que lo examinen bien. Y que busquen también en el cuarto de Adriana, no me da buena espina.
Antes de que Mateo pudiera responder, Candela ya estaba saliendo de la estancia. Fuera, la chica obedecía las directrices de la madre, pero seguía respirando de manera exagerada, con gran dificultad. Cuando Candela y Mateo salieron a su encuentro, este último miró casualmente hacia la casa vecina y descubrió la silueta de un hombre en una de las ventanas.
—Jefa, tenemos público —dijo disimuladamente.
Candela se puso en guardia y miró hacia los lados hasta que se topó con un hombre de unos setenta años con el pelo blanco que la miraba con firmeza, sin apenas pestañear.
—Señora Fernández, es mejor que Judith pase dentro —dijo señalando hacia la ventana.
La mujer miró en la dirección que le había indicado y al ver al hombre exclamó:
—¡Maldita sea! Vamos.
Adriana empujó a su hija hacia el interior de la casa, pero Candela la detuvo.
—Espere, que la acompañe Mateo, necesito hablar con usted. Si te encuentras mal, llamamos a un médico del equipo —le indicó a la adolescente—. Ahora tócate la rodilla, como si te hubieras caído. Mateo, tú agárrala del hombro, ayúdala a entrar de manera cariñosa, que piense que puedes ser su novio, y no miréis hacia la ventana.
Mateo la miró sonrojado y Candela le hizo una señal con los ojos, recordándole lo que esperaba que hiciera. El chico se acercó a Judith y le rodeó el hombro con el brazo como le habían ordenado.
—Cariño, subid a tu cuarto y no llames ni digas nada a nadie. Es importante que no se corra la voz —dijo Adriana.
Mateo y Judith entraron a la vivienda mientras que las dos mujeres se quedaban frente a frente bajo la atenta mirada del vecino curioso. Su sola presencia le parecía de lo más siniestra, pero Candela prefería aguantar un rato más, aunque tuvieran que disimular, para no desaparecer los cuatro de golpe y evidenciar que ocultaban algo.
—Hábleme de él —le dijo a Adriana con una sonrisa enorme, como si estuvieran conversando de algo divertido, mientras se giraba de espaldas a la ventana.
Adriana iba a mirar hacia donde estaba el vecino, pero se controló en el último momento.
—Es muy pesado, siempre está pendiente de todo. Cuando vivía su mujer, Ana Belén, nos llevábamos muy bien. Ellos eran como otros abuelos para los niños. Tenían incluso llaves de la casa, éramos como una familia.
—¿Las sigue teniendo?
—No, qué va. Tuvimos varios encontronazos. Se quejó a la comunidad de que venían fans de Sweet Bunny a ver al niño.
—¿Aún lo hacen?
—No. Les tiraba cosas desde la ventana y dejaron de venir; en realidad, no eran más que cuatro críos aburridos. No sé si lo ha visto bien, pero da bastante miedo. Cuando murió su esposa, Alberto, o el señor Luján, como lo llama todo el mundo en la urbanización, empezó a obsesionarse con Judith. Tuve que darle un toque de atención, le pedí que me devolviera las llaves y avisé al presidente de la comunidad, lo informé de todo, también para que el resto de los vecinos estuvieran al tanto, por lo que pudiera pasar.
—¿Cambió la cerradura después de esto?
—Debería haberlo hecho, pero, entre una cosa y otra, al final no lo hice. Aunque tampoco tengo constancia de que haya entrado ni nada por el estilo.
«Que usted sepa», pensó Candela mientras estaba de espaldas y miraba hacia la ventana. A simple vista le pareció que el hombre ya no estaba. Sin embargo, al fijarse bien, vio que una silueta oscura asomaba por las cortinas.
—Vaya señalando el árbol, el columpio y lo que se le ocurra, como si me los estuviera enseñando. No deje de sonreír —le indicó Candela.
Adriana obedeció al momento.
—Dice que se obsesionó con la niña, ¿tuvo algún problema con su hija?
—La conoce desde pequeña, ella lo adoraba y lo iba a visitar a menudo, sobre todo cuando enviudó. Él le contaba sus batallitas, es un periodista retirado —especificó—. Por eso siempre mete las narices donde no lo llaman. Le compraba palmeras de chocolate. Tuve que pedirle que dejara de hacerlo o arruinaría todo el esfuerzo que la niña hacía durante la semana para mantenerse en su peso. Pero lo peor no fue eso, sino que un día Judith me contó que se comportaba de manera extraña con ella…, ya sabe… —Candela la miró sin comprender a qué se refería exactamente—. La tocaba, vamos.
—¿Esto ha sido recientemente?
—No, hace un par de años ya, Judith era más pequeña. Puse una denuncia, pero se quedó en nada, ya sabe cómo son estas cosas. A las víctimas se nos cuestiona tanto que al final parece que somos nosotras las culpables —dijo intencionadamente.
—¿Se acercó alguna vez a Lucas?
—Que yo sepa, no. Cuando sucedió eso cortamos toda relación, pero, ya lo ve, es como una presencia constante. Nos vigila. —Después de una pausa, como cayendo en la cuenta, dijo—: ¿Cree que ha podido ser él?
—Eso tendremos que averiguarlo. Volvamos dentro, me gustaría ver la habitación de Lucas. Luego nos encargaremos del señor Luján —dijo Candela refiriéndose al anciano.
Adriana lanzó una mirada furtiva hacia la ventana de su vecino y entró en el salón seguida de Candela. Al hacerlo, el hombre salió de detrás de la cortina y se quedó en mitad de la ventana, parado por completo, mirando hacia el interior de la casa.