La cría
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Pese a la distancia, Candela notó cómo aquel hombre, que parecía fuera de sus cabales, clavaba la vista en ella. El ojo que asomaba por la puerta la miraba fijamente y eso provocó que su corazón se acelerara aún más de lo que ya estaba. En ese momento su móvil empezó a sonar y le proporcionó la coartada perfecta para desaparecer cuanto antes del foco de aquel viejo depredador. Era Paula, sabía dónde estaba el padre de Lucas, pero antes de que pudiera explicarlo en detalle Candela la interrumpió:
—Mándame la dirección, voy yo a hablar con él. Te llamo de camino. —Y después de colgar le dijo a Mateo—: Habla tú con él. Voy a ver al padre, no estoy para perder el tiempo con cotillas de chichinabo.
—Adriana ha dicho que estaba encabronado porque venían muchos fans a ver al niño. Quizá pensaba que, si se deshacía de él, dejarían de aparecer… —insinuó Mateo en un susurro mientras miraba hacia la ranura de la puerta por la que el vecino seguía asomando medio rostro.
—Luego Adriana a mí me ha reconocido que eran cuatro críos aburridos a los que ahuyentó y que no habían vuelto a acercarse. Aun así, entérate de dónde estaba cuando desapareció Lucas, y, ya de paso, que te cuente su versión sobre qué pasó con la cría para llevarse tan mal con Adriana. Dale a entender que lo tenemos vigilado nosotros a él y no al contrario. Que sepa que somos los que mandamos, que se cague encima si hace falta. —Mateo asintió—. Y, por supuesto, que no se entere de qué va el asunto. No sueltes prenda, era periodista, no sabemos si aún hará sus pinitos. Que no te líe.
—Por supuesto —contestó Mateo con el tonillo irónico que utilizaba para remarcar los momentos en los que ella ordenaba más que mandaba.
—No me hagas arrepentirme de haber apostado por ti. Que no tenga que mandarte a arreglar el wifi del cuartel, ¿eh? —le soltó ella cariñosa, siguiéndole el juego.
Los dos se regalaron una sonrisa. Hacían buen equipo. No solo eran compañeros, ambos se consideraban familia. Mateo era hijo de padres separados. Desde pequeño lo habían tenido en palmitas, siempre era el primero de la clase en tener el último aparatito que hubiera salido en el mercado: la mejor consola, los últimos videojuegos, ordenadores y todas las novedades en tecnología. Lo había tenido todo menos el afecto de sus padres. Estos suplían toda la atención que nunca le dieron comprándole cualquier cosa que se le antojara. Pero él no les guardaba rencor, gracias a ello se había convertido en un verdadero crack en su campo, sabía navegar y rastrear por cualquier rincón de internet, incluida la Deep Web. Y gracias a ello tenía la suerte de haber hecho de su gran pasión su profesión. Sin embargo, cuando conoció a Candela tuvo una conexión especial con ella. No solo porque aquella mujer de la que todo el cuerpo hablaba no dejaba de esforzarse cada día para que él aprendiera a pasos agigantados, sino porque, además, había algo relativo al dolor que ella desprendía con lo que se identificaba plenamente. Una especie de predestinación a la soledad. Candela desapareció por la esquina de la calle justo donde había aparcado el coche. Mateo se giró y vio que el hombre seguía asomado, aunque había dejado de hacer el gesto con la mano para que se acercaran. Aun así, él se aproximó a la puerta por la que el hombre estaba sacando la mitad del rostro.
—Hola —lo saludó con prudencia.
El hombre lo observaba con descaro y después de unos segundos le dijo:
—Ha ocurrido algo, ¿verdad? Algo grave.
La pregunta pilló por sorpresa a Mateo, pero reaccionó con rapidez.
—Se equivoca…
—Lo sabía —continuó—. En esa casa ocurren cosas, cosas muy feas. La manera en la que se está criando a esos niños escapa de todo sentido común. Es propio de otro planeta, de una pandilla de lunáticos…
«Habló míster Cordura», pensó Mateo mientras intentaba calmar las aguas.
—Señor…
—Alberto, llámeme Alberto.
—Alberto. La señora Fernández piensa que alguien ha intentado entrar en su vivienda y simplemente hemos venido a comprobar que todo está bien. Por favor, no informe de esto a nadie.
El hombre, que seguía semioculto detrás de la puerta, lo miró incrédulo.
—¿Podría hablarme de la relación que tiene con la familia, por favor? —Y al ver que no respondía, añadió—: Es decir, con la señora Fernández y sus dos hijos, Lucas y Judith.
—Esta mañana…
Un pitido en el pecho del hombre interrumpió sus palabras. Mateo pensó que era un ataque de asma. Sin embargo, Alberto parecía estar acostumbrado a lo que le estaba pasando en esos momentos. Aunque pareciera que sus pulmones buscaran desesperadamente aire, seguía en la misma posición, casi sin inmutarse. Al final abrió la boca lo máximo que pudo y después de repetir el gesto tres veces continuó como si nada:
—Esa chica…
—¿Qué ha ocurrido con Judith? ¿Vio usted algo?
—Esa mocosa es igual que su madre…
—¿Qué quiere decir?
—Si quiere saberlo, dígale a su compañera que venga. Si me lo pregunta ella, se lo diré.
El hombre cerró la puerta en las narices de Mateo.