La cría

La cría


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El lugar donde se grababa la película en la que trabajaba el padre de Lucas era de lo más decepcionante. No había nada que recordase al glamour de los grandes estudios americanos donde se rodaban las grandes superproducciones. El plató se encontraba en un polígono industrial a apenas media hora de la casa de Adriana Fernández. Aun así, a Candela le pareció el culo del mundo. El recinto era similar al de las pequeñas fábricas y almacenes que lo rodeaban. Todos ellos copados por enormes camiones aparcados hasta en los sitios donde nunca pensarías que pudieran hacerlo. En el acceso a la nave de la productora había una garita con un vigilante de seguridad. Candela le dijo amablemente que necesitaba hablar con el señor Néstor Garmendia, sabía que se encontraba en esos momentos en el rodaje. Como sucedía siempre, tuvo que enseñar su tarjeta de identidad profesional para que el hombre dejara de mirarla de arriba abajo y colaborara. Hizo una llamada, sin apartar la vista de ella, pero nadie contestó.

—Lo siento, pero la persona que tiene que aprobar que usted pueda entrar no contesta —⁠le dijo.

—Estamos en medio de una investigación muy importante para la que es crucial que hablemos con el señor Garmendia. Como profesional que es, señor… Jaraba —⁠dijo tras mirar el apellido del hombre en la identificación que llevaba prendida en el pecho⁠—, sabrá que las primeras cuarenta y ocho horas son cruciales. No creo que sea usted quien quiera obstaculizar nuestro trabajo, con lo que eso pudiera conllevar después, ¿verdad?

El hombre negó con la cabeza y a continuación le señaló la puerta de acceso a la nave principal, donde estaban el set y los camerinos.

—Ahí verá a alguien de dirección con un pinganillo y un walkie a quien puede preguntar. Ellos saben todo sobre el rodaje y podrán indicarle dónde está.

Candela avanzó siguiendo sus instrucciones. Mientras iba de camino, sonó una notificación en su móvil: había llegado un mail de Mateo. En el asunto ponía «Sesión de fotos Judith». Al abrir la puerta metálica de la nave, se encontró de frente con un pequeño pasillo que hacía esquina con una zona que no alcanzaba a ver, a la derecha había otro pasillo lleno de puertas y a la izquierda vio al chico con el walkie y el pinganillo que había mencionado el guardia de seguridad. El auxiliar de dirección, que más o menos era de la edad de Mateo, estaba parado delante de otra puerta metálica con una luz roja encendida justo encima. Antes de que pudiera avanzar, él le hizo un gesto con la mano para que se mantuviera en el sitio mientras se acercaba a ella.

—Están grabando —le dijo en voz baja, señalando hacia la puerta con el piloto rojo encendido.

—Tengo que hablar con Néstor Garmendia —⁠contestó ella en el mismo tono.

Se quedó pensativo durante unos segundos hasta que pareció entender a quién se refería.

—Está abajo, en plató. Estaban ensayando, pero ya han hecho una primera toma, así que con suerte no le quedará mucho. Después hay un corte para la comida —⁠dijo amablemente⁠—, puede esperarlo mientras en la zona de camerinos.

Candela sonrió. Si no le quedaba mucho, no iba a rebatirlo. Podía aprovechar el rato para ver las fotografías que había mandado Judith a Mateo. El chico la adelantó y se dio la vuelta para que lo acompañara, giró la esquina del pequeño pasillo y fue a dar con una pequeña sala de estar, con un par de sofás y un plasma en el que se exhibían imágenes de otros proyectos de la productora, entre los que estaba la única serie española de la que no se había perdido ni un solo capítulo: Killing neighbours. Durante años, su protagonista, Fran, el vecino perfecto que después resultaba ser un frío asesino en serie, había poblado sus fantasías.

—Está aquí —le dijo el joven mientras señalaba la imagen del actor⁠—, pero guarde el secreto. —⁠Y le guiñó un ojo⁠—. Póngase cómoda, Néstor tiene que pasar por aquí para ir a su camerino, así que en cuanto corten lo verá.

El chico miró entonces hacia el extremo opuesto, del que salía otro pasillo mucho más profundo, lleno de puertas. Aunque le pareciera increíble dadas las circunstancias, Candela se había puesto nerviosa al saber que Jon Márquez, el actor que interpretaba al famoso asesino en serie, estaba en el mismo edificio en el que se encontraba ella. Se sentó en el sillón y sacó el móvil para quitarse de la cabeza la idea de bajar al set con la excusa de ver al padre y ya de paso a su ídolo. Abrió el mail de Mateo y se descargó la carpeta adjunta con la sesión de fotos de esa mañana. En ellas Judith posaba en todo tipo de posturas, a cada cual más forzada, y se había cambiado más veces de ropa que Candela en el último año. Todo ropa cara, tal y como había afirmado Mateo. No hubiese sabido decir a qué marca pertenecía cada trapito, pero reconocía muchos de los logos y estampados que para ella no eran más que una señal de inseguridad. Nunca había entendido esa necesidad de llevar todo de firma y que se reconociera a la legua. Cuanto más grande apareciera la marca, mejor, como si de alguna manera la ropa fuera una carta de presentación, no solo para que te veas bien, sino para que todo el mundo sepa la pasta que tienes y que te puedes permitir derrocharla así.

Era un poco tarde para eso, pero le hubiera gustado estudiar Psicología para poder hacer un estudio sobre todo lo que hay detrás del consumismo tan terrible que se ha adueñado de nuestras vidas. Para así poder analizar cómo llevar o no algo caro puede determinar la manera de relacionarte e influir también en las relaciones sociales. O la forma tan diferente en la que uno puede ser tratado si cumple o no con los requisitos capitalistas impuestos a nivel mundial.

De fondo, en las fotografías, se veía el embalse de Valmayor, lo cual confirmaba la localización que les había dicho Judith. Se apreciaban el agua grisácea y el puente por donde cruzaban los coches. Candela pasó rápido las imágenes hasta que encontró otras en las que la cámara enfocaba hacia los árboles que rodeaban la pequeña orilla. También examinó unas, tomadas con un plano cenital, en las que la chica aparecía sentada en una de las piedras grandes que Candela conocía bien. Se le hizo un nudo en la garganta. Levantó la vista y en el plasma volvió a aparecer un plano de Jon en la piel de Fran, su oscuro personaje, donde llevaba el pelo mojado hacia atrás y las mejillas y la frente llenas de salpicaduras de sangre. Candela se giró hacia el pasillo donde el chico había dejado caer que se encontraban los camerinos, se levantó y avanzó con prudencia mientras lanzaba miradas furtivas hacia atrás para vigilar que no la viera nadie. En la primera puerta, bajo el número uno, como no podía ser de otra manera, ponía: JON MÁRQUEZ. Candela tuvo la tentación de girar el pomo de la puerta, pero siguió andando en busca del de Néstor Garmendia, que no era ni el segundo, ni el tercero, ni el cuarto, ni el quinto, sino el sexto… Estaba prácticamente al fondo. Cuando llegó a él, volvió a mirar hacia atrás mientras abría la puerta y, cuando se giró de nuevo, Candela se encontró de golpe con un hombre parado frente a ella.

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