La cría

La cría


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Adriana se separó aún más de Judith para poder observarla bien a distancia. Como si desconfiara de que esa persona pudiera ser su hija.

—¿Qué has hecho, hija?

—Mamá, yo no quería —repitió.

Los dos agentes observaban todo desde el otro lado del cristal, impactados por lo que estaba sucediendo. Era aún peor de lo que pensaba Candela. Esa mujer había destrozado la vida a los dos: a su hijo muerto y a su hija, quien lo había matado.

—¿Por qué? —murmuró la madre, como si por el tono, sin apenas volumen, nada de todo aquello pudiera ser cierto.

—No quería que muriese, de verdad. Solo quería dormirlo para llevarlo hasta allí, dejarlo todo organizado y después encontrarlo sano y salvo, nada más. No quería que le ocurriera nada, te lo juro. Lo necesitábamos. Era la única manera de salir del bache. —⁠Adriana negaba con la cabeza, incapaz de creer lo que estaba escuchando⁠—. No podíamos seguir dependiendo de él. No podemos depender de los hombres, tú misma me lo has enseñado. Yo solo quería que pareciera un secuestro para que todo el mundo estuviera pendiente y conseguir los seguidores que necesitamos para ser libres. Ha surtido efecto, ¡más de un millón, mamá, y solo es el principio!

A Adriana se le cayó el alma a los pies, se derrumbó por completo. Ella era la culpable de todo. La mujercita que tenía frente a ella, la que había terminado con la vida de su bebé, de su propio hermano, era su pequeña. La niña a la que había abandonado con hombres extraños, a quienes se la ofreció sin reparos para conseguir sus objetivos. La que sangraba y se caía a plomo por todas las mierdas que le daban, las mismas que incluso ella le había hecho tomar más de una vez para que no se enterara de lo que le hacían. Judith seguía explicándose, pero Adriana había dejado de escucharla, solamente veía cómo sus labios se movían. No podía más. Miró hacia el cristal donde sabía que estaría escuchando Candela. Abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas desesperada.

La mañana en la que ocurrieron los hechos

 

Lucas nunca se levantaba más tarde de las ocho de la mañana; como solía explicar su madre, el niño se había acostumbrado al horario de infantil y no había manera de que se despertara más tarde. Por eso, ese sábado, Judith tuvo que madrugar más de lo normal. Se levantó de la cama y del primer cajón del escritorio de su habitación sacó una tableta de Zolpidem que había cogido la tarde anterior del neceser lleno de medicinas y somníferos que tenía su madre en el cuarto de baño. La partió por la mitad, tomó un vaso de agua que ya tenía preparado y salió al pasillo en dirección a la habitación de su hermano. Siempre que entraba en ella, Judith sentía un escalofrío y un pequeño pinchazo se instalaba en su estómago. Ese conejo le daba verdadero terror, lo odiaba, pero no tanto como que su hermano, y no ella, hubiera conseguido ser la imagen de la marca por la que tanto había luchado desde tan pequeña. Por mucho que disimulara, sobre todo cuando estaban en público o hacían directos y fotos, sentía unos celos terribles de Lucas, porque era evidente que su madre lo valoraba mucho más que a ella y que todo el mundo se daba cuenta. Judith la había decepcionado, ambas lo sabían aunque no lo mencionaran, y era una realidad que las dos dependían de él para todo. Si el «conejito» no salía en la foto, no había cesiones, ni colaboraciones ni, por supuesto, dinero, y esto la reventaba. Por eso, ahora que él estaba de capa caída y no podía aparecer en redes por la presión de su padre, Judith vio la oportunidad de «empoderarse», como siempre la animaba su madre, y demostrar que no lo necesitaban en absoluto. Había maquinado la manera de poner a todos los seguidores de Lucas en alerta para que después fuese ella la que captara toda la atención. Si salía bien, sus seguidores como poco se triplicarían.

Intentó ignorar a los conejos, que invadían la habitación y que tan malos recuerdos le traían, y mirar solo a Lucas, que dormía plácidamente en su cama. Se acercó a él y con mucho cuidado le levantó la cabeza por la nuca e introdujo la mitad de la tableta en su boca. El niño hizo un gesto de extrañeza, pero ella enseguida le ofreció el vaso de agua para que diera un sorbo y Lucas se calmó. Luego dejó la cabeza de su hermano sobre la almohada, se dirigió a la ventana y abrió las cortinas para que entrara la luz de la mañana. Lucas empezó a despertarse, molesto por la claridad. Judith volvió a su cuarto y se vistió. A los pocos minutos el pequeño de la casa estaba en pie y, como la mayoría de los días, fue a despertar a su madre. Después de unos cuantos mimos bajaron a desayunar a la cocina.

—Uy, pero qué sueñito tienes —⁠le dijo Adriana cuando vio que el niño no paraba de bostezar y en lugar de desperezarse parecía que se volvía a quedar dormido.

Una vez preparada, Judith sacó de su armario la maleta pequeña de viaje con su ropa dentro y una bolsita de complementos. Comprobó que estuvieran también las orejas y el disfraz de Sweet Bunny con el que todo el mundo conocía a Lucas, y la bolsa de deporte roja vintage, donde había guardado confeti del que usaban para las fotos con el conejo. Después bajó a la cocina.

—Venga, hijo, que mamá tiene el directo y aún se tiene que arreglar.

—No te preocupes, se lo doy yo. Pero a menos diez o así me voy, que tengo fotos antes de que la localización se llene de gente. Lo dejo viendo la tele, si quieres —⁠dijo Judith.

—Gracias.

Adriana subió a vestirse y preparar su imagen para recibir los pertinentes halagos de sus seguidores de Instagram, mientras Judith se quedaba dando de desayunar a su hermano. Lucas actuaba de manera ralentizada, pero seguía despierto. Esto la hizo dudar; sabía que su madre le daba el somnífero en alguna ocasión, cuando no podía ocuparse de él, pero no estaba segura de en qué cantidad, y, ante la posibilidad de que Lucas todavía no se hubiese dormido cuando Adriana empezara el directo, decidió darle la otra mitad de la tableta. Lucas se la tragó sin rechistar, estaba tan embobado que ni se enteró. Judith tiró lo que quedaba de la leche con cereales por la taza del váter. Sacó a su hermano de la trona, lo sentó en el sofá delante del televisor y lo encendió. Eran las nueve menos cinco.

—¡Mamá, me voy, dejo a Lucas viendo la tele!

—¡Vale!

Judith fue a la puerta de la calle, la abrió y la cerró fuerte para que hiciera ruido. Luego se quitó las zapatillas y fue sigilosamente hasta el garaje, donde esperó escondida hasta las nueve y dos minutos, cuando vio en su móvil que su madre comenzaba el directo. Ya desde el pasillo se dio cuenta de que Lucas estaba completamente dormido. Desde el set de césped artificial que había creado su madre para los directos no se veía el interior de la casa, pero, por si acaso, Judith cogió rápidamente a Lucas en brazos y lo llevó al descansillo. Ahí, una vez que le quitó el pijama, lo metió en la bolsa de deporte roja sin cerrar la cremallera del todo y la colocó en la maleta, rodeada de la ropa y los complementos. Se aseguró también de no cerrar la maleta del todo y de que la apertura del lateral fuese suficiente para que entrara aire. Cuando terminó, salió por la puerta principal.

Mateo había llegado puntual. Por norma, cuando iba a recogerla, nunca entraba siquiera en la urbanización, solían quedar fuera, en la parada de autobús que había cerca de la garita. Pero la noche anterior Judith lo había convencido con la excusa de que un sábado tan temprano no los iba a ver nadie y menos su madre, que tenía un directo en el jardín trasero de la casa. Aun así esperaba con una gorra puesta, aparcado casi en la esquina de la calle. Llevaban un par de meses saliendo a escondidas, pero no podía gustarle más; los dos eran igual de frikis con la tecnología, las redes sociales y todo lo que tuviera que ver con documentales sobre crímenes y hechos reales. Se podían pasar horas comentando o discutiendo sobre las andanzas de los “gamers, influencers” de moda o asesinos en serie. Además, el sexo era genial entre ellos, se notaba que él tenía experiencia. Esa era otra de las ventajas de que fuera bastante mayor que ella. Judith caminó hacia el coche y dejó la maleta en el suelo del asiento trasero.

—Holaaa —le dijo él, muy acaramelado, nada más entrar.

Judith le dio un beso rápido.

—Venga, arranca. ¿Te importa que paremos un segundo para pillar un zumo? Porfa, porfa, porfa —⁠preguntó pestañeando exageradamente.

Mateo no pudo negarse. Pararon en el súper, pero solo bajó ella. A los pocos minutos la vio salir con un zumo de fresa y kiwi, su favorito. Se acercó al coche y le hizo un gesto para que bajase la ventanilla.

—Hazme una foto, porfa, que necesito subir algo.

—¿No prefieres luego, cuando lleguemos al embalse?

—No, una aquí, va.

—Es que no sé si puedo esperar —⁠le dijo sacando la mano y agarrándola por la cintura.

Judith se pasó todo el camino editando la fotografía, que subió al rato, después de avanzar por el camino a una de las zonas más apartadas de acceso al embalse, en donde solían aparcar en busca de algo de intimidad. A esas horas y rodeados de la abundante vegetación, no era complicado follar a lo bestia el tiempo que quisieran sin temor a que alguien los viera. Sin embargo, en cuanto pararon, ella se sentó encima de Mateo y cabalgó sobre él como sabía que le gustaba. Le jodía perderse los preliminares, pero cuando se movía así le era imposible parar. En cuanto se corrió, Judith abrió la puerta y salió para abrir el maletero.

—Qué prisas tenemos, ¿no? —⁠le recriminó mientras se limpiaba el miembro con un pañuelo de papel.

—Pues sí, porque luego esto se peta y es un coñazo. Si alguien hace la foto de la foto, estoy jodida. Mi post pierde todo el valor. Quiero asegurarme al menos unas pocas y luego hacemos lo que quieras, ¿vale?

Judith abrió la maleta casi de espaldas a él y con cuidado sacó un par de cambios de ropa.

—¡Hostia! Esa bolsa roja la tenía yo cuando era pequeño. Estoy flipando, exactamente la misma —⁠exclamó él, acercándose a la bolsa para verla bien.

A Judith por poco le dio un ataque al corazón.

—Eh, eh, eh. Quieto ahí, que te estoy viendo. —⁠Y se plantó delante, juguetona⁠—. Que aquí hay un montón de bisutería buena y rollos con piedrecitas que cuestan una pasta, y con esas manazas tuyas te lo vas a cargar.

—Pues bien que te gustan.

—Y tanto. Va, déjame un segundo, que cuanto antes terminemos antes podremos repetir.

El chico recibió con entusiasmo la sonrisa con la que su novia terminó la frase. Se dio la vuelta obediente y atravesó los setos hacia el otro lado, desde donde se veía el embalse y donde solía hacerle fotos, sin saber que, mientras tanto, Judith había abierto corriendo la bolsa para comprobar que Lucas siguiera dormido y respirara con normalidad. Se puso el primer estilismo, agarró un par de prendas que, bien combinadas, darían bastante juego para varios looks diferentes, y se unió a él. Tenía tan estudiado el sitio que sabía perfectamente las posiciones y los tiros de cámara para garantizarse un buen material en tiempo récord. Mientras posaba no quitaba ojo a la maleta, que se veía desde donde estaban. Un tictac interno la mantenía alerta y le recordaba que no podía perder mucho más tiempo si no quería estropearlo después con las prisas. Cuando se aseguró de que tenía fotos suficientes para justificar su coartada, Judith volvió al coche.

—Voy a por más ropa, pero acabamos ya, te lo prometo.

Él le sonrió y aprovechó la pausa para mear en unos hierbajos. Cuando se estaba subiendo la cremallera, Judith volvía caminando hasta él con el móvil en la mano.

—No te lo vas a creer, tengo que irme —⁠dijo con la respiración agitada⁠—. Me ha llamado mi madre, dice que mi hermano no está.

—¿Cómo que no está? Estará por el jardín o en casa de algún amigo…

—Que no, que no. Mi hermano es enano. Está muy nerviosa. Voy para allá, te llamo luego.

—Espera, mujer, ¿cómo te vas a ir sola? Te acerco yo.

—Que no, que no quiero que nos vean. Si no se tarda nada, prefiero volver andando yo y así lo busco de camino.

—¿No quieres que te ayude?

—Si no hace falta, seguro que aparece enseguida. Es solo que, como me ha llamado, no quiero que después mi madre me eche en cara no haber ido.

Pese a que Judith había puesto todo su empeño en resultar lo más creíble posible, Mateo no la creyó. Le parecía todo muy extraño: la llamada que no había escuchado y que quisiera volver ella sola, sin ayuda, encima yendo cargada, hicieron que saltaran todas las alarmas. ¿Y si había quedado con otro y no era su madre quien la demandaba? Por eso estaba tan esquiva, lo había despachado rápidamente y ahora se largaba. Se estaba viendo con otro tío, seguro que con alguno de su edad. Algún payaso con miles de seguidores. Pues, si pensaba tangarlo de esa manera, como si fuera gilipollas, lo llevaba claro. Se estaba columpiando, la niñata.

—Como quieras; cuéntame luego cuando sepas algo —⁠dijo de camino al coche.

Judith agarró la maleta y, cuando vio que arrancaba, gritó:

—¡Mateo! Gracias. —Y le lanzó un beso con la mano.

—Llevas la maleta abierta —⁠le respondió antes de apretar el acelerador y volver a la carretera principal por el camino de arena.

Judith lo vio alejarse y atravesó la abundante vegetación en dirección al set improvisado desde donde siempre hacían las fotos de Lucas vestido de Sweet Bunny. Recorrió el camino lo más rápido que pudo, pero las ruedas de la maleta se iban golpeando con todo tipo de obstáculos que dificultaban su cometido. Una vez allí, observó la enredadera y las plantas silvestres que cubrían la pared, así como el tronco tirado en el suelo y rodeado de hojas. Seguía siendo el lugar perfecto. Dejó la maleta junto al tronco, la abrió del todo y sacó la bolsa roja tirando de ella con toda su fuerza. La abrió con cuidado y vio el rostro angelical de Lucas, que continuaba inconsciente. Aunque estaba nerviosa, porque sabía que no podía perder el tiempo, la alivió comprobar que respiraba. Se puso los guantes que llevaba en uno de los bolsillos exteriores de la bolsa, lo cogió en brazos y lo sentó en el tronco, con la espalda apoyada en la pared. El niño estaba tan dormido que no se le sujetaba bien el cuello y se quedó con la cabeza ladeada y la diadema de orejas de conejo a punto de caérsele. Judith cogió el confeti y lo fue esparciendo alrededor de su hermano. Cuando todo estaba en su sitio, revisó la estampa. Era tal y como se la había imaginado: la versión opuesta a la empalagosa imagen que conocía toda España. Había conseguido que por primera vez el conejito no les fuera a resultar nada dulce. Era el reclamo perfecto para captar su atención. Judith sacó su teléfono satisfecha y le hizo un par de fotos buscando el mejor encuadre. Después guardó la bolsa en la maleta y se fue a toda prisa, sin imaginarse que, escondido entre los arbustos, Mateo había visto todo lo que acababa de hacer.

Los celos enfermizos lo habían hecho desconfiar y había aparcado el coche en uno de los caminos de tierra cercanos, para regresar a pie adonde había dejado a Judith y seguirla después al lugar donde, estaba convencido, tendría lugar su otra cita. Por suerte, la maleta entorpecía la marcha de la chica y pudo alcanzarla con facilidad. Lo que descubrió después escapaba a su imaginación. En un primer momento, cuando vio al niño inconsciente, pensó que estaba muerto, pero enseguida vio que respiraba. Quiso intervenir de inmediato, pero el espectáculo era tan bizarro que fue incapaz de no esperar un poco más hasta descubrir qué pretendía Judith con todo eso. ¿Para qué quería esas fotografías de su hermano vestido como en el anuncio y colocado de aquella manera tan estudiada? Estaba claro que pensaba sacar una buena tajada de todo eso, la conocía bien y sabía que detrás tenía que haber un negocio importante. Estaba convencido. Por eso se controlaba mucho cuando elaboraba sus teorías sobre los true crimes que veían juntos y después debatían. No podía explayarse a gusto, no fuera a cantar a la legua a qué se dedicaba. No quería que lo averiguara; siendo menor y tal y como estaba el patio, no se quería arriesgar a que luego le saliera con alguna movida de que la había violado o algo similar.

Mateo salió de su escondite y se acercó al niño para comprobar si continuaba respirando. Sintió un tremendo alivio al confirmar que no estaba muerto, pero entonces, de manera inesperada, el famoso conejito abrió los ojos lentamente y los clavó en él. El chico dio un brinco y se quedó bloqueado, como si a los ojos del niño él fuese el culpable de que estuviera en ese estado. Por una milésima de segundo sus pupilas cristalinas parecieron pedir ayuda, pero al momento se quedaron en blanco y empezó a tener espasmos. Sin pensarlo dos veces, Mateo sacó su móvil, consciente del valor que tenía captar ese momento, y empezó a grabar. El famoso conejito agitaba su cuerpo casi sin fuerza, sus ojos se fueron cerrando lentamente y un reguero de baba descendió por su boca cuando su cabeza se desplomó de golpe.

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