La cría

La cría


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—Vamos a centrarnos, va —⁠dijo Candela mientras guardaba la petaca de nuevo en el bolsillo de su cazadora como si la miniconversación que acababan de mantener nunca se hubiera producido⁠—. Recopilemos: ¿quién podría tener interés en llevarse al «conejito»?

—La madre. Entre otras cosas hemos visto que la llamada a urgencias es bastante sospechosa —⁠respondió rápidamente Mateo, levantando y bajando las cejas de forma intencionada.

—Paula está investigando también si el niño fue al colegio alguna vez dormido o sedado, con algún golpe, o si han notado en el centro algo extraño en su comportamiento. Importante: hay que averiguar si por algún motivo Lucas ya no es rentable. O que los contras superen a los pros en este sentido.

—¿Un seguro de vida?

—Por ejemplo. Porque no hay duda de que hay algo que no nos está contando; en esa casa no han limpiado en un mes por lo menos, te lo digo yo. La persona que espiaba justo antes de que desapareciera…

—Que a su vez podría ser Mimi.9.4.94… —⁠interrumpió Mateo⁠—, como le escribió a través del mensaje: si no le llevaba al niño, vendría a por él.

—Te encargas tú de saber si se trata de algún fan o quién coño es. Encuéntralo como sea —⁠ordenó Candela.

—Por supuesto.

—Siguiente.

—El padre. Se lo ha llevado, tal y como amenazó con hacer. Casi siempre son los padres.

—Lo sé. Más en casos de padres separados, la maldita violencia vicaria. No sé qué cojones estará haciendo Paula, pero ya tendría que haber llamado. Estoy esperando a que me dé la dirección, quiero hablar con él. Si es otro sátrapa como la madre, quiero verle la cara para hacer que se le quiten las ganas de explotar a ningún niño en toda su vida. La chica, Judith…, comprueba bien su coartada, si no te llegan las fotografías en cinco minutos, insistes. La amenazas con llevarla al calabozo si no coopera o con requisarle el teléfono, eso seguro que no falla —⁠bromeó⁠—, y habla con la amiga con la que había quedado.

—Hecho.

En ese momento un leve chasquido los interrumpió. En la casa de al lado alguien asomado a la puerta les hacía señales para que se acercaran. Candela y Mateo dieron un par de pasos para ver de quién se trataba. El hombre que los había vigilado antes desde la ventana que daba al patio estaba sacando la mano derecha y los invitaba a acercarse aún más con el dedo índice. Candela se fijó en que le faltaba el dedo anular de la misma mano, de la cual sobresalían además abundantes venas, pero, sobre todo, observó el ojo saltón inyectado en sangre y los mechones de pelo blanco que asomaban a través de la ranura.

—Joder —soltó Mateo sin poder controlarse ante la imagen, propia de una película de terror.

—Y el vecino… —Sentenció Candela.

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