La cría
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Él la miró atónito, y ella estaba visiblemente sorprendida.
—Perdón —dijo Candela descolocada.
—¿Necesitas algo? Néstor está grabando, yo soy Julio, su representante. También el de Jon —se presentó orgulloso.
—Sí, me han dicho que lo esperara y…
—¿Usted es…? —dijo interrumpiendo.
—Soy la teniente Candela Rodríguez.
La expresión del representante se transformó en un instante, al igual que el tono que utilizó, mucho más duro que la primera vez que se había dirigido a ella.
—Mire, he hablado hace un rato con una compañera suya. Néstor tiene rodaje todo el día, ya se lo he dicho.
—Precisamente me acaban de decir que está a punto de terminar la secuencia, seguro que no le importará que hable con él un momento —le dijo con contundencia.
—No sabe lo que me ha costado que le dieran esta oportunidad; si no llego a tener a Jon de protagonista, hubiera sido imposible. Si un actor que no es nadie retrasa un rodaje no lo vuelven a llamar en la vida, imagínese si encima llega tarde porque ha venido a hablar con él la Guardia Civil en su primer día de grabación.
—Julio, me ha dicho, ¿verdad? —El hombre asintió—. Bien, Julio, ahora mismo se desconoce el paradero de Lucas, el hijo de su representado. Ha desaparecido esta mañana de su casa. En estos casos los responsables son casi siempre el padre o la madre. Así que comprenderá que es muy urgente que hable con Néstor para saber qué estaba haciendo en el momento en que desapareció su hijo o por si pudiera proporcionarnos alguna pista.
El rostro del representante cambió al instante, consciente de la seriedad del asunto.
—Llevamos aquí desde las doce aproximadamente, lo recogieron a las once y media.
—El niño desapareció antes, por eso es importante que hable con él —repitió Candela un poco irritada por tener que repetirlo.
—Antes estaba también conmigo.
—¿Dónde? ¿En su casa?
—Le digo que estaba conmigo, no tengo problema en contárselo, pero me molesta la manera en la que pregunta, como si insinuara que le estoy mintiendo.
—¿Han dormido juntos? ¿Es eso lo que no quiere contarme?
—Es lo que me faltaba ya, que me falte al respeto. No pienso decir nada más y mi representado tampoco sin presencia de un abogado.
—Usted es mayorcito y libre para decidir actuar como quiera, pero solo le digo que antes o después voy a poder hablar con ustedes. La diferencia es que el tiempo que perdamos va en contra de hallar a Lucas sano y salvo, a no ser que ustedes sean los responsables y por eso necesiten un abogado. —El representante tragó saliva—. De hecho, creo que sí, lo vamos a llamar, pero para que hable con ustedes en el cuartel, que es donde me voy a llevar a su «amiguito» —dijo Candela dándose la vuelta para salir.
—De acuerdo —respondió Julio desesperado—, pero déjeme hablar antes con el chico de dirección para decirle que se trata de un tema familiar importante y así estén avisados para amortiguar el golpe.
—Vaya —contestó Candela—, pero no tendrá problema. Me acaba de decir que cortarían en breve para comer. Esto es confidencial; si algo de lo que le he contado saliera a la luz, la investigación podría verse afectada negativamente. Ya me entiende, ¿verdad? —lo amenazó.
—Por supuesto —respondió.
El representante salió del camerino y recorrió el pasillo. Candela fue detrás de él, satisfecha de que su provocación hubiera surtido efecto, y cerró la puerta. Su móvil empezó a sonar; era Mateo quien llamaba mientras conducía hacia su apartamento.
—Jefa, he hablado con el chiflado ese. No me da buen feeling. Está grillado, parece sacado de una peli de miedo.
—Al grano.
—Ha dicho cosas inconexas, como que sabía que había ocurrido algo esta mañana, que en esa casa sucedían cosas terribles, que si la niña era igual que la madre…
—¡No le habrás dicho nada!
—No, no. Él estaba convencido, por eso me da mala espina. Sabe algo, pero…
—Pero ¿qué? —lo interrumpió.
—Me ha dicho que solo está dispuesto a contártelo a ti.
—¡¿Qué?! —exclamó Candela con la sensación de que le acababan de echar un jarro de agua fría—. Claro que sí, cuando su majestad desee. Estoy hasta los cojones de tocahuevos que te marean disfrutando de la superioridad que les da saber que, aunque quisieras pasar de ellos, tienes que bajarte los pantalones porque estamos contra la espada y la pared. Así que me parece que va a tener que esperar.
—¿Y si es uno de esos casos en los que el autor merodea por la escena del crimen y se implica mucho ayudando en el día a día de la búsqueda y la investigación? Si era periodista, debe tener mano… Anda que no hay chiflados morbosos que disfrutan de eso, tú misma me has hablado de ello. Quizá estaba pendiente y entró cuando la madre fue al baño, o lo llamó e hizo que el niño saliera. Supongo que estos habrán mirado si hay algún hueco en la valla que separa el jardín de las dos viviendas por el que pudiera haber entrado…
—Si hizo una copia de las llaves en su día, no lo necesitaría —añadió Candela, mientras pensaba si realmente ese vecino quería contar algo importante y había pedido hablar con ella porque sabía que estaba por encima de Mateo o si le estaba echando un pulso…—. Hablo con el padre y vuelvo para allá. Ponte con el de los mensajes de Instagram, va.
—Hay algo más: la madre ha salido después muy alterada para lo entera que estaba esta mañana.
—No es entereza, es el bótox, que no la deja —dijo mordaz.
—Me ha dicho que te había llamado pero comunicabas. No encuentra el disfraz del conejito. Las orejas y todo el rollo. Alguien se lo ha llevado.
El telefonillo de la casa de Adriana Fernández sonaba una media de seis o siete veces al día. La mitad de ellas era el repartidor de Amazon, que traía alguno de los caprichos que se daba constantemente; la otra mitad era para entregar algún paquete de alguna de las marcas con las que colaboraba. Principalmente ropa y todo tipo de productos y utensilios para niños de la edad de Lucas. Adriana había compartido el embarazo y el parto en su Instagram y, una vez que nació el bebé, además de mostrarlo en su muro, le había creado un perfil propio. En un primer momento pocas marcas se interesaron por ella. Las colaboraciones eran escasas y consistían en enviarle sus productos a cambio de que los anunciara, los etiquetara y mencionara sus muchas ventajas o cualidades. La mayoría de sus contactos procedían de cuando Judith era más pequeña y hacía algún anuncio suelto porque llamaba más la atención. Sin embargo, pese al empeño de Adriana, la niña ya no lograba captar el interés que ella reclamaba: si no era muy mayor es que era demasiado pequeña o querían alguien más delgado o todo lo contrario.
Lo que más le jodía era que la mayoría de las veces le acababan dando el trabajo a cualquier niña normal y corriente a la que ella no le encontraba ninguna gracia. «Menuda cutre», pensaba cuando después veía a la elegida. Judith estaba entregada a la causa, pero Adriana no podía evitar sentir cierto rechazo hacia ella porque pensaba que no era lo suficientemente buena. Pero al nacer Lucas todo cambió, una nueva puerta se abrió. Cuando se quedó embarazada de él, era el boom de las cuentas donde las mujeres compartían sus experiencias como madres, desde el embarazo hasta la cría de sus bebés. Adriana siguió la moda a rajatabla y se creó un nuevo perfil. Aquello fue como una rutina que, más que obligación, se convirtió en ritual, disciplina y necesidad. Podía olvidarse de una toma del biberón del niño, de una visita al pediatra o de bañarlo, pero jamás de subir sus, como mínimo, tres posts diarios, con sus pertinentes horas establecidas de publicación, en los que hablaba de la crianza del niño con cada una de sus rutinas de una manera mucho más edulcorada de lo que estaba viviendo en realidad. Lucas tenía la cara de un ángel, con unos encantadores mofletes, enormes ojos transparentes, pelo anaranjado y una piel blanca que en poco tiempo se poblaría de pecas. Era un bebé de lo más fotogénico. Lo que comúnmente se denomina «un muñeco». Hasta cuando lloraba desesperado porque Adriana estaba liada retocando alguna foto y no podía atenderlo enseguida, estaba de anuncio.
Poco a poco, distintos anunciantes y proveedores empezaron a contactar con ellos para mandarles cosas para el niño a cambio de que los promocionaran. No le pagaban, pero ella siempre accedía porque era una manera de poner en marcha la máquina y de que una cosa llamara a la otra: si una marca veía que otra se anunciaba en su perfil, habría más posibilidades de que quisiera anunciarse también, y no tenía por qué saber que la primera no había pagado por ello. El objetivo era ir haciendo el escaparate perfecto. Pero todo eso cambió un día con una simple llamada al telefonillo. Adriana bajó corriendo para contestar. Al escuchar que preguntaban por su hijo y no por ella, le pareció muy extraño, pero decidió abrir igualmente. Cuando estaba a punto de bajar la manija, escuchó a Lucas balbucear. Miró hacia arriba y lo vio gateando a la vez que intentaba sacar la cabeza entre los barrotes de la barandilla de la escalera. Adriana subió corriendo para cogerlo, no era la primera vez que el bebé salía de su cuarto y se lo encontraba al borde de las escaleras. En ese momento sonó otra vez el timbre de la puerta; agarró en brazos al niño y bajó los peldaños rápidamente. Al abrir se encontró de frente con Sweet Bunny, el conejo enorme con el que Judith había hecho los interminables castings para ser la imagen de la conocida marca años atrás. Nada más ver la cara inclinada hacia abajo con los enormes ojos negros y rasgados, que parecían mirarlos fijamente, y los dientes gigantes que asomaban por la boca, Lucas empezó a llorar. Aunque más que un llanto parecía un berrido, fruto del más absoluto pánico. Adriana se recompuso del susto que también ella se había dado y quiso calmarlo, pero se había quedado petrificada. Se acordó de todas las historias que le contaban cuando era pequeña sobre el hombre del saco que iba a ir a buscarla a su casa para llevársela. Tuvo la sensación de que por fin había dado con ella. Un repartidor se asomó por detrás del muñeco gigante con un paquete en las manos que ofreció a Adriana.
—¿Quiere que lo meta dentro? —preguntó mirando al conejo.
—Sí, por favor —contestó ella después de dudar un momento, aún aturdida, mientras daba toquecitos en la espalda de Lucas para tranquilizarlo y que dejara de llorar.
El hombre agarró el muñeco y lo llevó a la casa.
—Déjelo ahí mismo —dijo Adriana en cuanto el repartidor cruzó el marco de la puerta.
El muchacho obedeció y, después de desearle un buen día, Adriana cerró la puerta. La mujer, que agarró el paquete como pudo, puso al niño en el suelo. Lucas lloraba desconsoladamente, pero su madre había dejado de escucharlo, no oía más que el latir de su corazón a mil por hora. Abrió el paquete y sacó un disfraz de conejo de peluche blanco con una cola redonda en forma de pompón y una diadema con unas orejitas del mismo material. Junto a ello vio una nota doblada. Adriana la desplegó temblorosa y leyó lo que venía manuscrito: «Querida, con esto nuestro conejito va a estar de lo más comestible. Elvira». Al acabar soltó la nota sin querer. Su cuerpo no reaccionaba porque sabía lo que significaba aquel regalo: Lucas iba a ser la imagen de Sweet Bunny y, por lo tanto, se convertiría en el niño más famoso de España. Eso cambiaría sus vidas para siempre, les brindaría tantas oportunidades que el sueño de Adriana por fin se haría realidad. Se agachó para consolar al niño y recoger la nota. Lucas dejó de llorar al sentir que su madre le acariciaba la mejilla. Adriana volvió a mirar desde ahí abajo al conejo, que, desde ese ángulo, parecía todavía más alto y amenazador. Esta vez sí sabía que era imposible que hubiera alguien dentro de él, pero aun así no pudo remediar acercarse gateando para comprobar si escuchaba el sonido de una respiración. Al llegar junto a él, la mujer se incorporó poco a poco sin dejar de mirar aquellos ojos oscuros y penetrantes, temiendo que en cualquier instante pudiera abalanzarse sobre ella y agarrarla por el cuello hasta que las órbitas de sus ojos estuvieran a punto de salir disparadas y asfixiarla. Siguió subiendo lentamente, sin dejar de mirar los ojos del muñeco ni las enormes manos al ritmo del latido de su corazón, que golpeaba cada vez a mayor velocidad. Percibió su respiración y su contundente olor a sexo. Cuando estaba a la altura del pecho del muñeco, se imaginó que abría su enorme boca llena de dientes afilados y se lanzaba a su yugular. Intentó apartar ese pensamiento de su mente para mantener la calma, pero justo en ese instante Lucas empezó a llorar de nuevo y el inesperado llanto hizo que a Adriana casi se le parara el corazón.