La cría
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Adriana tuvo que abrir la ventana de la habitación de Lucas. Necesitaba aire. Más aún después de relatar a Candela el sueño que había tenido su hijo y el mensaje que recibió a la mañana siguiente. La teniente escuchaba atenta cada detalle.
—Me extrañó mucho que no se le viera la cara —continuó Adriana— y me pregunté cómo alguien que trabaja para marcas tan conocidas no tenía una buena foto de perfil, sonriendo, como las que se suben a LinkedIn.
—¿Usted le respondió?
—Sí. Me explicó que colaboraba con distintas plataformas de «famosos» en las que aparecen rostros populares de distintos ámbitos, en su mayoría de la cultura y el deporte, que, a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero, te mandan vídeos con mensajes personalizados y felicitaciones. Insistió mucho en que realmente no suponía ningún esfuerzo para el niño. Lucas solo tendría que ponerse el disfraz de Sweet Bunny y enviar el mensaje cariñoso que le pidieran.
—¿Y es normal que se pongan en contacto directamente con el niño?
—Por temas laborales, no. En la descripción de su perfil, de hecho, especifico que para las «colaboraciones» escriban a mi Instagram.
—¿Le dijo que era su madre?
—Sí, por supuesto. En cuanto empezamos a hablar.
—¿Llegó a colaborar con esta persona?
—No, no, qué va. Fue todo muy repentino. Tenía que mandarme las condiciones, pero quería que fuera presencial y yo tenía mis dudas. Cada vez más, hacemos todo nosotros. Tanto los posts, las publicaciones en el muro, vaya, como los directos y demás. Nos envían el producto y lo subimos. No me gusta marear al niño.
—¿Le transmitió esas dudas?
—Sí, y me dijo que, si no quería llevar a Lucas, vendría él.
—¿Cómo?
—Lo que ha oído, dijo exactamente eso: «Si el niño no va a viajar, iré yo».
—¿Le dijo adónde tenía que llevarlo?
—No. Solo eso. No le respondí.
—¿Cuándo tuvo lugar esta conversación?
—Ayer —respondió de golpe; fue consciente de la gravedad del asunto.