La cría

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Nada más subir a su coche Candela se miró en el espejo retrovisor y confirmó que no tenía muy buen aspecto. Aunque no le extrañó en absoluto, estaba acostumbrada a encontrarse con el fantasma de lo que fue algún día. Era lo bueno de estar sola, que no tenía que enfrentarse cada mañana a la mirada lastimera de su marido si la veía con esas pintas. Se removió el pelo con la mano y bajó la ventanilla para ventilar un poco el coche. Después buscó el mensaje de Paula en el teléfono. En él había escrito: «Mainpictures, S. L.» y una dirección. La metió rápidamente en el navegador y arrancó el coche. Antes de empezar a dar vueltas a la cabeza sobre cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, llamó a Paula.

—¿Qué tienes? —preguntó en cuanto contestó.

—Empiezo por el padre: como sabes, es modelo, pero por lo visto también hace sus pinitos como actor. Está grabando un papelito en una película, la dirección que te he pasado es donde están rodando hoy.

—¿Hoy, sábado?

—Sí, por lo visto es muy habitual que en el cine se ruede los sábados.

—¿Y lleva toda la mañana trabajando ahí?

—Ese es el asunto. He contactado con él por medio de su representante y me ha asegurado que sí. Así que he conseguido hablar con la producción de la película y me han dicho que lo han recogido en su casa a eso de las once y media.

—Esto pinta bien. ¿Has podido hablar con algún profesor del niño? ¿Algo anormal?

—Al ser fin de semana no era fácil, pero he conseguido localizar a la directora de educación infantil. No tiene constancia de que Lucas haya sufrido algún tipo de maltrato, tampoco les ha llamado la atención que fuera dormido o cansado al colegio. Sin embargo, me ha contado que el niño llevaba meses haciéndose pis en clase y que no conseguía dormir la siesta cuando siempre había sido de los más dormilones. Lo notaban un poco «bajuno». No te preocupes, le he explicado que estábamos elaborando un estudio sobre cómo afecta a los menores la exposición en redes. Ha entendido que era un tema confidencial y que, aparte de colaborar, tenía que mantener el secreto.

—Es interesante saber que posiblemente el niño andaba revuelto por algún motivo —⁠agradeció Candela.

—¿No hay ninguna novedad?

—No, siguen peinando la zona discretamente y estarán ahora los de criminalística tomando muestras. Mateo está detrás de alguien que se puso en contacto con el niño a través de los mensajes directos a su perfil de Instagram. Judith, la hermana, nos ha dicho que esta mañana le pareció ver a alguien escondido en el jardín de la casa de enfrente observándolos. Creo que podría ser la misma persona.

—Joder. Bueno, nosotros estamos intentando conseguir las grabaciones de las cámaras de seguridad que hay por la zona. Quizá demos con quien espiaba.

—Me parece que va a ser un trabajo perdido. Esta mañana estuve mirando si había cámaras, y en su calle, así como en toda la urbanización, no hay, salvo alguna desperdigada instalada por los propietarios. Son casas antiguas y hay poca obra nueva…, esa gente tiene dinero, pero vive tranquila. Nunca pasa nada, ya lo sabes.

—Lo sé, yo también me he fijado en que hay poca cosa. Tenemos que mirar las del acceso principal y las de las inmediaciones: salidas, avenidas principales, cruces y accesos al campo y al embalse.

—Cuando lo tengáis dad prioridad a estudiar bien si aparece el coche de la madre. Tienes la matrícula, ¿verdad?

—Claro.

—Bien. Mientras tanto, quiero que hables con Quique y le pidas que busquen en el coche de Adriana, sobre todo en el maletero. Ya sabes, que analicen cualquier resto de sangre y demás muestras. Si ves que terminas antes con lo de las cámaras, encárgate tú. ¡Ah! —⁠exclamó antes de colgar⁠—. Bien jugado lo de la profesora.

Paula sonrió animada, siempre venía bien escuchar algún piropo, aunque estuviera escondido entre la ráfaga de demandas que le había disparado en menos de un minuto.

Candela colgó y se quedó mirando a la carretera. El aire frío le golpeaba de forma violenta la cara. La adrenalina corría por sus venas, hacía tiempo que no se sentía tan viva, tan poderosa. El vértigo se apoderó de ella, como si tuviera que desactivar contra reloj una bomba que en cualquier momento podría explotarle en la cara. Al parar en un semáforo en rojo, agarró su móvil y empezó a ver las fotos del perfil de Lucas en Instagram: la sonrisa perpetua, como las orejas de conejo de peluche que lo acompañaban en cada una de las publicaciones. Pero eran su tez blanca, plagada de pecas, sus ojos enormes y azules y su pelo pelirrojo los que realmente llamaban la atención. Parecía un muñeco de porcelana. Sin embargo, al verlo posar casi siempre con galletas y gominolas en forma de zanahoria, Candela no pudo evitar preocuparse por él al pensar en la crueldad de los niños. En dos días su vida podría dar un giro y pasar de ser el niño más famoso de España al más vapuleado de la clase por llamarlo «zanahorio», por ejemplo. La envidia podía llegar a acabar con él. Al verlo así, tan pequeño e inocente, le vino una lluvia de recuerdos. El claxon de un coche la devolvió a la realidad; el semáforo estaba en verde. Dejó el teléfono y siguió conduciendo.

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