La cría

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El sonido de los pasos de alguien caminando por el pasillo hizo que Candela levantara la vista de su móvil una vez colgó a Mateo. Frente a ella apareció Néstor Garmendia vestido con una americana y debajo de ella una camisa desabrochada. Candela pensó que probablemente era el tío más guapo que había visto en persona, aunque la manera de vestir y la arrogancia con la que andaba hacían que perdiera todos los puntos de golpe. El gesto de Néstor era serio. Detrás de él iban Julio y el chico que antes la había ayudado, quien, después de hacer un gesto al representante, volvió a desaparecer doblando la esquina del pasillo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó alarmado el padre de Lucas nada más acercarse a ella.

Por la manera en la que hizo la pregunta, Candela dedujo que sabía que era algo importante, pero no de qué se trataba. La mirada de Julio, que estaba detrás de él, se lo confirmó.

—Señor Garmendia, ¿podemos hablar un momento en su camerino, por favor? A solas —⁠dijo mirando a Julio, que le devolvió una mirada suplicante. Candela entendió que tendría que ser lo más rápida posible, pero sin dejar de hacer bien su trabajo.

El padre del niño asintió con la cabeza y adelantó a Candela en dirección a su camerino, dando por sentado que ella lo seguiría. Antes de hacerlo, la teniente miró al representante con un gesto amable para que estuviera tranquilo y no interfiriera en la conversación. Recorrió de nuevo el pasillo y entró detrás de Néstor, cerrando la puerta a su paso. El hombre la miraba expectante, se notaba que estaba muy preocupado.

—Su exmujer, Adriana, nos ha llamado esta mañana…

—No es mi exmujer, nunca hemos estado casados.

—Cierto. La madre de su hijo nos ha llamado porque Lucas ha desaparecido.

—¿Cómo?

—Estaba con su madre en casa, tenían la puerta del salón abierta, ella fue al baño y cuando regresó el niño ya no estaba. Ella insiste en que alguien se lo ha llevado.

Néstor palideció de golpe.

—No puede ser, ¿han buscado bien? ¡Lucas! Mi Lucas… —⁠exclamó terriblemente afectado.

—También nos ha contado que no tienen muy buena relación y que usted la había amenazado con llevarse al niño para gestionar sus cuentas en redes sociales y beneficiarse de lo que factura a través de ellas —⁠continuó diciendo Candela.

—¡Qué hija de puta! ¿Para beneficiarme? ¿Han comprobado si ha sido ella y que todo esto no sea alguna artimaña de las suyas para jugármela? Escuche, lo único que quiero es que deje de subir fotos del niño a todas horas. Por supuesto que no quiero hacerlo yo y menos beneficiarme de ello. Ya gano dinero con mi trabajo, con mi profesión, y nunca he tenido problemas económicos, más bien al contrario. No necesito explotar a mis hijos para vivir en una nube construida a base de inventar cuentos de hadas de catálogo. —⁠Con aquella afirmación Néstor se había ganado el respeto de Candela⁠—. He leído mucho sobre el tema, ¿sabe? Los menores de edad están protegidos por la ley y exponerlos en exceso en las redes puede traerles problemas. No sabemos quién ve esas imágenes ni para qué se pueden usar. —⁠Candela asintió, dándole la razón. Estaba claro que era un tema que lo asqueaba, igual que a ella; lo aprovecharía para ganarse su confianza⁠—. O hasta qué punto ponemos en peligro la vida de unos niños que no han pedido ser expuestos. Ya le digo que el mío no, desde luego —⁠sentenció de forma dramática. Después de unos segundos, un poco más calmado, continuó⁠—: está tan obcecada en tener fama y ganar dinero que no piensa en cómo todas esas fotos vestido de conejo repercutirán después en su adolescencia, incluso cuando sea más mayor. Todos los motes que le pondrán… Si cuando yo era pequeño un apodo o una coña en tu pequeño círculo te perseguía de por vida, no me quiero imaginar lo que será ahora que lo ve todo dios en las redes sociales. Cada vez que la escucho llamarlo «mi conejito», me pongo malo. Ser el niño más famoso de España gracias a esas ridículas fotos disfrazado puede joderle el futuro, por no hablar de su infancia. Los jóvenes de ahora, activos en redes sociales, tienen que convivir con una «reputación digital» que los condiciona por completo. No solo sienten la presión de la gente de su entorno, sino la de los cientos, miles y hasta millones de desconocidos que los siguen y juzgan a través de una pantalla. Se convierten en esclavos del qué dirán, se lo digo yo, que sé de lo que hablo por mi profesión. Su imagen se puede ver dañada no solo por cómo se muestran ellos mismos en sus propias redes, sino por cómo lo hacen sus padres y el entorno que los rodea. A la larga esto los perjudicará en todos los ámbitos: el social, el educativo e incluso en su futuro laboral. Los niños tan pequeños no deben ser expuestos, y cuando van cumpliendo años y tienen edad suficiente hay que darles a elegir si quieren que se suba una foto o no, están en su derecho. Así por lo menos estarán conformes con la imagen que mucha gente, que en su mayoría ni conocen, tendrá de ellos. Yo no quiero que mi hijo siga apareciendo en todos lados hasta que tenga la capacidad de decidir si quiere hacerlo o no. Por eso, como verá, me he informado mucho sobre el tema y no pienso ceder ni lo más mínimo.

Cuando terminó de hablar, Candela estaba sorprendida porque alguien tan guapo pudiera tener un discurso tan inteligente. Le había roto todos los prejuicios. Quería aplaudirlo, ojalá hubiera más padres que pensaran así. Pero notó, al escuchar las últimas palabras, que se le había formado un nudo en el estómago y tuvo que esforzarse para no ir al baño a vomitar. De pronto no se encontraba bien, tenía ganas de echarse a llorar. No había nada que le doliera más que el sufrimiento de un niño indefenso ante la amenaza inminente de una realidad que, de alguna manera, estamos aceptando todos.

—¿Está segura de que no lo ha preparado ella para joderme por haberle capado el negocio? Igual lo ha escondido para luego acusarme de que me lo he llevado o algo parecido. Usted no la conoce, es capaz de cualquier cosa.

—Eso no lo sabemos, pero esté seguro de que, si ha sido así, lo averiguaremos. Señor Garmendia, ¿qué ha hecho esta mañana?

—He estado trabajando.

—¿Y antes de que lo recogieran?

—He ido a desayunar con Julio, mi representante. Queríamos hablar de posibles proyectos y celebrar que venía a rodar. De todas maneras, siempre me acompaña en mi primer día. ¿Cree que han podido hacer daño a Lucas? ¿Han pedido algún rescate? —⁠Néstor estaba visiblemente conmocionado.

—De momento nadie se ha puesto en contacto con la madre, aunque no descartamos que lo haga próximamente. Señor Garmendia, no debemos adelantar acontecimientos, ahora lo principal es recopilar información del entorno. En este instante hay un equipo muy extenso de personas cualificadas que trabajan para intentar dar con su hijo lo antes posible. Vamos por buen camino.

El modelo la miró a los ojos intentando averiguar si estaba siendo sincera con él o si simplemente trataba de consolarlo, aunque supiese que las posibilidades de encontrar al niño con vida podían ser bastante nulas.

—Y, por cierto, yo no quiero quitárselo, sino ella a mí. ¿Sabe que Adriana no me dijo que Lucas era hijo mío? Tuve que enterarme por amigos comunes y mover cielo y tierra para que hubiera una prueba de paternidad, que, por supuesto, fue positiva y me dio la razón. No satisfecha con esto, después quiso quitarme la custodia. Pretendía que no tuviera ningún tipo de derecho a decidir sobre las actividades de mi hijo. Pero, como no se llevaba el gato al agua, se inventó que Lucas se rascaba sus partes constantemente y decía que eso tan malo se lo había hecho «papá». Cada vez que lo pienso… —⁠Sus ojos se llenaron de lágrimas⁠—. Era mentira, lo examinaron y no tenía nada. El pobre repetía lo que ella lo obligaba a decir, era evidente. Lo había entrenado, como siempre ha hecho. Diga lo que diga, no confíe en ella, por favor.

Por desgracia no era la primera vez que Candela escuchaba una historia parecida. Cada vez eran más los casos de mujeres que, asesoradas por sus abogados, utilizaban temas similares para conseguir la custodia de sus hijos o un acuerdo de separación que solo las favoreciera a ellas. Algo que a Candela le daba mucha rabia, sobre todo cuando se conseguía demostrar que mentían. Hacían un flaco favor a toda esa gran mayoría de mujeres que sí padecían esas injustas calamidades y necesitaban ayuda de verdad.

—Tengo entendido que no perdió la custodia.

—No, por fortuna pude demostrar que todo era falso y me dieron permiso para ver a Lucas. Hasta ahora…

—¿Y nunca ha visto a su hijo sin el consentimiento de Adriana?

El hombre se quedó en silencio, la sombra de la duda planeó por su mirada. Los años de experiencia le decían a Candela que claramente se estaba debatiendo entre si contarlo o no. Por fin se decidió.

—Cuando me enteré de que tenía un hijo, quise conocerlo, como es normal. Ella se oponía; de hecho, hasta me amenazó. Yo en ese momento no quería entrar en una guerra, lo único que deseaba era conocerlo. Mirarlo a los ojos y decirle que yo era su padre y que, aunque no hubiera estado junto a él, a partir de ese momento no iba a abandonarlo. Nunca más lo dejaría solo. Averigüé que lo llevaba a la guardería del colegio donde iba Judith. Así que muchos días me plantaba con el coche para verlo salir cuando su madre iba a recogerlo. Yo lo miraba desde una distancia prudente, luchando por controlar mis ansias de salir del coche y abrazarlo. Igual suena extraño, pero no me había planteado en serio ser padre hasta que lo vi y descubrí parte de mí en él; experimenté una especie de amor irracional. Siempre se habla del apego de las madres a sus crías, pero a un padre tampoco se lo debe privar de ver a su hijo.

Las palabras de Néstor la estaban emocionando, pero una vez más no mostró ni el más mínimo ápice de fragilidad.

—A no ser que sea un monstruo… —⁠respondió Candela.

—No es mi caso, se lo aseguro.

—Pues los hay, ya lo sabe. Y muchos.

—El único error que cometí fue fiarme de ella… y colarme en el colegio para estar un rato con él. No me mire así…, le explico. Un día entré; estaban haciendo obras en el polideportivo y había tanto trajín de tíos yendo y viniendo que nadie me lo impidió.

—¿Nadie lo vio ni le preguntó nada?

—No, tuve suerte. La puerta grande del patio estaba abierta para meter el material de la obra. Los obreros estaban a lo suyo y yo entré directo al centro por una de las puertas traseras, lo conozco bien de cuando Adriana me liaba para que fuera a recoger a Judith cuando ella no podía. Avancé hasta la zona donde están las aulas de los más pequeños y esperé en el baño que hay justo enfrente, al comienzo del pasillo. Dejé una pequeña ranura abierta desde donde podía ver la puerta de la clase. Cuando por fin salió la profesora, me puse muy nervioso. Estaba pendiente de cada niño que asomaba por la puerta y se colocaba en fila india. La suerte se puso de mi lado: Lucas era uno de los últimos en salir. Está mal que yo lo diga, pero cuando ves a mi hijo ya no te puedes fijar en nada más. Salí rápidamente, pero con mucho cuidado, y lo agarré tapándole la boca durante unos segundos para que no gritara. Cada vez que pienso en ese momento, me arrepiento. Es el mejor ejemplo que puedo poner de todo lo malo que Adriana es capaz de sacar de mí. Lo hice tan rápido que los dos niños que estaban detrás de él ni se enteraron. Siguieron andando embobados… Una vez solos, para que no llorara le regalé un coche rojo. Después me presenté y le prometí que pasaría muchísimo más tiempo con él. Nuestro primer encuentro no duró más de diez minutos, pero para mí fue un antes y un después. Le indiqué el camino de vuelta a la clase y me aseguré de que entrara. Cerré la puerta y me marché; supuse que, en cuanto la profesora llegara al comedor y viera que no estaba, volvería a por él.

—Se equivoca. Adriana me ha contado la misma historia, pero sin saber que era usted quien se lo había llevado. Por lo visto ese día la profesora era una suplente que no los tenía controlados y se dio cuenta en mitad del patio, al terminar de comer. Cuando fue Adriana a buscarlo, le dijo que el niño se había escapado, que debían tener cuidado con él, que era un verdadero peligro… Pero ella sabía que era imposible que hubiera hecho algo así, Lucas siempre ha sido muy miedoso, según dice.

—Ya le he dicho que me arrepiento de las formas, pero no de haberlo hecho. No tuve más remedio. No sé si usted es madre, pero estoy seguro de que, si lo es, habría hecho lo mismo.

Candela recibió las palabras como una puñalada en el pecho. No era la primera vez que oía un comentario semejante. Siempre aparecía de una u otra forma; al fin y al cabo, era habitual que una mujer de su edad tuviera hijos. Y aunque se repitiera una y otra vez que estaba más que preparada para escucharlo, era inevitable que se llevara el golpe cada vez que se lo mencionaban.

—¿Cuándo fue la última vez que pasaron tiempo juntos? —⁠preguntó con la frialdad a la que recurría como defensa.

—El fin de semana pasado.

—¿El niño estaba bien? ¿Notó algo anormal?

—Últimamente estaba rarillo, más bajo. Un poco más apagado.

Candela se puso en guardia al escuchar prácticamente las mismas palabras que había utilizado la directora del colegio de Lucas para describir su comportamiento en las últimas semanas.

—¿Sabe el motivo?

—No exactamente, pero fue a raíz del proceso legal que empecé para impedir que su madre siguiera exponiéndolo de manera despiadada en redes. Adriana se volvió loca cuando recibió el burofax de mi abogado y me llamó fuera de sus cabales. Desde ese momento, la actividad «profesional de mi hijo» ha sido prácticamente interrumpida, como habrá podido comprobar. Ya casi no suben nada, sabe que lo estamos mirando todo con lupa, y creo que se ha acabado todo el circo de Sweet Bunny… Supongo que su madre, al verse destronada, estaría fuera de sí y eso afectaría al niño. Pero no me arrepiento, no podía consentirlo. Además, la ley me da la razón: cuando uno de los dos progenitores decide que no se suban fotos, puede pedirlo y denunciar si se hace.

—Esto fue…

—Hace un par de meses —dijo y, después de permanecer un instante en silencio, añadió⁠—: Lo que más me jode es que ella ni siquiera quería tenerlo.

—¿A qué se refiere?

—No quería volver a ser madre, estaba hasta el gorro de Judith… La tenía todo el día con los vecinos. Pasaba de ella…

Candela dejó que transcurrieran unos segundos y, con todo el tacto que pudo, preguntó:

—¿Sabe si su hijo tenía un seguro de vida?

El padre captó lo que implicaba la pregunta y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—Que yo sepa, no.

Candela lo miró a los ojos; pese a su belleza desorbitada y los prejuicios que había tenido hacia él, debidos a su profesión, le parecía que aquel hombre era sincero y se preocupaba de una manera sana por su hijo.

—¿Puede darme el nombre del lugar donde han desayunado, por favor?

—Sí, claro, es una cafetería que se llama La Ida. Nos sentamos a la mesa que está pegada a la cristalera, la camarera me conoce muy bien. —⁠Hizo un gesto que daba a entender que se refería a de una manera personal más que profesional⁠—. He pagado con tarjeta, le puedo mostrar el detalle en la aplicación del banco. De hecho, mire también esto.

Néstor sacó su móvil y le enseñó una fotografía tomada en modo selfie en la que aparecía junto al representante, sentados a una mesa con un delicioso brunch que esperaba ser devorado. Los dos sonreían alegres. Después de dejársela ver a Candela, clicó en la información de la instantánea y le mostró la hora y la fecha: efectivamente, era una imagen de las nueve y media de esa misma mañana. Candela le sonrió con amabilidad.

Después de despedirse de Néstor y Julio, y de pedirles que estuvieran localizables en todo momento, Candela se dirigió a su coche. Mientras recorría la parcela del polígono hasta donde había aparcado, se reafirmó en que no podía estar más de acuerdo en lo que había dicho el padre de Lucas. Vivimos en un mundo en el que todo se encasilla y todo se sabe. Estamos determinando y condenando con ello a nuestros hijos. Les robamos su identidad, creándola a nuestro antojo con una selección de imágenes y vídeos que decidimos mostrar cuando nos da la gana. Había podido palpar su dolor, no podía empatizar más con todo el sufrimiento de ese padre. Lo único que esperaba era poder ayudarlo, ojalá todo saliera bien y sirviera para que esa mujer dejara de explotar a su hijo. Cuando estaba a punto de abrir la puerta de su automóvil y llamar a Mateo para actualizar la información y contarle que el padre tenía una coartada perfecta, le vino una idea a la cabeza. Abrió de nuevo el mail con las fotografías de Judith en el embalse e imitó lo que acababa de hacer el padre del niño con sus fotografías del desayuno. Dio a la información de la primera imagen y repitió la operación sucesivamente con las siguientes. Para su sorpresa, comprobó que ninguna había sido tomada esa misma mañana, sino varios días atrás. Judith estaba mintiendo…

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