La cría
16
Página 18 de 67
16
Los dos agentes, seguidos de Adriana, caminaron a paso rápido por el jardín del chalet hacia la puerta trasera de la parcela. Al pasar frente a la ventana del vecino, Candela lanzó una mirada disimulada para comprobar si todavía seguía pendiente. Sin embargo, parecía que el viejo curioso se había dado por vencido. Odiaba a los cotillas, tanto en el trabajo como en la vida. Siempre lo jodían todo. Normalmente la gente más frustrada, la que no estaba en paz consigo misma, era la que más se comparaba y la que más peligrosa podía llegar a ser. Ella misma lo había sufrido en sus propias carnes.
—Si recibe algún tipo de información del paradero de su hijo, lo primero que tiene que hacer es informarnos de inmediato —le explicó Candela a Adriana mientras le daba una tarjeta con su móvil—. No dé ningún paso por su cuenta. Si se trata de un secuestro y se ponen en contacto con usted, por mucho que le insistan en que no nos avise, somos nosotros quienes tenemos que actuar. —Adriana asintió con la cabeza ante la mirada inquisidora de Candela—. Acuérdese de no dejar entrar en su domicilio a personas ajenas a la familia, a excepción de nuestro equipo de investigación.
—¿No debería pedir ayuda a través de las redes sociales para que se difundiera rápidamente la desaparición y se hicieran eco todos los medios?
—Señora, solicitar la colaboración ciudadana utilizando los medios de comunicación en ocasiones es una estrategia útil, pero no siempre. Hacerlo público puede dar ventaja al responsable o hacer que se sienta contra las cuerdas y actúe en consecuencia, movido por los nervios. Además, esa ayuda de la que habla también puede volverse en nuestra contra: hay mucha mierda por ahí que no tiene nada que hacer, al que le encanta llamar para dar pistas falsas, por aburrimiento o por maldad, porque si no no me lo explico. De momento creemos conveniente mantener en secreto la desaparición de su hijo. El caso es que no ha pasado tanto tiempo y no queremos correr ningún riesgo innecesario. No se preocupe, que si lo consideramos oportuno será la primera en saberlo. Tenemos a mucho personal trabajando de manera coordinada para dar con el paradero de su hijo. Entre todos lo conseguiremos. A partir de ahora usaremos esta puerta. —Y señaló el acceso trasero por el que habían entrado—. La avisaremos para que nos abra cuando sea necesario. Mientras tanto habrá una patrulla de paisano haciendo guardia por la zona.
—Gracias —dijo Adriana.
Los dos agentes salieron y escucharon cómo cerraban la puerta con candado. Entonces Candela dio unos pasos hacia la esquina con aplomo. Mateo la conocía mucho mejor de lo que ella creía y sabía que algo no iba bien. Observó cómo su jefa ponía los brazos en jarra y respiraba hondo sucesivas veces de manera intencionada.
—Yo también salgo revuelto, jefa. Por retrasada que parezca la mujer, da pena…, pobre niño…
—A mí ella no me da ninguna pena. Ese niño es un producto desde que nació, sus fotos son un catálogo y esas orejitas de conejito tan tiernas para algunos pueden ser un reclamo sexual. Ella lo estaba sexualizando. ¿Sabes la de pederastas que llevan pañales puestos cuando buscan placer?
—¿Me lo dices o me lo cuentas? Aun así, no puedes dejar de hacer algo porque haya tipos como esos. El problema está en los ojos que lo ven. Uno no tiene la culpa de que haya tanto enfermo.
—Tampoco puedes hacer como si no ocurrieran, porque ya ves luego lo que pasa.
—De todas maneras, parece que te alegras.
—No, no me alegro, pero los actos tienen consecuencias y ella ya es mayorcita para saberlo.
—Sí, está claro.
—Cuando me he quedado a solas con ella, le he preguntado que en qué trabajaba exactamente. ¿Y sabes lo que me ha respondido?: «Soy creadora de contenido». En un primer momento parecía ofendida porque yo no lo supiera, pero después tenías que haber visto lo orgullosa que estaba. Casi vomito. Deberíamos hacerlo público. Ojalá lo hiciéramos y fuera un punto y aparte y así nunca más ningún niño tuviese que pasar por algo así. Que los dejen en paz. Tienen que crecer y jugar al margen de cámaras y esa sobreexposición enfermiza que los destruye… Es que no es normal… Estamos acabando con ellos. ¡Una madre no hace eso! Una madre tiene que proteger a su hijo. Siempre. O por lo menos intentarlo.
Candela frenó en seco. Tuvo que cerrar los ojos para no romper a llorar. Cada vez estaba más cabreada. Se sentía sobrepasada por la situación. Mateo la miraba en silencio, consciente de su estado. Odiaba notar el peso de la mirada de su compañero sobre los hombros una vez que se le pasaba el calentón. Sin quererlo, ella misma era su única enemiga, la que se exponía totalmente al menor cambio. Sacó de su cazadora una petaca llena de una conocida bebida energizante y dio el trago que su cuerpo le pedía. Sabía que el recipiente en el que la guardaba podía dar a entender que estaba bebiendo alcohol, pero no le importaba. Le gustaba esa imagen dura de sí misma. Así les daba motivos para que hablasen de ella, ¿no lo iban a hacer igualmente? Pues ya de perdidos al río.
—No me mires así, no tengo ningún problema, no soy un cliché andante como «esa» —dijo señalando hacia la casa de Adriana—, bebo lo que quiero, porque me gusta y me viene bien. Como quien se fuma un cigarro de vez en cuando, solo cuando le apetece —añadió, a sabiendas de lo que vendría a continuación.
Sin embargo, Mateo la escuchó sin decir nada. No merecía la pena perder tiempo intentando darle consejos que no necesitaba. Lo que acababa de decirle era cierto. Mateo no pensaba que fuese alcohólica, ni mucho menos, pero intuía que esos arranques eran propios de una persona que luchaba por aplacar al monstruo que habitaba en su interior y no quería estar cerca cuando ya no pudiese contenerlo.