La cría
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Cuando Candela entró en la habitación de Lucas un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Aquel cuarto, que aparecía constantemente en las publicaciones del niño, parecía una enorme madriguera plagada de conejos de peluche blancos de todos los tamaños, muchos de ellos réplicas del famoso Sweet Bunny.
—Teníamos hasta uno del tamaño del original, de casi dos metros, pero imponía demasiado. Sobre todo de noche. Tuve que guardarlo —explicó Adriana al ver el gesto de Candela ante los peluches.
Las paredes estaban llenas de fotos enmarcadas de Lucas. Algunas eran posados de estudio, había un par de un catálogo que había hecho de bebé, pero en la mayoría aparecía vestido con su disfraz de conejito, como en el anuncio que protagonizaba junto al famoso conejo, imagen de la marca de galletas y golosinas en forma de zanahoria. En ellas Lucas posaba sonriente mostrando las galletas o a punto de dar un mordisco al dulce. Aunque la imagen que captaba todas las miradas era la que conocía todo el mundo: la fotografía oficial de la marca, que ocupaba toda la pared, en la que aparecía sentado en el tronco junto al conejo de dos metros. Candela no quería ni imaginarse la reacción de la gente cuando se enterara de que había desaparecido.
Prácticamente todos los muebles iban a juego. La cama, las cómodas, las estanterías, las cajitas de almacenaje para guardar los juguetes, una mesita pequeña con dos sillas… estaban fabricados con una misma madera clara con detalles en verde agua, como el nombre del niño que habían pintado en muchos de ellos. El conjunto parecía sacado de un catálogo. Al dar un par de pasos, Candela se fijó en que en una esquina a su izquierda había un pequeño set desde donde evidentemente hacían los vídeos y directos con Lucas: una mesa y una silla adaptadas a la altura del niño, un ordenador y un enorme aro de luz.
—Es importante que no recoja ni limpie la casa hasta que le digamos que puede hacerlo. No toque nada ni lave la ropa hasta que llegue el equipo de criminalística y tomen muestras para analizar —le explicó Candela a Adriana—. Podemos encontrar algo que nos obligue a regresar y es importante que esté todo intacto. Evite también que vengan familiares, amigos o conocidos que puedan manipular sin darse cuenta las pertenencias de su hijo. Y ni mucho menos deje entrar en su domicilio a personas ajenas a la familia, excepto a nuestros equipos, ¿entendido?
La madre asintió. Candela continuó dando vueltas al cuarto, fijándose en cada detalle.
—Cuando desaparece un niño —continuó—, siempre que no se haya perdido, solemos poner el foco en el entorno cercano, como ya le he dicho. Podría ser alguien conocido que los estuviera vigilando, tal y como usted sugiere. Que viviera obsesionado con él, que los conociese perfectamente y que supiera sus horarios y hábitos… ¿Se le ocurre alguien que tuviera razones para querer llevárselo o que quisiera hacerle daño a usted, aparte de su marido?
Adriana pareció pensar unos segundos, pero finalmente negó con la cabeza.
—Aunque lo habitual en estos casos es que el autor sea alguien que el niño conoce, el caso de su hijo es excepcional si tenemos en cuenta lo conocido que el niño es a nivel nacional.
—Es el niño más famoso de España. —Candela clavó su mirada en ella, no podía creer que volviera a repetirlo—. No es que lo diga yo. Ese fue el titular de la portada que hicimos para la revista ¡Hola! las pasadas navidades —dijo Adriana orgullosa.
—Efectivamente. Su hijo tiene una gran sobreexposición en redes sociales y medios de comunicación en general. Hay millones de personas que creen conocerlo porque lo llevan viendo desde que era casi un bebé y podrían desearlo de una manera nada sana.
Candela evitó entrar en detalles escabrosos que abrieran nuevas teorías sobre lo que podrían haber hecho con el niño. Aun así, Adriana había entendido a la perfección lo que insinuaba.
—Vamos a centrarnos en eso, ¿usted sabe qué es el sharenting?
—Me suena. Supongo que es algo de compartir en redes sociales…
—Verá, el sharenting es el término que se usa para definir el fenómeno cada vez mayor mediante el cual los padres publican fotos, audios, vídeos y demás imágenes de sus hijos en sus redes sociales sin ninguna consideración de seguridad y privacidad.
—¿Qué me está queriendo decir con ello?
—Pues que hacerlo tiene sus peligros, y no porque lo diga yo, lo afirman expertos en el tema de todo el mundo —le explicó Candela sin rodeos—. Uno de los mayores peligros es enviar demasiada información a través de los perfiles que se tengan en las redes sociales. Por ello se recomienda no aportar señas específicas del paradero de los niños, para que no sea tan fácil localizarlos, o hacer un seguimiento de los lugares por los que suele o piensa ir, así como no aportar ciertos datos que permitan su fácil identificación: colegio, lugares de recreo, casas de los familiares o amigos más cercanos, datos clínicos… Sabe que, si no se desactiva la geolocalización, todo aquello que subimos puede quedar ligado a un lugar, de manera que con solo «pinchar» la foto se puede averiguar dónde ha sido tomada, y, si la privacidad elegida es baja o nula, cualquier persona que «visite» un lugar en una red social podrá ver todas las fotos realizadas y conocer cierta información. —Candela se explicaba con autoridad; por suerte tenía a Mateo para contarle ese tipo de cosas que a ella de primeras le sonaban a chino—. Por esta razón y haciendo uso de los mismos medios, es extremadamente fácil localizar un domicilio o un lugar de veraneo, por ejemplo. Le digo todo esto para que tome nota, porque cualquiera que sepa un poquito de todo esto, y le aseguro que los hay y muchos, sabría sin problema dónde está ubicada esta casa y, por tanto, dónde se encontraba su hijo en el momento en que desapareció. —Adriana la miraba seria, encajando cada golpe—. Por eso es aconsejable intentar no dar información sobre las rutinas de los niños. ¿Ha compartido la localización de su vivienda?
—No sabría decirle, no conscientemente, pero esto es pequeño. Somos famosos, seguro que aquí lo sabe todo el mundo. Además, si es tan fácil averiguarlo… —respondió haciendo un esfuerzo para no apartar la mirada y mantenerse firme.
—¿Lucas hace alguna actividad extraescolar?
—Antes sí, pero llevábamos unos meses sin ir. No le hacía mucha gracia, prefiere estar en casa, y al ser tan pequeño me da cosa obligarlo.
—Cuando las realizaba, ¿lo compartía en las redes?
—Sí, cuando lo llevaba a natación hacíamos stories y subimos algún post. Pero, vamos, que no dije dónde era, podría ser cualquier piscina.
—¿Puedo ver la publicación, por favor?
—Tendría que buscarla.
—Hágalo.
Adriana sacó el móvil y empezó a deslizar el dedo por la pantalla para encontrar la foto en el muro de publicaciones del Instagram de su hijo.
—Aquí está —dijo mostrándole una fotografía que reunía más de cincuenta mil «me gusta».
Candela estudió rápidamente la imagen en la que aparecía el niño de cuerpo entero, en el borde de la piscina. Lucas llevaba un bañador con un flotador del que asomaba un pompón, también de plástico, que simulaba ser la cola de un conejo, y tenía unos manguitos de los que sobresalían las orejas. En el pie de foto había escrito: «Conejito al agua». Al fijarse en el fondo y en los laterales, vio que en las paredes había colgadas unas pancartas y unas bandas con un mismo logo.
—¿A qué corresponde ese logo? —preguntó, ampliando la imagen con los dedos.
—No me había fijado… Es el logo del colegio.
—¿El mismo al que va su hijo?
—Sí —respondió con la voz quebrada.
—¿Se da cuenta de lo fácil que es? —preguntó retóricamente Candela—. Cualquiera sabe dónde pasa su hijo la mayor parte del día. Otro de los avisos es que no se deben compartir fotografías de los menores desnudos o con poca ropa —dijo devolviéndole el móvil con la imagen del niño semidesnudo—. Aunque sea normal sacarles fotos en bañador en la playa o en la piscina, como se ha hecho toda la vida, no se deben compartir porque no podemos saber para qué las usarán otras personas. Tampoco debemos poner imágenes de nuestros hijos con los uniformes del colegio porque será más fácil identificar el centro al que acuden. Las fotografías en todo caso deben ser con ropa de calle y, por supuesto, nunca hay que facilitar números de matrícula, la dirección de su casa ni cualquier otro dato que pueda ser personal de su familia. Ya sé que todo esto es muy complicado hoy en día —añadió Candela al ver la cara de póquer con la que la miraba Adriana—. Por eso recuerde que, ante la menor duda, siempre es mejor prevenir que sobreexponerse.
—¿Me está diciendo que me lo he buscado? ¿Que soy la culpable de que se hayan llevado a mi hijo?
—En absoluto, por favor, no me malinterprete. Mi deber es hacerle ver la realidad y los peligros que conlleva su actividad en las redes sociales. Tiene que saberlo, porque quizá nunca se lo ha planteado. Es mi trabajo, siento si he sido brusca. No puedo imaginar el sufrimiento que siente en estos momentos —respondió Candela mirándola fijamente a los ojos—. A usted le gusta colgar imágenes de sus hijos en sus redes sociales, ¿se ha parado a pensar en quién las ve o para qué se pueden usar esas fotografías? —Adriana tragó saliva—. Porque saber quién las ve ya le digo yo que es imposible, sobre todo en su caso, en que todos los perfiles de la familia son públicos. Si fueran privados, ahora mismo sería de gran ayuda.
—Me hace gracia, me habla como si yo fuera la única persona que comparte fotos de sus hijos en redes sociales, ¡venga, hombre! ¿En qué mundo vive?
—Ya sé que, por supuesto, no es la única que lo hace. Es la tónica general, pero eso no la exime de saber que…
—Me va a perdonar, pero no le voy a consentir que me acuse de algo cuando mi hijo puede estar en manos de cualquier depravado. Vaya a buscarlo y déjeme en paz.
Candela no quiso perder la calma y esperó un momento para que la madre pudiera tomar aire después del arrebato.
—Señora Fernández, le recuerdo que soy la teniente al mando de la desaparición de su hijo. Que yo esté aquí no significa que no tenga a mi equipo haciendo el trabajo pertinente para encontrarlo lo antes posible, así que haga el favor de no dudar de los procedimientos para los que hemos sido preparados. Le pido disculpas si la he ofendido, no era mi intención. Tengo el mismo interés que usted en recuperar a Lucas, créame. Ahora, por favor, dígame quién lleva las cuentas de su hijo, me refiero a los perfiles de sus redes sociales.
—Las llevo yo, las suyas y las mías. Todas, menos las de Judith.
—Su hijo no tiene acceso a ellas entonces…
—Bueno, sí. Para él es como el chupete para un bebé. Es muy listo, desde bien pequeño aprendió enseguida a desbloquearme el móvil para poner música y vídeos. Esta generación aprende muy rápido, ya me hubiera gustado a mí saber navegar…
—¿Tiene conocimiento de si alguien ha intentado comunicarse con Lucas a través de sus cuentas? ¿Que le hayan enviado mensajes privados o fuera de lugar? Es muy frecuente que este tipo de acosador utilice un perfil falso para obtener fotografías o material delicado del menor y que le pida reunirse con él en persona, sin que el niño pueda discernir que está siendo engañado. Después vienen los chantajes para obligarlo a hacer algo a cambio de no decir nada a su entorno. Le digo esto para que lo tenga en cuenta también con Judith. En principio no habría peligro, porque Lucas no sabe leer, pero podría ayudarnos a descubrir si alguien así se lo ha llevado.
—Estaré pendiente, pero ya le digo que no es el caso.
—De acuerdo. Piense, ¿no hay nadie que mandara mensajes insistentes o comentarios?
—Tiene más de un millón de seguidores, yo estoy superpendiente, no hago otra cosa, pero es imposible… —Conforme hablaba, Adriana fue bajando el tono de voz hasta quedarse muda.
Candela la miró extrañada. La mujer tenía el gesto desencajado. Sabía que no podía mentir en eso. Tenía que contarlo.
Lucas estaba durmiendo plácidamente en la cama de su habitación. Su madre había dejado la ventana un poco abierta porque estaban a mediados de julio y por la noche se agradecía que entrara un poco de aire fresco. Un ruido lo despertó del sueño profundo en el que se encontraba. Al abrir los ojos vio cómo la cortina se elevaba por la corriente. Parecía como si una presencia tratara de colarse en la habitación. El niño volvió a cubrirse con las sábanas que había apartado por el calor mientras dormía. Entonces escuchó un golpe fuerte en la planta de abajo. Su corazón latía a mil por hora, quería desaparecer bajo las sábanas y hundirse en el colchón. Sin embargo, un ruido mucho más familiar le hizo despertar de esa terrible pesadilla. Era el sonido que hacía Sweet Bunny cuando masticaba las zanahorias de galleta en los anuncios de televisión, lo escuchaba claramente. No tenía ninguna duda de que era él.
Lucas se levantó de la cama y avanzó por la habitación lentamente hasta salir al pasillo. Todo estaba a oscuras, salvo por la luz de la lámpara de mesa que su madre siempre dejaba encendida por la noche en el salón. Poco a poco cruzó el pasillo hasta llegar a las escaleras. Desde el inicio de estas no conseguía ver al enorme conejo, pero cada vez lo escuchaba mejor. Bajó un escalón con cuidado de no caerse y después otro y otro y otro. Al llegar al recibidor no había nadie. Se giró hacia el pasillo y la puerta de la cocina, pero nada. El sonido tan característico del animal había desaparecido por completo, no había ni un solo ruido, tan solo el leve silbido del viento. Entonces el crujir de la madera le hizo volverse de golpe. Arriba del todo, al final de la escalera, estaba el famoso conejo, de pie, con un brazo apoyado en la barandilla. Lucas sonrió al verlo. Sin embargo, su amigo seguía inmóvil en la misma posición, extremadamente rígido y con la cabeza inclinada hacia él. Sus ojos parecían más negros y profundos de lo habitual, como la ropa que llevaba; no estaba desnudo, como siempre, sino que iba vestido completamente de negro. El miedo se apoderó de Lucas cuando se dio cuenta de que el conejo bajaba uno a uno cada escalón, muy despacio, sin apartar la mirada de él. Cada vez más cerca. Hasta que se paró a menos de un palmo de su nariz. El niño se puso a temblar y el conejo estiró sus manos de peluche blanco y le sujetó la cabeza por las orejas. Abrió la boca y lamió su rostro de manera lasciva. Lucas estaba muerto de miedo, intentaba soltarse con todas sus fuerzas, pero no podía escapar. Lo único que hizo fue cerrar los ojos para que no se le metieran las babas. Sin embargo, al cabo de unos segundos volvió a abrirlos y, como si de una ráfaga se tratara, vio cómo Sweet Bunny abría la boca al máximo y enseñaba sus enormes dientes afilados, y cómo engullía su cabeza a la velocidad del rayo. Al crujido del cráneo rompiéndose en mil pedazos se le sumó un hilo de pis que descendió por las piernas del niño… hasta que de golpe Lucas despertó de la pesadilla, empapado en su propia orina.
Adriana entró a la habitación de su hijo al minuto de escucharlo llorar. Rodeado por los brazos de su madre, Lucas le contó lo que acababa de pasar y, pese a que su madre intentó dejarle claro que no se trataba más que de un sueño, estaba seguro de que era real. «El conejo “taba” en casa, mamá, me come la cabeza», repetía entre lágrimas. A la mañana siguiente, mientras sus hijos dormían, ella no dejaba de darle vueltas a lo que le había contado su hijo y a si habría sido una simple pesadilla o si tendría una explicación coherente relacionada con la actividad que desempeñaban para la agencia. El mero hecho de tener que pensar en todo ello ya era terrible, pero la ayudaba a confirmar que, por mucho que en un primer momento se hubiera visto obligada por las amenazas de su ex, había tomado la decisión correcta. Debía tenerlo muy presente la próxima vez que llamara Elvira o mandara una de sus cartas por correo. Maldita Elvira; con sus encantadoras sonrisas siempre conseguía engatusarla, pero tenía que lograr mantenerse firme. En ese momento, una notificación del móvil llamó su atención. Era uno de los cientos de mensajes privados que enviaban al Instagram de Lucas y que ella solía ignorar, pero esta vez el destino quiso que leyera la selección del texto que la aplicación hace cuando notifica que alguien ha escrito; ponía: «Tengo una oferta para ti…». Adriana vio que el usuario se llamaba Mimi.9.4.94. No obstante, la rareza en la elección del nick no fue lo que más la sorprendió, sino la fotografía del perfil, en la que aparecía la silueta de un hombre de pie, totalmente quieto, a contraluz. La imagen resultaba de lo más escalofriante. A su mente vino de inmediato la pesadilla que le había contado Lucas entre lágrimas la noche anterior. Tenía que ser una mera casualidad que aquella silueta siniestra irrumpiera en su vida de la misma manera que el conejo en la de su hijo, pero no pudo evitar estremecerse.